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Yo soy la ley

El Despertar de la Chispa Latente

El impacto de la onda de choque aún resonaba en la atmósfera, dejando un vacío absoluto de ceniza en el cielo. Jibril, la Flügel cuya existencia estaba dedicada al combate y la recopilación de conocimiento, se encontraba estática, con la pupila dilatada por el shock. El dedo de Shirou Takatsuki rozaba apenas su frente, pero la presión espiritual que emanaba de ese punto era comparable a tener una supernova contenida a milímetros de su cráneo.

—¿Qué... qué es esto? —susurró Jibril, su voz temblando no solo de miedo, sino de una excitación casi enfermiza—. No hay flujo de Spiritus... no hay circuitos mágicos... Es como si el universo mismo estuviera siendo empujado por tu mera presencia.

Shirou bajó la mano lentamente, manteniendo su expresión relajada pero firme.

—Se llama Control del Espíritu —respondió él, rompiendo la tensión—. En mi mundo, aprendimos que la energía no es algo que simplemente tomas del ambiente, sino algo que cultivas dentro de ti. Ustedes dependen tanto del Spiritus exterior que, cuando alguien como yo aparece, sus sentidos simplemente colapsan.

Jibril retrocedió varios metros en un parpadeo, sus alas batiendo con fuerza mientras recuperaba la compostura. Una sonrisa maníaca se dibujó en su rostro.

—¡Fascinante! ¡Absolutamente desconocido! Si te mato y analizo tu cuerpo, ¿podré entender este "Espíritu"? ¡Tengo que saberlo!

Antes de que pudiera lanzar un solo hechizo, Shirou desapareció. No fue magia de teletransporte; fue pura velocidad física potenciada por el ki. En menos de un suspiro, Shirou estaba detrás de ella, sujetando suavemente una de sus alas.

—No estás escuchando, ángel —dijo Shirou al oído de la guerrera—. No estoy aquí para ser un espécimen en tu biblioteca. Estoy aquí para cambiar las reglas. Y la primera regla es que los "débiles" ya no van a ser tus presas.

Con un movimiento fluido, Shirou aplicó un pulso de energía directamente en los nervios de Jibril. No fue un ataque letal, sino una interrupción de su flujo de energía. La Flügel sintió que sus extremidades se volvían de plomo y cayó al suelo, aterrizando de rodillas sobre la roca calcinada.

—Quédate ahí un momento y reflexiona —ordenó Shirou, dándole la espalda—. Tengo asuntos más importantes que atender que jugar contigo.

Shirou se dirigió hacia la entrada de la cueva donde Riku y su grupo se habían ocultado. Al entrar, el ambiente cambió drásticamente. El aire era pesado, cargado de polvo y del olor a enfermedad y desesperación que caracterizaba a los asentamientos humanos en esta era.

Riku estaba allí, de pie frente a su gente, con una lanza rudimentaria en la mano que parecía ridícula comparada con los poderes que acababa de presenciar. A su lado, una joven de cabello rubio y ojos suplicantes, Couronne Dola, observaba al recién llegado con una mezcla de terror y esperanza.

—¿Se ha ido? —preguntó Riku, su voz apenas un hilo.

—Está temporalmente fuera de servicio —respondió Shirou, caminando hacia el centro de la estancia—. Pero eso no soluciona el problema de fondo. Riku, este lugar es una tumba. Sus cuerpos se están desmoronando por la ceniza negra y su falta de "poder" los hace invisibles para los dioses, pero también los hace insignificantes.

Riku apretó los dientes, golpeando la pared con el puño.

—¡Lo sabemos! ¡No me lo tienes que recordar! Somos humanos. No tenemos alas, no tenemos magia. Solo tenemos nuestra voluntad de sobrevivir un día más. ¿Qué esperas que hagamos contra seres que pueden partir montañas?

Shirou se detuvo y miró a los ojos de cada persona en la cueva. Vio niños con los pulmones quemados, hombres y mujeres que eran poco más que esqueletos caminantes.

—En mi mundo —comenzó Shirou, cruzándose de brazos—, los humanos tampoco nacían con alas. Tampoco podíamos lanzar bolas de fuego por naturaleza. Pero descubrimos algo. Descubrimos que la vida misma es energía. Cada célula de su cuerpo es un motor, Riku. El problema es que en este mundo, el Spiritus externo es tan agresivo que ha sofocado su chispa interna.

—¿Chispa interna? —preguntó Couronne, dando un paso adelante—. ¿Dices que nosotros... tenemos algo parecido a la magia?

—No es magia —corrigió Shirou—. La magia aquí es como usar una herramienta externa. Lo que yo les propongo es despertar su Ki. La energía vital. Es la fuerza que mantiene sus corazones latiendo, pero multiplicada por un millón a través de la disciplina y el control del espíritu.

Riku soltó una carcajada amarga.

—Shirou, somos humanos de este mundo. Si intentamos manipular la energía, la ceniza negra nos matará desde dentro. El Spiritus es veneno para nosotros.

—Por eso no van a usar Spiritus —dijo Shirou con una sonrisa de confianza—. Voy a enseñarles a crear una barrera interna. Voy a darles la técnica que los Yadrat me enseñaron a mí, adaptada para su biología.

Shirou se sentó en el suelo de piedra y les hizo un gesto para que se acercaran.

—Riku, ven aquí.

El joven líder, dudoso, se acercó y se sentó frente a él. Shirou puso una mano sobre el pecho de Riku, justo encima del corazón.

—Cierra los ojos. No intentes buscar nada afuera. No escuches el viento ni la guerra. Escucha el ritmo de tu propia sangre. Siente el calor que produces. Esa es tu llama. Ahora mismo es apenas una brasa, pero voy a soplar sobre ella.

Shirou cerró los ojos y comenzó a canalizar una fracción mínima de su Ki divino hacia Riku. Pero no era una simple transferencia de poder; era una "sintonización". Estaba usando su Control del Espíritu para reorganizar las células de Riku, fortaleciendo sus paredes celulares y creando un filtro natural contra la toxicidad del ambiente.

De repente, Riku soltó un grito ahogado. Su cuerpo comenzó a emitir un tenue resplandor blanco, un aura tan pura que la ceniza que flotaba en la cueva fue repelida instantáneamente, desintegrándose antes de tocar su piel.

—¡Riku! —exclamó Couronne, asustada.

—Estoy... estoy bien —jadeó Riku. Abrió los ojos y sus pupilas brillaban con una intensidad nueva—. Siento... siento que puedo respirar. Por primera vez en mi vida, el aire no me quema. Es como si tuviera un fuego cálido dentro de mí que me protege.

—Eso es el despertar del Ki básico —explicó Shirou, retirando la mano—. He desbloqueado tus canales de energía y he usado mi propio espíritu para "limpiar" el daño acumulado. Pero esto es solo el principio. A partir de ahora, si entrenas, podrás fortalecer esta aura. Podrás correr más rápido que un caballo, saltar edificios y, lo más importante, ocultar tu presencia de forma absoluta.

Los otros humanos en la cueva observaban con asombro. Ver a Riku, quien siempre había sido el más pálido y castigado por el esfuerzo de liderar, ahora con un color saludable en las mejillas y una postura erguida, era un milagro que ningún dios les había concedido jamás.

—¿Puedes hacerlo por todos nosotros? —preguntó un anciano desde el fondo.

Shirou asintió.

—Lo haré. Pero escuchen bien: este poder no es para que salgan ahí fuera a pelear una guerra frontal contra los Elfos o los Ex-Machina. Todavía no. Este poder es para que dejen de ser víctimas. Para que los humanos dejen de ser "la raza que no cuenta". A partir de hoy, ustedes son los observadores silenciosos que tienen el poder de decidir cuándo termina este juego.

Durante las siguientes horas, Shirou realizó el proceso con cada uno de los habitantes del refugio. Fue agotador, no por la cantidad de energía —que para él era insignificante— sino por la precisión quirúrgica necesaria para no destruir los frágiles cuerpos humanos. Al terminar, la cueva ya no se sentía como una morgue. Se sentía como un dojo. La energía colectiva de cincuenta humanos con el Ki despierto creaba una zona de purificación natural.

—Es increíble —dijo Riku, probando sus nuevos reflejos al atrapar una piedra que caía del techo—. Siento que el mundo ya no es mi enemigo. Siento que... finalmente tengo una oportunidad de ganar.

—Ganar no significa matar a todos —advirtió Shirou, apoyado contra la pared—. En este mundo, ganar significa obtener el Suniaster. Y para eso, necesitan estrategia. Yo seré su escudo y su maestro, pero tú, Riku, sigues siendo el cerebro.

—Lo sé —respondió Riku, su mirada volviéndose fría y calculadora—. Si los dioses quieren jugar a la guerra, nosotros jugaremos a la supervivencia. Pero ahora, tenemos una pieza que ellos no pueden prever.

En ese momento, una figura entró tambaleándose en la cueva. Era Jibril. Sus alas aún vibraban de forma irregular y su expresión era una mezcla de humillación y fascinación absoluta. Al ver a los humanos rodeados de auras blancas, se detuvo en seco, frotándose los ojos.

—Esto es imposible... —murmuró la Flügel—. Son humanos. No deberían tener esa densidad de existencia. Su esencia ha cambiado. ¡Tú! —señaló a Shirou— ¿Qué les has hecho? Has alterado las leyes de la creación sin usar el poder de un Old Deus.

Shirou se levantó y caminó hacia ella. Jibril no atacó; el miedo instintivo a lo desconocido era más fuerte que su sed de sangre.

—He nivelado el campo de juego, Jibril —dijo Shirou—. Y tú vas a ser la primera en dar fe de ello. Tienes dos opciones: puedes intentar regresar con tus hermanas y contarles lo que viste, en cuyo caso tendré que borrarte de la existencia para proteger a mi gente... o puedes quedarte, observar y aprender que el conocimiento que tanto buscas no está en los libros de los dioses, sino en el potencial de los que desprecias.

Jibril miró a Shirou, luego a Riku, quien la observaba sin el terror que ella estaba acostumbrada a ver en los humanos. Vio una chispa de poder en el joven que, aunque pequeño comparado con el suyo, era puro y constante, algo que no dependía del Spiritus que se agotaba en las batallas.

—Una raza que evoluciona por sí misma... —susurró Jibril, su aureola brillando con intensidad—. Un humano que domina a los dioses... Si me voy ahora, me perderé el evento más importante de la historia de este mundo.

Se arrodilló ante Shirou, aunque más por curiosidad científica que por lealtad.

—Me quedaré. Pero quiero que me enseñes. Quiero entender cómo un ser de carne y hueso puede alcanzar el nivel de un Dios de la Destrucción.

Shirou sonrió, una sonrisa que habría hecho temblar a Freezer o a Cell.

—Prepárate, entonces. Porque mi entrenamiento no es para los débiles de corazón. Riku, Couronne, acerquense. Mañana empezamos con lo básico: cómo mover el Ki para volar sin alas.

Riku miró a su alrededor. Por primera vez en la historia de la Gran Guerra, los humanos no estaban escondiéndose. Estaban preparándose.

—Volar... —repitió Riku, mirando hacia la salida de la cueva, donde las cenizas seguían cayendo—. Sí. Creo que es hora de que los humanos miremos al cielo de frente.

Shirou Takatsuki observó el horizonte. Sabía que su presencia en este mundo era una anomalía total, pero tras vivir tantas vidas, tras ver morir y renacer universos, había llegado a una conclusión simple: no importaba en qué mundo estuviera, si había alguien sufriendo injustamente y él tenía el poder de cambiarlo, lo haría.

—Goku, Vegeta... espero que no se molesten —pensó Shirou con una risa interna—. Pero creo que voy a convertir a estos chicos en los guerreros más problemáticos de este multiverso.

La noche en el páramo seguía siendo oscura y fría, pero dentro de aquella cueva, cincuenta pequeñas llamas blancas ardían con una intensidad que pronto incendiaría el tablero de los dioses. La humanidad ya no era una pieza sacrificable; ahora, tenían al maestro que les enseñaría a dar el jaque mate.