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Your lack of memory

Eco de Metal y Gravedad

El auditorio de la U.A. era inmenso, una estructura que respiraba prestigio y una presión sofocante que parecía aplastar los hombros de todos los presentes. Chuuya Nakahara se encontraba sentado en una de las filas intermedias, con la gorra todavía calada y los brazos cruzados. A su alrededor, el murmullo de cientos de adolescentes ansiosos creaba un ruido blanco que le resultaba irritante.

Su mente, entrenada para la vigilancia constante por las lecciones de Mori, no dejaba de escanear el lugar. Identificó salidas de emergencia, puntos ciegos y, sobre todo, las capacidades potenciales de los que lo rodeaban. "Demasiados niños mimados con dones llamativos", pensó con desdén. Sin embargo, sus ojos heterocromáticos buscaron, casi por instinto, una mancha de color verde entre la multitud.

Lo encontró unas filas más adelante. Izuku Midoriya estaba sentado rígidamente, temblando de forma visible mientras un chico alto de gafas parecía regañarlo por sus murmullos constantes. Chuuya soltó un bufido silencioso. El "brócoli" parecía estar a un paso de sufrir un colapso nervioso.

La presentación de Present Mic fue un asalto a los sentidos. Los gritos del héroe profesional hicieron que Chuuya frunciera el ceño, ajustándose la gorra para tapar un poco más sus oídos. Mientras el héroe explicaba la dinámica de los puntos por la destrucción de robots, Chuuya simplemente memorizó las siluetas de los enemigos. Puntos de presión, articulaciones, centros de equilibrio. Para alguien que podía controlar la gravedad, un robot de varias toneladas no era más que un trozo de chatarra esperando ser aplastado.

Tras la explicación, los estudiantes fueron divididos en diferentes centros de examen. Chuuya revisó su tarjeta: Centro de Batalla B.

—Vaya suerte —masculló, viendo que Midoriya también se dirigía hacia el mismo autobús.

Al llegar a la zona de pruebas, el escenario era una réplica exacta de una ciudad. Chuuya se mantuvo al margen, observando cómo los demás aspirantes estiraban sus músculos o hacían demostraciones innecesarias de sus dones. Midoriya, por su parte, parecía estar luchando contra la hiperventilación.

—Oye —dijo Chuuya, acercándose al peliverde con pasos lentos y seguros.

Izuku dio un respingo, casi saltando de su piel antes de reconocer al chico del tren.

—¡Ah! ¡Nakahara-kun! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. Me asustaste. Yo... estaba tratando de visualizar la estrategia, pero hay tanta gente y...

—Estás vibrando —lo interrumpió Chuuya, observándolo con una mirada analítica—. Si entras con esa tensión, tus músculos no van a reaccionar a tiempo. Respira, maldita sea. No dejes que el entorno te domine.

Izuku parpadeó, sorprendido por la brusquedad pero también por la extraña lógica en las palabras de Chuuya. Tomó una bocanada de aire profunda y asintió.

—Tienes razón. Gracias, de nuevo. Es que... es mi única oportunidad.

—Solo no te metas en mi camino —respondió Chuuya, dándose la vuelta para ocultar un destello de empatía que no quería admitir—. Si te quedas atrás, no esperes que te recoja.

—¡No lo haré! —prometió Izuku con una determinación renovada en sus ojos verdes.

—¡START! —El grito de Present Mic resonó desde las torres de vigilancia—. ¡En una batalla real no hay cuenta regresiva! ¡Corran, corran!

Mientras los demás estudiantes dudaban por un segundo, Chuuya ya estaba en movimiento. No corrió como un atleta normal; con un ligero toque de su Don, disminuyó su propio peso, permitiéndose dar saltos que cubrían distancias imposibles. En un par de segundos, ya estaba dentro de la ciudad ficticia.

Un robot de tres puntos apareció doblando una esquina, sus sensores rojos fijándose en el intruso pelirrojo.

—Objetivo localizado —anunció la máquina con voz metálica.

Chuuya ni siquiera desaceleró. Saltó hacia el robot y, en el aire, aumentó la gravedad de su pierna derecha en el momento del impacto.

—¡Aplasta! —rugió.

Su patada descendente no solo abolló el metal, sino que hundió al robot por completo en el pavimento, creando un cráter a su alrededor. El sonido del metal retorciéndose fue música para sus oídos. Sin detenerse a mirar el daño, Chuuya se impulsó hacia la pared de un edificio, corriendo de forma lateral por el concreto como si la gravedad no existiera para él.

Desde las sombras de los callejones y los techos, Chuuya se convirtió en un torbellino de destrucción escarlata. No necesitaba grandes explosiones ni discursos heroicos. Era eficiente, preciso y letal. Cada vez que tocaba un robot, este se volvía tan pesado que sus propios motores explotaban bajo la presión, o tan ligero que un simple empujón lo enviaba a chocar contra otros enemigos.

"Diez puntos... quince... veintidós...", contaba mentalmente. "Mori estaría decepcionado si tardo más de diez minutos en limpiar esta zona".

Sin embargo, a pesar de su enfoque en la tarea, su mirada observadora captaba destellos de los demás. Vio a una chica flotando, a un chico con motores en las piernas y, finalmente, vio a Midoriya. El peliverde estaba corriendo desesperadamente de un lado a otro, pero no parecía estar atacando nada. Estaba asustado, sí, pero Chuuya notó algo más: Izuku estaba buscando a alguien a quien ayudar en lugar de buscar puntos.

—Idiota —susurró Chuuya, derribando a otro robot de dos puntos de un solo golpe—. Vas a reprobar si sigues así.

De repente, el suelo comenzó a temblar con una intensidad sísmica. Desde el centro de la ciudad, una silueta colosal se alzó, eclipsando los edificios circundantes. Era el obstáculo de cero puntos. Una máquina de guerra del tamaño de un rascacielos que avanzaba destruyendo todo a su paso.

—¡Corran! —gritaron varios estudiantes, emprendiendo la huida ante el horror mecánico.

Chuuya se detuvo en la cornisa de un edificio, observando al gigante. Su instinto de supervivencia le decía que diera media vuelta; no había beneficio en luchar contra algo que no daba puntos. Pero entonces, vio a Midoriya.

El chico pecoso no estaba corriendo. Estaba mirando hacia los escombros a los pies del robot. La chica que Izuku había intentado ayudar antes estaba atrapada bajo un trozo de concreto, y el gigante estaba a punto de aplastarla.

Chuuya sintió que su sangre hervía. No era heroísmo, se dijo a sí mismo. Era simplemente que odiaba ver a los fuertes aplastando a los que no podían defenderse. Le recordaba demasiado a los laboratorios, a los científicos que lo veían como un espécimen bajo un microscopio.

—¡Maldita sea! —Chuuya se lanzó desde el edificio, pero antes de que pudiera activar su poder para intervenir, vio algo que lo dejó helado.

Izuku Midoriya, el chico que temblaba en el tren, el chico que no tenía puntos, acababa de saltar. Y no fue un salto normal. Hubo un estallido de presión de aire, una ráfaga de energía verde que hizo que el suelo se agrietara. En un parpadeo, Midoriya estaba frente a la cara del robot gigante.

—¡SMASH! —gritó Izuku.

El impacto del puñetazo resonó en todo el centro de batalla. La cabeza del robot se hundió, el metal se desgarró como si fuera papel y una onda de choque barrió las nubes del cielo. El gigante comenzó a desplomarse, envuelto en llamas y humo.

Chuuya aterrizó suavemente sobre un poste de luz, con los ojos muy abiertos.

—Esa fuerza... —murmuró, viendo cómo Midoriya comenzaba a caer al vacío con las extremidades rotas y el rostro contraído por el dolor—. Ese idiota realmente lo hizo.

Izuku caía sin control, sus piernas y su brazo derecho colgando inútilmente. Chuuya reaccionó por puro instinto. Se impulsó desde el poste, cortando el aire como un proyectil.

—¡Te tengo! —gritó Chuuya.

En pleno aire, interceptó a Midoriya. Al contacto, Chuuya activó su Don, anulando la gravedad de ambos para que el descenso fuera tan suave como el de una pluma. Mientras flotaban hacia el suelo, Chuuya pudo ver de cerca el daño: la piel de Izuku estaba amoratada, sus huesos claramente fracturados por el retroceso de su propio poder.

—¿Por qué...? —susurró Izuku, apenas consciente, mirándolo con ojos empañados por las lágrimas y el dolor.

—Porque eres un estúpido que no sabe medir sus límites —gruñó Chuuya, aunque su agarre en la chaqueta de Izuku era firme y protector.

Aterrizaron justo cuando sonaba la alarma que indicaba el fin del examen. Chuuya depositó a Izuku en el suelo con una delicadeza que no sabía que poseía. La chica que estaba atrapada se acercó cojeando, agradeciéndoles con la mirada.

Poco después, una anciana pequeña —Recovery Girl— llegó para atender a los heridos. Chuuya se apartó, dejando que ella hiciera su trabajo. Se quedó a unos metros, limpiándose el polvo de la ropa y tratando de procesar lo que acababa de ver.

Había pasado toda su vida rodeado de personas poderosas. Mori era una mente maestra, los ejecutivos de la organización eran monstruos por derecho propio. Pero nunca había visto a nadie sacrificarse de esa manera por un extraño, especialmente alguien que parecía tan frágil como Midoriya.

—Nakahara-kun... —la voz de Izuku lo sacó de sus pensamientos. El chico estaba sentado, ya curado pero visiblemente agotado—. Gracias. De nuevo. Me salvaste de una caída muy fea.

Chuuya se acercó y, sin decir una palabra, le extendió la mano. Izuku la tomó, sorprendido, y el pelirrojo lo ayudó a ponerse en pie.

—Ese golpe que diste —dijo Chuuya, mirando hacia los restos humeantes del robot de cero puntos—, fue una locura. Pero si vas a usar un poder que te rompe el cuerpo cada vez, no vas a durar ni una semana en esta escuela.

Izuku bajó la mirada, apenado.

—Todavía no sé cómo controlarlo bien. Es... es nuevo para mí.

Chuuya suspiró y se ajustó la gorra, ocultando sus ojos heterocromáticos bajo la visera.

—Bueno, más te vale aprender. No pienso estar siempre cerca para atraparte en el aire.

Izuku sonrió, una sonrisa débil pero llena de esa calidez que tanto desconcertaba a Chuuya.

—Pero estuviste ahí esta vez. Eso significa mucho.

Chuuya sintió un calor extraño subir por su cuello y se dio la vuelta rápidamente para que el peliverde no notara su leve sonrojo.

—Como sea. Nos vemos en los resultados, brócoli. No te mueras antes de eso.

Caminó hacia la salida del centro de batalla, con el corazón latiendo a un ritmo que no podía atribuir solo al ejercicio físico. En su mente, la imagen de Midoriya desafiando al gigante se mezclaba con la sensación de su peso en sus brazos mientras caían.

Por primera vez en su vida, Chuuya Nakahara sintió que la gravedad no era lo único que lo mantenía unido a la tierra. Había algo más pesado, algo más fuerte que cualquier fuerza física, que empezaba a tirar de él hacia ese chico de ojos verdes.

Al salir de las instalaciones de la U.A., Chuuya miró el cielo. Sabía que Mori esperaba un informe detallado sobre los dones de los estudiantes y el nivel de seguridad de la academia. Pero mientras sacaba su teléfono, sus dedos dudaron.

"¿Realmente quiero entregar a este chico a los planes de Mori?", se preguntó.

La respuesta llegó en forma de un recuerdo: la mano de Izuku aferrándose a él en el tren, buscando seguridad en un extraño. Chuuya guardó el teléfono en su bolsillo sin escribir nada. Por hoy, los secretos de la U.A. y de Midoriya se quedarían con él.

Después de todo, la gravedad era una fuerza constante, pero incluso la gravedad podía cambiar de dirección si encontraba el centro de masa adecuado. Y tal vez, solo tal vez, Chuuya acababa de encontrar el suyo.