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Zombies?

Entre el olvido del acero y el brote de la tierra

La vida en la fortaleza se había transformado en una rutina de supervivencia teñida de una paz agridulce. Pedri, despojado finalmente de las pesadas telas de su antigua alcurnia, había encontrado un propósito en la tierra. Sus manos, que una vez fueron destinadas a sostener un cetro, ahora estaban perpetuamente manchadas de barro fértil. En el pequeño jardín protegido por los muros, Pedri y Gavi se habían convertido en los guardianes de la vida.

Gavi era un torbellino de energía, a menudo insoportable por su terquedad y su lengua afilada, pero poseía un corazón que latía al unísono con el de Pedri. Ambos compartían el peso de ser los "protegidos" de los guerreros más fuertes del refugio.

—¡Pedri, si vuelves a plantar los tomates tan cerca de las lechugas, te juro que te lanzo el abono a la cara! —gritó Gavi, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.

Pedri soltó una risa suave, una que ya no sonaba tímida, sino plena.

—Tranquilo, Gavi. La tierra sabe lo que hace. Además, Dani dice que te pones muy guapo cuando te enfadas, así que supongo que te estoy haciendo un favor.

Gavi se sonrojó, murmurando algo sobre que Dani era un idiota, aunque sus ojos brillaban de amor. Aquella tarde, sin embargo, el ambiente se sentía pesado. Ferran y Dani debían partir en una misión de reconocimiento y abastecimiento médico. Las reservas de la fortaleza flaqueaban y los rumores de una horda acercándose por el valle del sur los obligaban a actuar rápido.

La despedida fue, como siempre, un nudo en la garganta. Ferran tomó a Pedri por la cintura, escondiendo el rostro en su cuello, aspirando el aroma a romero y tierra que siempre acompañaba al príncipe.

—Volveré antes de que las flores de calabaza se abran —susurró Ferran contra su piel—. Cuídate, Pedri. No te alejes de los muros.

—Te estaré esperando, Ferran. Siempre —respondió Pedri, sintiendo una extraña náusea que atribuyó a los nervios.

Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento, mientras Ferran y Dani cruzaban las puertas con sus ballestas al hombro, era que en el vientre de Pedri y en el de Gavi, la vida había decidido abrirse paso contra todo pronóstico. Un milagro silencioso en medio del apocalipsis.

Pero la noche llegó y no hubo rastro de ellos. Pasaron dos días, luego una semana. El bosque, antes aliado de Ferran, se tragó sus huellas. Las patrullas de búsqueda regresaron con las manos vacías y los rostros sombríos.

—Se han ido, Pedri —dijo Dani Olmo meses después, refiriéndose a sí mismo en tercera persona con el dolor de quien ha perdido a un hermano—. No hay forma de que hayan sobrevivido a la tormenta de ceniza que hubo en el valle.

Pedri no lloró frente a los demás. Se limitó a acariciar su vientre, que empezaba a abultarse bajo la túnica de lana. Gavi, por el contrario, destrozó media cocina en un ataque de rabia antes de derrumbarse en los brazos de Pedri. Ambos estaban solos, cargando con el fruto de un amor que el mundo parecía haber devorado.

Pasaron tres años.

Tres años de inviernos crueles y veranos de sequía. Tres años en los que Pedri crió a un niño de ojos claros y valentía innata llamado Ferran, y Gavi a una niña de carácter indomable llamada Daniela. La fortaleza había prosperado, pero el corazón de Pedri se había convertido en una habitación cerrada con llave, donde solo entraba el recuerdo de un capitán que le prometió que nunca lo dejaría en el altar.

Una mañana de primavera, las campanas de la torre de vigilancia repicaron con un tono que no indicaba ataque, sino precaución. Un grupo de supervivientes se acercaba a las puertas.

—¡Traen suministros para trueque! —gritó el vigía—. ¡Vienen en paz!

Pedri, que ahora formaba parte del consejo del refugio por su sabiduría y temple, bajó al patio principal. A su lado, Gavi sostenía la mano de su hija, con la mirada siempre sospechosa.

El grupo estaba liderado por dos mujeres de aspecto imponente, vestidas con pieles y armaduras improvisadas. Parecían guerreras veteranas.

—Soy Sira —dijo la mujer más alta, con una voz que denotaba mando—. Venimos del asentamiento del Norte. Queremos sal y semillas. A cambio, ofrecemos medicinas y combustible.

Pedri iba a responder, pero las palabras se murieron en su garganta. Detrás de Sira, dos hombres bajaron de una carreta cargada de cajas.

El mundo se detuvo. El aire se volvió irrespirable.

Eran ellos.

Ferran estaba allí. Su barba era más larga, tenía una cicatriz nueva que le cruzaba la ceja, pero era él. Sus hombros, su forma de caminar, su presencia... era su Ferran. A su lado, Dani descargaba un fardo con la misma eficiencia mecánica de siempre.

—¡Dani! —el grito de Gavi fue un desgarro—. ¡Ferran!

Pedri sintió que las piernas le fallaban. Dio un paso adelante, con las manos temblando, las lágrimas nublando su visión.

—¿Ferran? —susurró Pedri, su voz apenas un hilo de esperanza—. ¿Estás vivo?

Ferran levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Pedri, pero no hubo el destello de reconocimiento, ni la calidez del amante, ni la devoción del guardia. Había una cortesía fría, la mirada de un extraño que observa a un desconocido.

—¿Nos conocemos, señor? —preguntó Ferran con una voz que sonaba igual, pero que no le pertenecía a Pedri.

Sira, la líder del grupo, se acercó a Ferran y le puso una mano posesiva en el hombro.

—Cariño, ¿pasa algo? —preguntó ella, mirando a Pedri con desconfianza.

—No lo sé, Sira —respondió Ferran, dedicándole a la mujer una sonrisa suave, una sonrisa que antes solo le pertenecía al príncipe—. Este hombre parece haberme confundido con alguien.

Dani, por su parte, miraba a Gavi con la misma confusión vacía. La otra mujer del grupo, una joven llamada Aitana, se acercó a Dani y le rodeó la cintura con el brazo.

—Venga, terminemos el trueque —dijo Aitana—. Tenemos que volver antes de que anochezca.

Gavi estaba lívido, a punto de lanzarse sobre Dani, pero Pedri lo agarró del brazo con una fuerza que no sabía que poseía. El príncipe observó la escena: Ferran y Dani, sus héroes, sus amores, los padres de sus hijos, no solo estaban vivos, sino que habían rehecho sus vidas con otras personas. No los recordaban.

—Tuvieron un accidente hace tres años —explicó Sira, mientras los hombres seguían trabajando sin prestarles atención—. Los encontramos en el fondo de un barranco, casi muertos. No recordaban ni sus nombres. Nosotros les dimos un hogar. Ahora son nuestros mejores rastreadores. Y mis mejores hombres.

Pedri sintió un dolor más agudo que cualquier herida de guerra. Miró a Ferran, que ahora reía de un comentario que Sira le hacía al oído. Era el mismo hombre que le había dicho "eres mi único reino", y ahora ese reino era una extraña que le daba órdenes.

—¿No recuerdas nada? —insistió Gavi, con la voz quebrada, dirigiéndose a Dani—. ¡Soy yo! ¡Soy Gavi! ¡Y esta es tu hija!

Dani frunció el ceño, mirando a la niña que se escondía tras las piernas de Gavi.

—Lo siento, muchacho. Eres muy amable, pero no sé de qué hablas. Mi vida empezó hace tres años con Aitana.

Pedri bajó la mirada al suelo. Vio a su propio hijo, el pequeño Ferran, que observaba al guerrero con curiosidad, reconociendo quizás instintivamente los rasgos de su propio rostro en el extraño. El niño dio un paso hacia adelante, pero Pedri lo detuvo en seco.

—Déjalo, Gavi —dijo Pedri, y su voz sonó como el cristal rompiéndose—. No son ellos.

—¡Pero son ellos, Pedri! ¡Están ahí! —sollozó Gavi.

—No —sentenció el príncipe, con una dignidad dolorosa—. Los hombres que amamos murieron en aquel bosque. Estos... estos son solo desconocidos con sus rostros.

Pedri se obligó a mirar a Sira. La mujer lo observaba con una mezcla de lástima y triunfo. Ella sabía, o al menos sospechaba, que esos hombres tenían un pasado, pero no estaba dispuesta a devolver lo que el destino le había entregado en bandeja de plata.

—Hagamos el trueque —dijo Pedri, irguiendo la espalda como el heredero al trono que una vez fue—. Tomad las semillas y marchaos. No necesitamos vuestra medicina. Tenemos nuestra propia vida aquí.

Durante las horas que duró el intercambio, Pedri se mantuvo a distancia, observando cómo Ferran cargaba los sacos. En un momento dado, Ferran se detuvo y miró hacia el jardín donde Pedri solía trabajar. Por un breve segundo, una sombra de duda cruzó sus ojos, un eco de una memoria que luchaba por salir a la superficie, un aroma a romero que le resultaba familiar.

Pero Sira lo llamó, y la sombra desapareció.

—¡Ferran, muévete! ¡Nos vamos!

Ferran asintió, subió a la carreta y, sin mirar atrás, abandonó la fortaleza.

Cuando los portones se cerraron, el silencio en el patio fue absoluto. Gavi se derrumbó en el suelo, llorando sin consuelo, mientras su hija lo abrazaba sin entender nada. Pedri, sin embargo, permaneció de pie.

—Pensaron que éramos una carga —susurró Gavi entre sollozos—. Pensaron que estarían mejor con ellas... que yo era demasiado insoportable, que tú eras demasiado débil...

—No, Gavi —dijo Pedri, alzando a su hijo en brazos y apretándolo contra su pecho—. No nos recordaron porque el mundo es cruel, no porque no nos amaran. Pero ya no importa.

Pedri caminó hacia su jardín. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de ese mismo naranja sangriento del día de su boda fallida. Se arrodilló ante una planta de tomates y empezó a arrancar las malas hierbas con una ferocidad silenciosa.

Había pasado tres años esperando un fantasma, y ahora que el fantasma había regresado, se dio cuenta de que el verdadero apocalipsis no era la muerte, sino el olvido. Ferran ya no era su guardia, ni su amante, ni su escudo. Era solo un hombre que servía a otra reina.

—Madre, ¿por qué lloras? —preguntó el pequeño Ferran, tocando la mejilla de Pedri.

Pedri se limpió una lágrima traicionera con el dorso de la mano manchada de tierra. Miró a su hijo, que tenía la misma mirada noble del capitán que una vez juró protegerlo de todo mal.

—No lloro, pequeño —mintió Pedri, esbozando una sonrisa que le dolió en el alma—. Solo estoy preparando la tierra. Tenemos mucho que plantar si queremos sobrevivir al invierno.

Esa noche, Pedri no durmió. Se quedó mirando la luna desde la ventana de su pequeña habitación. Sabía que Ferran estaba en algún lugar del norte, durmiendo en los brazos de una mujer que no conocía sus miedos, que no sabía que prefería el pan caliente con miel o que tenía una cicatriz en el hombro de una batalla olvidada.

El príncipe cerró los ojos y, por última vez, se permitió recordar el calor de Ferran en la catedral, el sabor de su primer beso en el bosque y la promesa de que nunca lo dejaría solo.

—Me dejaste en el altar, Ferran —susurró a la oscuridad—. Pero esta vez, soy yo quien te deja ir.

Al amanecer, Pedri volvió al jardín. Gavi ya estaba allí, con los ojos hinchados pero la mandíbula apretada, trabajando la tierra con una rabia renovada. No se dijeron nada. No hacía falta.

El mundo seguía lleno de monstruos, y los héroes habían resultado ser humanos y frágiles, capaces de olvidar incluso el amor más puro. Pero la tierra seguía dando frutos, y sus hijos seguían creciendo. Pedri ya no era un príncipe esperando ser rescatado; era el rey de sus propias ruinas, y en ese pequeño trozo de suelo fértil, construiría un reino donde el olvido no tuviera poder.

Ferran se había ido, pero el jardín de Pedri seguiría floreciendo, incluso sobre las cenizas de lo que una vez llamaron hogar.

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