Yo como Blanc
El Eco de Dos Mundos y la Promesa del Cascabel
La mañana en la panadería de los Dupain-Cheng transcurría con una calma engañosa. El aroma del pan recién horneado y el azúcar glas flotaba en el aire, pero en la habitación de Marinette, el ambiente era considerablemente más... felino.
Blanc estaba sentado en el borde de la cama de Marinette, observando con una intensidad casi científica cómo la chica intentaba organizar su escritorio. Sus orejas blancas se movían al compás de cada bostezo de Marinette, y su cola —ese cinturón de tela blanca que parecía cobrar vida propia— daba latigazos suaves contra el edredón rosa.
— Marinette —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz que conservaba la suavidad de Adrien pero con un matiz más profundo y melancólico—, ¿estás segura de que no necesitas ayuda con esos bocetos? Podría usar un poco de mi "garra" creativa.
Marinette soltó una risita y se giró para verlo. Blanc se veía tan fuera de lugar y, al mismo tiempo, tan extrañamente integrado en su habitación. Su traje blanco refulgía bajo la luz del sol que se filtraba por la claraboya, y sus ojos azul helado brillaban con una timidez que ella aún encontraba adorable.
— Blanc, la última vez que intentaste ayudarme con un diseño, terminaste distrayéndome con juegos de palabras sobre gatos durante dos horas —respondió ella con cariño—. Además, se supone que debes descansar. Bunnix dijo que estabas bajo mi cuidado, no que fueras mi asistente de moda.
— Es difícil descansar cuando el mundo es tan brillante —admitió Blanc, bajando la mirada hacia sus manos enguantadas—. En... en aquel lugar, el silencio era tan pesado que podía oír mis propios pensamientos gritando. Aquí, hasta el sonido de tu respiración es como una sinfonía. Es "miau-ravilloso".
Marinette dejó el lápiz y se acercó a él. Se sentó a su lado, notando cómo Blanc se tensaba ligeramente, no por miedo, sino por esa inseguridad crónica que Yasel, el alma reencarnada dentro de él, no podía evitar sentir. Él todavía se veía a sí mismo como un monstruo de destrucción, a pesar de que ahora era poco más que un gatito faldero con un poder infinito durmiendo en su pecho.
— No tienes que esforzarte tanto, Blanc —dijo ella suavemente, poniendo una mano sobre la suya—. No tienes que ser útil para que te quiera aquí.
Blanc tembló ante el contacto. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir casi todo el iris azul.
— Es que... a veces olvido quién se supone que debo ser —confesó él en un susurro—. Soy Yasel, un chico que amaba esta historia desde lejos, pero también soy este cuerpo, este poder... y los recuerdos de un Adrien que lo perdió todo. A veces siento que soy un fraude, Marinette. Que no merezco estar sentado en tu cama mientras el verdadero Adrien está allá afuera, ignorando que tiene una versión de pesadilla viviendo en tu ático.
— No eres una versión de pesadilla —le corrigió Marinette con firmeza, obligándolo a mirarla a los ojos—. Eres Blanc. Eres alguien que eligió la paz sobre la destrucción. Y Yasel... Yasel es quien te dio la fuerza para resistir la voz de Hawk Moth. Para mí, eres un milagro, no un fraude.
Blanc ronroneó involuntariamente, un sonido profundo que hizo vibrar el aire de la habitación. Se avergonzó de inmediato y trató de cubrirse la boca con la mano, pero Marinette solo sonrió.
— ¿Ves? Hasta tu instinto sabe que estás a salvo.
— Es un mecanismo biológico difícil de suprimir —protestó él, aunque sus mejillas se tiñeron de un rosa pálido—. Pero tienes razón. Debo dejar de ser tan "gato-pesimista".
De repente, un ruido en la planta baja los puso en alerta. La voz de Sabine llamaba a Marinette desde las escaleras.
— ¡Marinette! ¡Alya está aquí! Dice que tiene algo urgente que mostrarte sobre el Ladyblog.
El pánico se reflejó instantáneamente en el rostro de Marinette. Miró a Blanc, quien ya se estaba preparando para saltar hacia las vigas del techo con una agilidad sobrenatural.
— ¡Escóndete! —susurró ella—. ¡Y por lo que más quieras, no hagas ruido!
— Seré una nube, mi princesa —respondió Blanc, desapareciendo en las sombras superiores justo cuando la trampilla se abría.
Alya entró como un torbellino, con el teléfono en la mano y una expresión de triunfo.
— ¡Marinette! No vas a creer lo que captaron las cámaras de seguridad cerca del Louvre anoche. ¡Hay un nuevo héroe en la ciudad, o un nuevo villano, o un fantasma! ¡Es blanco, tiene orejas y se mueve como un rayo!
Marinette sintió que el corazón se le subía a la garganta. Miró de reojo hacia las vigas, donde apenas alcanzaba a ver la punta de una bota blanca asomándose.
— ¿Un... un fantasma blanco? —tartamudeó ella—. Alya, sabes que las cámaras a veces fallan con el reflejo de la luna. Probablemente era solo un gato callejero muy grande.
— ¿Un gato callejero que salta de tres pisos y brilla? —Alya entrecerró los ojos, acercándose al escritorio de su amiga—. Marinette, estás actuando más rara de lo habitual. Y... ¿qué es ese sonido?
Un ronroneo rítmico, casi imperceptible pero constante, llenaba la habitación. Blanc, en su escondite, estaba tan relajado por la presencia de Marinette que se había olvidado de controlar sus instintos.
— ¿Sonido? —Marinette empezó a toser ruidosamente para cubrir el ruido—. ¡Ah, debe ser mi nueva máquina de coser! Tiene un motor muy... muy vibrante. Sí, eso es.
Alya no parecía convencida. Empezó a caminar por la habitación, olfateando el aire.
— Huele a... ¿ozono? Y a flores de invierno. Es un olor muy extraño para pleno verano, Marinette.
Desde arriba, Blanc observaba la escena con una mezcla de diversión y terror. Su mente de Yasel le gritaba que Alya Césaire era la mejor periodista de París y que los descubriría en menos de cinco minutos si no hacía algo. Con un movimiento cuidadoso, estiró su mano y tocó una de las plantas de Marinette, moviéndola apenas unos milímetros para desviar la atención.
— ¡Mira! —gritó Marinette, señalando hacia la ventana—. ¡Creo que vi algo pasar por ahí!
Mientras Alya corría hacia el balcón, Blanc aprovechó para deslizarse por detrás de un biombo, moviéndose con una gracia que desafiaba la vista humana.
— No veo nada —dijo Alya, suspirando—. Pero te lo digo, Marinette, algo está pasando en París. Cat Noir ha estado actuando extraño últimamente, como si buscara algo que no encuentra. Y ahora este "Gato Blanco"... ¿Crees que sea un nuevo aliado enviado por Ladybug?
— No lo sé, Alya —respondió Marinette, tratando de recuperar el aliento—. Pero si existe, estoy segura de que Ladybug lo tiene todo bajo control.
Después de lo que pareció una eternidad, Alya finalmente se marchó, prometiendo volver con más "evidencia" del misterioso visitante. En cuanto la trampilla se cerró, Blanc salió de detrás del biombo, dejándose caer en el suelo con un suspiro de alivio.
— Eso estuvo cerca —dijo él, limpiándose el sudor inexistente de la frente—. Esa chica tiene ojos de lince. Casi me hace saltar de los nervios.
— Casi nos delatas con tu ronroneo —le recriminó Marinette, aunque no podía dejar de sonreír—. Tienes que aprender a controlar eso, Blanc.
— No es tan fácil cuando estoy cerca de ti —admitió él con una sinceridad aplastante—. Como Yasel, siempre pensé que eras el personaje más fuerte. Estar aquí, en tu santuario... me hace sentir más seguro de lo que nunca me sentí en mi otra vida. Es inevitable ronronear.
Marinette se sonrojó y se sentó en el suelo frente a él. La luz de la tarde empezaba a teñirse de naranja, bañando la habitación en tonos cálidos.
— Blanc —dijo ella en voz baja—, ¿alguna vez extrañas tu mundo? ¿A Yasel?
El chico de blanco guardó silencio por un momento. Sus ojos azul helado parecieron viajar a un lugar muy lejano, más allá de las estrellas y del tiempo.
— Extraño la comida rápida —dijo con una pequeña sonrisa—. Y extraño no tener que preocuparme por si un estornudo destruye un edificio. Pero... allí no tenía a nadie. Era un fan que observaba la vida de otros a través de una pantalla. Aquí, aunque sea una paradoja, aunque tenga este traje que me recuerda mi mayor fracaso... aquí soy real para ti. Y eso vale más que cualquier cosa que haya dejado atrás.
— Eres real para mí —confirmó ella, tomando sus manos—. Y prometo que encontraremos la forma de que puedas vivir aquí sin tener que esconderte para siempre. Bunnix dijo que debía cuidarte, y eso es lo que voy a hacer.
Blanc apretó las manos de Marinette. En ese momento, el cascabel de su pecho emitió un suave brillo dorado. No era la luz oscura del akuma, sino algo nuevo, una chispa de esperanza que nacía de la conexión entre ambos.
— Marinette —dijo él, su voz temblando ligeramente—, hay algo que debo decirte. Como Yasel, sé lo que sucede en el futuro... o lo que se supone que debía suceder. Sé quién es Shadow Moth. Sé quién es Cat Noir.
Marinette se tensó. El secreto de las identidades era la carga más pesada que llevaba como Guardiana.
— No —dijo ella, poniendo un dedo sobre los labios de Blanc—. No me lo digas. No todavía. El conocimiento del futuro puede ser tan destructivo como tu Cataclismo. Si vamos a construir un nuevo camino para ti, quiero que sea paso a paso, sin trampas.
Blanc asintió, visiblemente aliviado.
— Tienes razón. Además, este mundo ya ha cambiado demasiado conmigo aquí. Soy una variable que no estaba en el guion. Una "gato-mplicación" inesperada.
— Exactamente —rio ella—. Una complicación muy blanca y muy peluda.
— ¡Oye! Mi traje es de fibra mágica, no es pelo —protestó él, fingiendo indignación mientras agitaba sus orejas—. Aunque debo admitir que me vendría bien un cepillado de vez en cuando.
La noche cayó sobre París, y con ella, la ciudad se llenó de luces centelleantes. Marinette y Blanc subieron al balcón para observar la Torre Eiffel. Blanc se sentó en la barandilla con una facilidad asombrosa, dejando que sus piernas colgaran hacia el vacío.
— ¿Crees que algún día podré salir a caminar por ahí sin que la gente grite "akuma"? —preguntó él, mirando hacia las calles.
— Tomará tiempo —admitió Marinette, apoyándose a su lado—. Pero Ladybug puede presentar al mundo a un nuevo aliado. "Blanc", el gato de la redención. Suena bien, ¿no crees?
— Suena como un sueño —dijo él—. Pero mientras pueda volver aquí, a este balcón, al final del día... cualquier cosa estará bien.
Blanc se acercó a ella y, con una timidez que contrastaba con su apariencia imponente, apoyó su cabeza en el hombro de Marinette. Ella no se apartó; al contrario, rodeó su cuello con un brazo, acariciando suavemente su cabello blanco.
— Eres un buen gato, Blanc —susurró ella.
— Y tú eres una humana excepcional, Marinette —respondió él, cerrando los ojos.
En la oscuridad de la noche, el cascabel de Blanc volvió a brillar, pero esta vez fue un pulso constante, como un segundo corazón que latía al unísono con el de la chica que lo había rescatado del olvido. Yasel, el fan frustrado, finalmente había encontrado su lugar en la historia, no como un espectador, sino como el guardián de la luz que siempre había admirado.
— ¿Marinette? —dijo él después de un rato.
— ¿Sí, Blanc?
— Tengo hambre. ¿Crees que queden croissants de chocolate abajo? La destrucción infinita requiere muchas calorías.
Marinette soltó una carcajada que resonó en la noche parisina.
— Iré a ver qué puedo encontrar. Pero nada de comer en la cama, ¿entendido? No quiero migas en mis sábanas.
— ¡Entendido, jefa! —dijo Blanc, haciendo un saludo militar con una pata—. Prometo ser el gato más limpio de la historia.
Mientras Marinette bajaba a la cocina, Blanc se quedó solo en el balcón, mirando hacia la luna. Sabía que el camino no sería fácil, que Shadow Moth seguía ahí fuera y que su propia existencia era un desafío a las leyes del tiempo. Pero mientras tuviera a Marinette, sentía que podía enfrentar cualquier tormenta.
— No voy a fallarte —susurró hacia el viento—. Esta vez, el gato blanco no traerá el fin del mundo. Traerá un nuevo comienzo.
Y con un salto silencioso, regresó al interior de la habitación, esperando el regreso de la chica que le había dado una segunda oportunidad, no solo de vivir, sino de amar de verdad. En ese rincón de París, el equilibrio entre la creación y la destrucción se mantenía gracias a un vínculo que ninguna línea temporal podría romper jamás.