Your lack of memory
El Peso del Corazón y el Vértice de la Tormenta
El estadio de la U.A. era un hervidero de emociones, pero para Chuuya Nakahara, el ruido se había convertido en un zumbido lejano. Se encontraba en el centro del cuadrilátero, frente a Shoto Todoroki. El aire aún estaba viciado por el ozono y el calor remanente del combate anterior. Chuuya podía sentir la mirada de miles de personas sobre él, pero solo una le importaba: la de aquel chico pecoso que, seguramente, lo observaba desde una camilla en la enfermería con esos ojos verdes llenos de una fe inmerecida.
—¡EL ENCUENTRO FINAL! —rugió Present Mic por los altavoces—. ¡EL HIELO Y EL FUEGO DE TODOROKI CONTRA LA GRAVEDAD ABSOLUTA DE NAKAHARA! ¡¿QUIÉN SE ALZARÁ CON LA VICTORIA?!
Todoroki no perdió el tiempo. Su expresión era una máscara de concentración, aunque sus ojos revelaban un cansancio profundo. Al sonar el inicio, una pared de hielo colosal, más alta que los propios edificios cercanos, surgió de su lado derecho con un estruendo ensordecedor.
Chuuya ni siquiera parpadeó. Extendió una mano enguantada hacia adelante.
—Muy predecible —susurró.
Al contacto con el borde del glaciar que amenazaba con devorarlo, Chuuya activó su Don. El resplandor rojizo recorrió la estructura helada en un instante.
—Gravedad cero: Dispersión.
El hielo, que pesaba toneladas, perdió repentinamente toda su masa y cohesión. Con un simple movimiento de su brazo, Chuuya hizo que la montaña de escarcha flotara hacia el cielo y se desintegrara en una lluvia de cristales inofensivos. Sin detenerse, el pelirrojo se impulsó hacia adelante, cancelando su propio peso para deslizarse por el aire como un proyectil.
Todoroki reaccionó activando su lado izquierdo. Una llamarada intensa envolvió el lado derecho del ring, tratando de interceptar a Chuuya en pleno vuelo. El calor era sofocante, pero Chuuya simplemente giró sobre su propio eje en el aire, manipulando la densidad del aire a su alrededor para crear un escudo gravitatorio que desviaba las llamas.
—¡Te dije que no te contuvieras! —gritó Chuuya mientras aterrizaba con una gracia felina a pocos metros de Todoroki—. ¡Midoriya se rompió los huesos para que aceptaras quién eres! ¡No hagas que su sacrificio sea en vano!
Todoroki apretó los dientes, el fuego en su brazo izquierdo intensificándose.
—No necesito que me lo recuerdes —respondió Todoroki—. Midoriya... él me abrió los ojos. Pero tú, Nakahara... tú eres diferente. Luchas como si tuvieras el peso del mundo entero intentando aplastarte.
—No tienes idea —masculló Chuuya.
El combate se convirtió en un torbellino de elementos. Todoroki lanzaba ráfagas combinadas de fuego y hielo, creando explosiones de vapor que nublaban la vista. Chuuya, por su parte, era una mancha roja que aparecía y desaparecía entre la niebla. Cada vez que Todoroki intentaba atraparlo, Chuuya alteraba la gravedad del suelo, haciendo que el chico del cabello bicolor perdiera el equilibrio o se sintiera atraído hacia el centro del ring como si hubiera un agujero negro bajo sus pies.
En las gradas, los héroes profesionales estaban atónitos. Nadie había visto un control tan preciso y devastador de una fuerza fundamental. Pero en la zona VIP, el hombre de negro enviado por Mori Ougai no sonreía. Estaba tomando notas. "El activo está mostrando demasiado entusiasmo. El vínculo con el sujeto Midoriya Izuku ha alterado su eficiencia fría por una agresividad apasionada. Recomendación: Reeducación inmediata tras el evento".
Chuuya sintió esa mirada. La sentía como un escalofrío en la nuca. Sabía que cada movimiento que hacía era una sentencia. Si ganaba de forma demasiado heroica, Mori lo castigaría por "ablandarse". Si perdía, Mori lo castigaría por "inutilidad".
"Al diablo con Mori", pensó Chuuya, sintiendo una furia nueva quemando en su pecho. "Al diablo con la Port Mafia. Al diablo con el destino".
—¡Todoroki! —rugió Chuuya, concentrando una cantidad masiva de energía en su puño—. ¡Esto termina ahora!
Todoroki preparó su ataque más potente, acumulando frío en un lado y calor en el otro para generar una onda expansiva térmica.
—¡Ven! —desafió Todoroki.
El choque fue apocalíptico. Una explosión de luz y presión barrió el estadio, obligando a los espectadores a cubrirse el rostro. Cuando el humo se disipó, Chuuya estaba de pie, con la chaqueta destrozada y la gorra perdida en algún lugar de la arena. Todoroki estaba de rodillas, justo en el borde de la línea, incapaz de moverse debido a la presión gravitatoria que Chuuya había anclado sobre sus hombros en el último segundo.
—El ganador... —anunció Midnight con voz temblorosa— ¡es Chuuya Nakahara!
El estadio estalló, pero Chuuya no celebró. Se acercó a Todoroki y le tendió la mano.
—Buen combate —dijo Chuuya, su voz áspera—. Tienes un fuego fuerte. No dejes que nadie más lo use.
Todoroki aceptó la mano, levantándose con dificultad.
—Gracias —murmuró—. Tú también... deberías seguir tu propio consejo.
Chuuya asintió vagamente y salió del ring. No fue a la ceremonia de premiación de inmediato. Sus pies lo llevaron, casi por voluntad propia, de regreso a la enfermería. Necesitaba ver esos ojos verdes antes de que la realidad de Mori lo reclamara de nuevo.
Al entrar, encontró a Izuku sentado en el borde de la cama. Estaba envuelto en vendas, pero su rostro se iluminó al ver al pelirrojo.
—¡Chuuya! —exclamó Izuku, intentando levantarse—. ¡Lo vi! ¡Fue increíble! La forma en que manejaste ese último ataque... ¡ganaste el festival!
Chuuya cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso. Sin la adrenalina del combate, el dolor de las heridas de la noche anterior y el cansancio del torneo lo golpearon de golpe.
—Ganar es solo una palabra, brócoli —dijo Chuuya, caminando lentamente hacia él.
Izuku notó algo extraño en su tono. Se fijó en los nudillos ensangrentados de Chuuya y en la mirada sombría que ocultaba tras sus mechones rojos.
—¿Qué pasa? —preguntó Izuku en voz baja, su instinto empático detectando la tormenta interna del otro—. Deberías estar feliz. Eres el número uno de primer año.
Chuuya se detuvo frente a él y, sin previo aviso, se dejó caer, apoyando su frente en el hombro de Izuku. El contacto hizo que Izuku se tensara por un segundo, pero luego relajó su cuerpo, permitiendo que Chuuya buscara consuelo en su cercanía.
—No quiero ser el número uno —susurró Chuuya contra la tela del traje de hospital—. No quiero ser un arma. No quiero volver a ese lugar.
Izuku sintió un nudo en la garganta. No conocía todos los detalles del pasado de Chuuya, pero podía sentir el peso de las cadenas invisibles que lo arrastraban. Con cuidado, Izuku rodeó la espalda de Chuuya con sus brazos vendados, sosteniéndolo con una firmeza que decía: "No te dejaré caer".
—No tienes que volver —dijo Izuku con una determinación que sorprendió incluso a Chuuya—. Estás en la U.A. Ahora eres un estudiante de héroe. Aquí nos protegemos unos a otros.
Chuuya soltó una risa amarga, pero no se apartó.
—Eres tan ingenuo, Midoriya. Hay personas que no pueden ser salvadas solo con buenas intenciones. Mi "tutor"... él no me dejará ir tan fácilmente. Soy demasiado útil para él.
Izuku se separó un poco para mirar a Chuuya a los ojos. La cercanía era tal que podía contar las pecas de Izuku y ver el brillo dorado en el ojo azul de Chuuya.
—Entonces lucharemos —declaró Izuku—. Si ese hombre intenta llevarte, All Might y los demás profesores intervendrán. Y yo... yo estaré a tu lado. No importa la gravedad que intente hundirte, yo te sostendré.
Chuuya se quedó sin palabras. Había vivido dieciséis años bajo la premisa de que su valor dependía de su obediencia y su poder destructivo. Nadie le había ofrecido nunca una lucha compartida, una carga dividida.
—¿Por qué? —preguntó Chuuya, su voz apenas un hilo—. ¿Por qué te arriesgarías tanto por alguien como yo? Apenas nos conocemos.
Izuku sintió que su rostro se calentaba, pero no apartó la mirada.
—Porque desde que caí en tus piernas en aquel tren, sentí que algo cambió —confesó Izuku, rascándose la mejilla con timidez—. Me sentí seguro. Y luego, cuando me atrapaste en el aire durante el examen... supe que bajo esa actitud de chico malo, hay alguien que realmente quiere hacer el bien. Chuuya... me gustas. No solo como compañero, sino... de verdad.
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Fue el tipo de silencio que precede a un cambio irreversible en el universo. Chuuya sintió que el vacío en su pecho, ese agujero negro que Mori había cultivado durante años, empezaba a llenarse de algo cálido y vibrante.
—Eres un idiota —dijo Chuuya, pero esta vez no había veneno en sus palabras—. Un idiota pecoso y suicida.
—Lo sé —sonrió Izuku.
Chuuya acortó la distancia final. Esta vez no fue un beso fugaz en la frente. Sus labios se encontraron con los de Izuku en un beso torpe, casto y cargado de una desesperación dulce. Sabía a sal y a esfuerzo, pero para Chuuya, era el sabor de la libertad. Por un momento, no hubo Port Mafia, no hubo experimentos, no hubo festival. Solo estaban ellos dos, desafiando la lógica y el dolor.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando levemente, con los rostros encendidos.
—Eso... eso fue... —Izuku estaba balbuceando, completamente abrumado.
—Cállate, brócoli —dijo Chuuya, con una sonrisa genuina iluminando su rostro por primera vez—. No lo arruines con tus murmullos.
Sin embargo, la puerta de la enfermería se abrió de golpe. Recovery Girl entró, seguida por un All Might en su forma delgada.
—¡Joven Midoriya! ¡Joven Nakahara! —exclamó All Might, deteniéndose al notar la atmósfera cargada de la habitación—. Oh, lamento interrumpir algo... importante.
Chuuya se levantó rápidamente, recuperando su compostura habitual, aunque sus orejas seguían rojas.
—Solo estaba... felicitando al perdedor —mintió Chuuya, ajustándose una chaqueta que ya no tenía.
All Might los miró con una sonrisa paternal y algo de tristeza en los ojos.
—Nakahara-kun, hay alguien afuera esperándote. Un hombre que dice ser tu tutor legal. Dice que deben retirarse de inmediato.
El cuerpo de Chuuya se tensó. El miedo regresó, frío y cortante. Pero antes de que pudiera decir nada, sintió la mano de Izuku apretando la suya bajo las sábanas.
—Él no se irá —dijo Izuku, mirando a All Might con una firmeza que hizo que el Símbolo de la Paz se enderezara—. All Might, Nakahara-kun tiene problemas en su casa. Problemas graves. Como su sucesor, le pido que lo ayude. No podemos dejar que se lo lleven.
All Might observó a los dos jóvenes. Vio la unión de sus manos y la súplica silenciosa en los ojos de Chuuya. Como héroe, había visto muchas formas de cautiverio, y reconoció el miedo de Chuuya como el de alguien que ha sido tratado como un objeto durante demasiado tiempo.
—Ya veo —dijo All Might, su voz volviéndose profunda y autoritaria—. No te preocupes, joven Midoriya. Nadie sale de la U.A. en contra de su voluntad si hay sospechas de maltrato. Yo mismo hablaré con ese caballero. Nezu ya ha estado investigando los antecedentes de la tutela de Nakahara-kun.
Chuuya sintió que una presión inmensa abandonaba su pecho.
—¿De verdad? —preguntó Chuuya, incrédulo.
—La U.A. no es solo una escuela de héroes, joven —respondió All Might—. Es un refugio. Quédate aquí con Midoriya. Yo me encargaré de la "gravedad" externa por un momento.
Cuando All Might y Recovery Girl salieron para gestionar la situación, Chuuya se dejó caer de nuevo en la silla junto a Izuku. Estaba temblando, pero esta vez era de alivio.
—Te lo dije —susurró Izuku, entrelazando sus dedos con los de Chuuya—. No estás solo.
Chuuya miró su mano unida a la de Izuku. Por primera vez en su vida, sintió que no necesitaba manipular la gravedad para mantenerse firme. El peso de Izuku a su lado era suficiente para anclarlo a un mundo donde la esperanza era posible.
—Supongo que ahora tendré que soportar tus murmullos todos los días —dijo Chuuya, intentando recuperar su tono arrogante, aunque sus ojos brillaban de emoción.
—Y yo tendré que recordarte que no te escondas tras esa gorra —rio Izuku.
El Festival Deportivo terminó con un podio vacío y una batalla legal que apenas comenzaba en las sombras. Pero en aquella pequeña habitación de hospital, dos chicos que se conocieron por accidente en un tren habían encontrado algo que ningún trofeo podía igualar.
Chuuya Nakahara, el chico que podía aplastar ciudades, finalmente había encontrado algo que quería proteger con más fuerza que su propia vida. E Izuku Midoriya, el chico que quería salvar a todos, finalmente había salvado a la persona que más lo necesitaba.
—Oye, Izuku —dijo Chuuya antes de quedarse dormido por el agotamiento, con la cabeza apoyada en el colchón—. Gracias por caerte encima de mí aquel día.
Izuku sonrió, acariciando el cabello rojo de Chuuya con ternura.
—Gracias a ti por atraparme, Chuuya. En todos los sentidos.
La gravedad del destino los había unido, pero era su propia voluntad la que los mantendría volando juntos, hacia un futuro donde ya no habría más sombras, solo la luz de un nuevo amanecer en la academia de héroes.