A
La Danza de las Sombras
El aroma a carne asada y especias caras empezó a filtrarse por los pasillos de la fortaleza escocesa, rompiendo la atmósfera gélida que la niebla del exterior intentaba imponer. Deckard Shaw, con las mangas de su camisa blanca remangadas con una pulcritud obsesiva, se movía por la cocina con la misma eficiencia con la que ensamblaba un rifle de francotirador. No era solo un hombre de acción; era un hombre de gustos refinados que encontraba en la cocina una forma diferente de control.
Han, sin embargo, permanecía inmóvil frente al gran ventanal del salón, observando cómo la oscuridad devoraba los pinos. Tenía una bolsa de snacks a medio terminar en la mano, pero no había comido nada en los últimos diez minutos. Su mente estaba a miles de kilómetros, preguntándose cuánto tiempo más podría mantener esta farsa antes de que la realidad, o Dante Reyes, los alcanzara a todos.
—Cariño, la cena está servida —la voz de Deckard resonó desde el comedor, cortante y melódica al mismo tiempo.
Han no se movió. Ni siquiera parpadeó. El silencio se prolongó durante casi un minuto, solo interrumpido por el siseo del viento contra el cristal reforzado.
—Cariño —la voz de Deckard volvió a sonar, esta vez más cerca, cargada de una calma peligrosa que hacía que el vello de la nuca se erizara—, debes saber que no me gusta repetirme. Mi paciencia es un recurso limitado y hoy ya has agotado gran parte de ella con tu silencio.
Han sintió una presencia sólida detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar o siquiera girarse, la mano de Deckard se cerró con firmeza sobre su antebrazo. No fue un toque violento, pero sí inamovible. Con una fuerza sorprendente, Deckard empezó a arrastrar a Han hacia la cocina, ignorando cualquier atisbo de resistencia pasiva.
—Puedo caminar solo, Shaw —masculló Han, aunque no puso fuerza real en soltarse. Había algo en la determinación de Deckard que resultaba agotador de combatir.
—Podrías, pero parece que tus pies han olvidado cómo llegar a la mesa —replicó Deckard mientras lo soltaba justo frente a una silla de cuero—. Siéntate. He preparado un solomillo que vale más que la vida de la mitad de los mercenarios que hemos matado esta semana. No voy a dejar que se enfríe porque estés de humor contemplativo.
Owen ya estaba allí, sentado al otro extremo, cortando su carne con movimientos mecánicos. Miró a Han con una mezcla de lástima y diversión contenida.
La cena transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Deckard observaba a Han comer, vigilando cada uno de sus movimientos como si fuera un experimento de laboratorio particularmente fascinante. Han, por su parte, trataba de ignorar la mirada ardiente del británico, concentrándose en el sabor de la comida, que, para su pesar, era excelente.
Al terminar, Han dejó la servilleta sobre la mesa y miró directamente a Owen, ignorando a Deckard por completo.
—Owen —dijo Han con voz pausada—, ¿es realmente necesario que venga con nosotros? Tu hermano es un psicópata. No lo digo como un insulto, es una observación clínica.
Owen levantó la vista de su plato, limpiándose la comisura de los labios.
—Es un Shaw, Han —repitió Owen, como si eso explicara todas las patologías del mundo—. Y ahora mismo, es el psicópata con los mejores contactos en Interpol. Lo necesitamos si queremos entrar en Grecia sin que nos vuelen el avión en pleno vuelo.
Deckard se reclinó en su silla, jugueteando con una copa de vino tinto. Sus ojos brillaron bajo la luz tenue de las lámparas de diseño.
—Tu asociación con Owen es temporal, ¿cierto? —preguntó Deckard, lanzando la pregunta como si fuera un cuchillo—. Solo preguntaba porque cuando esto termine, cuando hayamos borrado a Dante de la existencia, tengo pensado secuestrarte, cariño.
Han se atragantó ligeramente con el último sorbo de agua. Miró a Deckard, buscando algún rastro de sarcasmo, pero solo encontró una seriedad perturbadora.
—¿Secuestrarme? —repitió Han—. Ya lo intentaste una vez. No salió muy bien para ninguno de los dos.
—Esta vez no habrá explosiones —dijo Deckard, inclinándose hacia delante—. Solo una ubicación remota, cerraduras que no puedes forzar y mi encantadora compañía. Considéralo un retiro espiritual forzado. Te vendría bien dejar de comer esas porquerías procesadas y aprender a apreciar las cosas buenas de la vida.
—Estás loco —sentenció Han, levantándose de la mesa.
—Loco por los resultados, cariño —replicó Deckard con una sonrisa depredadora.
Tres días después, el grupo se encontraba bajo el sol abrasador de Grecia. El objetivo era un almacén de suministros médicos que Dante utilizaba como tapadera para distribuir componentes químicos. Owen había diseñado el plan: una entrada rápida, eliminación de objetivos y extracción en menos de cinco minutos.
Owen fue el primero en entrar, moviéndose como una sombra letal entre las cajas. Han se encargó de la cobertura exterior, usando un rifle de precisión desde una colina cercana. Deckard, por su parte, se encargó de la retaguardia, asegurándose de que nadie saliera con vida para pedir refuerzos. Fue una masacre silenciosa y eficiente.
Al caer la noche, se refugiaron en una villa alquilada frente al mar Egeo. El cansancio finalmente hizo mella en Han, quien se retiró temprano a una de las habitaciones superiores, deseando nada más que el silencio del mar y un momento lejos de la intensidad de los hermanos Shaw.
En la planta baja, Owen y Deckard permanecían en la terraza, observando las luces de los barcos en el horizonte. Owen limpiaba su arma, mientras Deckard fumaba un cigarro con la mirada perdida en la dirección de la habitación de Han.
—Fuera de bromas, Deckard —dijo Owen sin levantar la vista—, ¿tienes pensado devolverlo a su equipo cuando esto acabe? Toretto no va a parar hasta encontrarlo si descubre que está vivo. Y Hobbs ya está empezando a hacer preguntas incómodas sobre quién nos está ayudando.
Deckard exhaló una nube de humo gris que se disipó rápidamente en la brisa marina. Su expresión se volvió granítica, perdiendo toda la teatralidad burlona que solía mostrar frente a Han.
—Yo sí tengo pensado conservarlo —dijo Deckard seriamente.
Owen se detuvo en seco, dejando el paño de limpieza sobre la mesa. Miró a su hermano mayor con una ceja arqueada.
—¿Hablas en serio? Deckard, es Han. Si lo mantienes cautivo, Toretto quemará el continente entero para recuperarlo. Y no creo que Han se quede sentado esperando a que le sirvas el té.
—Dominic Toretto tiene suficientes problemas con Dante Reyes como para preocuparse por un fantasma que ya ha llorado —respondió Deckard con una frialdad que helaba la sangre—. Además, si quieres mi opinión, es mejor no devolverlo. Está roto, Owen. Se nota en cómo mira al vacío. En su equipo, él es el "tío genial" que siempre tiene una respuesta. Con nosotros, puede ser quien realmente es: un hombre que ha muerto y ya no tiene miedo a las consecuencias.
Owen negó con la cabeza, volviendo a su tarea.
—Si quieres que se quede, yo puedo cuidarlo —añadió Deckard, su voz bajando a un tono casi posesivo—. Sé cómo tratar con personas que no quieren ser encontradas.
—Eso no es tranquilizador, Deckard —replicó Owen con un suspiro—. Suena a que vas a meterlo en una jaula de oro.
—Solo digo que puedo encerrarlo conmigo —continuó Deckard, mirando hacia la ventana del piso superior donde la luz acababa de apagarse—. Como una cita muy larga. Una que dure el resto de nuestras vidas. Él necesita un propósito, y yo... bueno, yo necesito a alguien que no se asuste cuando saco el cuchillo.
—Es un hombre, no un trofeo, Deckard —advirtió Owen—. Y es un hombre peligroso. No olvides que sobrevivió a ti. Eso es algo que muy pocos pueden decir.
Deckard soltó una risa baja, casi inaudible.
—Eso es precisamente lo que lo hace perfecto, hermanito. Sobrevivió a mí. Y ahora, voy a asegurarme de que nunca tenga que sobrevivir a nadie más.
Owen guardó su arma en la funda y se levantó, dándole una palmada en el hombro a Deckard antes de entrar en la casa.
—Haz lo que quieras, pero si Dom Toretto aparece en nuestra puerta con un cargador lleno, tú serás el que le explique por qué su amigo está "retenido" en una cita eterna.
Deckard no respondió. Se quedó solo en la terraza, escuchando el murmullo de las olas. En su mente, ya estaba trazando el mapa de su próximo refugio, uno donde no hubiera misiones, ni Dante Reyes, ni equipos de rescate. Solo él y el fantasma de Tokio, en una danza de sombras que nunca tendría que terminar.
Arriba, Han, que no estaba tan dormido como pretendía, escuchó el eco de las voces pero no las palabras exactas. Se acurrucó bajo las sábanas, sintiendo el peso de la bolsa de snacks vacía a su lado. Sabía que los Shaw eran peligrosos, pero lo que no sabía era que, para Deckard, él ya no era un enemigo ni un aliado. Era el único tesoro que el asesino británico había decidido que valía la pena guardar para siempre.
La guerra contra Dante continuaría al amanecer, pero en el silencio de la noche griega, se estaba gestando una batalla diferente: una donde la libertad de Han era el premio y Deckard Shaw no tenía ninguna intención de dejar que nadie más jugara. El juego había cambiado de nuevo, y esta vez, el cazador quería atrapar a su presa no para destruirla, sino para que nunca más tuviera que huir.