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Zombies?

Raíces de Sospecha y el Eco del Olvido

La cabaña que Pedri y Gavi compartían en los límites del sector agrícola se había convertido en un santuario de madera y resistencia. No era solo una casa; era un fuerte dentro de la fortaleza. Decidieron unir sus vidas no por un romance que ya no existía, sino por la supervivencia de lo único puro que les quedaba: sus hijos. El pequeño Ferran y la pequeña Daniela crecían ajenos al dolor de sus padres, jugando entre los surcos de la tierra mientras Pedri y Gavi vigilaban con ojos de halcón, siempre con una mano en el apero de labranza y la otra en el pomo de la daga.

Cinco meses habían pasado desde aquel encuentro devastador, y la herida, lejos de cerrarse, supuraba una resignación amarga. Sin embargo, la paz relativa se rompió cuando las campanas anunciaron nuevamente la llegada del grupo del Norte. Sira y Aitana no venían solas; traían una caravana más grande y una propuesta de estancia prolongada para "estrechar lazos comerciales".

—No me gusta, Pedri —susurró Gavi, apretando los puños mientras observaba desde la distancia cómo Ferran y Dani ayudaban a descargar pesados baúles—. Tienen una mirada diferente. Como si estuvieran midiendo la altura de los muros en lugar de la calidad del grano.

—Lo sé —respondió Pedri, cargando a su hijo, quien señalaba con el dedo al guerrero de hombros anchos que se movía con una gracia letal—. Pero el consejo ha aceptado. Necesitamos el combustible que traen para el invierno. Solo mantente cerca de mí. No dejes que los niños se acerquen a ellos.

Pero el destino era caprichoso. A los pocos días de su estancia, el grupo del Norte se había instalado en el ala este del refugio. Sira y Aitana actuaban con una amabilidad forzada, siempre presentes en las reuniones, siempre observando. Ferran y Dani, por su parte, cumplían sus órdenes como autómatas, aunque sus miradas se perdían con frecuencia en la figura de los dos hombres que trabajaban el jardín.

Una tarde, mientras Pedri intentaba arreglar una valla rota, el pequeño Ferran soltó la mano de su padre y corrió hacia el sendero por donde el capitán Torres caminaba cargando leña.

—¡Papá, mira! —gritó el niño, usando la palabra que Pedri le había enseñado a decir solo en la intimidad, pero que el pequeño lanzaba al aire con inocencia.

El guerrero se detuvo en seco. La leña crujió bajo su brazo mientras bajaba la vista hacia el pequeño que se abrazaba a su pierna. Ferran, el hombre sin memoria, sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. Sus dedos, callosos y marcados por la guerra, temblaron ante el impulso de acariciar aquel cabello castaño tan parecido al suyo.

—¡Ferran, ven aquí ahora mismo! —la voz de Pedri sonó como un látigo, cargada de un pánico que no pudo ocultar.

Pedri llegó en dos zancadas y tomó al niño en brazos, pegándolo a su pecho como si el guerrero fuera un caminante blanco a punto de morderlo. Sus ojos se encontraron con los de su antiguo amor, y por un segundo, la frialdad de Ferran flaqueó.

—Es un niño valiente —dijo el capitán, con una voz ronca que parecía luchar contra un nudo invisible—. Se parece a ti.

—No se parece a nadie más que a su familia —espetó Pedri, retrocediendo—. Por favor, mantente alejado de nosotros. No queremos problemas con tu... mujer.

En ese momento, Gavi apareció desde la cabaña, rodeando los hombros de Pedri con un brazo protector. Dani Olmo caminaba unos pasos detrás de Ferran y se detuvo al ver la escena. La tensión era tan espesa que podía cortarse con un cuchillo.

—¿Pasa algo aquí? —preguntó Gavi, desafiante, mirando a Dani con un desprecio que ocultaba un mar de lágrimas contenidas.

—Nada —respondió Dani, aunque sus ojos no se apartaban de la mano de Gavi sobre el hombro de Pedri—. Solo estábamos de paso. Parece que vosotros dos estáis muy... cómodos juntos.

Pedri sintió el impulso de negar la implicación, de gritarle que él era el único hombre al que había amado, pero el recuerdo de Aitana besando a Dani en la puerta de la fortaleza le devolvió la amargura. Si ellos habían olvidado, Pedri y Gavi no tenían por qué dar explicaciones.

—Somos pareja, Dani —mintió Pedri, su voz firme y gélida—. Criamos a nuestros hijos juntos en esta casa. Es nuestra vida. Y nos gustaría que la respetarais manteniéndoos al margen.

Vio cómo la mandíbula de Ferran se tensaba y cómo Dani apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Un destello de algo parecido a los celos cruzó los rostros de los amnésicos, una sombra de posesividad antigua que sus mentes no comprendían pero que sus cuerpos recordaban.

—Entiendo —dijo Ferran, y su tono era tan cortante que Pedri sintió un escalofrío—. Felicidades por vuestra... unión. Vámonos, Dani. Sira nos espera.

Los dos guerreros se alejaron, pero no sin antes lanzar una última mirada hacia la cabaña. Sira y Aitana, que observaban la escena desde la sombra de un granero, intercambiaron una mirada de furia contenida. No les gustaba el efecto que esos dos campesinos tenían sobre sus "hombres".

Dos meses pasaron, y la estancia del grupo del Norte se volvió permanente. La atmósfera en el refugio se volvió irrespirable. Sira empezó a cuestionar las decisiones del consejo, sugiriendo que la defensa de la fortaleza era débil y que sus hombres, Ferran y Dani, deberían tomar el mando militar absoluto.

Una noche, Pedri despertó sobresaltado por un ruido metálico cerca de la cabaña. Salió al porche con su ballesta en mano, encontrándose con una figura apoyada en un árbol, envuelta en la penumbra. Era Ferran. Estaba solo, y por primera vez en mucho tiempo, no parecía el soldado de Sira.

—¿Qué haces aquí? —susurró Pedri, bajando el arma pero sin relajar la guardia.

—No puedo dormir —respondió Ferran, dando un paso hacia la luz de la luna—. Cada vez que cierro los ojos, escucho gritos y huelo a incienso. Y veo tu cara, pero no aquí... sino en un lugar lleno de oro y vitrales.

El corazón de Pedri dio un vuelco.

—Son solo sueños, capitán. Vuelve con tu mujer.

—Ella no es mi mujer —dijo Ferran con una urgencia repentina—. Ella me salvó, sí. Pero cuando me toca, me siento vacío. En cambio, cuando te veo a ti con ese hombre... cuando veo cómo te protege... siento que algo se me desgarra por dentro. ¿Por qué me odias tanto, Pedri?

—No te odio —dijo Pedri, con las lágrimas al borde de los párpados—. Te lloro. Pero ya es tarde.

Antes de que Ferran pudiera responder, un grito de alarma rasgó la noche desde el centro de la fortaleza. No era un ataque exterior. Era una traición interna.

—¡Al patio principal! —rugió la voz de Dani Olmo, que corría hacia ellos con la espada desenvainada—. ¡Ferran, nos han engañado!

Pedri y Ferran corrieron hacia el centro del refugio, donde Gavi ya estaba peleando contra dos hombres del grupo de Sira. La verdad salió a la luz de las antorchas: Sira y Aitana habían estado introduciendo armas y hombres de confianza poco a poco, con el objetivo de dar un golpe de estado y convertir la fortaleza en su propio feudo dictatorial.

—¡Basta! —gritó Sira, apareciendo en el balcón del edificio principal con una ballesta apuntando directamente a la cabeza de Gavi—. ¡Bajad las armas! Este lugar ahora nos pertenece.

Ferran se colocó al lado de Pedri, desenvainando su espada con el mismo movimiento fluido que el príncipe recordaba de sus días en el palacio.

—Sira, ¿qué significa esto? —preguntó Ferran, su voz cargada de una autoridad que hizo retroceder a los traidores.

—Significa que somos los fuertes, Ferran —dijo Sira con una sonrisa cruel—. Y tú eres mi mejor arma. Ahora, mata a ese campesino que tanto te distrae y toma el control de la puerta.

Ferran miró a Pedri. Miró al niño que asomaba la cabeza por la ventana de la cabaña, aterrorizado. Miró a Gavi, que sangraba por un corte en el brazo mientras Dani Olmo se posicionaba, para sorpresa de todos, a su lado, protegiéndole la espalda.

—No —dijo Ferran.

—¿Qué has dicho? —preguntó Aitana, incrédula, desde el lado de Sira.

—He dicho que no —repitió Ferran, dando un paso al frente—. Podré no recordar quién era antes de que me encontrarais en aquel barranco, pero sé quién soy ahora. Y no soy un asesino de inocentes. No voy a traicionar a la gente que nos dio de comer cuando no teníamos nada.

—¡Son unos débiles! —chilló Sira—. ¡Ese príncipe y su amante no son nada!

—Si ellos son débiles, entonces yo no quiero ser fuerte —intervino Dani, cuya mirada hacia Gavi había cambiado drásticamente en los últimos minutos—. Hay algo en este lugar, algo en ellos, que se siente más real que cualquier cosa que nos hayáis contado en estos tres años.

La batalla estalló en un caos de acero y gritos. Los hombres leales a la fortaleza se unieron a Ferran y Dani contra los mercenarios de Sira. Pedri, demostrando la valentía que Ferran siempre había admirado, usó su ballesta con precisión quirúrgica, cubriendo los flancos del capitán.

En mitad de la refriega, Sira intentó disparar a Pedri, pero Ferran se lanzó sobre él, derribándolo al suelo y recibiendo el proyectil en el hombro, justo sobre su vieja armadura.

—¡Ferran! —gritó Pedri, olvidando el fingimiento, olvidando el dolor de los últimos años. Se arrodilló a su lado, tomando su rostro entre sus manos—. ¡No, no otra vez!

Ferran jadeó, el dolor disparando destellos de memoria en su cerebro. Vio la catedral, vio la sangre en el altar, vio a un príncipe suplicándole que lo sacara de allí.

—Príncipe... —susurró Ferran, sus ojos enfocándose con una claridad aterradora—. Pedri...

El reconocimiento fue como un relámpago. La mano de Ferran subió a la mejilla de Pedri, manchándola de sangre, exactamente igual que el día del apocalipsis.

—Te recuerdo —dijo, con una voz que era puro amor y agonía—. Recuerdo el altar. Recuerdo el bosque. Dios mío, Pedri... ¿qué he hecho?

—Nada, mi amor, no has hecho nada —sollozó Pedri, abrazándolo con fuerza mientras a su alrededor Dani y Gavi terminaban de reducir a los últimos traidores.

Sira y Aitana fueron encadenadas. El golpe de estado había fracasado, pero el precio había sido el derrumbe de las mentiras que sostenían sus nuevas vidas.

Horas más tarde, en la tranquilidad de la enfermería, Ferran descansaba con el hombro vendado. Pedri estaba a su lado, sin soltarle la mano. Dani y Gavi estaban en el rincón opuesto, hablando en susurros cargados de reproches y confesiones tardías.

—Me dijiste que eras pareja de Gavi —dijo Ferran, su voz débil pero llena de una chispa de celos que ahora tenía sentido—. Casi me vuelvo loco de rabia estos meses.

—Tenía que protegerme, Ferran —respondió Pedri, bajando la cabeza—. Verte con ella, ver que no me conocías... era más de lo que podía soportar. Y Gavi... él solo quería proteger a Daniela.

—Es mi hija, ¿verdad? —preguntó Ferran, mirando hacia la puerta donde el pequeño Ferran dormía en una cuna improvisada.

—Se llama como tú. Nunca dejé que olvidara tu nombre, aunque yo intentara olvidar tu cara para no morir de tristeza.

Ferran tiró suavemente de la mano de Pedri, obligándolo a inclinarse hasta que sus frentes se tocaron.

—El mundo se acabó una vez y te encontré. Se acabó una segunda vez cuando perdí mi memoria y, aun así, mi corazón me trajo de vuelta a tu puerta. No importa cuántas veces se desmorone el cielo, Pedri. Siempre serás mi único reino.

Pedri sonrió, una sonrisa que por fin alcanzó sus ojos después de tres largos años de invierno.

—Esta vez, capitán —dijo Pedri antes de besarlo—, asegúrate de no olvidar el camino a casa.

Fuera, el sol comenzaba a salir sobre la fortaleza. La traición había sido purgada y las raíces de la verdad habían vuelto a brotar. El apocalipsis seguía allí fuera, pero dentro de aquellos muros, el príncipe y su guerrero habían recuperado lo que ni el tiempo ni el olvido pudieron destruir: la certeza de que, mientras respiraran, nunca caminarían solos.

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