Yo soy la ley
El Eco de la Voluntad en el Vacío
El aire en el refugio subterráneo ya no olía a muerte estancada. Gracias a la técnica de purificación que Shirou había implementado, el ambiente se sentía vibrante, casi eléctrico. Los humanos, que antes se arrastraban por los pasillos como sombras temerosas, ahora caminaban con una rectitud que desconcertaba incluso a Jibril. La Flügel se pasaba las horas en un rincón de la cueva, observando con sus ojos analíticos, tomando notas mentales sobre cómo el metabolismo de estos "animales" estaba cambiando a una velocidad imposible.
Shirou estaba en el centro de la cámara principal, rodeado por Riku, Couronne y otros diez jóvenes que habían mostrado una mayor afinidad con el Ki.
—Escuchen bien —dijo Shirou, cruzándose de brazos—. El Ki no es solo fuerza bruta. Si intentan usarlo como un martillo, se agotarán en minutos. Tienen que pensar en él como en el agua. El agua puede ser un arroyo tranquilo que nutre la vida, o una presión hidráulica capaz de cortar el acero. El secreto de los Yadrat, y lo que me permitió superar incluso a los dioses, es el control absoluto del espíritu.
Riku sudaba, pero no de cansancio, sino de concentración. Una pequeña esfera de luz blanca parpadeaba entre sus palmas.
—Es difícil, Shirou —gruñó Riku, apretando los dientes—. Siento que la energía quiere escaparse, como si intentara evaporarse a través de mis poros.
—Eso es porque estás intentando retenerla con fuerza física —explicó Shirou, caminando hacia él y corrigiendo la posición de sus hombros—. No la aprietes. Deja que fluya por tus meridianos. Tu cuerpo es el recipiente, pero tu voluntad es el molde. Imagina que el Ki es una extensión de tu sistema nervioso.
Jibril, incapaz de contener su curiosidad, intervino desde las sombras.
—Es una aberración lógica —comentó, su aureola girando con un brillo violeta—. Según las leyes de este mundo, la energía requiere una conexión con el Trono del Dios Único o el uso de Spiritus ambiental. Lo que estás haciendo es generar energía a partir de la nada biológica. Es... es como si estuvieras creando pequeñas estrellas dentro de pulmones humanos.
Shirou la miró de reojo con una sonrisa ladeada.
—No es de la nada, Jibril. Es el refinamiento de la vida misma. Ustedes, los seres mágicos, son como parásitos del ambiente; si el Spiritus se agota, ustedes mueren. Nosotros somos generadores independientes. Esa es la diferencia entre un esclavo del sistema y un maestro de sí mismo.
Jibril se estremeció. La idea de no depender del Spiritus era, para un Flügel, algo aterrador y fascinante a la vez.
—¡Suficiente teoría por hoy! —exclamó Shirou, aplaudiendo—. Riku, es hora de la prueba de campo. Salgamos.
—¿Afuera? —preguntó Couronne, alarmada—. Pero la ceniza... los radares de los Elfos...
—Nadie los detectará —aseguró Shirou—. He enseñado a Riku a suprimir su Ki. Para cualquier sensor mágico o tecnológico, él será tan invisible como una piedra. Y si algo sale mal, bueno... para eso estoy yo.
Salieron a la superficie bajo la eterna penumbra del cielo rojizo. El viento aullaba, arrastrando la nieve negra que cubría el paisaje desolado. Riku se ajustó su bufanda, pero esta vez no sintió el frío calcinante en sus pulmones. Su aura interna, aunque invisible para el ojo inexperto, actuaba como un traje ambiental perfecto.
—Muy bien, Riku —dijo Shirou, señalando un pilar de piedra a unos cincuenta metros—. No uses tus piernas para correr. Usa el Ki para impulsarte. Imagina que el espacio detrás de tus pies se expande y el espacio frente a ti se contrae. Es el principio básico del *Shunkan Ido*, pero a escala física.
Riku respiró hondo. Cerró los ojos y visualizó la red de energía que Shirou había despertado en él. Por un momento, el mundo exterior desapareció. No había guerra, no había hambre, solo el pulso de su propio corazón.
En un estallido de velocidad que levantó una nube de ceniza, Riku desapareció. Un instante después, estaba junto al pilar de piedra. Se tambaleó, sorprendido por su propia rapidez.
—¡Lo hice! —gritó, mirando sus manos—. ¡Ni siquiera sentí el peso de mi cuerpo!
—No está mal para un principiante —dijo Shirou, apareciendo a su lado instantáneamente sin haber hecho un solo movimiento aparente—. Pero recuerda, en el combate real, la velocidad sin control es solo una forma rápida de morir. Ahora, intenta sentir lo que te rodea. No con los ojos, sino con el espíritu.
Riku se serenó. Extendió su percepción. Al principio, solo sintió el vacío del páramo. Pero luego, detectó algo. A varios kilómetros al norte, una masa de energía densa y fría se movía rápidamente.
—Algo viene —dijo Riku, su rostro oscureciéndose—. Es grande. No es un Flügel... se siente como... metal. Mucho metal.
—Una unidad de reconocimiento de los Ex-Machina —confirmó Shirou, mirando al horizonte—. Parece que la pequeña escaramuza de ayer dejó rastros que quieren investigar. Jibril, ven aquí.
La Flügel descendió del cielo con una elegancia letal.
—¿Deseas que los extermine, maestro? —preguntó con una sonrisa depredadora—. Sería un placer reducir a chatarra a esos muñecos de hojalata.
—No —dijo Shirou con firmeza—. Riku lo hará.
Riku palideció.
—¿Yo? Shirou, apenas puedo mantenerme en pie después de ese impulso. Ellos son máquinas de guerra. Sus cálculos son perfectos.
—Tú tienes algo que ellos no pueden calcular, Riku: la imprevisibilidad del espíritu —Shirou puso una mano sobre el hombro del joven—. No vas a pelear contra ellos con fuerza. Vas a usar la Partición del Espíritu.
—¿La técnica que mencionaste ayer? —preguntó Riku—. ¿La que separa la energía de la materia?
—Exacto. Los Ex-Machina funcionan mediante una red de energía compartida. Si golpeas un punto vital con un pulso de Ki sintonizado en la frecuencia de "disrupción", su conexión se romperá. Se convertirán en estatuas de metal antes de que puedan procesar tu presencia.
Riku miró hacia el norte. Podía ver las luces rojas de los sensores de los Ex-Machina brillando entre la bruma de ceniza. Eran doce unidades, moviéndose en una formación perfecta de búsqueda y destrucción.
—Confío en ti, Riku —susurró Shirou—. Demuéstrales que los humanos ya no son solo "polvo en el viento".
Riku asintió. Se quitó la máscara de cuero, dejando que el aire viciado golpeara su rostro. Ya no tenía miedo. El Ki de Shirou, que todavía resonaba en su interior, le daba una seguridad que rayaba en lo divino.
El joven se lanzó al ataque. Esta vez, no hubo explosiones ni ruidos. Se movía como una sombra, utilizando la supresión de Ki para ser un fantasma en el mundo físico. Los Ex-Machina, equipados con los sensores más avanzados de la Gran Guerra, seguían escaneando el área en busca de firmas de Spiritus, ignorando por completo al humano que corría entre ellos.
Riku llegó al primer Ex-Machina. Era una unidad pesada, con cañones de plasma integrados en sus hombros. Con un movimiento fluido que Shirou le había enseñado, Riku tocó el núcleo central de la máquina con la punta de sus dedos.
—Partición... —susurró Riku.
Un pequeño destello azul emanó de su contacto. Internamente, el Ki de Riku actuó como un virus, desvinculando el Spiritus que alimentaba los circuitos de la máquina. El Ex-Machina se detuvo en seco, sus luces rojas se apagaron y su cuerpo metálico colapsó contra el suelo con un sonido sordo.
Las otras unidades reaccionaron al instante.
—Anomalía detectada. Unidad 04 fuera de línea. Causa: Desconocida. Iniciando escaneo de espectro completo —la voz monótona de las máquinas resonó en el valle.
Riku no se detuvo. Era como un bailarín en un campo de minas. Se deslizaba bajo los brazos mecánicos, saltaba sobre los disparos de advertencia y tocaba cada unidad con una precisión quirúrgica. Uno a uno, los temibles Ex-Machina caían como juguetes a los que se les habían quitado las baterías.
Desde la colina, Jibril observaba con la boca abierta.
—Imposible... Un humano está desmantelando una unidad de combate de las máquinas sin usar una sola gota de magia... y sin que ellas puedan siquiera fijar un blanco.
—Eso es lo que pasa cuando dejas de jugar con las reglas de los dioses —dijo Shirou, con los brazos cruzados, sintiéndose como un padre orgulloso—. Riku está usando la energía para anular la lógica de este mundo. Para las máquinas, él no existe porque no encaja en sus definiciones de "amenaza".
En menos de tres minutos, las doce unidades estaban esparcidas por el suelo, inertes. Riku regresó a la colina, respirando con dificultad, pero con una chispa de triunfo en sus ojos que nunca antes había tenido.
—Lo logré, Shirou —dijo, dejándose caer sobre una roca—. Los vencí. Sin armas. Sin sacrificios.
—Has dado el primer paso, Riku —dijo Shirou, ofreciéndole una mano para levantarse—. Pero no te confíes. Los Ex-Machina aprenden rápido. La próxima vez, enviarán algo que pueda analizar el Ki. Por eso, tenemos que acelerar el entrenamiento.
Regresaron al refugio, donde la noticia de la victoria de Riku se extendió como la pólvora. La esperanza, un sentimiento casi olvidado, comenzó a transformar la moral de la colonia. Pero Shirou sabía que el tiempo apretaba. Podía sentir las piezas del tablero moviéndose a gran escala. Los Old Deus estaban empezando a notar que algo en el tejido de la realidad no encajaba.
Esa noche, Shirou se alejó del grupo para meditar en una de las galerías más profundas. Se sentó en posición de loto, dejando que su conciencia se expandiera más allá del planeta, más allá de las dimensiones.
—Este mundo es un desastre —pensó Shirou, sintiendo el dolor de la tierra misma—. El Suniaster es la clave, pero el precio que están pagando es demasiado alto. Si quiero salvar a estas personas, no puedo simplemente pelear sus batallas. Tengo que cambiar la naturaleza del juego.
—Pareces muy pensativo para ser alguien que puede destruir planetas con un estornudo —dijo una voz suave a sus espaldas.
Shirou no abrió los ojos. Sabía que era Couronne. La joven se sentó a su lado, abrazando sus rodillas.
—¿De dónde vienes realmente, Shirou? —preguntó ella—. Riku dice que eres un humano, pero yo veo cómo miras las estrellas. Las miras como si fueran viejas amigas, no como luces lejanas que nunca alcanzaremos.
—Vengo de un lugar donde la gente no tenía que esconderse en cuevas —respondió Shirou, abriendo los ojos para mirarla—. Un lugar donde los humanos volaban en máquinas por placer, no por guerra. Y donde algunos, a través del esfuerzo, podíamos alcanzar el poder de proteger todo lo que amamos.
—¿Podremos alguna vez tener un mundo así? —preguntó Couronne con tristeza—. Incluso con lo que nos has enseñado... los dioses son tan fuertes. Artosh, el creador de los Flügel... dicen que su poder es infinito.
Shirou soltó una pequeña risa y se puso de pie.
—He oído eso de muchos tipos. De un emperador espacial llamado Freezer, de un bio-androide llamado Cell, incluso de un Dios de la Destrucción llamado Beerus. Y todos ellos tenían algo en común.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, intrigada.
—Que todos creían que su límite era el techo del universo —dijo Shirou, elevando su Ki ligeramente, haciendo que las piedras a su alrededor flotaran—. Pero yo aprendí que no hay techos. Solo hay escalones. Y yo voy a ayudar a Riku a construir la escalera más alta que este mundo haya visto jamás.
De repente, Shirou se puso serio. Sus sentidos captaron una perturbación en el espacio-tiempo, no muy lejos de allí. No era una firma de energía común. Era algo... digital y orgánico a la vez.
—Parece que tenemos una visita inesperada —murmuró Shirou—. Couronne, ve con Riku. Mantengan a todos en silencio y supriman su Ki al máximo.
—¿Qué ocurre?
—Una unidad Ex-Machina solitaria se acerca —dijo Shirou, sus ojos brillando con un matiz plateado—. Pero no viene a pelear. Está buscando algo. O a alguien.
Shirou salió del refugio a una velocidad imperceptible. Se posicionó en la cima de un risco, observando cómo una figura pequeña y delgada caminaba con dificultad por la ceniza. Era una Ex-Machina, pero le faltaban partes de su armadura y sus movimientos eran erráticos, casi humanos en su vacilación.
Shirou descendió lentamente, aterrizando frente a ella. La máquina se detuvo. Sus ojos, uno de ellos dañado y parpadeante, se fijaron en él.
—Anomalía detectada —dijo la máquina, pero su voz no era la monótona colmena de antes. Tenía un matiz de... ¿curiosidad?—. Buscando al sujeto que manipula la esencia sin Spiritus. Error... Error... No se encuentra en la base de datos de las Razas Excedentes.
—¿Quién eres tú, pequeña? —preguntó Shirou, suavizando su aura—. No pareces estar conectada a la red central.
—Designación: Unidad de Verificación 251. Desconectada por errores lógicos de categoría "Error de Origen" —respondió ella, inclinando la cabeza—. He observado tu interacción con los humanos. He observado cómo has alterado su probabilidad de supervivencia del 0% al 0.00001%. Deseo entender. Deseo... estudiar el concepto de "corazón" que mencionaste.
Shirou se rascó la nuca y suspiró.
—Vaya... así que aquí es donde empieza de verdad —murmuró para sí mismo—. Si mi memoria no me falla, tú debes ser Schwi.
La máquina parpadeó.
—¿Schwi? Ese término no está en mi registro.
—Lo estará —dijo Shirou con una sonrisa cálida—. Ven conmigo. Parece que el equipo de Riku acaba de ganar un nuevo miembro. Y el tablero de juego acaba de volverse mucho más interesante.
Shirou extendió su mano hacia la Ex-Machina. Ella la observó durante un largo tiempo, analizando la temperatura, la presión y la intención detrás del gesto. Finalmente, puso su mano fría y metálica sobre la de él.
—Iniciando sincronización con el sujeto desconocido —dijo ella—. Objetivo: Comprender lo imposible.
Shirou la guio hacia la cueva. Sabía que la llegada de Schwi cambiaría todo. Con su conocimiento de la tecnología de los dioses y el Control del Espíritu que él les estaba enseñando, los humanos ya no solo sobrevivirían. Estaban a punto de convertirse en la fuerza más dominante del planeta Disboard.
—Prepárate, Riku —pensó Shirou, mirando hacia las nubes que empezaban a abrirse por la presión de su energía—. El juego de verdad está a punto de comenzar. Y esta vez, no vamos a seguir las reglas de nadie.
Mientras entraban en la seguridad del refugio, un rayo de luz estelar logró atravesar la ceniza, iluminando por un breve segundo el dogi de Shirou. En este mundo de ceniza y desesperación, el Dios que no quería ser Dios había traído algo mucho más peligroso que la destrucción: había traído el poder de la evolución infinita.