Volver al resumen

A

Lazos de Sangre y Acero

La mañana en la villa griega nació con un resplandor dorado que contrastaba con la oscuridad de los planes que se gestaban en su interior. Owen Shaw estaba en la cocina, operando la máquina de café con una eficiencia casi militar, cuando Deckard entró en la estancia. El hermano mayor no parecía haber dormido mucho; su mirada era aguda, centrada en un punto invisible en el horizonte de sus propias ambiciones.

—He estado pensando en lo que dijimos anoche, Owen —comenzó Deckard, apoyándose contra la encimera de mármol con una elegancia que resultaba insultante dadas las circunstancias—. Sobre el futuro de nuestro invitado.

Owen exhaló un suspiro cansado, viendo cómo el vapor del café subía en espirales. Sabía exactamente a dónde iba esto, y no estaba seguro de tener la energía mental necesaria para procesar la última obsesión de su hermano.

—¿El plan de secuestro eterno? —preguntó Owen con sarcasmo—. Creí que era el efecto del vino tinto.

—Hablo en serio. Si el problema es que Toretto o la Agencia consideran que Han es propiedad de su "familia", hay una solución legal y permanente para eso —Deckard hizo una pausa dramática, ajustándose los puños de la camisa—. Si necesito convertir a Han en un Shaw para que el mundo deje de reclamarlo, estoy dispuesto a casarme con él.

Owen se quedó congelado, con la taza a medio camino de los labios. Lentamente, bajó el café y negó con la cabeza, exhalando con una frustración que nacía desde lo más profundo de su pecho.

—Estás completamente desquiciado, Deckard —sentenció Owen—. Han te disparará a la primera oportunidad. O me disparará a mí por permitir que esta locura continúe. No es un objeto que puedas simplemente ponerle un anillo y esperar que se quede quieto en una estantería.

Deckard se encogió de hombros, y una sonrisa depredadora, lenta y cargada de una confianza oscura, se dibujó en su rostro.

—Dejaré que lo intente —murmuró Deckard, sus ojos brillando con una luz peligrosa—. Me gusta cuando lucha. Tiene ese fuego bajo la superficie helada. No quiero un trofeo inerte, Owen. Quiero a Han. Y los Shaw siempre obtenemos lo que queremos.

—Lo que quieres es un billete de ida a un hospital de trauma —replicó Owen, dándole la espalda para salir de la cocina—. No digas que no te lo advertí cuando intente cortarte el cuello mientras duermes.

Media hora después, Han bajó las escaleras. Vestía una camiseta oscura y unos pantalones tácticos, con esa expresión de calma imperturbable que servía de escudo contra el mundo. No había rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior. Se dirigió directamente a la cafetera, pero Deckard ya estaba allí, bloqueando su camino con una presencia física abrumadora.

—Buenos días, cariño —dijo Deckard, su voz bajando a un tono meloso que hizo que Han se tensara instantáneamente—. Te he preparado un desayuno especial. Proteínas, grasas saludables... todo lo que un hombre de acción necesita para mantenerse en forma.

Han lo miró de arriba abajo, con una ceja arqueada.

—Puedo prepararme mi propia comida, Shaw. Y deja de llamarme así. Te lo he dicho mil veces.

—Es un término de afecto —insistió Deckard, dando un paso hacia el espacio personal de Han hasta que sus pechos casi se rozaron—. Deberías empezar a acostumbrarte. En nuestra nueva dinámica, los detalles importan.

Han sintió una punzada de irritación que empezó a hervir en su sangre. No era solo el coqueteo; era la arrogancia, la suposición de que Deckard tenía algún tipo de derecho sobre su tiempo o su persona. Con un movimiento fluido, Han metió la mano en la parte trasera de su cinturón y sacó dos cuchillos de lanzamiento que guardaba ocultos.

En un parpadeo, Han lanzó los cuchillos con una precisión letal. El primero pasó rozando la oreja de Deckard, y el segundo iba directo a su hombro.

Deckard, sin embargo, se movió con la velocidad de una cobra. Atajó el primer cuchillo en el aire por el mango y desvió el segundo con el dorso de su mano reforzada, atrapándolo antes de que cayera al suelo. No había ni un rasguño en su piel.

—Me encanta que tengas pasión, cariño —dijo Deckard, sosteniendo los cuchillos con una sonrisa divertida antes de ofrecérselos de vuelta por el mango—. Ese temperamento es exactamente lo que falta en mi vida. Un poco de peligro antes del café.

Han le arrebató las armas con un gruñido, guardándolas de nuevo.

—La próxima vez no fallaré a propósito —amenazó Han, pasando por su lado con un hombro firme.

—Eso espero. La complacencia es aburrida —gritó Deckard tras él, observando cómo Han se alejaba hacia la terraza.

Owen, que había observado la escena desde el marco de la puerta, volvió a negar con la cabeza.

—Vas a terminar muerto, Deckard.

—Pero moriré feliz, hermanito.

El resto del día fue una coreografía de tensiones. Viajaron hacia el puerto para interceptar una comunicación de los hombres de Dante. En el coche, Deckard no dejó de actuar. Cada vez que Han intentaba mirar el mapa, Deckard se inclinaba sobre él, dejando que su aliento rozara el cuello de Han, o hacía comentarios sugerentes sobre cómo "hacían un gran equipo en los espacios cerrados".

Han intentaba ignorarlo, concentrándose en la misión, pero la persistencia de Deckard era absoluta. No era solo un juego; era un asedio. Deckard estaba aplicando la misma estrategia que usaría para asaltar una embajada: presión constante, debilitamiento de las defensas y una presencia ineludible.

Al llegar al puerto, la acción fue frenética. Un grupo de mercenarios de Dante estaba cargando contenedores con armamento pesado. Owen tomó el flanco derecho, moviéndose con la precisión de un bisturí. Han se posicionó en una grúa, proporcionando fuego de cobertura con un rifle de precisión.

Deckard, en el suelo, era una fuerza de la naturaleza. Derribaba enemigos con una brutalidad coreografiada, pero sus ojos siempre volvían hacia la posición de Han. En un momento dado, un mercenario logró flanquear la grúa de Han y empezó a subir por la escalera de servicio.

Han se dio cuenta y sacó su pistola, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el mercenario voló por los aires, impactado por una granada de mano lanzada con una precisión milimétrica desde el suelo.

Deckard le hizo un saludo militar desde abajo, con una sonrisa de suficiencia.

—¡Nadie toca lo que es mío, cariño! —gritó Deckard por encima del ruido de los disparos.

Han apretó los dientes, disparando a otro enemigo para liberar su frustración. El término "mío" se quedó grabado en su mente como una advertencia. Empezaba a darse cuenta de que los Shaw no lo estaban ayudando simplemente por una alianza estratégica contra Dante. Había algo más profundo, algo posesivo en la forma en que Deckard lo miraba, como si Han fuera la pieza final de un rompecabezas que Deckard finalmente había decidido completar.

Cuando la zona estuvo limpia y los suministros de Dante destruidos, regresaron a la villa. El sol se estaba poniendo, tiñendo el mar de un rojo violáceo. Han se fue directo a la ducha, necesitando quitarse el olor a pólvora y la sensación de la mirada de Deckard pegada a su espalda.

Mientras tanto, en el salón, Owen revisaba los informes de inteligencia.

—Hobbs está cerca —dijo Owen cuando Deckard entró—. Ha rastreado nuestra actividad en Grecia. En un par de días, la Agencia estará aquí. Y si ellos vienen, Toretto vendrá detrás.

Deckard se sirvió un whisky, moviendo el hielo con un dedo.

—No vamos a estar aquí para entonces —dijo Deckard con calma—. He preparado un transporte para una isla privada en las Azores. Propiedad privada, fuera de los radares internacionales.

—¿Y Han? —preguntó Owen—. ¿Vas a decirle que lo llevas a una prisión de lujo o vas a seguir con el teatro del coqueteo?

—No es un teatro, Owen. Es un cortejo —corrigió Deckard—. Y respecto a Han... él vendrá. Porque sabe que fuera de nuestro círculo, es un hombre muerto. Dante lo quiere, la Agencia lo quiere para interrogarlo, y Toretto lo quiere para volver a meterlo en esa barbacoa eterna que llaman vida familiar. Conmigo, él es libre de ser letal.

—No creo que él vea la diferencia entre tu "protección" y una celda —dijo Owen.

—La aprenderá. Con el tiempo, todos aprenden —Deckard miró hacia la escalera por la que Han había subido—. No tengo pensado devolverlo. Ni ahora, ni nunca. Han Seoul-Oh murió en Tokio. El hombre que está arriba es un Shaw en potencia. Solo necesita que alguien se lo demuestre.

En la planta de arriba, Han estaba apoyado contra la puerta de su habitación, escuchando el murmullo de las voces. No podía oír los detalles, pero el tono de Deckard era suficiente para enviarle una señal de alarma. Sabía que la red se estaba cerrando. No solo la de Dante, sino la de los hombres que estaban en la habitación de abajo.

Miró por la ventana hacia el mar. Podría intentar escapar esa misma noche, robar uno de los coches y desaparecer en la oscuridad de Grecia. Pero sabía que Owen lo rastrearía en minutos y Deckard no se detendría ante nada para encontrarlo.

Sacó una bolsa de snacks de su mochila y se sentó en la cama, masticando pensativamente. Por primera vez en mucho tiempo, Han se sentía acorralado. Pero había una parte de él, una parte oscura y cansada de huir, que encontraba una extraña comodidad en la intensidad de Deckard. Era una locura, una relación nacida del fuego y la traición, pero en un mundo donde todos querían algo de él, Deckard Shaw era el único que quería *todo* de él.

—Casarse con un Shaw —susurró Han para sí mismo, soltando una risa seca—. Eso sí que sería un truco de magia que nadie se esperaría.

Se tumbó en la cama, mirando el techo. Sabía que Deckard actuaría lentamente, como un depredador que rodea a su presa antes de saltar. Y Han, el fantasma que se negaba a descansar en paz, decidió que, por ahora, dejaría que el cazador creyera que tenía el control. Después de todo, un hombre que ya ha muerto una vez no tiene nada que perder en una boda con el diablo.

En el piso inferior, Deckard Shaw levantó su copa hacia la escalera, como un brindis silencioso a un futuro que ya había decidido. Han no regresaría con Toretto. Han no regresaría a las sombras. Han se quedaría en el centro del mundo de Deckard, donde el acero y la sangre eran el único lenguaje que importaba. Y si el precio era una guerra mundial con la familia Toretto, Deckard estaba más que dispuesto a pagarlo con gusto.

—Cariño —susurró Deckard al aire vacío—, no tienes idea de lo larga que va a ser nuestra luna de miel.