Your lack of memory
Gravedad bajo Fuego
El aire del verano pesaba sobre los hombros de los estudiantes de la Clase 1-A, pero para Chuuya Nakahara, el calor era preferible al frío sepulcral de la clínica de Mori. Habían pasado semanas desde que Aizawa e Izuku irrumpieron en su realidad fragmentada. La intervención legal estaba en marcha, pero era un proceso lento y burocrático; Mori Ougai tenía demasiadas conexiones y una fachada de tutor ejemplar que era difícil de resquebrajar. Por ahora, Chuuya vivía en los dormitorios de la U.A. bajo una orden de protección temporal, un santuario de cemento y reglas que, irónicamente, le devolvía la respiración.
— ¡Chuuya-kun! ¡Mira esto! —exclamó Izuku, agitando un folleto mientras caminaban hacia el autobús que los llevaría al campamento de entrenamiento—. ¡Dicen que las Pussycats tienen un área de entrenamiento especializada para tipos de emisión y transformación!
Chuuya ajustó su gorra, ocultando una pequeña sonrisa. Sus ojos heterocromáticos brillaron con una chispa de competitividad que antes solo usaba para la supervivencia.
— Deja de murmurar, brócoli. Ya te he dicho que no importa el terreno, mi gravedad lo aplasta todo —respondió Chuuya, aunque su tono carecía de veneno.
— Solo ten cuidado, Nakahara —intervino Aizawa, apareciendo detrás de ellos con sus ojeras habituales—. Este campamento no es para divertirse. Es para que superen sus límites. Especialmente tú. Tu control sobre *Por el Dolor Corrompido* aumenta cuando estás bajo presión emocional, pero necesitamos que esa fuerza sea constante, no una reacción al trauma.
Chuuya asintió, su rostro volviéndose serio. Sabía que su don estaba intrínsecamente ligado a su estado mental. Durante años, Mori había provocado su dolor para extraer el máximo potencial de su gravedad, convirtiéndolo en un arma que se alimentaba de su propio sufrimiento. En la U.A., estaba aprendiendo a ser el dueño de su poder, no su víctima.
El viaje al campamento fue una mezcla de la energía caótica de la clase y la vigilancia silenciosa de Izuku sobre Chuuya. Izuku se había convertido en su sombra, no de una manera asfixiante, sino como un ancla. Cada vez que Chuuya se perdía en sus pensamientos, mirando sus propias manos como si esperara ver las cicatrices abrirse de nuevo, Izuku hacía una pregunta trivial sobre análisis de héroes o le ofrecía un dulce.
Al llegar a la montaña, el entrenamiento comenzó sin piedad. Durante días, Chuuya fue empujado al abismo del agotamiento. Tenía que mantener flotando rocas de varias toneladas mientras corría por terrenos irregulares, todo mientras Aizawa borraba y devolvía su don para forzarlo a reaccionar instantáneamente.
— ¡Más presión, Nakahara! —gritó Tiger, uno de los miembros de las Pussycats, mientras lo atacaba en un combate cuerpo a cuerpo—. ¡Si no puedes controlar tu peso, el enemigo te usará como un ancla!
Chuuya apretó los dientes, el sudor empapando su camiseta. Sentía que sus huesos crujían bajo la fuerza G que él mismo generaba.
— ¡Cállate y pelea! —rugió Chuuya, tocando el suelo y lanzando una onda de choque gravitatoria que hizo retroceder al héroe profesional.
A lo lejos, Izuku, que estaba tratando de fortalecer sus ligamentos para soportar el One For All, lo observaba con orgullo. Chuuya ya no gritaba de dolor; gritaba de esfuerzo. Había una diferencia abismal.
Sin embargo, la paz del entrenamiento se rompió la tercera noche.
El campamento estaba sumido en la oscuridad, roto solo por las risas de los estudiantes que participaban en la prueba de valor en el bosque. Chuuya estaba en el grupo de los que tomaban clases remediales con Aizawa dentro del edificio, pero una inquietud punzante le recorría el espinazo. Era un instinto desarrollado en los laboratorios, una sensibilidad al peligro que nunca lo abandonaba.
De repente, el olor a quemado inundó el aire. No era madera seca; era un fuego azul, químico y antinatural.
— ¿Huelen eso? —preguntó Chuuya, poniéndose de pie de un salto. Sus ojos se fijaron en la ventana. El bosque estaba ardiendo—. Gas... hay gas somnífero en el aire.
Aizawa reaccionó en milisegundos.
— ¡Todos, no salgan! —ordenó el profesor, activando su comunicador—. ¡Pussycats! ¡Estamos bajo ataque!
Pero Chuuya ya estaba en la puerta. Su corazón latía con una fuerza violenta. Izuku estaba afuera, en el bosque.
— ¡Nakahara, vuelve aquí! —gritó Aizawa, pero una explosión en la entrada del edificio lo obligó a cubrir a los otros estudiantes.
Chuuya no escuchó. Salió al aire viciado, envolviendo su cuerpo en un aura roja. La gravedad a su alrededor se volvió tan densa que el gas somnífero no podía acercarse a sus pulmones; simplemente caía al suelo como polvo pesado. Corrió hacia el epicentro del fuego azul, saltando entre los árboles con una agilidad sobrenatural, impulsándose con campos de gravedad repelente.
— ¡Izuku! —gritó, su voz desgarrando la noche.
Encontró a Izuku cerca de un claro, protegiendo a un niño pequeño, Kota. Izuku estaba herido, sus brazos temblaban y su ropa estaba hecha jirones. Frente a ellos, un villano de complexión masiva y ojos desquiciados, Muscular, se preparaba para dar el golpe final.
— ¡Aléjate de él! —bramó Chuuya.
Se lanzó desde la copa de un árbol, concentrando toda la masa de su cuerpo en su talón derecho. El impacto contra el hombro de Muscular creó un cráter en el suelo. El villano salió disparado, rompiendo varios troncos antes de detenerse.
— ¡Chuuya-kun! —Izuku tosió, intentando ponerse en pie—. Tienes que... tienes que llevarte a Kota. Hay más de ellos. Vienen por Bakugo... y por ti.
Chuuya se quedó helado.
— ¿Por mí? ¿De qué hablas?
— Escuché a uno de ellos... —dijo Izuku con dificultad—. Hablaban de "el experimento recuperado". Chuuya, Mori... Mori debe estar detrás de esto. Se alió con la Liga.
Un frío más intenso que la nieve de Yokohama recorrió la columna de Chuuya. Mori no lo dejaría ir tan fácilmente. Si no podía tenerlo por la ley, lo tomaría por la fuerza, usando a los villanos como sus perros de caza.
— No me llevará de nuevo —dijo Chuuya, y su voz sonó como el metal chocando contra el mármol. Sus ojos brillaron con una intensidad aterradora; el azul y el café se volvieron casi incandescentes—. Izuku, llévate al niño. Ahora.
— ¡No te dejaré solo!
— ¡Es una orden, brócoli! —Chuuya lo miró por encima del hombro, y por un momento, Izuku vio no al chico asustado del cobertizo, sino al soberano de la gravedad—. Soy el único que puede detener lo que viene. Si se acercan, los aplastaré contra el núcleo de la tierra. ¡Vete!
Izuku, reconociendo la determinación suicida en los ojos de su amigo, asintió con dolor. Cargó a Kota y comenzó a correr hacia el campamento, confiando en que los refuerzos llegarían a tiempo.
Chuuya se quedó solo en el claro, rodeado por el fuego azul que devoraba la vida a su alrededor. El silencio que siguió a la partida de Izuku fue interrumpido por un aplauso lento y rítmico.
De entre las sombras y las llamas, surgió una figura que Chuuya reconoció al instante. No era Mori, pero era su mano derecha, un hombre de cabello oscuro y mirada cínica que solía asistir a las "sesiones de tratamiento" en la clínica. Junto a él, un villano con parches de piel cosida y llamas azules bailando en sus dedos.
— Chuuya, querido —dijo el hombre de negro—. El doctor está muy decepcionado. Dice que te has vuelto blando en esta escuela de héroes.
— Díselo en su cara cuando lo veas en el infierno —escupió Chuuya, apretando los puños. Las piedras a su alrededor comenzaron a levitar, vibrando por la energía destructiva.
— Oh, no seré yo quien se lo diga. Serás tú —dijo Dabi, el villano de las llamas, extendiendo su mano—. Tenemos órdenes de llevarte vivo, pero nadie dijo que tenías que estar íntegro.
El ataque fue instantáneo. Una ola de fuego azul barrió el claro. Chuuya reaccionó creando un vacío gravitatorio frente a él, desviando las llamas hacia el cielo, pero el esfuerzo era inmenso. El otro hombre utilizó un don de telequinesis para lanzar fragmentos de árboles afilados como lanzas.
Chuuya esquivaba, golpeaba y destruía, pero sentía que sus fuerzas flaqueaban. El trauma no resuelto actuaba como un lastre. Cada vez que el hombre de negro hablaba con la voz de Mori, el cuerpo de Chuuya vacilaba, un condicionamiento psicológico de años que no podía borrarse en semanas.
— ¡Eres propiedad del doctor! —gritó el hombre—. ¡Sin él, no eres nada más que un error de laboratorio!
— ¡Cállate! —rugió Chuuya.
La gravedad estalló. Una cúpula de presión absoluta se expandió desde Chuuya, pulverizando todo en un radio de diez metros. Los villanos fueron lanzados hacia atrás, pero Chuuya cayó de rodillas, tosiendo sangre. Había forzado su don más allá de lo que su cuerpo podía soportar.
En ese momento, una neblina oscura comenzó a rodearlo. Kurogiri, el transportador de la Liga, había aparecido.
— Nakahara Chuuya, tu presencia es requerida —dijo la voz distorsionada.
— ¡No! —Chuuya intentó activar su don, pero sus manos no respondían. El agotamiento y el veneno del gas somnífero que finalmente había logrado filtrarse lo estaban venciendo.
A lo lejos, escuchó un grito.
— ¡CHUUYA!
Era Izuku. Había regresado, seguido por Shoto Todoroki y Bakugo. Izuku se lanzó hacia adelante, usando el One For All al límite, sus dedos rompiéndose por la presión, tratando de alcanzar la mano de Chuuya que desaparecía en el portal oscuro.
Sus dedos se rozaron por una fracción de segundo. La misma conexión que habían tenido en el tren, la misma que en el cobertizo. Pero esta vez, la oscuridad era más fuerte.
— ¡Izuku... corre! —susurró Chuuya antes de que el portal se cerrara por completo, llevándoselo al silencio.
El claro quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el crujido de las llamas. Izuku cayó al suelo, golpeando la tierra con el puño, las lágrimas mezclándose con la ceniza en su rostro. Había prometido salvarlo. Había prometido que la U.A. sería su hogar.
— Lo tienen... —sollozó Izuku—. Mori lo tiene de nuevo.
Bakugo, que rara vez mostraba algo que no fuera ira, apretó los dientes, mirando el lugar donde su compañero de clase había desaparecido. Todoroki puso una mano en el hombro de Izuku, su propio rostro una máscara de furia fría.
De vuelta en el edificio principal, Aizawa recibió la noticia. Su rostro se ensombreció de una manera que asustó incluso a los otros héroes. No era solo un estudiante secuestrado; era un niño que acababa de empezar a aprender que el mundo no tenía por qué doler.
— Llamen a All Might —dijo Aizawa, su voz cargada de una promesa de guerra—. Y localicen la ubicación de cada clínica registrada a nombre de Mori Ougai. Si la Liga cree que puede llevarse a uno de los míos y entregárselo a ese monstruo, van a descubrir por qué esta escuela es la mejor del mundo.
Mientras tanto, en una ubicación desconocida, Chuuya despertó encadenado a una silla de metal. El olor a antiséptico era insoportable. Frente a él, sentado en las sombras, Mori Ougai jugaba con un escalpelo, la luz de la lámpara reflejándose en sus ojos sin alma.
— Bienvenido a casa, Chuuya —dijo Mori con una ternura que helaba la sangre—. Me temo que tu educación en la U.A. ha sido... deficiente. Tendremos que empezar de nuevo. Desde el principio.
Chuuya levantó la vista. A pesar del terror, a pesar de las cadenas, recordó la mano de Izuku y la mirada de Aizawa. Ya no era el niño que se escondía bajo una gorra negra para no ser visto.
— No estoy en casa, Mori —dijo Chuuya, y por primera vez, su gravedad no hizo que las cosas flotaran, sino que hizo que el suelo bajo la silla de Mori se agrietara—. Solo estoy esperando a que mis amigos vengan a patearte el trasero.
Mori sonrió, una expresión de pura maldad.
— Oh, querido. Espero que vengan. Tengo tantas ganas de mostrarles lo que sucede cuando alguien intenta robar lo que me pertenece.
La batalla por el alma de Chuuya Nakahara no había terminado; apenas estaba entrando en su fase más oscura. Pero en el corazón del joven de los ojos heterocromáticos, una pequeña llama verde seguía ardiendo, recordándole que, sin importar cuán pesada fuera la gravedad de su pasado, ya no estaba destinado a cargarla solo.