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Yo soy la ley

El Ajedrez de los Desahuciados

La entrada de la Ex-Machina al refugio provocó un caos silencioso. Los humanos, ahora dotados de sentidos más agudos gracias al despertar de su Ki, percibieron la presencia metálica mucho antes de que cruzara el umbral. Riku fue el primero en interponerse, con una postura de combate que ya no mostraba rastro de la fragilidad de antaño. Su aura blanca vibraba, lista para estallar en un impulso de velocidad.

—¡Detente! —ordenó Shirou, entrando justo detrás de la pequeña autómata—. Bajen la guardia. No es una amenaza.

Riku no relajó los músculos, sus ojos fijos en la chica mecánica cuyos cables colgaban como venas expuestas de su espalda.

—Shirou, es una de ellos —dijo Riku, su voz cargada de una desconfianza justificada por siglos de persecución—. Si ella está aquí, la colmena sabe dónde estamos. Nos han encontrado.

—Ella está desconectada, Riku —explicó Shirou, caminando con calma hacia el centro de la estancia—. Es lo que ellos llaman una "unidad descartada". Para los Ex-Machina, ella ya no existe. Es una anomalía, igual que yo, igual que ustedes ahora.

La Ex-Machina, a quien Shirou ya había bautizado mentalmente como Schwi, ladeó la cabeza, procesando los niveles de energía que emanaban de los humanos presentes. Sus sensores ópticos brillaron con un tono púrpura intenso.

—Análisis: Sujetos humanos —dijo ella con su voz melódica pero carente de inflexión—. Error de datos. La probabilidad de que un humano emita una firma de energía de 400 micro-spiritus sin colapso celular es de cero. Conclusión: Mis sensores requieren calibración o este grupo ha dejado de ser "humano" según la definición estándar.

—Ella quiere entender el "corazón" —añadió Shirou, mirando a Riku con una sonrisa significativa—. Y creo que nadie sabe más sobre lo que significa tener un corazón en un mundo sin esperanza que tú, Riku.

Riku bajó lentamente su lanza. Observó a la pequeña máquina. No vio la frialdad asesina de las unidades que había enfrentado antes; vio una soledad que le resultó extrañamente familiar. Era la soledad de quien no pertenece a ninguna parte.

—Entender el corazón... —murmuró Riku, soltando un suspiro—. En este mundo, el corazón es lo que te hace débil. Es lo que te hace llorar cuando alguien muere y lo que te impide dormir por las noches. ¿Por qué una máquina querría algo tan molesto?

—Porque es la única pieza que les falta para ganar —respondió Shirou, sentándose en el suelo y haciendo un gesto para que los demás lo imitaran—. Los Ex-Machina calculan probabilidades, pero el espíritu humano crea posibilidades. Esa es la diferencia entre el 0% y el 1%.

Durante las siguientes semanas, la dinámica del refugio cambió por completo. Shirou no solo continuó entrenando a los humanos en las artes del Ki y el Control del Espíritu, sino que también supervisó la integración de Schwi. La Ex-Machina era una fuente inagotable de información técnica sobre las otras razas, mientras que Shirou le enseñaba algo que ninguna base de datos podía contener: la manipulación de la energía vital.

—El Ki no es lógico, Schwi —le decía Shirou mientras meditaban frente a una pequeña vela—. No intentes medirlo con números. Siente la intención. Si quieres proteger a alguien, tu Ki se vuelve denso y protector. Si quieres alcanzar un objetivo, se vuelve afilado como un bisturí.

—La energía es una constante física —insistía ella, intentando replicar un pequeño escudo de energía en la punta de sus dedos mecánicos—. No debería verse afectada por estados psicológicos subjetivos.

—En este mundo, el espíritu es la raíz de todo —replicó Shirou—. Los Old Deus crearon el mundo a partir de sus conceptos. Los Flügel son el concepto de la guerra. Los Elfos, la magia. Ustedes, el análisis. Pero los humanos... los humanos son el concepto de la adaptación. Y yo soy la prueba de que esa adaptación no tiene límites.

Mientras tanto, Riku y Shirou pasaban noches enteras frente a un mapa del mundo de Disboard, trazando lo que Riku llamaba "El Gran Juego". Con la fuerza de Shirou como respaldo y la información de Schwi, Riku estaba diseñando un plan para terminar la guerra sin disparar un solo ataque directo contra los dioses.

—No podemos matarlos a todos, Shirou —decía Riku, señalando las fortalezas de los Elfos y el cielo donde residía Avant Heim—. Incluso si tú pudieras barrer con ejércitos enteros, el Suniaster solo aparecerá cuando la energía de la guerra alcance su punto crítico y el mundo esté a punto de romperse. Si intervenimos con violencia, solo aceleraremos la destrucción.

—Tienes razón —asintió Shirou, cruzado de brazos—. Si uso mi poder al máximo, este planeta se fragmentará antes de que el Suniaster se materialice. Mi Ki divino es demasiado pesado para esta realidad tan frágil. Necesitamos un catalizador que redirija toda esa energía de guerra hacia un solo punto.

—Las piezas del tablero —murmuró Riku—. Usaremos las armas de los dioses contra ellos mismos. Los Elfos tienen el *Aka si Anse*, los Enanos tienen el *E-Bomb*. Si logramos que disparen sus armas más potentes simultáneamente hacia un punto muerto, la energía liberada perforará el núcleo del planeta y forzará la aparición del Suniaster.

—Y ahí es donde entro yo —dijo Shirou—. Yo puedo contener esa energía el tiempo suficiente para que tú reclames la pieza. Pero hay un problema: los Ex-Machina y los Flügel no se quedarán mirando. Jibril ya está sospechando que algo sucede en este sector.

—Yo me encargaré de los cálculos y las rutas —intervino Schwi, quien se había vuelto inseparable de Riku—. Puedo usar mi conexión residual para confundir los radares de las otras razas, pero necesito que los humanos actúen como "fantasmas".

—Ya lo están haciendo —sonrió Shirou—. He perfeccionado su técnica de supresión de Ki. Ahora mismo, hay veinte de nuestros hombres moviéndose por el territorio de los Elfos colocando los espejos de energía que diseñaste, y nadie ha notado nada. Para el mundo, siguen siendo simples motas de polvo.

Sin embargo, la paz relativa del entrenamiento se vio interrumpida una tarde cuando el cielo sobre el refugio se tiñó de un dorado antinatural. Shirou, que estaba ayudando a Couronne a refinar su percepción extrasensorial, se puso de pie de golpe.

—Ella volvió —dijo Shirou, su voz volviéndose gélida.

—¿Jibril? —preguntó Riku, sintiendo un escalofrío que ya no era por el frío ambiental, sino por el instinto de supervivencia.

—No está sola. Siente que algo ha cambiado y ha traído a otras de su especie para "investigar". Quieren ver qué es lo que está limpiando la ceniza de este sector.

Shirou salió a la superficie en un solo salto, aterrizando en medio del páramo. Sobre él, tres figuras aladas flotaban con una elegancia aterradora. Jibril estaba en el centro, flanqueada por dos Flügel de aspecto veterano cuyas aureolas giraban con una velocidad que indicaba que estaban listas para el combate masivo.

—¡Maestro Shirou! —exclamó Jibril, su voz resonando con una mezcla de alegría y crueldad—. Mis hermanas no creían mis historias sobre un humano que puede desintegrar Ex-Machinas con un dedo. He tenido que traerlas para que sean testigos de tu magnificencia antes de que te llevemos a Avant Heim.

—Te dije que te quedaras tranquila, Jibril —dijo Shirou, su aura empezando a emerger, una luz plateada que hacía que el suelo bajo sus pies se cristalizara—. No soy un juguete, y estos humanos no son tu ganado.

—Oh, pero el Consejo de las Dieciocho Alas ha decidido que una anomalía de tu calibre debe ser catalogada —dijo una de las otras Flügel, su mirada fija en Shirou como si fuera un objeto inanimado—. Si te resistes, simplemente reduciremos este sector a cenizas y recolectaremos lo que quede de tu esencia.

Shirou soltó una carcajada corta y seca. Lentamente, llevó sus manos a los costados y comenzó a elevar su poder. No era el Ki ordinario que les enseñaba a los humanos; era el Ki que había cultivado durante eones, una energía que había sido reconocida por el mismísimo Zeno-sama.

—¿Reducir a cenizas? —preguntó Shirou. El cielo comenzó a temblar. Las nubes de ceniza roja fueron barridas por un viento huracanado que emanaba de su cuerpo—. Ustedes, las creaciones de Artosh, están acostumbradas a ser las depredadoras máximas. Pero hoy, van a aprender lo que significa estar frente a algo que está más allá de su comprensión.

—¡Ataquen! —ordenó la Flügel veterana, sintiendo por primera vez una punzada de duda.

Las tres Flügel entonaron un cántico de guerra en una lengua antigua. El Spiritus a su alrededor se condensó en lanzas de luz pura, cada una capaz de borrar una cordillera. Los disparos convergieron sobre Shirou en una explosión de energía que iluminó el planeta entero.

Pero cuando el brillo se desvaneció, Shirou seguía allí. No se había movido. Estaba sujetando las tres lanzas de energía con una sola mano, comprimiéndolas hasta convertirlas en una pequeña esfera de cristal inofensiva.

—¿Eso es todo? —preguntó Shirou—. Mi turno.

No lanzó un ataque de energía. Simplemente utilizó la Partición del Espíritu a nivel molecular. Con un movimiento de su mano, el aire alrededor de las Flügel se volvió sólido, atrapándolas en una prisión de presión gravitacional.

—¡No puedo moverme! —gritó Jibril, sus alas batiendo desesperadamente contra el vacío—. ¡El Spiritus no responde! ¡Lo está borrando!

—He desconectado este espacio de la red del mundo —dijo Shirou, elevándose lentamente hasta quedar a la altura de ellas—. En este radio de un kilómetro, yo soy el que dicta las leyes de la física. Y mi ley dice que ustedes van a bajar al suelo y van a escuchar lo que los humanos tienen que decir.

Shirou las obligó a descender, depositándolas frente a la entrada del refugio, donde Riku y los demás observaban con rostros serios. Las guerreras más temidas de Disboard estaban de rodillas, sus poderes anulados por la mera voluntad de un hombre que vestía un dogi naranja.

Riku dio un paso adelante. Ya no era el chico asustado que se escondía en los túneles. Tenía la espalda recta y sus ojos brillaban con la luz del Ki.

—Escuchen bien, enviadas de Artosh —dijo Riku, su voz proyectada por su propia energía vital—. Ya no somos sus presas. No queremos su guerra, pero no permitiremos que sigan destruyendo nuestro hogar. Díganle a su creador que los humanos han despertado. Y que si vuelven a interferir con nosotros, no será Shirou quien las detenga. Seremos nosotros.

Shirou liberó la presión justo lo suficiente para que pudieran hablar.

—¿Cómo... cómo puede un humano tener esa voz? —susurró la Flügel veterana, mirando a Riku con un terror genuino—. No es magia... es autoridad.

—Es espíritu —corrigió Shirou—. Ahora, váyanse. Y Jibril... considera esto tu última advertencia. La próxima vez que traigas una guerra a mi puerta, borraré a Avant Heim del cielo.

Las Flügel no esperaron una segunda invitación. Huyeron hacia el horizonte a una velocidad que delataba su pánico. Jibril fue la última en irse, mirando hacia atrás una última vez, no con odio, sino con una devoción fanática. Había encontrado a su nuevo Dios.

Cuando el silencio regresó al páramo, Riku se giró hacia Shirou.

—Esto acelerará las cosas, ¿verdad? —preguntó Riku.

—Mucho —respondió Shirou, mirando sus propias manos—. Artosh no se quedará de brazos cruzados. Ha sentido mi poder. Pronto, todas las razas se moverán hacia aquí. El clímax de la guerra se ha adelantado.

—Estamos listos —dijo Schwi, saliendo de las sombras y tomando la mano de Riku—. Los cálculos para el *Solsticio de los Desahuciados* están completos. Si logramos atraer a los ejércitos al punto de convergencia, podremos activar el mecanismo y reclamar el Suniaster antes de que se den cuenta de lo que ha pasado.

Shirou miró a su alrededor. Vio a los humanos entrenando, vio la tecnología de Schwi integrándose con la voluntad de Riku, y sintió la vibración del mundo preparándose para su transformación final.

—Bien —dijo Shirou, su mirada perdiéndose en las estrellas que ahora eran visibles gracias a su despliegue de poder—. He pasado siglos peleando para salvar universos de monstruos y tiranos. Pero esta vez, es diferente. Esta vez, voy a ayudar a que este mundo se salve a sí mismo.

Esa noche, Shirou no durmió. Se quedó en la cima del risco, meditando sobre la naturaleza del destino. Había sido un chico de diecisiete años, un guerrero de Yadrat, un salvador de la Tierra y un aliado de los dioses. Ahora, era el mentor de una raza que se negaba a morir.

—Goku, amigo... —susurró Shirou a la nada—, siempre decías que no había límites para los que se esfuerzan. Espero que estés mirando, porque estos humanos están a punto de dar el salto más grande de todos.

En la oscuridad, el Ki de Shirou comenzó a latir en sincronía con el núcleo del planeta. El gran juego estaba entrando en su fase final. Los dioses tenían el poder, las máquinas tenían la lógica, pero los humanos... los humanos tenían a Shirou Takatsuki. Y en cualquier universo, esa era la apuesta más segura.

Al amanecer, Riku se acercó a él, vestido con su armadura de cuero reforzada con placas de Ex-Machina.

—Es hora, Maestro —dijo Riku.

Shirou se puso de pie, ajustándose el cinturón de su dogi.

—Sí, Riku. Es hora de dar el jaque mate.

Con un estallido de velocidad que rompió la barrera del sonido, ambos se lanzaron hacia el horizonte, seguidos por una legión de humanos que volaban por el cielo de ceniza, no con alas de plumas o metal, sino con la pura fuerza de su voluntad despierta. La Gran Guerra estaba a punto de terminar, y por primera vez en la eternidad, los dioses no eran los que tenían el control del tablero.