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Your lack of memory

El rugido del coliseo y el peso de una mirada

El estruendo ensordecedor de cien mil gargantas rugiendo al unísono sacudió los cimientos del estadio principal de la U.A. Las luces de los reflectores, sumadas a la intensa claridad del mediodía, creaban una atmósfera sofocante. Por los altavoces, la voz hiperactiva y estridente de Present Mic no dejaba de enumerar a los patrocinadores, a los héroes de renombre sentados en las gradas VIP y las expectativas gigantescas depositadas sobre los hombros de los estudiantes de primer año.

En la sala de espera de la Clase 1-A, el aire era denso, impregnado por el olor metálico de los nervios y el silencio tenso de los aspirantes.

Chuuya Nakahara estaba sentado en un rincón apartado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas cubriéndole la boca. No llevaba su habitual gorra negra; las estrictas reglas del festival sobre el uniforme estándar de educación física se lo habían impedido, dejándolo con una sensación de desnudez intolerable. Su cabello largo hasta los hombros, de ese tono rojizo pálido, caía desordenado alrededor de su rostro, sirviendo como una precaria cortina para ocultar sus ojos heterocromáticos: el azul zafiro, afilado y eléctrico, y el marrón tierra, profundo y calculador.

Debajo del uniforme deportivo de tela azul y blanca, Chuuya llevaba una camiseta térmica de manga larga y cuello alto ajustado. Nadie había hecho preguntas, asumiendo que era una preferencia personal, pero para él era una armadura vital: mantenía ocultas las marcas violáceas y los hematomas que Mori le había dejado en el cuello y el torso apenas unos días atrás.

«Gana», había sido la última orden de su tutor antes de que saliera de casa esa mañana, acompañada de una caricia nauseabunda en la mejilla que todavía sentía grabada a fuego sobre la piel. «Demuestra lo que vales, mi diamante. Todo el país estará mirando. Yo estaré mirando».

Un estremecimiento involuntario recorrió la columna del pelirrojo. Chuuya apretó los dientes, clavando las uñas en sus propias palmas enguantadas hasta sentir dolor.

—Midoriya.

La voz gélida de Todoroki Shoto rompió el murmullo ambiental del vestuario.

Chuuya levantó la mirada al instante. Su mente deductiva se puso a trabajar en una fracción de segundo. Todoroki se había plantado frente a Izuku con una postura impecable, rígida, desprovista de cualquier emoción aparente, pero con una tensión en los hombros que delataba un volcán a punto de entrar en erupción.

—Todoroki-kun... ¿qué sucede? —preguntó Izuku, parpadeando con sorpresa y encogiéndose ligeramente en su asiento.

—Objetivamente hablando, creo que soy más fuerte que tú —soltó el chico del cabello bicolor, con una frialdad casi cruel—. Pero All Might tiene los ojos puestos en ti, ¿no es verdad? No pretendo meterme en tus asuntos privados, pero... voy a derrotarte.

Un murmullo de incomodidad recorrió el aula. Bakugo chasqueó la lengua con furia asesina desde el otro extremo de la sala, mientras Kaminari y Kirishima intentaban calmar las aguas recordándole a Todoroki que no era momento de pelear entre ellos.

Izuku se quedó en silencio unos segundos, con la cabeza gacha, mirando sus puños vendados. Cuando levantó la vista, sus grandes ojos verdes brillaban con esa determinación pura y honesta que a Chuuya siempre le revolvía el estómago de una forma extraña.

—Todoroki-kun, sé que eres increíblemente fuerte —respondió Izuku, con la voz firme a pesar de la timidez evidente en sus facciones—. La mayoría de los que están aquí tienen ventajas sobre mí. Pero todos están apuntando a la cima con todo lo que tienen... y yo no puedo permitirme quedarme atrás. ¡Iré con todas mis fuerzas!

Todoroki no respondió con palabras. Se limitó a asentir con lentitud y luego desvió brevemente sus ojos bicolores hacia el rincón donde estaba Chuuya. Sus miradas se cruzaron durante un latido suspensivo. No hubo desafío entre ellos, solo un entendimiento mudo, el eco de dos vidas marcadas por el abuso que buscaban desesperadamente una salida en el mismo campo de batalla.

Cuando Todoroki se dio la vuelta, Izuku soltó un largo suspiro tembloroso, desinflando el pecho como si se le hubiera escapado el alma por la boca.

Chuuya se puso de pie en silencio. Caminó hacia él con pasos ágiles y amortiguados, deteniéndose a su lado.

—Te tiemblan las rodillas, idiota —dijo Chuuya en un susurro bajo, para que solo el pecoso pudiera escucharlo.

Izuku dio un respingo, levantando la cabeza de golpe. Al ver a Chuuya sin su gorra, contemplando de lleno la belleza asimétrica de sus ojos heterocromáticos y los mechones rojizos enmarcando sus pómulos pálidos, un tinte carmesí cubrió al instante las pecas del peliverde.

—¡N-Nakahara-kun! —tartamudeó Izuku, bajando la voz apresuradamente—. No... no me tiemblan las rodillas, es solo... la adrenalina.

—Es miedo —corrigió Chuuya, aunque su tono no tenía veneno ni burla; era casi comprensivo—. Y está bien tenerlo. Pero no dejes que el miedo nuble tus cálculos. Ese tipo, Todoroki... tiene un peso enorme sobre la espalda. Si dejas que su presión te abrume antes de pisar el césped, ya habrás perdido.

Izuku tragó saliva, mirando fijamente la seriedad protectora en el rostro del pelirrojo. Una calidez suave reemplazó el frío de sus nervios.

—Gracias, Chuuya-kun... —susurró Izuku con infinita ternura, usando su nombre de pila casi por accidente—. Tú también... por favor, no te sobreexijas. Hiciste una promesa en el gimnasio, ¿lo recuerdas?

El rostro de Chuuya estalló en un calor repentino. Desvió la mirada hacia el techo con un chasquido de lengua, tratando de recomponer su fachada de indiferencia para ocultar la vergüenza que le provocaba escuchar su nombre pronunciado con tanta devoción.

—Sé muy bien lo que prometí, cabeza hueca —masculló, cruzándose de brazos—. Más te vale cumplir tu parte y no quedar eliminado en la primera prueba.

—¡¡ATENCIÓN A TODOS LOS ESTUDIANTES!! —bramó la voz de Present Mic a través de los altavoces de la sala—. ¡¡ES HORA DE QUE LOS DIAMANTES EN BRUTO SALGAN A LA LUZ!! ¡¡DENLE LA BIENVENIDA A LA CLASE 1-A DE HEROÍSMO!!

La puerta del túnel se abrió, inundando el vestuario de una luz blanca cegadora y el clamor ensordecedor del público.

Izuku y Chuuya caminaron uno al lado del otro, hombro con hombro, sintiendo el roce involuntario de sus brazos mientras atravesaban la oscuridad hacia el coliseo abierto.

***

En la cabina de transmisión, ubicada en lo alto de la estructura del estadio, Aizawa Shota observaba el despliegue de los alumnos a través de los monitores con una pesadez evidente. Tenía los brazos vendados y un parche sobre la cuenca del ojo, pero su mirada oscura y aguda no se perdía un solo detalle.

—¡Oye, Eraser! —gritó Present Mic a su lado, golpeándole la mesa con entusiasmo—. ¡Míralos nada más! ¿Quién crees que se lleve la gloria hoy? ¡Ese chico Bakugo causó un alboroto tremendo con su juramento, pero Nakahara y Todoroki se ven extremadamente peligrosos!

Aizawa no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la pantalla que mostraba el primer plano de Chuuya Nakahara mientras Midnight anunciaba la primera prueba: una carrera de obstáculos de cuatro kilómetros alrededor del perímetro exterior del estadio.

Aizawa notó la rigidez en la mandíbula del muchacho, la forma en que sus dedos enguantados se cerraban rítmicamente en puños y cómo su mirada evitaba deliberadamente las cámaras cenitales. No era la actitud de un adolescente arrogante ni la de un competidor entusiasmado. Chuuya se movía como un animal acorralado que sabe que su captor lo está observando desde la distancia. El informe médico confidencial que Aizawa había revisado la noche anterior todavía le quemaba la memoria: un historial de ingreso sellado por un tutor privado, sin registros médicos previos a los siete años, y una evidente evasión a someterse a revisiones físicas completas por parte de Recovery Girl.

«Nakahara...», pensó Aizawa, entrecerrando los ojos con severidad. «¿Quién te enseñó a pelear con tanta desesperación?».

—¡¡EN SUS MARCAS... LISTOS... FUERA!! —aulló Midnight, agitando su látigo en el aire.

La masa de estudiantes se abalanzó como una estampida hacia la estrecha puerta de salida del túnel.

—¡Es un cuello de botella! —advirtió Izuku, siendo empujado por la multitud.

—Sujétate de algo si no quieres volar —respondió Chuuya a su lado.

En ese instante, el suelo se cubrió de una capa gruesa de hielo resplandeciente. Todoroki había liberado su poder en un barrido masivo, congelando los pies de decenas de aspirantes y dejándolos atrapados en el pasillo mientras él salía disparado hacia la cabeza de la carrera.

Sin embargo, Chuuya ya lo había previsto.

Un fulgor carmesí envolvió el cuerpo del pelirrojo una fracción de segundo antes de que el hielo lo alcanzara. Manipulando la gravedad que actuaba sobre su propia masa, Chuuya dio un salto liviano como una pluma, elevándose por encima de la marea de cuerpos atrapados. Plantó las botas sobre la pared vertical del túnel, alterando su propio centro de atracción gravitacional para correr horizontalmente sobre el concreto con una elegancia acrobática impecable.

—¡¡INCREÍBLE!! —rugió Present Mic por los altavoces—. ¡¡NAKAHARA CHUUYA DESAFÍA LAS LEYES DE LA FÍSICA Y CORRE POR LAS PAREDES COMO SI FUERAN EL SUELO!! ¡¡ESO ES MANEJO DE DON, SEÑORAS Y SEÑORES!!

Izuku, utilizando los restos de metal de los robots que Bakugo y los demás comenzaban a romper para impulsarse, logró zafarse del hielo con saltos desesperados, manteniendo a Chuuya en su campo de visión.

Al salir a la primera zona abierta, el suelo tembló con violencia.

Frente a ellos se alzaba una muralla de acero y cables: los imponentes robots de cero puntos que habían aterrorizado a los estudiantes durante el examen de admisión, bloqueando por completo el desfiladero.

Todoroki, a la cabeza, congeló a uno en una posición precaria antes de deslizarse por debajo, dejando que la máquina colapsara para bloquear el paso de los demás.

—¡Cuidado, va a caer! —gritaron varios alumnos del curso general, retrocediendo despavoridos ante la sombra gigantesca del robot desplomándose.

Chuuya ni siquiera desaceleró. Su mente táctica procesó la trayectoria de la caída, el peso del metal y la velocidad del impacto en una milésima de segundo.

—¡Estorbo! —espetó con furia contenida.

Aumentó su propia velocidad al máximo, cubriéndose de un aura escarlata intensa. Saltó directamente hacia el coloso de metal que caía sobre él. En el aire, giró el cuerpo con una agilidad felina y asestó una patada demoledora con el talón en el pecho de la máquina.

Al contacto, el don de Chuuya alteró la masa del robot.

¡¡KRAAAAK!!

La máquina de varias toneladas no cayó sobre los estudiantes; en cambio, su gravedad se multiplicó por cien hacia el suelo bajo ella misma, aplastándose en un amasijo informe de chatarra que abrió un cráter en la tierra y dejó despejado un sendero elevado por el cual Chuuya aterrizó deslizándose sobre sus botas, levantando una nube de polvo rojizo.

—¡¡QUÉ DEMONIOS FUE ESO!! —gritó Mic, sujetándose la cabeza—. ¡¡EL CHICO DE LA GRAVEDAD LITERALMENTE DESTROZÓ UN CERO PUNTOS DE UNA SOLA PATADA!!

Aizawa, en la cabina, se inclinó hacia adelante.

—No fue solo fuerza bruta —comentó Aizawa por el micrófono, con voz fría y analítica—. Calculó el centro de masa del robot en pleno vuelo, anuló su inercia lateral y descargó la presión justo en el punto de fractura estructural que el hielo de Todoroki había debilitado. Su capacidad de juicio en combate está a nivel de un profesional.

En el campo, Izuku observaba la silueta de Chuuya avanzando a toda velocidad, dejándolo sin aliento.

«Es increíble...», pensó Izuku, con el corazón acelerado por la admiración pura. «No solo es fuerte, su control es absoluto. ¡Tengo que alcanzarlo!».

La segunda zona, «La Caída», consistía en profundos abismos conectados únicamente por cuerdas flojas de alambre. Para Chuuya, esto fue un paseo: redujo su peso corporal casi a cero y corrió sobre las cuerdas como si fueran senderos de seda, manteniéndose pegado a los talones de Todoroki y Bakugo, quienes lideraban el grupo en una feroz disputa aérea.

Finalmente, llegaron a la última prueba: el campo minado.

El terreno estaba sembrado de artefactos terrestres diseñados para lanzar por los aires a los incautos con estallidos ensordecedores y nubes de humo rosa. Todoroki y Bakugo se vieron obligados a ralentizar el paso, peleando cuerpo a cuerpo mientras intentaban no pisar las trampas.

Chuuya llegó a la orilla del campo minado y frenó en seco, con la respiración ligeramente agitada. Podía manipular su propia gravedad para flotar sobre el campo, pero hacerlo de forma sostenida a esa distancia agotaba sus reservas de energía y comenzaba a desgarrar los músculos de sus piernas, ya lastimados por los abusos recientes de Mori.

«Maldición...», pensó Chuuya, sintiendo una punzada lacerante en las costillas. «Si gasto todo mi don aquí, no podré pelear en las rondas individuales».

Estaba a punto de idear una ruta segura de saltos calculados cuando un estruendo monumental sacudió la parte trasera del campo.

¡¡¡BOOOOOOOOOOOM!!!

Una explosión colosal, diez veces más potente que cualquiera de las anteriores, iluminó el cielo con un resplandor abrasador. De la densa columna de humo negro emergió una figura a una velocidad vertiginosa, montada sobre una placa de metal arrancada de los robots: Midoriya Izuku.

Chuuya abrió los ojos desmesuradamente. El azul y el marrón de su mirada capturaron la imagen del chico pecoso surcando el aire como un proyectil humano, con el rostro manchado de hollín, los dientes apretados y el cabello verde ondeando violentamente contra el viento.

Una risa incrédula, genuina y cargada de pura fascinación se escapó de los labios de Chuuya.

—Ese maldito lunático... —murmuró, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura emoción—. ¡Realmente lo hizo!

Izuku pasó volando por encima de Bakugo, de Todoroki y del propio Chuuya, usando el impacto contra el suelo y la placa para detonar un segundo grupo de minas justo frente a los líderes, impulsándose en una carrera desesperada hacia el túnel del estadio.

—¡¡Y EL PRIMERO EN REGRESAR AL ESTADIO ES... MIDORIYA IZUKU!! —rugió Present Mic, mientras el público estallaba en una ovación histórica que ensordeció a toda la ciudad.

Todoroki cruzó la meta en segundo lugar por una fracción de segundo, seguido de inmediato por Bakugo, y justo detrás de ellos, Chuuya Nakahara cruzó la línea blanca en un sólido y aplastante cuarto lugar, aterrizando de rodillas sobre el césped para amortiguar el dolor de sus costillas.

***

El estadio vibraba mientras Midnight anunciaba las puntuaciones para la siguiente ronda: la batalla de caballería.

Izuku estaba de pie en el centro de la pista, con lágrimas rodando por sus mejillas pecosas y el cuerpo temblando violentamente por el esfuerzo y la impresión. Había ganado el primer lugar, pero el precio era aterrador: una banda de diez millones de puntos que lo convertía en el objetivo absoluto de todos los competidores.

Chuuya se levantó lentamente, limpiándose un rastro de sudor de la frente con el dorso del guante. Sus piernas temblaban de cansancio, pero al ver al chico verde mirando el suelo con pánico, sus pies se movieron por instinto hacia él.

—Te dije que no hicieras estupideces suicidas —dijo Chuuya, deteniéndose a menos de un paso de Izuku.

Izuku levantó la vista, con los ojos anegados en lágrimas y el rostro completamente vulnerable.

—N-Nakahara-kun... —sollozó el pecoso, frotándose la nariz con el antebrazo—. Yo... solo quería alcanzarte. No pensé que terminaría con diez millones de puntos... ¡Todos me van a cazar!

Chuuya lo miró en silencio durante un segundo. La determinación feroz de Izuku en el aire y su fragilidad infantil en la tierra eran dos caras de una misma moneda que desarmaban por completo cualquier defensa que el pelirrojo intentara levantar.

Con un suspiro resignado, Chuuya estiró la mano. Sus dedos enguantados se posaron sobre la cabeza de Izuku, despeinando con una suavidad torpe sus rebeldes mechones verdes.

—Fuiste brillante allá afuera, Midoriya —dijo Chuuya en voz muy baja, sintiendo cómo sus propias mejillas se teñían de un calor tímido y ardiente—. Nadie más habría tenido las agallas de hacer estallar una montaña de minas bajo sus propios pies.

Izuku se congeló bajo el toque. El contacto era tan cálido, tan sincero, que sintió un nudo en la garganta. Sus mejillas pecosas pasaron del pálido al escarlata en medio segundo.

—Chuuya-kun... —susurró Izuku, con la voz temblorosa de pura emoción—. ¿Tú... te unirías a mi equipo para la caballería?

Chuuya apartó la mano con rapidez, avergonzado de su propia osadía, pero una pequeña y peligrosa sonrisa ladeada curvó sus labios.

—Tener diez millones de puntos en la cabeza suena como un suicidio táctico —respondió el pelirrojo, cruzándose de brazos mientras sus ojos heterocromáticos brillaban con un desafío absoluto—. Pero si alguien va a proteger tu cabeza hueca de los demás... supongo que tendré que ser yo.

Izuku sonrió con tanta luz que Chuuya sintió que la opresión en su pecho se disipaba por completo.

A kilómetros de distancia, en la penumbra de una clínica privada en Yokohama, una copa de vino tinto reposaba sobre un escritorio de caoba. Frente a la pantalla que transmitía el primer plano de Chuuya sonriendo junto al chico del One For All, Mori Ougai entrecerró los ojos oscuros, deslizando un dedo sobre el cristal con una calma ponzoñosa.

—Parece que te estás distrayendo, mi querido Chuuya —susurró el médico en la soledad de su consultorio—. Tendré que recordarte a quién le perteneces en cuanto vuelvas a casa.

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