Yo soy la ley
El Ajedrez de los Desahuciados: El Jaque Mate de la Humanidad
El aire en el campo de batalla final no era aire, sino una sopa espesa de energía pura, ceniza negra y la desesperación de milenios. En el centro de la gran cuenca de arena roja, el punto de convergencia que Riku y Schwi habían calculado con precisión milimétrica, el espacio mismo parecía gemir bajo el peso de lo que estaba por venir.
Shirou Takatsuki flotaba a unos metros del suelo, con los brazos cruzados y los ojos cerrados. Su dogi, una vez impecable, estaba manchado por el polvo de este mundo agonizante, pero su presencia era la de un ancla inamovible. A su alrededor, los "Fantasmas", los humanos que él mismo había entrenado, se posicionaban en las sombras de las ruinas, ocultando su Ki hasta niveles que los hacían indistinguibles de las rocas.
—Están aquí —susurró Shirou, abriendo los ojos. Sus pupilas brillaron con el plata del Ultra Instinto, detectando las firmas de energía que se aproximaban desde todos los puntos cardinales.
Desde el norte, una flota de naves élficas surcaba el cielo, liberando cascadas de Spiritus que distorsionaban el horizonte. Desde el oeste, las legiones de los Enanos avanzaban con sus máquinas de asedio, haciendo temblar la tierra. Y desde arriba, descendiendo como estrellas fugaces de muerte, los Flügel liderados por el aura abrumadora de Artosh, el Dios de la Guerra, cuya mera existencia hacía que el oxígeno se inflamara.
—Riku, Schwi —dijo Shirou a través de un enlace de telepatía que había perfeccionado en Yadrat—, el escenario está listo. Los tres ejércitos más grandes están convergiendo. Si van a activar el mecanismo de los espejos, tiene que ser ahora.
—Entendido —la voz de Riku resonó en su mente, firme y sin rastro del miedo que lo dominaba meses atrás—. Los espejos están en posición. Schwi está vinculando la red de los Ex-Machina que logramos "convencer". Shirou... si esto falla, no habrá mundo al que regresar.
—No va a fallar —respondió Shirou con una sonrisa feroz—. Porque yo no voy a dejar que nada toque ese núcleo hasta que el Suniaster sea tuyo.
De repente, el cielo se rasgó. Artosh, el Old Deus más poderoso, se manifestó en su forma física, una entidad de luz y espadas que ocupaba el cenit. Su risa era como el choque de galaxias.
—¡Ex-Machinas, Elfos, motas de polvo! —tronó la voz de Artosh—. ¡Luchen! ¡Que la sangre de este mundo alimente mi ascenso! ¡Que el Suniaster reconozca al único digno!
El conflicto estalló. Los Elfos dispararon el *Aka si Anse*, un pilar de magia roja que prometía la aniquilación total. Los Enanos respondieron con su propia arma definitiva, y los Flügel se lanzaron al centro del caos, convirtiendo el valle en un infierno de explosiones.
—¡Ahora! —gritó Shirou.
En ese instante, los humanos ocultos activaron los dispositivos. No eran armas, sino reflectores de energía basados en la partición del espíritu. Los ataques masivos de los dioses, en lugar de chocar entre sí y disiparse, fueron capturados por una red invisible de Ki y redirigidos. Shirou se posicionó en el centro exacto donde todas las energías convergían.
—¡Control del Espíritu: Embudo de la Creación! —rugió Shirou.
Extendió sus manos y toda la energía de la Gran Guerra, el poder acumulado de tres razas superiores, golpeó su cuerpo. El dolor fue inmenso; incluso para un guerrero que había resistido ataques de Jiren y Moro, la naturaleza caótica del Spiritus de este mundo era como ácido fluyendo por sus venas. Pero Shirou no cedió. Usó su conocimiento de Yadrat para "limpiar" la energía, estabilizándola y clavándola directamente hacia el centro del planeta.
—¡Riku, Schwi, el camino está abierto! —gritó Shirou, mientras su aura plateada estallaba, creando un pilar de luz que conectaba el cielo con las profundidades de la tierra.
Desde el borde del campo de batalla, Riku y Schwi corrieron hacia el pilar. Schwi usaba sus propulsores para proteger a Riku de los escombros voladores, mientras el joven líder humano sostenía el dispositivo de reclamación.
—¡Es imposible! —gritó Jibril desde el aire, observando cómo un simple humano corría hacia el epicentro del poder—. ¡Nadie puede sobrevivir a esa presión! ¡Ese hombre... ese hombre está sosteniendo el mundo entero con sus manos!
Shirou sentía que sus músculos se desgarraban. La potencia era tal que el suelo bajo sus pies se convertía en lava.
—¡No... se... atrevan... a... interrumpir! —Shirou liberó un pulso de Ki que expandió una cúpula de protección absoluta alrededor de Riku y Schwi, rechazando incluso los ataques directos de Artosh.
Artosh, dándose cuenta de que un "gusano" estaba manipulando su guerra, descendió con una espada de luz del tamaño de una montaña.
—¡Tú! —rugió el Dios—. ¡Tú no eres de este mundo! ¡Tu existencia es una blasfemia!
—¡Tu guerra es la verdadera blasfemia! —respondió Shirou, elevando una mano mientras con la otra seguía canalizando la energía hacia el núcleo—. ¡He visto dioses mejores que tú caer por su arrogancia! ¡Desaparece!
Shirou disparó una ráfaga de Ki concentrado, un Big Bang Attack refinado con energía divina. El impacto chocó contra la espada de Artosh, creando una onda de choque que barrió las nubes de ceniza de todo el continente, dejando ver el cielo estrellado por primera vez en milenios.
En ese momento de claridad absoluta, el suelo se abrió. Una luz dorada, más pura que cualquier cosa vista en Disboard, emergió de las profundidades. Era el Suniaster. El trofeo final.
Riku se lanzó hacia él, pero su cuerpo humano estaba al límite. La radiación del Suniaster era letal.
—¡Schwi! —gritó Riku.
—Lo sé —respondió la Ex-Machina, abrazándolo—. Mi sistema de enfriamiento protegerá tu cuerpo. Riku... por favor... termina este juego.
Riku extendió su mano, rozando la superficie del Suniaster. Pero antes de que pudiera cerrarla, su brazo comenzó a desintegrarse. El poder era demasiado para un mortal, incluso con el entrenamiento de Shirou.
—¡Maldición! —gritó Riku, con lágrimas de sangre rodando por sus mejillas—. ¡No puedo... no puedo alcanzarlo! ¡Mis manos no son lo suficientemente fuertes!
Shirou, viendo la escena desde su posición, apretó los dientes. Si dejaba de canalizar la energía de la guerra, el planeta explotaría. Si no ayudaba a Riku, el sacrificio de los humanos sería en vano.
—¡Riku! —llamó Shirou, su voz resonando en el alma del joven—. ¡El Suniaster no se reclama con las manos! ¡Se reclama con la voluntad! ¡Recuerda lo que te enseñé! ¡Tú no eres un individuo, eres el eco de todos los que murieron para que llegaras aquí! ¡Usa su Ki!
Riku cerró los ojos. Por un momento, sintió las llamas de vida de los miles de humanos que habían perecido en las sombras. Sintió el Ki de Couronne, el de los niños del refugio, y el Ki cálido y constante de Shirou que lo envolvía como un manto.
—¡Yo... declaro... el fin de la guerra! —rugió Riku.
Su mano no se cerró físicamente sobre el objeto, sino que su espíritu lo envolvió. El Suniaster brilló con una intensidad cegadora y comenzó a fusionarse con el concepto de la humanidad.
Sin embargo, el cuerpo de Riku estaba colapsando. Schwi estaba perdiendo sus sistemas uno a uno intentando mantenerlo con vida.
—Shirou... —susurró Riku a través del enlace—. No puedo... no puedo sostenerlo. El Dios Único... debe ser alguien que pueda existir en todas partes...
Shirou suspiró. Sabía lo que venía. Miró hacia el cielo, donde Artosh y las otras razas estaban congelados por la luz del Suniaster.
—Riku, tú hiciste tu parte —dijo Shirou con una calma sobrenatural—. Tú ganaste el juego. Pero para que las reglas se mantengan, necesitas a alguien que no pertenezca a este tablero para que actúe como árbitro.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Riku, sintiendo cómo su conciencia se desvanecía.
—Voy a hacer lo que mejor sé hacer —dijo Shirou—. Voy a darles un futuro.
Shirou soltó la energía de la guerra, que ahora fluía suavemente hacia el Suniaster, estabilizada por su control. En un parpadeo, apareció junto a Riku y Schwi. Puso sus manos sobre ellos, transfiriendo una cantidad masiva de su propia fuerza vital para sanar sus heridas y reconstruir sus cuerpos.
—Vivan —les ordenó Shirou con una sonrisa—. Vivan en el mundo que crearon.
Shirou tomó el Suniaster entre sus manos. El objeto vibró, reconociendo a un ser cuyo poder trascendía las dimensiones. Pero Shirou no quería ser el Dios Único. Él ya había visto lo que el poder absoluto le hacía a los hombres y a los dioses.
—Tú —dijo Shirou, mirando hacia una esquina del espacio-tiempo donde una pequeña chispa de conciencia empezaba a formarse a partir del deseo de Riku de tener a alguien con quien jugar—. Tú eres el que este mundo necesita. El Dios de los Juegos. Tet.
De la luz del Suniaster emergió un niño pequeño con ojos de diferentes colores y un sombrero de aspecto juguetón. Tet miró a Shirou con asombro.
—Vaya... —dijo Tet—. Tú no deberías estar aquí. Eres una variable que rompió todos mis cálculos.
—Soy el que arregló tu tablero antes de que nacieras, niño —dijo Shirou, pasándole el Suniaster—. Toma. Establece las reglas. Haz que este mundo sea divertido. Haz que nadie tenga que morir nunca más para ganar.
Tet tomó el Suniaster y, con un gesto travieso, cambió la realidad. La ceniza desapareció. El cielo se volvió azul. Las armas de los ejércitos se convirtieron en flores y juguetes. Los Diez Mandamientos de Disboard fueron grabados en el tejido mismo de la existencia.
Riku y Schwi despertaron en un prado verde, rodeados de flores. Couronne y los demás humanos salieron de sus escondites, llorando al ver la luz del sol por primera vez.
—Lo logramos —susurró Riku, abrazando a Schwi, quien ahora tenía una piel sintética cálida y un corazón que latía de verdad.
—¿Dónde está Shirou? —preguntó Couronne, mirando a su alrededor.
En la cima de una colina cercana, Shirou Takatsuki observaba la escena. Su cuerpo estaba empezando a desvanecerse en partículas de luz plateada. El esfuerzo de sostener la energía de un mundo entero mientras manipulaba un objeto divino había agotado incluso sus reservas de Ki de nivel ángel. Pero no estaba muriendo; simplemente, este universo ya no podía sostener su presencia ahora que las reglas de Tet estaban en marcha.
—Parece que mi tiempo aquí terminó —dijo Shirou para sí mismo.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó Tet, apareciendo a su lado—. Podrías quedarte. Podrías ser el jugador más fuerte de mi nuevo mundo.
—Ya he jugado suficientes juegos, Tet —respondió Shirou, mirando a Riku y Schwi una última vez—. Ellos son los verdaderos jugadores. Yo solo era el entrenador. Cuídalos. Y asegúrate de que los humanos siempre tengan una oportunidad, incluso si no tienen magia.
—Lo haré —prometió Tet, haciendo una reverencia—. Gracias, Shirou Takatsuki. El humano que superó a los dioses.
Shirou cerró los ojos y dejó que el vacío lo reclamara. Sintió la familiar sensación de caída libre, la transición entre realidades que ya conocía tan bien.
—Bueno... —pensó Shirou mientras la luz de Disboard se desvanecía—, espero que el próximo lugar tenga un buen restaurante de ramen. Me lo he ganado.
Cuando Shirou abrió los ojos de nuevo, no estaba en un vacío. Estaba sentado en un banco de madera, en lo que parecía ser una plaza moderna y vibrante. El aire era limpio, el sol brillaba y la gente caminaba tranquilamente, muchos de ellos con orejas de animales, alas o ropas extrañas.
—¿Eh? —Shirou se rascó la nuca—. ¿Esto es... Disboard? Pero se siente diferente.
—¡Oye, tú! ¡El del traje raro! —gritó una voz joven y enérgica.
Shirou se giró y vio a un chico de cabello oscuro y una chica de cabello blanco, ambos con camisetas que decían "I Love Humanity". Estaban sentados frente a una mesa con un tablero de ajedrez.
—¿Sabes jugar a esto? —preguntó el chico con una sonrisa desafiante—. Mi hermana y yo somos los mejores, pero hay algo en tu aura que me dice que podrías ser un reto interesante.
Shirou miró a los dos jóvenes. Sintió algo familiar en ellos, un eco de Riku y Schwi, pero mezclado con una picardía y una inteligencia que solo siglos de paz podrían cultivar.
—Sora, no seas grosero —dijo la niña, Shiro, sin apartar la vista de una consola portátil—. Él... es fuerte. Muy fuerte.
Shirou soltó una carcajada. Se acercó a la mesa y se sentó frente a ellos.
—Me llamo Shirou —dijo el guerrero de Yadrat, sintiendo cómo su Ki se estabilizaba en este nuevo y pacífico Disboard—. Y aunque prefiero resolver las cosas con los puños, supongo que puedo hacer una excepción por un buen juego.
—¡Perfecto! —exclamó Sora, moviendo un peón—. ¡En este mundo, todo se decide por los juegos! ¡Apostemos algo interesante!
Shirou sonrió, una sonrisa relajada que no había tenido en mucho tiempo. Había sobrevivido a Dragon Ball, había salvado el mundo de No Game No Life Zero, y ahora, finalmente, estaba en el mundo que ayudó a crear.
—¿Qué tal si apostamos la cena? —dijo Shirou—. Muero por un tazón de ramen.
Mientras las piezas se movían sobre el tablero, Shirou Takatsuki se dio cuenta de que su viaje no había sido solo sobre pelear o ganar. Había sido sobre encontrar un lugar donde el poder no fuera una carga, sino una herramienta para crear sonrisas. Y mientras Sora y Shiro intentaban descifrar sus movimientos, Shirou supo que, por fin, podía relajarse.
—Asepth —dijeron los tres al unísono, sellando el inicio de un nuevo juego en un mundo donde las leyendas nunca mueren, solo pasan de nivel.