Your lack of memory
La dulzura del veneno y el peso del cielo
El estuche negro del violín pesaba sobre el hombro de Chuuya como un ancla de plomo. Habían pasado casi tres semanas desde el examen de admisión, y la carta oficial de la Academia U.A., con su membrete dorado y el holograma de All Might felicitándolo por un aplastante segundo lugar en el examen práctico, descansaba doblada con sumo cuidado en el bolsillo interior de su chaqueta. Había aprobado. Tenía un pie dentro del prestigioso curso de héroes.
Al abrir la puerta del departamento, una atmósfera inusualmente cálida lo recibió. El aroma a cera derretida y azúcar caramelizada reemplazaba el penetrante olor a antiséptico y vino tinto que siempre impregnaba el hogar.
En el comedor, bajo la luz tenue de una lámpara colgante, Mori Ougai estaba sentado con las manos entrelazadas sobre la mesa de caoba. Vestía su habitual bata quirúrgica pulcra, y frente a él reposaba un pequeño pastel de fresas adornado con un glaseado irregular, casi infantil.
—Bienvenido a casa, Chuuya-kun —saludó Mori con una sonrisa suave, esa que siempre lograba desarmar las defensas del muchacho—. Deja tu instrumento. Hoy tenemos algo que celebrar.
Chuuya se quedó paralizado en el umbral, con la mano aún aferrada a la correa de su violín. Su mirada heterocromática, oculta a medias por la visera de su gorra, parpadeó con desconcierto.
—¿Mori-san?... —murmuró, con la voz apenas más alta que un susurro—. ¿Qué es esto?
—Tu carta llegó esta mañana —respondió el médico, señalando el pastel con un gesto grácil de su mano enguantada—. La U.A. te ha aceptado. Sé lo duro que has entrenado, lo mucho que te has esforzado por controlar esa fuerza tan maravillosa que tienes. No podía dejar pasar la ocasión sin prepararte un regalo.
El corazón de Chuuya dio un vuelco doloroso. En el fondo, detrás de las pesadillas de los laboratorios y los años de castigos en cuartos oscuros, seguía existiendo ese niño de siete años abandonado en un callejón que anhelaba desesperadamente la aprobación de la única persona que lo había recogido. Ver a Mori sonreírle con aparente orgullo paternal hizo que la guardia de Chuuya se desplomara por completo.
—Yo... gracias, Mori-san —dijo Chuuya, bajando la cabeza con timidez, sintiendo un calor genuino en el pecho—. No pensé que le importara tanto.
—Por supuesto que me importa. Eres mi diamante más valioso —ronroneó Mori, poniéndose de pie y rodeando la mesa lentamente.
Chuuya apenas tuvo tiempo de dejar el violín sobre una silla cuando sintió las manos frías de Mori posarse sobre sus hombros. La calidez del momento se evaporó en una milésima de segundo, sustituida por un escalofrío atroz que le paralizó la espina dorsal. El olor a azúcar se volvió sofocante, espeso, una trampa repugnante.
—Y como eres tan obediente y has llegado tan lejos... mereces ser recompensado adecuadamente en mi habitación, ¿verdad, Chuuya? —susurró Mori directamente en su oído, su aliento caliente y su tono cargado de una posesividad enfermiza.
El chico intentó dar un paso atrás, pero la mano del hombre bajó con fuerza hacia su nuca, apretando con la familiaridad de quien conoce cada uno de sus puntos débiles.
—Mori-san, por favor... hoy no —suplicó Chuuya en un hilo de voz temblorosa, la máscara de orgullo desmoronada en pura indefensión—. Solo quería... quería comer el pastel...
—No seas desagradecido, Chuuya-kun —dijo Mori con una frialdad quirúrgica, borrando toda falsa calidez de su semblante—. Todo lo que tienes, cada respiración y este estúpido permiso para jugar a ser héroe, me lo debes a mí. Ven.
Horas más tarde, la habitación principal estaba sumida en una oscuridad asfixiante. Chuuya yacía sobre el borde de la cama revuelta, encogido sobre su propio costado con las rodillas pegadas al pecho y la ropa desgarrada colgando de su cuerpo esbelto. Lloraba en absoluto silencio, mordiéndose el labio inferior hasta sacarse sangre para no hacer ruido. Se sentía sucio, roto y miserable, maldiciéndose una y otra vez por haber creído, aunque fuera por un segundo, que un pastel significaba amor.
***
El resonar de las alarmas en el interior de la Unidad de Simulación de Catástrofes (USJ) fue el primer indicio de que la burbuja de falsa normalidad se había roto.
Hacía apenas unas semanas que las clases en la U.A. habían comenzado, pero para Chuuya Nakahara, aquel día de entrenamiento se convirtió en una pesadilla viva cuando una niebla oscura y arremolinada se materializó en la plaza central, escupiendo decenas de villanos con intenciones asesinas.
El vórtice de Kurogiri no tardó en dispersar a los estudiantes por todo el complejo. Chuuya, por un capricho del destino o una retorcida casualidad, cayó en picada hacia las aguas turbulentas de la Zona de Inundación junto a tres de sus compañeros de clase: Midoriya Izuku, Asui Tsuyu y Mineta Minoru.
—¡¡Vamos a morir, nos van a comer los villanos acuáticos!! —chillaba Mineta, aferrándose al borde del barco de rescate con lágrimas y mocos escurriendo por su rostro.
—¡Cállate si no quieres que te tire por la borda yo mismo! —bramó Chuuya, con la gorra aún milagrosamente encajada en su cabeza y sus ojos brillando con furia contenida.
Abajo, en el agua, más de una docena de villanos con mutaciones acuáticas rodeaban la embarcación, esperando a que los adolescentes cometieran un error para destrozarlos. Izuku, con la mandíbula apretada y los ojos verdes fijos en la superficie, calculaba a toda velocidad.
—Nakahara-kun, Tsuyu-chan, tengo un plan —anunció Izuku, con la voz quebrada por la tensión pero firme en su convicción—. Si utilizo mi fuerza para golpear el agua, crearé un remolino masivo que los arrastrará al centro...
—Y si lo haces, te vas a romper los dedos otra vez, cabeza hueca —lo interrumpió Chuuya con brusquedad, reconociendo de inmediato la chispa suicida en la mirada del peliverde. Sin embargo, su aguda mente táctica procesó la idea al instante—. Pero la idea no es del todo estúpida. Haz el impacto. En cuanto se agrupen, yo me encargo de que no salgan a flote.
Izuku asintió con fervor, confiando ciegamente en él.
—¡Tsuyu-chan, prepárate para saltar con nosotros! —gritó Izuku, arrojándose sobre la barandilla—. ¡¡Delaware Smash!!
El chasquido del dedo de Izuku rompiéndose al liberar el One For All resonó como un disparo, generando una onda de presión tan brutal que partió el agua en dos, creando un torbellino descomunal que succionó a todos los villanos hacia el vórtice central.
—¡Chuuya-chan, ahora, kero! —croó Tsuyu, envolviendo a Mineta con su lengua y atrapando a Izuku por la cintura con un salto descomunal hacia la orilla.
Chuuya saltó en el aire una fracción de segundo después. Una intensa aura rojiza envolvió su cuerpo al activar su don. Tocó el mástil del barco destrozado mientras caía, alterando su masa gravitacional.
—¡Pesadez absoluta! —rugió Chuuya.
El mástil y varios escombros de metal aumentaron su densidad mil veces, precipitándose al fondo del vórtice con la fuerza de un meteorito y aplastando a los villanos bajo una presión imposible de resistir antes de que pudieran reorganizarse. Con una maniobra ligera, Chuuya manipuló su propia gravedad para frenar su caída y aterrizar de pie, con impecable elegancia, sobre la orilla fangosa de la plaza central.
Tsuyu aterrizó pesadamente a su lado, soltando a Mineta y depositando a Izuku en el suelo.
—Eso fue increíble, Nakahara-kun... —alcanzó a murmurar Izuku, pálido como un muerto, con el dedo índice morado e hinchado y la respiración entrecortada por el esfuerzo y el dolor—. Lo... logramos...
Antes de que pudiera ponerse en pie, los ojos del peliverde se pusieron en blanco. La adrenalina se disipó de golpe y su cuerpo cedió ante el shock y el agotamiento, desplomándose inconsciente contra la tierra húmeda.
—¡Midoriya! —exclamó Chuuya, arrodillándose a su lado con una rapidez alarmante.
Olvidando por completo su habitual rechazo al contacto físico, Chuuya colocó dos dedos en el cuello de Izuku, suspirando aliviado al notar un pulso firme y constante. Con movimientos sorprendentemente delicados, acomodó el cuerpo del pecoso y, sentándose sobre el fango, deslizó con cuidado la cabeza desordenada de Izuku hasta colocarla sobre su propio regazo.
El contraste era evidente: el chico reservado y defensivo que parecía odiar que el mundo se le acercara estaba actuando como un refugio seguro.
—Solo está agotado —dijo Chuuya en voz baja, acomodando un mechón verde empapado que caía sobre la frente de Izuku, manteniendo la vista fija en la respiración acompasada del chico—. Gastó demasiada energía de golpe.
—Eres muy atento con él, Chuuya-chan, kero —dijo Tsuyu, sentándose con las piernas cruzadas a su lado mientras recuperaba el aliento.
Mineta, temblando como una hoja, se hizo un ovillo junto a ellos, mirando aterrado hacia la plaza.
—Cállate, rana. Solo estoy evitando que se ahogue con su propia saliva —espetó Chuuya, bajando la visera de su gorra para ocultar el ligero tinte rojizo que asomaba en sus pómulos.
A pesar de sus palabras cortantes, sus dedos permanecieron cerca del cabello de Izuku. Era extraño. Recordaba con náuseas el peso sucio de las manos de Mori sobre su piel la semana anterior, una sombra que aún le revolvía el estómago. Pero tener a Midoriya descansando sobre sus muslos, exactamente igual que aquel día en el tren, no se sentía invasivo ni amenazante. Se sentía ligero, tibio, extrañamente reconfortante. Como si, por un momento, la gravedad dejara de aplastarlo.
Un gemido ahogado rompió el tenso silencio un par de minutos después.
Izuku parpadeó pesadamente, sintiendo una superficie suave y firme bajo su mejilla, acompañada de un aroma inconfundible a jabón neutro y lluvia fresca. Cuando sus ojos verdes enfocaron la tela oscura del pantalón y, un poco más arriba, la barbilla afilada y la gorra negra de Chuuya, su cerebro tardó tres segundos en procesar la escena antes de entrar en cortocircuito absoluto.
—¿N-Nakahara-kun...? —balbuceó Izuku, con la cara encendiéndose instantáneamente en un tono escarlata brillante que cubrió hasta la última de sus pecas—. ¡¿Estoy... estoy otra vez en tus piernas?!
—Despertaste, idiota —respondió Chuuya con tono seco, aunque la comisura de sus labios tembló con diversión reprimida—. Y sí, parece que tienes una fijación con usar mis muslos como almohada.
—¡¡Aaaahhh!! ¡L-lo siento tanto! —gritó Izuku, intentando levantarse a trompicones solo para soltar un quejido agudo al apoyar su mano lastimada.
—¡Quédate quieto, maldita sea! —Chuuya lo sujetó con firmeza por el hombro no herido, obligándolo a sentarse con cuidado a su lado—. Te vas a destrozar más ese dedo si sigues moviéndote como un gusano histérico.
—G-gracias... —susurró Izuku, frotándose la nuca con el brazo sano, profundamente avergonzado pero sin poder apartar la mirada de los ojos heterocromáticos de Chuuya, que brillaban intensos bajo la gorra—. Por cuidarme. Y por el ataque coordinado. Fuiste increíble ahí atrás.
Chuuya desvió la mirada hacia un lado, chasqueando la lengua con fingida molestia para tapar su timidez.
—No fue nada. Hiciste la mitad del trabajo.
—No quiero interrumpir el romance, pero creo que tenemos problemas más grandes —chilló Mineta entre lágrimas, señalando con un dedo tembloroso hacia el centro de la plaza.
El ambiente se congeló al instante.
A unos cincuenta metros de donde estaban ocultos tras los escombros de la orilla, la realidad brutal de la situación los golpeó como un balde de agua helada. Aizawa Shota, su profesor, yacía destrozado contra el suelo de concreto. Su cuerpo estaba bañado en sangre, con ambos brazos fracturados en ángulos antinaturales y la cabeza aplastada bajo el puño monstruoso de una criatura descomunal de piel oscura como la noche, con el cerebro expuesto y ojos desorbitados: el Nomu.
De pie junto a la bestia, un hombre pálido cubierto de manos incorpóreas se rascaba el cuello compulsivamente, emitiendo una risa seca y desquiciada.
—Eraserhead... realmente eres genial —decía Shigaraki Tomura con voz rasposa—. Pero contra este Nomu, diseñado específicamente para matar al Símbolo de la Paz, un borrador de dones no sirve para nada.
Izuku se quedó sin aliento. El horror puro se reflejó en sus ojos verdes.
—Aizawa-sensei... —susurró el peliverde, con el cuerpo temblando de rabia y terror—. Lo van a matar. Tenemos que ayudarlo.
Izuku hizo el amago de ponerse de pie, impulsado por ese heroísmo insensato y puro que lo caracterizaba, pero una mano enguantada y firme se cerró sobre su muñeca con fuerza implacable.
—Ni se te ocurra moverte, Midoriya —ordenó Chuuya. Su voz ya no tenía rastro de timidez ni de sarcasmo; era la voz fría, calculadora y mortalmente seria de alguien acostumbrado a calcular posibilidades de supervivencia en el infierno—. Mira a esa cosa. No es un villano común. Su fuerza física es abrumadora y su velocidad supera nuestros reflejos. Si vas allá con un dedo roto, solo lograrás que te parta en dos en medio segundo y que el sacrificio del profesor haya sido en vano.
—¡Pero no podemos quedarnos mirando cómo muere! —protestó Izuku, con lágrimas de impotencia desbordando sus ojos.
Chuuya apretó los dientes, sintiendo la misma frustración quemándole las entrañas. Con su gravedad podría arrojar rocas inmensas, podría intentar frenar a la bestia, pero sabía reconocer a un depredador letal cuando lo veía.
—Esperaremos el momento preciso —dijo Chuuya con tono gélido, aunque sus propios dedos temblaban imperceptiblemente alrededor de la muñeca de Izuku, negándose a soltarlo—. Si esa cosa se distrae, usaremos todo lo que tenemos para sacarlo de ahí. Pero no antes. No voy a dejar que te maten por una estupidez.
Izuku miró la mano de Chuuya sujetándolo, y luego esos dos ojos de distinto color que lo miraban no con miedo, sino con una feroz necesidad de protegerlo. El peliverde tragó saliva y asintió lentamente, conteniendo el impulso.
Entonces, Shigaraki giró la cabeza.
—Parece que tenemos espectadores en la orilla —murmuró el líder de la liga, clavando sus ojos desquiciados directamente en el cuarteto de estudiantes—. Kurogiri, tráelos aquí. Matar a los cachorros de All Might seguramente lo hará salir de su escondite.
La niebla oscura comenzó a expandirse hacia ellos a una velocidad aterradora. Chuuya se puso de pie de un salto, empujando a Tsuyu y a Mineta detrás de él mientras un resplandor carmesí cubría su cuerpo, dispuesto a manipular la gravedad del terreno entero para levantar un muro de tierra.
—¡Atrás de mí! —gritó Chuuya.
Pero antes de que la niebla pudiera alcanzarlos o que Chuuya tocara el suelo, el aire del USJ vibró con una fuerza ensordecedora.
¡¡BOOOOOOM!!
Las colosales puertas de acero de la entrada principal no solo se abrieron; fueron arrancadas de cuajo por un impacto titánico, saliendo disparadas hacia el interior del domo y estrellándose contra las escaleras con un estruendo que sacudió los cimientos del complejo entero.
El silencio que siguió fue absoluto. El polvo se dispersó lentamente, revelando una silueta masiva, imponente, desprovista de su habitual sonrisa resplandeciente. En su lugar, una furia silenciosa y abrumadora envolvía cada centímetro de su figura.
—Ya no tienen nada que temer... —la voz profunda y atronadora de All Might resonó por todo el recinto, congelando a los villanos en su sitio—. ¿Saben por qué? ¡Porque yo estoy aquí!
Izuku dejó escapar un sollozo ahogado de alivio, cayendo de rodillas.
Chuuya exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo, desactivando el aura roja de su don. Miró de reojo al chico de cabellos verdes a su lado, aún tembloroso, y sin pensarlo dos veces, apoyó suavemente una mano sobre su hombro, apretándolo con calidez.
—Te lo dije, cabeza hueca —murmuró Chuuya con una leve y exhausta sonrisa ladeada—. Llegó la caballería.