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Your lack of memory

Oasis de Calma en el Estruendo

El Estadio del Festival Deportivo de la U.A. vibraba con una energía eléctrica que se podía sentir hasta en la médula de los huesos. El rugido de la multitud era constante, un trueno lejano que hacía eco en los pasillos de las instalaciones. Sin embargo, para Chuuya Nakahara, el ambiente era agridulce. Mientras sus compañeros de la Clase 1-A corrían, luchaban y demostraban su valía bajo el sol abrasador, él caminaba con una ligera cojera, apoyándose ocasionalmente en las paredes de los túneles.

Recovery Girl había hecho milagros con su herida de la USJ, pero incluso su Don tenía límites. El corte profundo en su muslo derecho había cerrado, dejando una cicatriz rosada y una sensibilidad punzante que le recordaba su propia vulnerabilidad. "Precaución extrema", habían sido las palabras de la anciana. Eso significaba que el festival, su oportunidad de demostrarle a Mori Ougai que no era solo un experimento fallido, se le escapaba entre los dedos.

Chuuya se ajustó su gorra negra, bajándola un poco más para ocultar la sombra de frustración en sus ojos heterocromáticos. Llevaba el uniforme deportivo de la escuela, aunque no lo usaría para competir. Se dirigió hacia el área de descanso asignada para su clase, donde el aire estaba cargado de sudor, adrenalina y el aroma metálico de los Dones en uso.

— ¡Nakahara-kun! —La voz de Izuku Midoriya llegó antes que su imagen.

El peliverde estaba empapado en sudor, con el uniforme algo sucio después de la carrera de obstáculos y la batalla de caballería. Su cabello era un desastre aún mayor de lo habitual y sus ojos verdes estaban dilatados por el estrés de la competencia. A su lado, Todoroki Shoto caminaba con su habitual calma gélida, aunque el vapor que emanaba de su lado izquierdo delataba el esfuerzo realizado.

— Hola, brócoli. Hola, mitad-mitad —saludó Chuuya, recostándose contra una de las mesas de madera—. Parece que se han divertido ahí fuera.

— ¡Fue increíble! —exclamó Izuku, aunque su voz tembló un poco—. Pero las finales... la última ronda de combates uno a uno... estoy... estoy un poco nervioso. No, estoy aterrado.

Izuku comenzó a murmurar para sus adentros, analizando las posibilidades de enfrentarse a Shinso o a Todoroki, sus dedos moviéndose frenéticamente como si escribiera en un cuaderno invisible. El estrés era palpable; sus hombros estaban rígidos y su respiración era errática.

Chuuya lo observó con una mezcla de ternura y preocupación. Sabía lo que era llevar el peso de las expectativas sobre los hombros, y ver a Izuku así le estrujaba el corazón. Se sentó en un banco largo y palmeó sus muslos con suavidad.

— Ven aquí, Midoriya. Siéntate un momento.

Izuku parpadeó, saliendo de su trance. Miró los muslos de Chuuya y luego su rostro, poniéndose rojo instantáneamente.

— ¡N-No puedo hacer eso! —tartamudeó, agitando las manos—. ¡Estás lesionado! Recovery Girl dijo que debías tener cuidado. Si pongo mi peso sobre tu pierna... ¡podría abrirse la herida!

— No digas tonterías —respondió Chuuya con firmeza, aunque sus mejillas también tenían un ligero tinte rosado—. La herida está en el lateral, no en la parte superior. Además, mi Don puede aligerar tu peso si es necesario. Insisto. Necesitas calmarte antes de que te hiperventiles y te desmayes antes de tu combate.

— Pero, Nakahara-kun...

— Midoriya —lo interrumpió Chuuya con una sonrisa desafiante—, es una orden. Acuéstate aquí.

Izuku tragó saliva. La tentación era demasiado grande. Recordaba la suavidad y la firmeza de esas piernas desde aquel primer día en el tren, y la sensación de seguridad que le brindaban. Con movimientos torpes y disculpándose en voz baja, se dejó caer lentamente.

Cuando la cabeza de Izuku finalmente descansó sobre los muslos de Chuuya, ambos soltaron un suspiro simultáneo. Chuuya activó una fracción mínima de su poder, lo justo para que Izuku se sintiera ligero como una pluma, eliminando cualquier presión real sobre su músculo herido.

— ¿Ves? No duele nada —dijo Chuuya en un susurro, comenzando a pasar sus dedos por los rizos verdes de Izuku.

— Eres... eres demasiado amable, Nakahara-kun —murmuró Izuku, cerrando los ojos. El ruido del estadio pareció desvanecerse, reemplazado por el ritmo constante del corazón de Chuuya.

Todoroki, que había estado observando la escena mientras bebía agua, dejó escapar un resoplido divertido.

— Eres un descarado, Midoriya —dijo Todoroki con su voz monótona—. Usar a un herido como mobiliario de lujo en medio del evento más importante del año... tienes agallas.

— ¡N-No es así, Todoroki-kun! —protestó Izuku sin abrir los ojos, aferrándose inconscientemente a la tela de los pantalones de Chuuya—. Es por... por fines terapéuticos.

En ese momento, el resto de la Clase 1-A comenzó a entrar en el área de descanso. Kaminari y Mineta fueron los primeros en notar la escena.

— ¡Oigan, miren eso! —gritó Kaminari, señalándolos con una risa—. ¡Midoriya ha encontrado el mejor lugar del estadio!

— ¡Maldición, Midoriya! —chilló Mineta, con lágrimas cómicas en los ojos—. ¡Eso es trampa! ¡Yo también quiero una almohada de muslos de edición limitada! ¿Por qué el pelirrojo solo te deja a ti?

Chuuya lanzó una mirada gélida hacia el chico de las uvas, haciendo que este se escondiera detrás de las piernas de Iida.

— Inténtalo, enano, y te haré conocer el suelo tan de cerca que formarás parte del pavimento —amenazó Chuuya con una sonrisa peligrosa.

Uraraka y Ashido se acercaron, soltando risitas discretas.

— Realmente parece que Midoriya-kun tiene una obsesión —comentó Ashido, guiñándole un ojo a Chuuya—. Desde el incidente del tren, no deja de mirar tus piernas cuando crees que no se da cuenta, Nakahara-kun.

— ¡Ashido-san! —gritó Izuku, hundiendo la cara en el regazo de Chuuya para ocultar su vergüenza extrema.

Chuuya soltó una carcajada genuina, su mano sin dejar de acariciar el cabello de Izuku. Por un momento, olvidó a Mori Ougai, olvidó los laboratorios y el dolor. Solo era un chico de dieciséis años bromeando con sus amigos.

— Déjenlo en paz —dijo Chuuya, mirando a sus compañeros—. Si alguno de ustedes hubiera trabajado la mitad de duro que este idiota hoy, tal vez les dejaría apoyarse en mi gorra. Pero los muslos son propiedad privada de los que necesitan no colapsar.

— ¡Oh, "propiedad privada"! —corearon varios chicos, haciendo que el ambiente se llenara de burlas amistosas.

Incluso Iida, con su rigidez habitual, se acercó para ajustar sus lentes.

— Aunque es una posición poco ortodoxa para un área de descanso escolar, debo admitir que la recuperación mental es vital para el rendimiento físico. ¡Buen trabajo manteniendo la moral, Nakahara-kun!

El descanso transcurrió entre risas y anécdotas de las pruebas anteriores. La presencia de Chuuya, aunque no compitiera, actuaba como un ancla para el grupo. Su tranquilidad, forjada en situaciones mucho más peligrosas que un torneo escolar, era contagiosa.

Cuando los altavoces anunciaron el inicio de la ronda final, el ambiente volvió a tensarse. Izuku se incorporó lentamente, sintiéndose renovado, como si hubiera dormido diez horas en lugar de diez minutos.

— Gracias, Chuuya-kun —dijo Izuku, usando su nombre de pila sin darse cuenta—. De verdad lo necesitaba.

Chuuya se levantó con cuidado, sintiendo un pequeño pinchazo en la pierna, pero lo ignoró. Se acercó a Izuku y le ajustó el cuello del uniforme.

— Escúchame bien, brócoli —dijo Chuuya, mirándolo fijamente con sus ojos heterocromáticos—. No me importa si ganas o pierdes contra ese chico de los lavados de cerebro o contra Todoroki. Solo asegúrate de no romperte más huesos de los necesarios. Si vuelves aquí con los brazos destrozados, te patearé con la pierna que no me duele.

Izuku asintió con determinación, una chispa de fuego en su mirada que Chuuya adoraba.

— ¡Lo haré! ¡Daremos un gran espectáculo!

El festival se reanudó con una intensidad feroz. Chuuya regresó a las gradas, sentándose cerca de los profesores. Aizawa Shota lo observó de reojo desde detrás de sus vendas.

— Te ves mejor que esta mañana, Nakahara —comentó el profesor—. Parece que Midoriya no es el único que se beneficia de esa... amistad.

— Solo cumplo con mi deber de compañero, profesor —respondió Chuuya, cruzándose de brazos—. Alguien tiene que evitar que ese chico se autodestruya.

Chuuya observó con el corazón en un puño el combate entre Izuku y Shinso. Apretó los puños cuando vio a Izuku caer bajo el control mental, y soltó un suspiro de alivio tan fuerte que casi atrajo miradas cuando el peliverde logró liberarse rompiéndose los dedos.

— Ese idiota... siempre haciendo las cosas de la manera difícil —susurró para sí mismo, pero no podía ocultar el orgullo en su voz.

Luego vino el combate monumental: Midoriya contra Todoroki. Desde su asiento, Chuuya podía sentir las ráfagas de aire frío y el calor abrasador de las llamas que finalmente estallaron. Vio a Izuku empujar a Shoto más allá de sus límites, obligándolo a aceptar su propio poder, a pesar de que eso significara la derrota para el peliverde.

Cuando la cortina de humo se disipó y anunciaron a Todoroki como ganador, Chuuya no esperó. Se levantó de inmediato y se dirigió hacia los túneles de la enfermería.

Al llegar, encontró a Todoroki saliendo, con una expresión de profunda reflexión.

— Fue un buen combate, Shoto —dijo Chuuya, deteniéndolo un momento.

— Gracias, Chuuya —respondió el chico bicolor—. Midoriya... él es alguien extraño. Me salvó, incluso cuando estaba perdiendo.

— Así es él —coincidió Chuuya—. Ve a descansar. Yo me encargo del otro herido.

Chuuya entró en la enfermería. Izuku estaba sentado en la camilla, con los brazos vendados y la cabeza baja. Se veía exhausto, pero había una paz en su rostro que no estaba allí antes del festival.

— Te dije que no te rompieras los huesos, idiota —dijo Chuuya, anunciando su presencia.

Izuku levantó la vista y sonrió débilmente.

— Lo siento, Chuuya-kun. Pero tenía que ayudar a Todoroki-kun. Era... era lo que un héroe haría.

Chuuya suspiró, acercándose a la camilla. Sin decir una palabra, se sentó en el borde y atrajo la cabeza de Izuku hacia su pecho, rodeándolo con sus brazos con cuidado de no presionar sus heridas.

— Eres el héroe más problemático que he conocido —murmuró Chuuya contra su cabello—. Pero supongo que por eso me gustas tanto.

Izuku se tensó por un segundo ante la confesión implícita, pero luego se relajó, ocultando su rostro sonrojado en el cuello de la chaqueta de Chuuya.

— ¿Incluso si soy un obsesionado con tus muslos? —preguntó Izuku con voz pequeña y traviesa.

Chuuya soltó una risita, besando la coronilla del peliverde.

— Especialmente por eso. Al menos sé que mis piernas sirven para algo más que para patear villanos. Sirven para mantenerte a salvo.

Afuera, el festival deportivo continuaba con su estruendo de fuegos artificiales y aplausos, pero dentro de esa pequeña habitación, el tiempo se había detenido. Para Chuuya Nakahara, el chico que una vez fue un arma sin nombre, y para Izuku Midoriya, el sucesor de un símbolo, la verdadera victoria no había sido una medalla, sino el refugio que habían encontrado el uno en el otro.

La gravedad de sus mundos individuales era pesada, llena de abusos pasados y responsabilidades futuras, pero en ese abrazo, ambos se sentían, por fin, completamente ligeros.

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