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Zombies?

Refugios de acero y viejas lealtades

El bosque, que antaño fuera el coto de caza privado de la realeza, se había convertido en un laberinto de sombras y susurros de muerte. Durante noventa días, el tiempo dejó de medirse por las campanas de la catedral y empezó a contarse por el número de flechas que quedaban en el carcaj y las horas de sueño ligero que podían permitirse. Tres meses habían transformado al príncipe y al guerrero.

Pedri ya no vestía sedas ni bordados en oro. Su túnica nupcial, ahora un harapo irreconocible, había sido sustituida por prendas de cuero curtido y lana basta que Ferran había saqueado de una aldea abandonada en el primer mes. Sus manos, antes suaves y acostumbradas a sostener plumas de escribir, estaban callosas y sucias de tierra. A pesar del cansancio que pesaba en sus hombros, sus ojos cálidos habían adquirido un brillo de acero, una chispa de supervivencia que solo el miedo constante podía forjar.

Ferran, por su parte, parecía haberse mimetizado con la naturaleza salvaje. Su armadura de capitán, pesada y ruidosa, había sido desechada pieza a pieza para ganar agilidad, conservando solo el peto de cuero reforzado y su inseparable espada. La barba le crecía descuidada y su mirada, siempre alerta, escaneaba la maleza con la precisión de un halcón.

—Un poco más, Pedri —susurró Ferran, apartando una rama espinosa para dejar paso al príncipe—. El mapa que encontramos en la cabaña del leñador indicaba una fortificación en este sector. Si las murallas resistieron, podríamos tener una noche de paz.

—¿Paz? —Pedri soltó una risa seca, carente de alegría—. Ya casi he olvidado cómo suena esa palabra. A veces, cuando cierro los ojos, todavía oigo los gritos de la catedral.

Ferran se detuvo y esperó a que Pedri llegara a su altura. Sin importarle el peligro de ser vistos, tomó la mano del príncipe y apretó sus dedos con firmeza.

—Mientras estemos juntos, el mundo exterior no puede ganarnos. Te lo prometí el día que el cielo se volvió gris y te lo prometo hoy.

Continuaron avanzando hasta que el espeso follaje comenzó a clarear, revelando una estructura imponente que se alzaba contra la ladera de una montaña. Era una antigua atalaya de vigilancia, reforzada recientemente con empalizadas de madera afilada y sacos de arena. El humo que salía de una chimenea improvisada era una señal de vida, pero en este nuevo mundo, la vida solía ser tan peligrosa como la muerte.

Cuando se acercaron a unos cincuenta metros de la puerta principal, el sonido metálico de una ballesta siendo tensada cortó el aire.

—¡Ni un paso más, vagabundos! —gritó una voz ronca desde lo alto de la empalizada.

Ferran reaccionó al instante, dando un paso al frente para cubrir el cuerpo de Pedri con el suyo, con la mano derecha descansando en el pomo de su espada. Su postura era la de un depredador listo para saltar, desafiante y peligrosa.

—¡Bajad esa arma si no queréis que os la haga tragar! —rugió Ferran, su voz proyectando la autoridad de un capitán que ha dirigido a miles de hombres—. Solo buscamos refugio y estamos armados. No somos una amenaza a menos que nos obliguéis a serlo.

—Eso dicen todos antes de intentar mordernos el cuello —replicó el guardia, un hombre de rostro curtido y ojos paranoicos—. ¡Daos la vuelta y regresad por donde vinisteis! Aquí no aceptamos bocas nuevas que alimentar, y menos si vienen con aire de grandeza.

Pedri sintió un escalofrío. La agresividad del guardia era palpable, y sabía que Ferran, en su afán de protegerlo, no dudaría en iniciar una pelea que no podían ganar contra una docena de arqueros.

—Ferran, por favor —susurró Pedri, tirando suavemente de la manga de su compañero—, no busques pelea. Podemos buscar otro lugar. No quiero que te pase nada por mi culpa.

—No vamos a ir a ninguna parte, Pedri. Estás agotado y esa pierna te cojea desde ayer —respondió Ferran sin desviar la vista del guardia—. ¡Escúchame bien, imbécil! Llevo tres meses matando a esas cosas con mis manos desnudas para mantener a salvo a este hombre. Si crees que una muralla de madera me va a detener, es que no valoras tu vida.

El guardia se rió, una carcajada nerviosa, y apuntó directamente al pecho de Ferran.

—Última advertencia, guerrero. Vete o te clavo un perno en el corazón.

El ambiente se tensó hasta el punto de ruptura. Ferran desenvainó su espada con un movimiento tan fluido que pareció un rayo de luz. Pedri contuvo el aliento, preparándose para lo peor, cuando una segunda figura apareció en lo alto de la muralla.

—¿Qué es todo este escándalo, Gabi? Te he dicho que...

El recién llegado se interrumpió a mitad de la frase. Era un hombre joven, de hombros anchos y una expresión que pasó de la irritación a la incredulidad absoluta en un segundo. Miró hacia abajo, fijando sus ojos en el guerrero que permanecía firme en el barro.

—¿Ferran? —La voz del hombre tembló—. ¿Capitán Torres?

Ferran frunció el ceño, entornando los ojos para ver mejor a través del sol de la tarde.

—¿Dani? —preguntó, bajando ligeramente la punta de su espada.

—¡Bajad las armas! ¡Bajadlas ahora mismo, maldita sea! —gritó Dani a los otros guardias—. ¡Abrid las puertas! ¡Son de los nuestros!

Los pesados portones de madera chirriaron sobre sus goznes, revelando un patio interior bullicioso pero organizado. Dani bajó las escaleras de la atalaya de dos en dos y corrió hacia ellos. Era Dani Olmo, uno de los tenientes que había servido bajo el mando de Ferran antes de que el caos se desatara.

Dani se detuvo frente a Ferran y, sin mediar palabra, lo envolvió en un abrazo que el capitán, tras un momento de rigidez, devolvió con fuerza.

—Por todos los dioses, Ferran... te dábamos por muerto —dijo Dani, apartándose para mirarlo de arriba abajo—. Dijeron que el castillo había caído, que nadie salió de la catedral.

—Casi nadie lo hizo —respondió Ferran, su voz suavizándose por primera vez en semanas. Se hizo a un lado y presentó a Pedri con una reverencia instintiva que no había olvidado—. Pero mi misión principal sigue en pie. El príncipe heredero está a salvo.

Dani palideció y se arrodilló de inmediato ante Pedri, quien retrocedió un paso, abrumado por el gesto.

—Alteza... perdone mi falta de respeto. No lo reconocí con esas ropas.

—Levántate, por favor —dijo Pedri, extendiendo una mano tímida—. Ya no hay príncipes, Dani. Solo somos supervivientes. Gracias por dejarnos entrar.

Dani se puso de pie, mirando con respeto al joven que, a pesar de la suciedad y el cansancio, mantenía una dignidad innata.

—Aquí siempre habrá un lugar para vosotros. Venid, necesitáis comida caliente y un lugar donde dormir que no sea el suelo del bosque.

Mientras caminaban hacia el edificio principal, Pedri sintió que el nudo de ansiedad que había tenido en el estómago durante meses comenzaba a aflojarse. El lugar estaba lleno de gente: familias, soldados y artesanos que habían logrado crear una pequeña burbuja de civilización en medio del apocalipsis.

Dani los llevó a una habitación pequeña pero limpia en el piso superior. Tenía dos camas de paja, una chimenea y, lo más importante, una puerta que se cerraba por dentro.

—Os dejaré algo de ropa limpia y agua —dijo Dani, deteniéndose en el umbral—. Ferran, me alegra que estés aquí. Necesitamos a alguien que sepa cómo organizar una defensa de verdad. Esas cosas se están volviendo más inteligentes... o más hambrientas.

—Hablaremos de eso mañana, Dani —respondió Ferran—. Hoy, mi prioridad es que él descanse.

Una vez que Dani se marchó, el silencio se apoderó de la habitación. Pedri se sentó en el borde de una de las camas, dejando caer su pequeña daga sobre la mesa de madera. Suspiró profundamente, sintiendo cómo el cansancio lo golpeaba de golpe ahora que la adrenalina había desaparecido.

Ferran se acercó a él y se arrodilló entre sus piernas, quitándole las botas gastadas con una ternura que contrastaba con la ferocidad que había mostrado ante los guardias.

—Estamos a salvo, Pedri —dijo Ferran, levantando la vista para encontrar los ojos del príncipe.

—Lo estamos —asintió Pedri, pasando sus dedos por el cabello enredado de Ferran—. Pero me asustaste ahí fuera. Pensé que ibas a matarlo.

—Iba a hacerlo —admitió Ferran con sinceridad—. Nadie te amenaza mientras yo esté presente. Me da igual si es un monstruo o un guardia con miedo.

—A veces olvido lo peligroso que puedes ser —susurró Pedri, acunando el rostro de Ferran con sus manos—. Y a veces olvido que todo esto lo haces por mí. Tu padre... el rey... todos querían que fueras el capitán perfecto. Pero aquí, sin corona y sin reino, eres simplemente mi Ferran.

Ferran cerró los ojos, disfrutando del contacto.

—Nunca fui del rey, Pedri. Siempre fui tuyo. El uniforme era solo una excusa para estar cerca de ti.

Pedri se inclinó y unió sus labios con los de Ferran en un beso lento y profundo. Sabía a sal, a cansancio y a una devoción que había sobrevivido al fin del mundo. Ya no tenían que esconderse en los pasillos de las antorchas ni temer el juicio de una corte que ya no existía. Los celos que Pedri había sentido por la princesa parecían una vida entera atrás, una preocupación infantil en un mundo que ya no permitía tales lujos.

—¿Qué pasará mañana? —preguntó Pedri contra sus labios.

—Mañana ayudaremos a Dani a reforzar este lugar —dijo Ferran, separándose apenas unos milímetros—. Pero esta noche, solo somos nosotros. Sin guardias, sin protocolos y sin monstruos.

Pedri se tumbó en la cama y Ferran se acomodó a su lado, envolviéndolo en sus brazos. El sonido de la leña crepitando en la chimenea era la melodía más hermosa que habían escuchado en meses.

—Ferran... —murmuró Pedri, ya medio dormido.

—¿Dime, amor?

—Gracias por traerme aquí. Por no rendirte.

Ferran besó la coronilla de su cabeza y apretó el agarre, sintiendo el latido constante del corazón de Pedri contra el suyo.

—No podría rendirme contigo, Pedri. Eres mi único reino.

Fuera, el viento aullaba entre las montañas y los muertos caminaban sin descanso, pero dentro de aquellas cuatro paredes, el amor de un príncipe y su guerrero era la única ley que importaba. Habían sobrevivido a la boda, al apocalipsis y al bosque. Y mientras el sol se preparaba para salir sobre un mundo en ruinas, ellos sabían que, mientras estuvieran juntos, todavía había algo por lo que valía la pena luchar.

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