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Your lack of memory

Gravedad, Destino y Muslos Inesperados

El traqueteo del tren hacia la Academia U.A. era lo único que llenaba el silencio nervioso en el vagón. Para Midoriya Izuku, cada segundo se sentía como una eternidad. Sus manos, vendadas y todavía doloridas por el intenso entrenamiento con All Might en la playa de Dagobah, temblaban ligeramente sobre sus rodillas. Iba repasando mentalmente cada nota de sus cuadernos, cada estrategia posible para el examen práctico. Estaba tan sumido en sus pensamientos que apenas notó al chico sentado justo a su lado.

Chuuya Nakahara, por su parte, intentaba hundirse lo más posible en su asiento. Llevaba su gorra negra calada hasta las cejas, ocultando sus ojos heterocromáticos —uno azul como el cielo de invierno y el otro café como la tierra profunda—. Para él, estar allí no era solo un examen; era una tregua temporal, un permiso especial de Mori Ougai para probar sus capacidades en el mundo de los "héroes". Aunque su cuerpo estaba tenso, acostumbrado a esperar un golpe o una orden autoritaria, el suave balanceo del tren lo estaba relajando más de lo que le gustaría admitir.

De repente, el mundo se inclinó.

Un chirrido metálico ensordecedor desgarró el aire cuando los frenos de emergencia se activaron violentamente. La inercia, esa fuerza física implacable, no tuvo piedad. Izuku, que estaba sentado en el borde del asiento por los nervios, salió disparado hacia un lado.

— ¡Ah! —el grito de Izuku fue ahogado por el impacto.

No golpeó el suelo frío de metal. En su lugar, su rostro se hundió en algo sorprendentemente suave y firme a la vez. El mundo se volvió negro por un segundo, o más bien, se volvió del color de los pantalones oscuros de su vecino. Izuku se dio cuenta, con un horror creciente que le subió por la columna, de que su cara estaba enterrada directamente en el regazo del chico de la gorra. Específicamente, en sus muslos.

Eran suaves, pero se sentía la musculatura tonificada debajo de la tela. El aroma a sándalo y algo metálico, como la lluvia, inundó los sentidos de Izuku.

Chuuya se quedó petrificado. Sus manos se congelaron en el aire antes de poder sujetarse de algo. Sintió el calor del aliento del peliverde a través de su ropa, una sensación eléctrica que recorrió su piel. Sus mejillas se encendieron en un rojo carmesí que rivalizaba con su propio cabello.

— ¡L-Lo siento mucho! —exclamó Izuku, incorporándose a toda velocidad, con el rostro tan rojo que parecía a punto de explotar—. ¡No fue mi intención, el tren se detuvo y yo... yo simplemente...!

— Cállate, idiota —murmuró Chuuya, bajándose más la gorra para ocultar su timidez. Su voz era baja, pero no sonaba realmente molesta, solo... superada por la situación—. Solo fue un accidente.

Izuku comenzó a balbucear disculpas incoherentes, agitando las manos de esa manera errática tan suya. Estaba a punto de sentarse correctamente y tratar de fingir que no acababa de conocer íntimamente la textura de las piernas de un extraño, cuando el tren dio un segundo tirón, esta vez hacia adelante, al intentar reanudar la marcha con brusquedad.

El destino, al parecer, tenía un sentido del humor retorcido.

Izuku volvió a perder el equilibrio. Sus manos buscaron apoyo en el aire, pero no encontraron nada. Con un gemido de pura desesperación, cayó de nuevo hacia adelante. Esta vez, el impacto fue más certero. Su rostro volvió a chocar contra los muslos de Chuuya, pero debido al ángulo, se quedó allí atrapado mientras el tren seguía dando sacudidas violentas.

Chuuya soltó un pequeño suspiro, una mezcla de exasperación y una diversión que no sabía que tenía. En lugar de empujarlo, una chispa de picardía cruzó sus ojos heterocromáticos. Extendió su mano enguantada y la posó suavemente sobre la nuca de Izuku, presionando un poco más su cabeza contra sus piernas para evitar que saliera volando de nuevo.

— Quédate ahí un momento, brócoli —dijo Chuuya con una sonrisita de lado que Izuku no podía ver—. Si te levantas ahora, vas a terminar rompiéndote la nariz contra el asiento de enfrente.

Izuku estaba paralizado. Podía sentir la calidez de la mano de Chuuya en su cabello despeinado. Era una sensación extraña; la mano era firme, pero el toque era increíblemente gentil, algo que Chuuya rara vez recibía en su propia casa bajo la tutela de Mori. Por unos segundos, el caos del tren y el estrés del examen desaparecieron. Solo existía la suavidad de los muslos de Chuuya y la inesperada sensación de protección que emanaba del chico desconocido.

— E-Es muy... suave —pensó Izuku antes de que su cerebro procesara que no debía pensar eso.

Cuando el tren finalmente se estabilizó y alcanzó una velocidad constante, Chuuya retiró la mano lentamente. Izuku se incorporó, sintiendo que su temperatura corporal era lo suficientemente alta como para derretir metal.

— ¡De verdad, mil disculpas! —Izuku se inclinó tanto que casi se golpea con sus propias rodillas—. ¡Soy Midoriya Izuku! ¡Soy un torpe total, por favor no pienses que soy un pervertido!

Chuuya soltó una risa corta y seca, pero no carente de amabilidad. Se acomodó la gorra, dejando ver por un instante su ojo azul brillante.

— Soy Chuuya. Chuuya Nakahara —respondió, desviando la mirada hacia la ventana—. Y no te preocupes. Tienes suerte de que mis piernas sean cómodas, supongo.

Izuku se sentó derecho, tratando de recuperar la compostura, aunque su corazón latía con la fuerza de un motor averiado.

— ¿Vas a la U.A. también? —preguntó Izuku, notando la ropa cómoda pero resistente de Chuuya.

— Sí. Examen de ingreso —Chuuya se encogió de hombros, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de su chaqueta—. Aunque no sé qué tan buen "héroe" pueda ser alguien como yo.

Izuku lo miró con curiosidad. Había algo en la mirada de Chuuya, una sombra de tristeza o cansancio que resonó profundamente con él. Él mismo había pasado años siendo despreciado por no tener un Don.

— ¡Estoy seguro de que serás genial! —dijo Izuku con una sinceridad tan aplastante que Chuuya parpadeó sorprendido—. Tienes una presencia muy fuerte. Y... fuiste muy amable al no dejar que me golpeara, a pesar de que fue vergonzoso.

Chuuya sintió un nudo extraño en la garganta. Amable. Nadie solía usar esa palabra para describirlo. En la organización de Mori, él era una herramienta, un experimento, un arma. Pero este chico de pelo verde lo miraba como si fuera... normal.

— Eres un tipo raro, Midoriya —dijo Chuuya, finalmente regalándole una sonrisa genuina, aunque pequeña—. Pero gracias.

El resto del viaje transcurrió en una conversación mucho más tranquila. Izuku, en su entusiasmo, comenzó a hablar sobre los diferentes Dones que esperaba ver, y Chuuya escuchaba con una atención que pocos le prestaban. A Chuuya le sorprendió la capacidad de observación de Izuku; el peliverde notó rápidamente que Chuuya prefería no hablar de su familia, así que cambió el tema hacia la música y la comida sin que pareciera forzado.

Al llegar a la estación de la U.A., ambos bajaron del tren. La inmensidad de los edificios de la academia se alzaba ante ellos.

— Bueno, aquí estamos —dijo Chuuya, ajustándose la gorra—. Supongo que nos veremos adentro. Si no mueres en el examen, claro.

— ¡Daré lo mejor de mí! —exclamó Izuku, apretando los puños—. ¡Espero que ambos logremos entrar, Nakahara-kun!

Chuuya lo vio alejarse hacia la entrada principal. Por un momento, se sintió ligero, como si su propia habilidad de manipular la gravedad estuviera actuando sobre su corazón.

El examen fue una vorágine de destrucción de robots y adrenalina. Chuuya utilizó su Don, *Por el dolor corrompido*, para aplastar a las máquinas con una precisión aterradora, aunque siempre manteniendo un perfil bajo, evitando llamar demasiado la atención de los examinadores. Sin embargo, en una de las pantallas de la sala de observación, un hombre de ojos cansados y bufanda gris frunció el ceño.

Aizawa Shota observaba los movimientos de Chuuya. Había algo en la forma en que el chico se encogía después de usar su poder, una forma instintiva de protegerse, que le resultaba inquietantemente familiar.

— Ese chico, Nakahara —comentó Aizawa en voz baja—. Sus registros dicen que fue recomendado por un tutor privado, Mori Ougai. Pero miren sus reflejos. No son los de un estudiante promedio. Son los de alguien que ha sobrevivido a algo peor que un examen.

Mientras tanto, en el campo de batalla, Izuku estaba viviendo su propio milagro, destruyendo al robot gigante para salvar a una chica, rompiéndose los brazos en el proceso. Chuuya, desde la distancia, vio el destello de poder verde y el cuerpo del peliverde cayendo del cielo.

— Ese idiota... —susurró Chuuya, sintiendo un impulso irracional de correr y atraparlo.

Semanas después, los resultados llegaron. Ambos habían sido aceptados.

El primer día de clases en la Clase 1-A fue un caos de personalidades. Izuku estaba abrumado por la presencia de Bakugo y la intensidad de sus nuevos compañeros. Chuuya, por otro lado, se sentó en el fondo, tratando de ser invisible bajo su gorra, hasta que una figura alta y de cabello bicolor se detuvo frente a su pupitre.

Todoroki Shoto lo miró con una expresión impasible, pero sus ojos denotaban una chispa de reconocimiento.

— Tus ojos —dijo Todoroki sin preámbulos—. Pareces alguien que no quiere estar aquí por las razones correctas, sino porque te obligaron a buscar una salida.

Chuuya se tensó, mirando a Todoroki con desafío.

— ¿Y tú qué sabes, mitad y mitad?

— Sé que mi padre es el Héroe Número Dos y que cada marca en mi cuerpo tiene su nombre —respondió Todoroki con una frialdad que heló la sangre de Chuuya—. Y veo marcas similares en la forma en que te sientas.

El silencio que siguió no fue tenso, sino de entendimiento mutuo. Chuuya bajó la guardia un milímetro.

— Mi tutor no es un héroe —admitió Chuuya en un susurro—. Es un médico que cree que soy su propiedad.

— Entonces somos parecidos —concluyó Todoroki, tomando asiento a su lado—. Si necesitas un lugar donde no te hagan preguntas, puedes quedarte cerca.

Izuku, que había estado observando desde lejos, se acercó tímidamente.

— ¡Nakahara-kun! ¡Entraste! —su sonrisa iluminó el lugar, y Chuuya sintió que el peso en su pecho disminuía un poco.

— Te dije que no murieras, Midoriya —respondió Chuuya, permitiendo que una pequeña sonrisa cruzara su rostro.

Aizawa entró en el salón en ese momento, deslizándose en su saco de dormir, pero su mirada se posó inmediatamente en el grupo del fondo. Notó cómo Chuuya parecía relajarse ligeramente ante la presencia de Midoriya y cómo Todoroki parecía haber encontrado a alguien que hablaba su mismo idioma de silencios compartidos.

— Soy su profesor, Aizawa Shota —dijo el hombre, poniéndose de pie—. Pónganse sus uniformes deportivos. Vamos afuera.

Durante las pruebas físicas, Chuuya demostró una agilidad sobrehumana. Sin embargo, durante el lanzamiento de pelota, Aizawa se acercó a él mientras los demás estaban distraídos.

— Nakahara —dijo Aizawa, su voz era apenas un susurro profesional—. En esta escuela, los héroes protegen a las personas. Eso incluye a los estudiantes. Si alguna vez sientes que el lugar al que regresas por la noche no es seguro, mi oficina siempre está abierta. No tienes que dar detalles ahora, pero recuerda que aquí, las reglas de afuera no se aplican.

Chuuya se quedó helado. ¿Cómo lo sabía? ¿Tan obvio era el rastro de Mori en su psique? Apretó la pelota en su mano, sintiendo que la gravedad a su alrededor aumentaba.

— No sé de qué habla, profesor —mintió, pero su voz tembló.

Aizawa no insistió, simplemente asintió y pasó al siguiente estudiante.

Al final del día, mientras caminaban hacia la salida, Izuku alcanzó a Chuuya.

— ¡Oye, Nakahara-kun! —Izuku estaba un poco sudado y despeinado, pero sus ojos brillaban—. Estaba pensando... el tren de regreso suele estar muy lleno. ¿Quieres que nos vayamos juntos? Por si acaso vuelve a frenar de repente.

Izuku se sonrojó furiosamente al recordar el incidente del primer día, rascándose la mejilla con nerviosismo. Chuuya lo miró, luego miró a Todoroki, quien caminaba unos pasos atrás en silencio, y finalmente suspiró, ajustándose la gorra.

— Está bien, Midoriya. Pero si vuelves a caer en mis piernas, esta vez te cobraré alquiler —bromeó Chuuya, aunque su corazón latía con una calidez que nunca había sentido en la mansión de Mori.

Izuku rió, una risa clara y honesta.

— ¡Trataré de mantenerme en pie! Aunque... no prometo nada, la física es complicada.

Mientras los tres caminaban hacia la estación, Chuuya sintió que, por primera vez en dieciséis años, el camino a casa no se sentía como una condena, sino como el inicio de algo que, tal vez, algún día podría llamar libertad. La presencia de Izuku a su lado, con su parloteo incesante sobre Dones y su amabilidad genuina, era el ancla que necesitaba para no perderse en la oscuridad de su pasado.

El destino los había sentado juntos en aquel tren, y aunque el comienzo fue un choque accidental de cuerpos y vergüenza, el camino que se abría ante ellos en la U.A. prometía ser mucho más profundo. Chuuya Nakahara, el chico que vivía bajo la gravedad del abuso, estaba empezando a aprender que había personas capaces de hacerlo flotar sin necesidad de usar su Don. Y Midoriya Izuku, el chico que heredó el peso del mundo, había encontrado a alguien cuyos muslos no solo eran suaves, sino que sostenían a una persona que valía la pena salvar.

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