Your lack of memory
Resonancia de Sangre y Acero
El silencio en los dormitorios de la Clase 1-A era absoluto, pero no era el silencio de la paz, sino el de una herida abierta que se negaba a dejar de sangrar. En la sala común, Izuku Midoriya estaba sentado en el borde de un sofá, con las manos vendadas apoyadas sobre sus rodillas. Sus ojos verdes, que solían brillar con una determinación inquebrantable, estaban fijos en el suelo, perdidos en el vacío.
— No fue suficiente —susurró Izuku, su voz apenas un hilo quebrado—. Estuve a centímetros, Aizawa-sensei. Pude sentir el calor de su mano y luego... nada. Solo aire frío.
Shota Aizawa estaba de pie junto a la ventana, observando la lluvia que comenzaba a caer sobre el campus de la U.A. Su rostro estaba más demacrado que de costumbre. Como profesor, su prioridad era la seguridad de sus alumnos, y había fallado. Pero como el hombre que había comenzado a ver en Chuuya Nakahara a un hijo rescatado de las fauces de una bestia, el fallo se sentía como un ácido quemándole las entrañas.
— Deja de torturarte, Midoriya —dijo Aizawa sin girarse—. Nakahara tomó una decisión en ese claro. Decidió protegerte a ti y al niño. Si no hubiera luchado como lo hizo, la Liga se habría llevado a más de uno. O peor.
— ¡Pero se lo llevaron a ÉL! —gritó Izuku, poniéndose de pie de golpe. Sus manos temblaban violentamente—. ¡Ese hombre, Mori... Chuuya le tiene terror! Pasó nueve años siendo su juguete. Si lo tienen de nuevo, no solo van a lastimarlo físicamente. Van a romperlo. Van a borrar todo el progreso que logramos.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió con un golpe seco. Katsuki Bakugo entró, seguido por Shoto Todoroki. Ambos se veían exhaustos, con restos de hollín todavía en sus uniformes.
— Deja de lloriquear, Deku —escupió Bakugo, aunque no había la agresividad habitual en su tono, sino una frustración contenida—. Ese pelirrojo no es un debilucho. Vimos cómo peleó. Hizo que el suelo se tragara a esos bastardos.
— Bakugo tiene razón —añadió Todoroki, cruzándose de brazos—. Pero también sabemos que Nakahara tiene una debilidad psicológica específica hacia ese tal Mori. Aizawa-sensei, ¿qué sabemos de la ubicación?
Aizawa se giró finalmente, activando un proyector holográfico que llenó la sala de mapas y expedientes.
— La policía y los héroes profesionales están registrando cada propiedad vinculada a la corporación médica de Mori Ougai —explicó Aizawa—. El problema es que Mori es un genio de la logística. La mayoría de sus clínicas son fachadas legales perfectas. Sin embargo, hay una anomalía. Una antigua instalación subterránea en los límites de Yokohama que fue dada de baja hace diez años, justo cuando Chuuya fue "adoptado".
Izuku dio un paso hacia el holograma, sus ojos escaneando los datos con la velocidad de quien analiza una estrategia de combate.
— Es ahí —dijo Izuku con total seguridad—. Chuuya me dijo una vez que recordaba el olor a mar y a productos químicos viejos. Ese lugar está cerca de la costa.
— Midoriya, no puedes ir —advirtió Aizawa con severidad—. Esto ya no es un ejercicio escolar. Es una operación de rescate de alto riesgo contra la Liga de Villanos y un sindicato criminal independiente.
— Con todo respeto, sensei —intervino Todoroki, con el lado izquierdo de su cuerpo emitiendo un vapor gélido—, usted nos enseñó que un héroe es aquel que se entromete donde no lo llaman para salvar a alguien. Chuuya es nuestro compañero. Es de la Clase 1-A.
Aizawa suspiró, cerrando los ojos. Sabía que no podría detenerlos. Y en el fondo, sabía que la conexión emocional entre Midoriya y Nakahara podría ser la única llave para sacar a Chuuya del trance de sumisión en el que Mori seguramente lo habría sumergido.
— Tienen tres horas para descansar —dijo Aizawa finalmente—. Saldremos al amanecer. Y esta vez, no habrá errores.
***
Mientras tanto, en las profundidades de la base subterránea en Yokohama, el tiempo parecía haberse detenido en una pesadilla circular. Chuuya estaba encadenado a una mesa de operaciones vertical. Sus brazos y piernas estaban sujetos por grilletes de una aleación especial diseñada para resistir presiones gravitatorias extremas. Estaba sin camisa, y las luces blancas del techo hacían que las nuevas marcas en su piel resaltaran con una crueldad obscena.
Mori Ougai caminaba a su alrededor, sosteniendo una jeringa llena de un líquido ámbar.
— ¿Sabes, Chuuya? —comenzó Mori, su voz suave y melódica, como la de un padre contando un cuento de cuna—. Siempre supe que la U.A. sería una distracción necesaria. Necesitabas ver lo que el mundo exterior ofrece para comprender que, al final, nadie te aceptará como yo lo hago. Para ellos eres un arma útil. Para mí, eres una obra maestra.
Chuuya levantó la cabeza. Sus ojos heterocromáticos estaban inyectados en sangre, y un hilo de saliva y sangre escapaba de la comisura de sus labios.
— Vete... al infierno —gruñó Chuuya. Intentó activar su don, pero un dolor agudo le recorrió la columna. Los grilletes emitieron una descarga eléctrica que lo hizo convulsionar.
— No lo intentes, querido. Esos inhibidores están sintonizados con tu frecuencia nerviosa —Mori se acercó y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Chuuya se estremeció, cerrando los ojos con fuerza—. Estás sucio, Chuuya. Te has llenado de ideas sentimentales de esos niños. "Héroes", "amigos"... palabras vacías para alguien que nació en la oscuridad de un laboratorio.
— Izuku... él no es como tú —susurró Chuuya, su voz temblando—. Él me miró y no vio un arma. Vio a una persona.
La expresión de Mori se endureció por un segundo, una grieta en su fachada de calma.
— Ese chico Midoriya es una anomalía que será eliminada. Pero primero, debemos recordarte quién eres realmente. ¿Recuerdas el proyecto Arahabaki, Chuuya? ¿Recuerdas el vacío que vive dentro de ti?
Mori clavó la jeringa en el hombro de Chuuya. El joven gritó, un sonido desgarrador que rebotó en las paredes de metal. El líquido ámbar era un catalizador, algo diseñado para forzar su don al límite, ignorando la seguridad de su propio cuerpo.
— ¡Ahhhhhhh! —Las venas de Chuuya comenzaron a brillar con una luz roja intensa. La gravedad en la habitación empezó a fluctuar violentamente. Los instrumentos médicos salieron volando y las paredes empezaron a combarse hacia adentro.
— Eso es... —murmuró Mori, observando con una fascinación casi religiosa—. Deja que el dolor te corrompa. Deja que la gravedad devore tu voluntad. Eres mío, Chuuya. Siempre lo has sido.
Chuuya sentía que su mente se fragmentaba. En la oscuridad de su agonía, los recuerdos de Mori golpeándolo, de los días de hambre y frío, de las palabras que le decían que no valía nada sin su poder, empezaron a sofocarlo. "Eres un monstruo", le decía la voz de Mori en su cabeza. "Nadie puede amar a un monstruo".
Pero entonces, en medio del ruido blanco del dolor, apareció una imagen. Un tren. Un chico de cabello verde tropezando y cayendo en su regazo. Un par de ojos verdes llenos de una preocupación genuina, no de miedo.
— No... —balbuceó Chuuya, sus dedos curvándose contra el metal de los grilletes—. No soy... tu esclavo.
— ¿Qué dijiste? —preguntó Mori, inclinándose.
— ¡Dije que no soy tu esclavo, maldito viejo! —rugió Chuuya.
De repente, una explosión sacudió toda la instalación. El techo sobre ellos se agrietó y una ráfaga de viento y hielo entró en la habitación.
— ¡SMASH!
La pared lateral voló en mil pedazos. De entre el polvo y los escombros, surgió una figura envuelta en relámpagos verdes. Izuku Midoriya estaba allí, con el rostro cubierto de determinación y la mirada fija en el hombre que sostenía la jeringa.
— ¡Suéltalo ahora mismo! —ordenó Izuku. Sus puños estaban cerrados y el One For All recorría su cuerpo al 20%.
Detrás de él, Aizawa entró con sus cintas listas para el combate, seguido por Todoroki, quien inmediatamente creó un muro de hielo para bloquear la salida de Mori.
— Vaya, parece que los invitados han llegado antes de lo esperado —dijo Mori, recuperando la compostura y guardando el escalpelo en su bolsillo—. Llegas tarde, joven Midoriya. Chuuya ya está bajo el efecto del catalizador. Si intentas liberarlo ahora, la energía acumulada podría destruir todo este sector.
— No me importa lo que digas —respondió Izuku, dando un paso adelante—. He estudiado cómo funcionan los dones de acumulación. Chuuya no está explotando por su poder, está explotando porque tú lo estás forzando.
— ¡Chuuya! —gritó Aizawa, activando su don. Sus ojos brillaron en rojo y el cabello se le erizó.
La luz roja que emanaba de Chuuya se atenuó ligeramente cuando Aizawa intentó borrar su don, pero el catalizador químico en su sangre estaba luchando contra la anulación. Chuuya jadeaba, con los ojos desenfocados.
— Izuku... vete... no puedo... controlarlo... —logró decir Chuuya, sus palabras interrumpidas por espasmos de dolor.
Mori soltó una risa seca.
— Es inútil, Eraser Head. Mi "tratamiento" es más fuerte que tu mirada. Chuuya, mátalos. Mátalos a todos y demuestra que eres mi mejor creación.
Por un momento, el cuerpo de Chuuya se tensó. Su cabeza cayó hacia adelante y un aura negra y roja, mucho más oscura que la habitual, comenzó a emanar de él. Era la forma incompleta de *Corrupción*. La gravedad se volvió tan pesada que Izuku y Aizawa fueron obligados a hincar una rodilla en el suelo. El metal de la mesa de operaciones empezó a derretirse por la presión pura.
— ¡Chuuya, escúchame! —gritó Izuku, luchando contra la presión gravitatoria que intentaba aplastar sus pulmones—. ¡Sé que estás ahí! ¡Sé que duele! ¡Pero tú no eres lo que él dice!
— ¡Es... un monstruo! —gritó Mori desde detrás del hielo de Todoroki—. ¡Míralo! ¡Es destrucción pura! ¡Nadie puede estar cerca de él sin morir!
Izuku, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie. Cada paso que daba hacia Chuuya se sentía como si estuviera cargando una montaña sobre sus hombros. Sus huesos crujían y sus músculos gritaban de agonía, pero no se detuvo.
— ¡No es un monstruo! —rugió Izuku, llegando finalmente a la mesa de operaciones—. ¡Es mi amigo! ¡Es el chico que me dejó sentarme a su lado en el tren! ¡Es el chico que quiere ser un héroe a pesar de todo lo que le hiciste!
Izuku extendió la mano y, a pesar del aura roja que quemaba su piel al contacto, agarró la mano de Chuuya.
— Chuuya... vuelve. No dejes que él gane. No estás solo. La Clase 1-A es tu familia ahora. Yo soy tu familia.
El contacto pareció actuar como un pararrayos. La energía roja que envolvía a Chuuya comenzó a fluir hacia Izuku, quien la soportó con los dientes apretados, usando el One For All para distribuir el impacto por todo su cuerpo.
— Izuku... —Los ojos de Chuuya recuperaron su claridad por un instante. Vio el dolor en el rostro de su amigo, vio la sangre corriendo por los brazos de Izuku debido a la presión—. ¿Por qué... por qué haces esto?
— Porque los héroes... —dijo Izuku con una sonrisa forzada a través del dolor— ...no dejan que sus amigos caigan al vacío.
Con un grito de pura voluntad, Chuuya tiró de sus cadenas. Esta vez, no fue el dolor lo que alimentó su gravedad, sino el deseo de proteger la mano que lo sostenía. El metal de los grilletes se hizo añicos, no por la fuerza bruta, sino porque Chuuya alteró la densidad molecular del acero hasta que se convirtió en polvo.
Chuuya cayó hacia adelante, e Izuku lo atrapó antes de que tocara el suelo. El aura roja desapareció, dejando a ambos jóvenes exhaustos y temblando en el centro de la habitación en ruinas.
Mori Ougai observó la escena con una expresión de absoluto desprecio.
— Qué desperdicio de potencial —murmuró, sacando un pequeño control remoto de su bolsillo—. Si no puedo tenerte, Chuuya, entonces nadie podrá. La secuencia de autodestrucción ha sido activada. Tienen dos minutos antes de que este lugar se convierta en su tumba.
Mori activó una trampilla oculta en el suelo y desapareció antes de que Todoroki pudiera lanzarle una ráfaga de fuego.
— ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Aizawa, corriendo hacia los chicos—. ¡Todoroki, crea una rampa! ¡Bakugo, usa tus explosiones para abrir el techo!
Bakugo, que había estado esperando su momento, lanzó una explosión masiva hacia arriba, abriendo un agujero hacia la superficie. Todoroki creó un pilar de hielo que ascendía rápidamente.
Izuku cargó a Chuuya en su espalda. El pelirrojo estaba apenas consciente, pero sus dedos estaban aferrados con fuerza a la chaqueta de Izuku.
— Lo siento... Izuku... —susurró Chuuya contra su hombro.
— No digas nada —respondió Izuku, saltando hacia el pilar de hielo—. Ya casi estamos fuera.
Salieron a la superficie justo cuando el suelo bajo ellos se hundía en una serie de explosiones controladas. El aire fresco de la mañana en Yokohama los recibió, y por primera vez en mucho tiempo, Chuuya sintió que el aire no quemaba sus pulmones.
Aizawa llamó inmediatamente a los servicios médicos de la U.A. Mientras esperaban, Izuku dejó a Chuuya sobre la hierba mojada por el rocío. El sol comenzaba a salir por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras.
Chuuya miró el cielo, luego miró a Izuku, quien estaba sentado a su lado, exhausto pero sonriendo.
— Me salvaste —dijo Chuuya, su voz ronca—. De nuevo.
— Somos un equipo, ¿no? —respondió Izuku—. Además, todavía me debes esos apuntes de matemáticas que no me entregaste porque te secuestraron.
Chuuya soltó una carcajada débil, que rápidamente se convirtió en una tos, pero sus ojos brillaban con una luz que no era el resultado de ningún experimento. Era esperanza.
— Brócoli idiota —murmuró Chuuya, cerrando los ojos—. Gracias.
Aizawa se acercó y puso una mano en la cabeza de Chuuya, un gesto de afecto que rara vez mostraba.
— Se acabó, Nakahara. Mori ha huido, pero hemos desmantelado su base principal y tenemos pruebas suficientes para una orden de captura internacional. No volverá a tocarte.
— Lo sé —dijo Chuuya, sintiendo por fin que el peso en su pecho se disipaba—. Porque ahora sé que la gravedad no tiene por qué arrastrarme hacia abajo.
Mientras los paramédicos llegaban y la Clase 1-A se reunía alrededor de ellos, Chuuya Nakahara comprendió que su historia de trauma no había terminado, pero que ya no era una tragedia escrita por otro. A partir de ahora, él sostendría la pluma. Y con Izuku a su lado y la U.A. como su escudo, no había oscuridad, ni siquiera la de Mori Ougai, que pudiera apagar la luz que finalmente había encontrado.
El camino hacia la recuperación sería largo, lleno de pesadillas y sesiones de terapia, pero mientras subía a la ambulancia, Chuuya miró su gorra negra, que Izuku había recuperado de los escombros y le entregaba ahora. Se la puso, ajustó la visera y, por primera vez, no lo hizo para esconderse del mundo, sino para protegerse del sol mientras miraba hacia el futuro.