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Your lack of memory

Refugios de seda y acero

El silencio en la mansión de la organización era inusual, casi sepulcral. Chuuya Nakahara caminaba por los pasillos de mármol frío, con los hombros tensos, esperando en cualquier momento escuchar la voz melosa y autoritaria de Mori Ougai llamándolo para una "lección" o una sesión de entrenamiento que siempre terminaba con moretones ocultos bajo la ropa. Sin embargo, la puerta del despacho principal permanecía cerrada. Mori estaba sumergido en asuntos externos, algo sobre alianzas estratégicas que mantenía al hombre demasiado ocupado para fijarse en su "diamante en bruto".

Para Chuuya, ese descuido era el regalo más preciado. Era libertad.

— ¿De verdad te dio permiso? —preguntó Midoriya Izuku a través del teléfono, su voz rebosante de una alegría que Chuuya podía sentir incluso sin verlo—. ¡Eso es increíble, Nakahara-kun! Mi mamá ya está preparando katsudon. Dice que cualquier amigo mío es bienvenido, ¡y Todoroki-kun también confirmó que vendrá!

Chuuya se ajustó la gorra, una pequeña sonrisa tirando de la comisura de sus labios mientras cruzaba el umbral de la mansión hacia la luz del sol.

— Sí, el viejo está... distraído —respondió Chuuya, tratando de que su voz sonara casual—. Estaré allí en veinte minutos. No dejes que Todoroki se coma todo antes de que yo llegue.

Las tardes de estudio en la casa de los Midoriya se habían convertido en el santuario de Chuuya. Era un mundo de colores cálidos, olor a comida casera y la risa nerviosa de Izuku. Todoroki Shoto solía unirse, a menudo sentado en un rincón con una expresión de paz que rara vez mostraba en la academia. Según Shoto, pasar tiempo con ellos era la forma perfecta de rebelarse contra Enji Todoroki, aunque todos sabían que, en el fondo, simplemente disfrutaba de la compañía.

Esa tarde, después de repasar los fundamentos de la física de partículas para las clases de Present Mic, el cansancio comenzó a hacer mella en el grupo.

— Mi cerebro va a explotar —se quejó Izuku, dejando caer su cuaderno sobre la mesa baja—. Nakahara-kun, tus notas sobre vectores son demasiado avanzadas, no sé cómo lo haces.

Chuuya, que estaba sentado en el sofá con las piernas extendidas, se encogió de hombros.

— Cuando tu Don depende de calcular la masa y el volumen de todo lo que tocas, terminas aprendiendo a la fuerza —dijo con calma.

Izuku lo miró, y antes de que Chuuya pudiera reaccionar, el peliverde se deslizó del suelo para acomodarse entre las piernas de Chuuya, apoyando la parte posterior de su cabeza directamente sobre los muslos del pelirrojo.

Chuuya se tensó por un segundo, el fantasma de aquel primer encuentro en el tren cruzando su mente. Pero la tensión se disipó casi al instante. Izuku suspiró, cerrando los ojos con una comodidad absoluta.

— Son tan suaves... —murmuró Izuku, acomodándose mejor—. Es como si la gravedad aquí fuera diferente. Podría dormir mil años así.

Todoroki, que bebía un té a su lado, observó la escena con una ceja levantada.

— Midoriya, pareces un gato buscando el lugar más cómodo de la casa —comentó con su tono monótono habitual.

— No me juzgues, Todoroki-kun —respondió Izuku sin abrir los ojos—. Si probaras las piernas de Nakahara-kun, entenderías por qué son el mejor invento de la naturaleza.

Chuuya sintió el calor subirle al rostro, pero no apartó a Izuku. En su lugar, dejó que sus dedos enguantados rozaran distraídamente los rizos verdes del chico. Por primera vez en su vida, sus manos no se usaban para destruir o para protegerse de un golpe, sino para ofrecer consuelo.

— Eres un descarado, brócoli —susurró Chuuya, aunque su tono era de pura ternura—. Pero supongo que, si te ayuda a estudiar, no me importa ser tu almohada personal por hoy.

Esos momentos de paz, sin embargo, eran el preludio de la tormenta.

La excursión a la Unidad de Simulación de Eventos Jamás Esperados (USJ) debía ser un ejercicio de rescate rutinario. El sol brillaba a través de la enorme cúpula de cristal y Trece estaba explicando los peligros de los Dones cuando el aire mismo pareció rasgarse. Una neblina oscura y púrpura se materializó en el centro de la plaza, y de ella emergieron decenas de figuras amenazantes.

— ¡Quédense atrás! —gritó Aizawa, poniéndose las gafas de combate—. ¡Esos son villanos de verdad!

El caos estalló en segundos. Kurogiri, el villano de la niebla, dispersó a los estudiantes por las diferentes zonas del complejo. Chuuya, Izuku y Todoroki terminaron en la zona de inundación, rodeados de villanos acuáticos.

La coordinación entre ellos fue casi instintiva. Todoroki congeló la superficie del agua, creando una plataforma sólida, mientras Chuuya aumentaba la gravedad de los enemigos que intentaban subir, hundiéndolos de nuevo en las profundidades heladas. Izuku, analizando cada movimiento, indicaba los puntos ciegos.

— ¡Nakahara-kun, a tu izquierda! —gritó Izuku, lanzando un golpe de aire con el *One For All* para desviar un proyectil de agua a presión.

— ¡Lo tengo! —respondió Chuuya. Saltó en el aire, anulando su propia gravedad para flotar con agilidad, antes de caer como un meteoro sobre un villano que empuñaba un arpón.

Sin embargo, el peligro real no eran los matones de relleno. Mientras intentaban reagruparse con el resto de la clase, un villano de complexión delgada y movimientos erráticos surgió de entre los escombros de un edificio cercano. Sus ojos eran amarillos y maníacos, y en sus manos sostenía un cuchillo largo, dentado y recubierto de un brillo verdoso.

— ¡Miren qué niños tan bonitos! —siseó el villano, lanzándose hacia adelante con una velocidad antinatural—. El jefe dijo que podíamos jugar un poco antes de que el Nomu termine con All Might.

Izuku reaccionó primero, intentando interceptarlo, pero el villano usó una habilidad de deslizamiento para pasar por debajo de su guardia. Su objetivo no era el chico más fuerte, sino el que parecía más ágil.

Chuuya vio el destello del metal. Intentó activar su Don para repeler el arma, pero en ese preciso instante, una ráfaga de viento causada por la pelea de Bakugo en la zona vecina levantó una cortina de polvo que le nubló la visión por una fracción de segundo.

Fue suficiente.

El cuchillo se hundió con un sonido sordo.

— ¡Chuuya! —el grito de Izuku desgarró el aire.

Chuuya soltó un gruñido ahogado. Sintió un frío punzante que rápidamente se transformó en un fuego líquido. El villano lo había apuñalado profundamente en el muslo derecho, justo en el músculo que Izuku tanto solía alabar. Con un movimiento instintivo de rabia, Chuuya agarró la muñeca del atacante y aumentó la gravedad local a niveles insoportables.

— No... me... toques —gruñó Chuuya, con los ojos heterocromáticos brillando con una intensidad asesina.

Se escuchó el crujido de los huesos del villano al ser aplastado contra el suelo por el peso de diez atmósferas. El hombre quedó inconsciente al instante, pero el daño ya estaba hecho. Chuuya cayó sobre una rodilla, apretando la herida. La sangre, roja y espesa, comenzó a manchar su uniforme escolar, extendiéndose rápidamente por la tela.

Todoroki llegó a su lado en un parpadeo, usando su lado de hielo para cauterizar superficialmente los vasos sanguíneos y detener la hemorragia más grave.

— No te muevas, Nakahara —dijo Todoroki, su voz temblando ligeramente por la preocupación contenida—. La herida es profunda.

Izuku se arrodilló frente a él, con el rostro pálido y las manos temblorosas. Sus ojos verdes estaban llenos de una mezcla de horror y culpabilidad.

— Es mi culpa... no lo vi venir a tiempo —sollozó Izuku, intentando ayudar a Todoroki a vendar la pierna con una tira de tela rasgada de su propio traje de héroe.

Chuuya, a pesar del dolor cegador que le subía por la pierna, forzó una sonrisa débil. Extendió una mano y le dio un pequeño golpe en la frente a Izuku.

— Deja de decir... estupideces, brócoli —dijo Chuuya, respirando con dificultad—. Solo es un rasguño. He tenido peores entrenamientos con Mori antes del desayuno.

— ¡No es un rasguño! —exclamó Izuku, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Te han apuñalado en el muslo! ¡Tus piernas... tú...!

Chuuya soltó una risa seca, que terminó en una mueca de dolor.

— Vaya... parece que te has quedado sin almohada por un tiempo, ¿eh, Midoriya?

El humor negro de Chuuya no logró calmar a Izuku, quien se quedó allí, sosteniendo la mano de su amigo mientras los héroes profesionales finalmente irrumpían en el recinto para poner fin a la masacre.

Horas más tarde, en la enfermería de la U.A., el ambiente era mucho más tranquilo, aunque cargado de la tensión residual del ataque. Chuuya estaba recostado en una de las camas, con la pierna completamente vendada y elevada. Recovery Girl ya había hecho su trabajo, pero el agotamiento físico y la pérdida de sangre lo habían dejado exhausto.

Aizawa Shota estaba de pie junto a la ventana, observando al chico con una expresión ilegible.

— Has tenido suerte, Nakahara —dijo Aizawa—. El arma tenía un anticoagulante suave, pero no veneno mortal. Aun así, estarás fuera de combate durante un par de semanas.

— Lo sé, profesor —respondió Chuuya, mirando hacia el techo—. Gracias por... bueno, por sacarnos de allí.

Aizawa asintió y salió en silencio, dejando paso a dos visitantes que habían estado esperando ansiosamente en el pasillo.

Izuku entró primero, llevando una bolsa de plástico que olía a dulces de manzana, seguido de cerca por Todoroki. El peliverde se veía abatido, con los hombros caídos.

— Nakahara-kun... —Izuku se acercó a la cama con cautela, como si temiera que Chuuya fuera a romperse—. ¿Cómo te sientes?

— Como si un camión me hubiera pasado por encima, pero estaré bien —Chuuya hizo un gesto para que se acercaran—. Dejen de poner esas caras de funeral. Sigo vivo.

Todoroki dejó una botella de bebida isotónica en la mesa de noche.

— El viejo se enteró del ataque —dijo Shoto—. Estaba molesto porque "su inversión" se puso en peligro, pero le dije que te habías comportado como un verdadero guerrero. Eso lo calló.

Chuuya sonrió ligeramente. Luego miró a Izuku, que seguía sin decir mucho, mirando fijamente el vendaje en su pierna.

— Oye, Midoriya —llamó Chuuya.

Izuku levantó la vista, sus ojos aún rojos.

— Ven aquí.

Confundido, Izuku se acercó al borde de la cama. Chuuya, con esfuerzo, se hizo a un lado, dejando un pequeño espacio en el colchón.

— Sé que estás pensando que es tu culpa y que ahora no podré caminar bien por un tiempo —dijo Chuuya con suavidad—. Y sé que extrañas tu "almohada". Así que, por esta vez, puedes apoyar la cabeza aquí, en mi hombro. Es lo mejor que puedo ofrecerte hasta que Recovery Girl me dé el alta total.

Izuku no necesitó que se lo repitieran. Se sentó en la silla junto a la cama y apoyó la cabeza en el hombro de Chuuya, dejando escapar un largo suspiro de alivio. Chuuya apoyó su mejilla sobre los rizos de Izuku, sintiendo la calidez que tanto le había faltado durante sus años en la oscuridad.

Todoroki observó la escena y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que una sonrisa genuina apareciera en su rostro. Se sentó al otro lado de la cama, abriendo un libro.

— Supongo que nos quedaremos aquí hasta que cierren la enfermería —dijo Shoto.

— Más les vale —respondió Chuuya, cerrando los ojos—. Porque si me dejan solo con mis pensamientos sobre lo que Mori dirá de esto, voy a terminar aumentando la gravedad de toda esta habitación hasta el sótano.

— No dejaremos que eso pase —susurró Izuku, apretando suavemente la mano de Chuuya—. Estamos juntos en esto, Chuuya-kun.

En la penumbra de la enfermería, rodeado de los únicos amigos que realmente lo veían como una persona y no como un arma, Chuuya Nakahara finalmente se quedó dormido. El dolor en su muslo seguía ahí, un recordatorio físico de la crueldad del mundo, pero el peso de la cabeza de Izuku en su hombro era un recordatorio mucho más fuerte de que, por fin, había encontrado algo por lo que valía la pena luchar.

La U.A. no solo le estaba enseñando a ser un héroe; le estaba enseñando a ser humano. Y mientras tuviera a ese peliverde torpe y al chico del hielo a su lado, Chuuya sabía que ninguna gravedad, ni siquiera la de su turbio pasado, podría volver a hundirlo.

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