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Zombies?

Cenizas del pasado y el rugido del horizonte

La nueva vida en el valle del este era, por primera vez en años, un remanso de paz genuina. Pedri se despertaba cada mañana con el peso reconfortante del brazo de Ferran rodeando su cintura y el sonido de los balbuceos del pequeño Ferran en la habitación contigua. Se habían mudado a una pequeña villa fortificada, lejos del bullicio de la gran fortaleza, buscando reconstruir esa intimidad que el destino les había arrebatado. Gavi y Dani se habían instalado a apenas unos metros, formando una pequeña comunidad de cuatro corazones que habían sobrevivido al fin del mundo dos veces.

Sin embargo, la seguridad es un espejismo en un mundo poblado por muertos y por hombres que han perdido su humanidad.

El sol apenas comenzaba a teñir el cielo de un rosa pálido cuando un grito desgarrador rompió el silencio de la mañana. Pedri saltó de la cama, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Ferran ya estaba de pie, con la espada en mano, su instinto de guerrero reaccionando antes que su mente.

—¡Pedri, quédate atrás! —ordenó Ferran, pero el príncipe ya corría hacia la habitación de su hijo.

La cuna estaba vacía. La ventana, forzada desde fuera, dejaba entrar el aire gélido de la mañana. Un rastro de seda negra, un retazo del vestido de Sira, colgaba del alféizar como una burla silenciosa.

—¡Daniela tampoco está! —gritó Gavi desde el exterior, su voz quebrada por el pánico absoluto.

Dani Olmo apareció en el umbral, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre.

—Las han visto —dijo Dani, jadeando—. Sira y Aitana. Se llevaron a los niños hacia el desfiladero del Norte. Tienen caballos.

—No irán muy lejos —sentenció Ferran, y su voz tenía una vibración tan gélida que Pedri sintió un escalofrío—. Si tocan un solo cabello de esos niños, desearán que los caminantes las hubieran devorado hace años.

La persecución duró horas. Los cuatro hombres cabalgaron sin descanso, siguiendo el rastro de huellas frescas y la estela de odio que las dos mujeres habían dejado atrás. Sira y Aitana, movidas por el despecho y la sed de poder que habían perdido, huían con los niños como moneda de cambio, como un último acto de crueldad contra los hombres que las habían rechazado.

El terreno se volvió escarpado a medida que se acercaban a las antiguas fronteras del Reino de Esmalte. El viento aullaba entre las rocas, trayendo consigo un olor extraño: no era solo el aroma a podredumbre de los muertos, sino algo metálico, algo que recordaba a los antiguos días de gloria.

De repente, Sira y Aitana frenaron en seco en lo alto de una colina. Los caballos relincharon, negándose a avanzar. Frente a ellas, bloqueando el camino hacia el paso de montaña, se alzaba una visión que parecía extraída de un sueño febril.

Una compañía de guerreros, vestidos con armaduras de acero pulido que aún conservaban el emblema del sol naciente, formaba una falange perfecta. En el centro, montado sobre un corcel blanco que parecía una estatua de mármol, se encontraba un hombre cuya presencia emanaba una autoridad incuestionable.

—¿Padre? —susurró Pedri, que acababa de llegar al pie de la colina junto a los otros tres.

El Rey, el hombre que Pedri creía muerto en la carnicería de la catedral, estaba allí. Su cabello era ahora completamente blanco y su rostro estaba surcado por cicatrices de mil batallas, pero sus ojos seguían siendo los mismos zafiros severos que habían gobernado las Tierras de Esmalte.

Sira, viéndose acorralada entre los padres enfurecidos y un ejército legendario, apretó un puñal contra la manta que envolvía al pequeño Ferran.

—¡Ni un paso más! —chilló ella, con la voz quebrada por la locura—. ¡Si alguien se acerca, el linaje del príncipe termina aquí!

El Rey levantó una mano enguantada. Al instante, una docena de arqueros tensaron sus arcos con una precisión mecánica.

—Soltad a los infantes —dijo el monarca, y su voz resonó en el valle como un trueno—. Soy el Rey de estas tierras, y no permito que alimañas como vosotras respiren el mismo aire que mi sangre.

—¡Vuestro hijo nos traicionó! —gritó Aitana, que sostenía a Daniela—. ¡Eligió a estos soldados antes que a nosotras!

—Mi hijo eligió el honor —respondió el Rey, clavando su mirada en Pedri y luego en Ferran—. Algo que vosotras no podríais comprender ni en mil vidas.

En un movimiento casi invisible para el ojo humano, Ferran aprovechó la distracción de Sira para lanzar un cuchillo arrojadizo que impactó directamente en el hombro de la mujer. Sira soltó al niño con un alarido de dolor. Pedri se lanzó hacia adelante, atrapando a su hijo antes de que tocara el suelo rocoso. Simultáneamente, Dani Olmo cargó contra Aitana, arrebatándole a Daniela mientras Gavi la inmovilizaba con una ferocidad animal.

Los soldados del Rey rodearon a las dos mujeres en cuestión de segundos. El peligro inmediato había pasado, pero la tensión en el aire era casi sólida.

Pedri, abrazando a su hijo contra su pecho, se acercó al caballo de su padre. Ferran caminaba a su lado, con la cabeza alta pero la mano firme sobre el pomo de su espada, listo para defender a su familia incluso del Rey si era necesario.

El monarca desmontó con una agilidad sorprendente para su edad. Caminó hacia Pedri, observando el rostro de su hijo, buscando al príncipe tímido que había dejado en el altar. En su lugar, encontró a un hombre, a un superviviente. Luego, su mirada se desvió hacia el niño que Pedri sostenía y, finalmente, hacia Ferran.

—Así que es cierto —dijo el Rey, con una expresión indescifrable—. El capitán de mi guardia no solo rescató a mi heredero, sino que se atrevió a plantar su propia semilla en el jardín de la corona.

Ferran dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre el Rey y Pedri.

—Majestad —dijo Ferran, con voz firme—, podéis juzgarme como queráis. Podéis ejecutarme por traición si así lo deseáis. Pero este niño es mi vida, y Pedri es mi alma. No me arrepiento de nada.

El Rey guardó silencio durante un tiempo que pareció eterno. Miró a los soldados que habían sobrevivido gracias al liderazgo de Ferran, miró a Dani y Gavi, que protegían a la otra niña, y finalmente volvió a mirar a su hijo, que sostenía al pequeño con una devoción que el Rey nunca se había permitido mostrar.

—Te vi luchar en la catedral, Ferran —dijo el Rey finalmente, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios—. Vi cómo preferías morir antes de que una sola de esas criaturas tocara a Pedro. Y he escuchado los relatos de vuestra supervivencia. Un rey sabe cuándo ha perdido una batalla, pero un padre sabe cuándo ha ganado un hijo.

El monarca puso una mano pesada sobre el hombro de Ferran.

—Gracias por mantenerlo a salvo, Capitán. Y gracias por darme un heredero que, al menos, tiene el fuego de un guerrero en los ojos.

Pedri sintió que un peso de años se levantaba de sus hombros.

—Padre... creí que habías caído.

—Los reyes somos difíciles de matar, Pedro —respondió él, abrazando a su hijo con una calidez que Pedri no recordaba—. Pero no hay tiempo para celebraciones. Mis exploradores han visto algo que debería helaros la sangre.

—¿Qué pasa? —preguntó Dani, acercándose con Daniela en brazos.

El Rey señaló hacia el horizonte sur, más allá de las colinas que acababan de cruzar. Una inmensa nube de polvo se elevaba hacia el cielo, pero no era arena. Era una masa oscura, una marea que se movía con una cadencia errática y aterradora.

—Una horda —susurró Ferran, sintiendo el frío de la batalla acercarse—. Nunca he visto una tan grande.

—Son miles —confirmó el Rey—. Han arrasado los asentamientos de la costa. Si nos quedamos aquí, seremos aplastados. Debemos regresar a vuestro refugio. Es el único lugar con murallas lo suficientemente altas y suministros para resistir un asedio.

—¡A los caballos! —rugió Ferran, asumiendo el mando de forma natural, algo que el Rey aceptó con un asentimiento de cabeza.

La huida fue una carrera contra la muerte. El suelo vibraba bajo los pies de los caballos mientras la horda, una masa interminable de cuerpos putrefactos y gemidos guturales, ganaba terreno. Sira y Aitana, encadenadas y arrastradas por los soldados, gritaban de terror al ver lo que se les venía encima, pero nadie les prestaba atención. En este nuevo mundo, la justicia era rápida y el olvido era absoluto.

A medida que se acercaban a las puertas de la fortaleza, el sol comenzó a ocultarse, y la oscuridad trajo consigo el rugido de la marea de muertos.

—¡Abrid las puertas! —gritó Pedri desde la vanguardia, viendo cómo los vigías en los muros se preparaban para el impacto.

Entraron en el patio justo cuando los primeros caminantes chocaban contra las empalizadas exteriores. El sonido era como el de un océano rompiendo contra un acantilado, pero un océano de carne y hueso.

El Rey, Ferran, Dani y Pedri se bajaron de sus monturas. Gavi corrió hacia el interior de la cabaña para poner a los niños a salvo bajo la vigilancia de los soldados reales.

—Escuchadme —dijo el Rey, reuniéndolos en el centro del patio mientras las flechas incendiarias comenzaban a volar desde las torres—. El mundo que conocíamos ha muerto, pero esta noche, lucharemos por el que hemos construido. Ferran, toma el mando del muro norte. Dani, el sur. Pedro, tú te quedarás conmigo en la reserva.

—No, padre —dijo Pedri, tomando su espada con una determinación que sorprendió al monarca—. Yo lucharé donde esté Ferran. Siempre.

Ferran miró al príncipe, y en medio del caos, del olor a brea quemada y del estruendo de los muertos, encontró un segundo para besarle la frente.

—Entonces mantente cerca de mí, mi príncipe —susurró Ferran—. Porque después de esta noche, tenemos toda una vida que vivir.

La horda golpeó con una fuerza devastadora. Los muertos se apilaban unos sobre otros, intentando escalar los muros por puro peso numérico. Ferran era una tormenta de acero, su espada decapitaba a todo aquel que lograba asomar la cabeza por las almenas. A su lado, Pedri luchaba con una elegancia mortal, cubriendo cada hueco, siendo el escudo que Ferran necesitaba.

Dani y Gavi, desde el otro extremo, defendían la puerta principal con una ferocidad desesperada. El Rey, viendo a los cuatro jóvenes luchar como una sola entidad, comprendió que el linaje de Esmalte no se mediría más por coronas de oro, sino por la sangre derramada en defensa de los suyos.

La batalla duró toda la noche. Cuando los primeros rayos de sol iluminaron el campo de batalla, la horda había sido diezmada, dejando tras de sí una alfombra de cuerpos inertes que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el jadeo de los supervivientes.

Ferran, cubierto de sangre y ceniza, se dejó caer contra una almena. Pedri se desplomó a su lado, buscando su mano. Sus dedos se entrelazaron, fuertes y seguros.

El Rey se acercó a ellos, limpiando su espada con un retazo de capa. Miró a Sira y Aitana, que yacían muertas cerca de la puerta, víctimas del pánico y de los propios caminantes que lograron entrar brevemente. No sintió lástima.

—Habéis resistido —dijo el Rey, mirando a Ferran y Pedri—. Este refugio es fuerte. Y sus líderes son aún más fuertes.

—No somos líderes, Majestad —dijo Ferran, mirando a Pedri con una ternura infinita—. Solo somos dos hombres que se aman y que no están dispuestos a dejar que el mundo les arrebate lo que tanto les costó encontrar.

El Rey asintió, mirando hacia el horizonte donde el nuevo mundo, roto pero vivo, los esperaba.

—Entonces, que así sea. El Reino de Esmalte ha caído, pero la Familia de Esmalte acaba de nacer.

Gavi y Dani se acercaron, trayendo a los niños, que reían ajenos a la carnicería que acababa de ocurrir. Ferran tomó a su hijo en brazos, y Pedri apoyó la cabeza en el hombro del guerrero.

Habían sobrevivido a la traición, al olvido, a los muertos y a la sombra de un pasado real. Ahora, mientras el sol ascendía triunfante sobre las murallas, sabían que no importaba cuántas hordas vinieran, ni cuántos reyes reclamaran tronos. Porque en medio del apocalipsis, habían encontrado lo único que era verdaderamente eterno: un hogar construido sobre la lealtad, y un amor que ni la muerte misma se atrevió a separar.

—¿Qué haremos ahora, Ferran? —preguntó Pedri, cerrando los ojos bajo el calor del sol.

—Vivir, Pedri —respondió el guerrero, apretando la mano de su príncipe—. Simplemente, vivir.

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