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Your lack of memory

Cicatrices bajo el reflector

El televisor del salón transmitía las mismas imágenes en bucle desde hacía tres días. Gráficos llamativos, reporteros apostados frente a las imponentes puertas de la academia y titulares sensacionalistas que cuestionaban a gritos si la seguridad de la U.A. era tan impenetrable como la sociedad creía. Se debatía sobre la masa informe de villanos de bajo rango arrestados en la plaza central, sobre la extraña criatura de cerebro expuesto llamada Nomu y sobre el misterioso sujeto cubierto de manos incorpóreas que había orquestado el atentado.

En la penumbra del consultorio, el sonido del noticiero era solo un zumbido sordo superado por el repiqueteo de un bisturí sobre una bandeja metálica.

Chuuya estaba de pie, rígido como una estatua, con la camisa del uniforme desabotonada y los ojos fijos en una baldosa descolorida del suelo. Las yemas de los dedos de Mori Ougai trazaban un camino glacial sobre su clavícula, descendiendo lentamente hacia su pecho. El olor a antiséptico y a la colonia dulce y empalagosa del médico le provocaban unas náuseas que se esforzaba por tragar en silencio.

—La prensa no habla de otra cosa, mi querido Chuuya —murmuró Mori, con ese tono paternal y untuoso que hacía que la piel del pelirrojo se erizara de repulsión—. Un ataque a gran escala en las instalaciones de la mayor academia de héroes del país. Debo admitir que me preocupé al principio, pero me alegra ver que tu cuerpo salió ileso de ese remolino de agua.

—Hice lo que tenía que hacer, Mori-san —respondió Chuuya con un hilo de voz, manteniendo la barbilla alzada en un intento desesperado por sostener su orgullo.

—Y lo hiciste maravillosamente. Pero ahora... las cosas se ponen verdaderamente interesantes —la mano de Mori se deslizó con descaro hacia la cintura del muchacho, apretando con una familiaridad asfixiante que le robó el aliento—. El festival deportivo está a la vuelta de la esquina. Todo Japón estará mirando. Pro-heroes, agencias, patrocinadores... y el bajo mundo.

Chuuya tragó saliva. La proximidad del hombre era una losa aplastante sobre sus pulmones.

—Sé lo que espera de mí.

—¿De verdad lo sabes? —Mori sonrió, acercando sus labios a la oreja de Chuuya, rozando con el aliento la piel sensible de su cuello—. No quiero excusas, Chuuya. No quiero tropiezos. Vas a ganar ese festival. Vas a demostrarle al mundo lo perfecto que es el diamante que pulí con mis propias manos. Si lo haces... sabré recompensarte como es debido. Como a ti te gusta, ¿verdad?

Un escalofrío atroz recorrió la espina dorsal del chico. Por dentro, su mente gritaba, reviviendo el dolor, la suciedad y las madrugadas en vela en las que se lavaba la piel hasta arrancarse capas de carne. Pero por fuera, la programación de nueve años de abusos y negligencia se impuso. El anhelo enfermo de recibir una caricia que no fuera violenta, la desesperada necesidad de hacer sentir orgulloso al único hombre que lo había sacado del fango, lo doblegó.

—Sí, Mori-san. No le fallaré.

—Buen chico —dijo Mori, antes de empujarlo bruscamente hacia la camilla de exploración, apagando la luz principal con un chasquido.

Aquella noche, mientras la lluvia golpeaba el cristal de la ventana, Chuuya volvió a llorar en silencio, apretando las sábanas con nudillos blancos y odiándose a sí mismo por seguir buscando el perdón de su carcelero.

***

A la mañana siguiente, el aire fresco de los pasillos de la U.A. le devolvió algo de cordura, aunque cada paso le exigía un esfuerzo titánico de autocontrol. Chuuya llevaba el cuello de su camisa cerrado hasta el último botón, una bufanda ligera a pesar del clima templado y la gorra negra bien calada sobre la frente. Caminaba encogido, con las manos en los bolsillos, deseando fundirse con el concreto.

—¡Nakahara-kun!

La voz cálida, brillante y tropezada de Midoriya Izuku rompió la neblina de sus pensamientos oscuros.

Chuuya se detuvo y giró la cabeza con lentitud. Vio al peliverde corriendo hacia él por el pasillo, con la corbata mal anudada, las pecas salpicadas sobre unas mejillas arreboladas por el esfuerzo y una sonrisa tan radiante que casi le dolió mirarla.

—Hola, cabeza hueca —saludó Chuuya con su habitual tono seco, aunque la tensión de sus hombros disminuyó una fracción apenas perceptible—. Vas a tropezarte si sigues corriendo así.

—¡No me voy a tropezar! —protestó Izuku, deteniéndose frente a él con la respiración entrecortada y una sonrisa tímida—. Solo... quería saludarte antes de que empezara la clase. ¿Cómo estás? Quiero decir... después de lo del USJ. Casi no tuvimos tiempo de hablar ayer con todas las declaraciones a la policía.

Chuuya sintió una punzada de calidez en el pecho. Nadie, excepto Izuku, parecía preguntarle cómo estaba sin buscar una utilidad detrás.

—Estoy bien. Un par de golpes no van a romperme —respondió, bajando un poco la visera de la gorra para ocultar el ligero calor en sus pómulos—. Deberías preocuparte por ti mismo. Tus dedos parecían berenjenas machacadas.

Izuku se rascó la nuca con vergüenza, mostrando su mano vendada.

—Recovery Girl hizo un milagro, como siempre. Aunque... Nakahara-kun, ¿tienes frío? Traes bufanda hoy.

El corazón de Chuuya dio un vuelco descontrolado. Instintivamente, sus dedos enguantados se cerraron sobre la tela que cubría su cuello, donde las marcas violáceas de los dedos de Mori aún ardían bajo su piel.

—Solo soy friolento. No hagas preguntas estúpidas —espetó con más brusquedad de la necesaria.

La expresión de Izuku decayó un instante, teñida por una sombra de culpa, pero sus ojos verdes no se apartaron. La empatía intuitiva de Midoriya era casi sobrenatural. Notó la forma en que Chuuya se tensaba cuando la gente pasaba demasiado cerca de él en el pasillo, y la leve cojera en su pierna derecha que intentaba disimular con pasos deliberadamente firmes.

—Lo siento —susurró Izuku con infinita suavidad, dando un paso adelante sin llegar a invadir su espacio personal—. Solo... quería asegurarme de que estuvieras bien. De verdad.

Chuuya suspiró, desarmado como siempre ante la sinceridad del pecoso.

—Estoy bien, Midoriya. Vamos al salón antes de que nos cierren la puerta.

El aula de la Clase 1-A era un hervidero de murmullos nerviosos y especulaciones sobre la seguridad escolar hasta que la puerta corrediza se abrió. Aizawa Shota entró en la habitación, envuelto en vendas de pies a cabeza como una momia andante, caminando con una pesadez que delataba sus costillas rotas.

—¡¡Sensei, está vivo!! —gritaron varios alumnos al unísono.

—Mi bienestar no importa —cortó Aizawa con su voz apagada y rasposa a través del vendaje—. Su batalla aún no ha terminado.

El salón contuvo el aliento, temiendo otra invasión de villanos.

—El festival deportivo de la U.A. se celebrará la próxima semana.

El estallido de emoción y quejas no se hizo esperar. ¿Celebrar un evento deportivo tan pronto después de un ataque terrorista? Aizawa explicó con frialdad que la intención de la academia era precisamente demostrar que la institución no se doblegaba ante los criminales y que la nueva generación de héroes estaba lista para asumir el relevo.

Mientras todos comentaban entusiasmados sobre agencias y oportunidades de pasantías, los ojos oscuros y fatigados de Aizawa se desviaron hacia la última fila. Se detuvieron en Chuuya Nakahara.

El profesor borrador no pasó por alto la postura defensiva del pelirrojo, la forma en que evitaba apoyar la espalda por completo en el respaldo de la silla o el ligero temblor en sus dedos al sostener el lápiz. El informe médico tras el USJ decía que Chuuya no había sufrido heridas graves en el agua, pero ahora el muchacho despedía un aura pesada, quebrada y sobreexigida que Aizawa reconocía muy bien.

«Ese chico no se está recuperando de los villanos —pensó Aizawa, entrecerrando los ojos con severidad protectora—. Se está consumiendo por algo que ocurre fuera de estas paredes».

***

A la hora del almuerzo, la cafetería era un caos ensordecedor. Chuuya compró una botella de té frío y se escabulló rápidamente hacia el patio trasero, buscando el silencio de las escaleras de emergencia metálicas que conectaban con los talleres de apoyo. Necesitaba respirar aire que no estuviera cargado de expectativas ni de risas ajenas.

Al subir al descanso del segundo piso, se sorprendió al encontrar a alguien ya sentado allí.

Todoroki Shoto estaba apoyado contra la barandilla de hierro, con una fiambrera medio abierta sobre sus piernas y la mirada perdida en el cielo grisáceo. Su cabello bicolor ondeaba ligeramente con la brisa, dejando al descubierto la cicatriz en el lado izquierdo de su rostro.

Chuuya se detuvo en seco, haciendo amago de dar media vuelta.

—No tienes que irte —dijo Todoroki con voz plana, sin apartar los ojos del horizonte—. Hay suficiente espacio para los dos.

Chuuya chasqueó la lengua, pero no tenía ganas de buscar otro escondite. Caminó unos pasos y se sentó en el extremo opuesto del descanso metálico, estirando las piernas con cautela para no tensar los moretones de su torso. Abrió su botella de té y tomó un sorbo largo.

Durante varios minutos, el único sonido fue el viento colándose entre los edificios.

—Dicen que el festival deportivo es una oportunidad de oro —habló Todoroki finalmente, rompiendo el mutismo con tono amargo—. Todos están emocionados por los héroes profesionales que vendrán a reclutarlos.

—Son idiotas ingenuos —respondió Chuuya con frialdad analítica—. Para la mayoría no es más que un espectáculo de circo para alimentar a las masas. Para otros... es una maldita orden que no podemos rechazar.

Todoroki giró la cabeza lentamente. Sus ojos heterocromáticos, uno gris y otro azul turquesa, se cruzaron con la mirada dispar de Chuuya, zafiro y tierra, oculta bajo la sombra de su gorra. Hubo un chispazo silencioso de reconocimiento. Dos almas marcadas por el mismo fuego, aunque ardiera en infiernos distintos.

—Tu tutor espera que ganes, ¿verdad? —preguntó Todoroki, sin ningún rodeo.

Chuuya apretó la botella plástica con tanta fuerza que el material crujió.

—No espera que gane. Me exige que lo haga. Si no... mi existencia deja de tener sentido para él.

Todoroki asintió con una lentitud sombría, comprendiendo cada matiz de esa frase sin necesidad de explicaciones.

—Mi padre es Endeavor. Para él, solo soy una herramienta creada para superar a All Might. Un objeto de su orgullo que debe cumplir su función a base de golpes y entrenamiento hasta sangrar.

Chuuya bajó la vista, contemplando las puntas de sus botas. Saber que alguien más cargaba con la sombra sofocante de una figura paterna abusiva no le quitaba el dolor, pero por primera vez en años, sintió que no estaba completamente solo en la oscuridad.

—Mori me recogió de la calle cuando no tenía nada —confesó Chuuya en un susurro áspero, una confesión que nunca antes se había atrevido a vocalizar frente a nadie—. Me dio un techo. Me dio comida. Y a cambio... me quitó todo lo demás. A veces creo que preferiría seguir pudriéndome en un callejón antes que deberle la vida. Pero sigo volviendo. Sigo queriendo que me mire y me diga que valió la pena recogerme.

—Es una jaula —dijo Todoroki, con una frialdad teñida de resignación—. Creemos que les debemos algo porque nos dieron la vida o nos rescataron, pero ellos solo nos ven como extensiones de su propia ambición. No voy a usar el fuego de mi padre en el festival. Ganaré sin su poder para demostrarle que no le pertenezco.

Chuuya alzó la cabeza, mirándolo con respeto genuino.

—Yo no tengo esa opción. Mi don de gravedad es lo único que me mantiene con vida ante sus ojos. Tengo que usarlo todo. Tengo que ganar. Pero... al menos aquí adentro, en esta escuela... se siente como si pudiera respirar un poco.

—Entonces no te ahogues antes de tiempo, Nakahara —respondió Todoroki, cerrando su fiambrera—. Si nos toca pelear en el torneo, no me contendré.

—Más te vale, mitad y mitad —esbozó Chuuya una leve sonrisa afilada—. Porque yo tampoco pienso contenerme.

Todoroki asintió, recogió sus cosas y bajó las escaleras en silencio, dejando tras de sí un entendimiento tácito, un pacto mudo entre dos supervivientes.

***

Por la tarde, las instalaciones de entrenamiento estaban casi desiertas. La mayoría de los estudiantes se habían marchado a casa para descansar o estudiar estrategias, pero Chuuya se había quedado en uno de los gimnasios abiertos, descargando su frustración contra una pila de vigas de metal. Activaba su don, alteraba su masa gravitacional y las lanzaba de un lado a otro con patadas giratorias impecables, haciendo crujir el aire con estallidos escarlatas.

Sudaba a mares, su respiración era un jadeo ronco y el dolor en sus costillas comenzaba a nublarle la vista.

—¡¡Nakahara-kun, basta!!

Unos brazos fuertes rodearon su torso desde atrás con una torpeza desesperada, inmovilizándolo en el acto.

Chuuya reaccionó por puro instinto de defensa: tensó los músculos, preparó un puño para golpear y acumuló gravedad en sus nudillos, pero la voz quebrada que le habló al oído detuvo su ataque a escasos milímetros.

—¡Soy yo! ¡Soy Izuku! Por favor, detente... te estás lastimando...

El resplandor rojizo se desvaneció. Chuuya se quedó congelado en el abrazo, con el pecho subiendo y bajando violentamente. El calor del cuerpo de Izuku lo envolvía, y a diferencia de los toques posesivos y aberrantes de Mori, el contacto de Midoriya era firme pero increíblemente cuidadoso, como si tuviera miedo de romperlo.

—Midoriya... suéltame —murmuró Chuuya con la voz rota, exhausto—. ¿Qué demonios haces aquí?

Izuku no lo soltó de inmediato. Aflojó el agarre poco a poco, pero sus manos permanecieron suavemente apoyadas en los brazos del pelirrojo, guiándolo para que se sentara en una banca de madera cercana.

—Te vi desde la ventana de los casilleros —explicó Izuku, arrodillándose frente a él con una toalla limpia y una botella de agua—. Llevas dos horas sin parar. Tu postura está rígida y... y te vi agarrarte el costado cada vez que pateabas. No estás entrenando, Nakahara-kun. Te estás castigando.

Chuuya se quitó la gorra con un gesto brusco de frustración, dejando que su cabello rojizo y húmedo cayera sobre su rostro. Sus ojos heterocromáticos se clavaron en Izuku con una mezcla de rabia y vulnerabilidad.

—¿Y a ti qué te importa? No sabes nada sobre mí.

—Sé que te duele algo —insistió Izuku, con los ojos verdes anegados en lágrimas que amenazaban con desbordarse por sus pecas—. No sé qué es, y no voy a obligarte a decírmelo si no quieres. Pero me importa. Me importas tú. Desde el día del tren... no he podido dejar de pensar en ti. Eres brillante, eres fuerte, ideaste un plan perfecto en el USJ para salvarnos a todos... pero cuando estás solo, pareces tan triste que me duele el pecho.

Chuuya se quedó sin palabras. El silencio cayó como un manto sagrado entre los dos.

Izuku, temblando visiblemente por los nervios, levantó una mano con una lentitud calculada, dándole a Chuuya todo el tiempo del mundo para apartarse. Al ver que el pelirrojo no retrocedía, las yemas de los dedos de Izuku rozaron con infinita delicadeza la mejilla de Chuuya, limpiando un rastro de sudor.

El toque fue tan suave, tan puro, tan cargado de una devoción reverente, que Chuuya sintió una punzada física en el centro del corazón. No había lujuria sucia, no había órdenes, no había dolor. Solo una ternura abrumadora que jamás en su vida había experimentado.

Un rubor ardiente y descontrolado cubrió el rostro de Chuuya, subiendo hasta la punta de sus orejas. Su fachada dura se desmoronó por completo, dejando al descubierto al chico tímido y abrumado que se escondía debajo.

—Eres... eres un completo idiota, Midoriya —susurró Chuuya, cerrando los ojos con fuerza y, para sorpresa absoluta de Izuku, inclinando ligeramente la cabeza hacia la calidez de su palma—. Te preocupas demasiado por los demás.

El rostro de Izuku estalló en un carmesí tan intenso que compitió con el cabello del chico frente a él.

—N-no puedo evitarlo... contigo —balbuceó el peliverde, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que se escuchara en todo el gimnasio vacío—. Nakahara-kun... para el festival... da lo mejor de ti. Pero hazlo por ti, no por nadie más. Yo voy a dar todo lo que tengo para alcanzarte.

Chuuya abrió los ojos lentamente. La heterocromía de su mirada, antes fría y distante, brillaba con una resolución completamente nueva. Por primera vez, el peso sofocante de las expectativas de Mori no parecía la única fuerza motriz de su vida. Había algo más. Alguien más que creía en él con una luz tan deslumbrante que amenazaba con devorar todas sus sombras.

Con una torpeza entrañable, Chuuya estiró su mano enguantada y le dio un pequeño golpe con los nudillos en la frente a Izuku, haciéndolo retroceder con una queja graciosa.

—Más te vale no romperte los huesos en la primera ronda, pecoso —dijo Chuuya, con una pequeña sonrisa cálida curvando sus labios—. Porque si llego a la final, quiero que seas tú quien esté del otro lado de la arena.

Izuku se frotó la frente, pero su sonrisa resplandeció como el sol de mediodía, asintiendo con vigor.

—¡Trato hecho!

Afuera, la noche comenzaba a caer sobre la academia, y Chuuya sabía que debía regresar al departamento de Mori, donde las sombras y el horror lo esperarían con certeza absoluta. Pero mientras caminaba hacia la salida al lado de Izuku, rozando involuntariamente sus hombros en el camino, sintió que la gravedad ya no lo arrastraba al abismo con tanta facilidad.

Bajo los reflectores del festival que se avecinaba, Chuuya pelearía por demostrarle su valor a Mori... pero en el fondo de su corazón roto, pelearía aún más fuerte para no defraudar la luz que acababa de encontrar en los ojos de Midoriya Izuku.

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