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El Vínculo de los Lobos
El silencio en la fortaleza de Deckard Shaw no era sinónimo de paz, sino de una tregua armada. Han se había retirado a una de las habitaciones del ala este, una estancia minimalista con paredes de hormigón pulido y una cama que parecía flotar sobre el suelo. No se despidió; simplemente cerró la puerta tras de sí, dejando a los dos hermanos en el amplio salón, rodeados de pantallas que monitorizaban los movimientos de Dante Reyes en el hemisferio sur.
Deckard se sirvió una segunda copa de whisky, el cristal tintineando contra la botella. Se sentó en un sofá de cuero negro, observando a Owen, quien seguía de pie frente al ventanal, mirando la niebla que se arremolinaba contra el precipicio.
—Se ha dormido rápido —comentó Deckard, rompiendo el silencio con esa voz rasposa que siempre parecía ocultar una amenaza—. Supongo que cargar con el peso de ser un muerto viviente agota a cualquiera.
Owen no se giró. Sus hombros estaban tensos bajo la chaqueta táctica.
—Ha tenido semanas difíciles, Deckard. No todos tienen tu capacidad para ignorar el cansancio cuando hay sangre de por medio.
Deckard bebió un sorbo, dejando que el líquido le quemara la garganta. Entornó los ojos, mirando la puerta cerrada al final del pasillo, y luego regresó su atención a su hermano menor.
—Fuera de bromas, Owen —dijo Deckard, su tono volviéndose repentinamente serio—, ¿tienes pensado devolvérselo a su equipo? ¿A Toretto y su banda de forajidos con complejo de héroes?
Owen se giró finalmente. Sus ojos eran dos pozos de determinación fría.
—Dante Reyes todavía es una amenaza. Hasta que su cabeza no esté en una pica, Han está más seguro con nosotros que en cualquier barbacoa en Los Ángeles.
—Eso no es lo que te he preguntado —insistió Deckard, dejando el vaso sobre la mesa de centro—. Hablo de después. Cuando el polvo se asiente y hayamos quemado a Reyes. ¿Vas a dejar que el fantasma regrese a su tumba o vas a dejar que vuelva a la luz con ellos?
Owen apretó la mandíbula. La simple idea de Han Lue alejándose, subiendo a un avión para reunirse con Dominic Toretto y desaparecer de nuevo en esa dinámica de "familia" que tanto despreciaba, le provocaba una punzada de posesividad que apenas podía controlar.
—Toretto cree que está muerto —respondió Owen con voz baja—. Es mejor que siga siendo así. El mundo es un lugar peligroso para Han si vuelve a ser el punto débil de Dom.
Deckard soltó una risita seca, una que no llegaba a sus ojos.
—Ya veo. Estamos en la misma página, entonces —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Porque yo sí tengo pensado conservarlo.
Owen entrecerró los ojos, dando un paso hacia su hermano. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una rivalidad fraternal que solía terminar en edificios destruidos.
—Ten cuidado con cómo hablas de él, Deckard.
—Relájate, hermanito —dijo Deckard, levantando una mano—. Solo estoy siendo pragmático. Si quieres mi opinión, es mejor no devolverlo. Jamás. Y si tú no te sientes capaz de lidiar con las complicaciones de tener a un hombre así a tu lado a largo plazo, yo puedo cuidarlo.
Owen soltó un bufido de desprecio.
—Eso no es precisamente tranquilizador, Deckard. Tus métodos de "cuidar" a la gente suelen incluir celdas de alta seguridad o una bala en la rodilla para que no puedan correr.
—Solo digo que podría encerrarlo conmigo —continuó Deckard, ignorando el sarcasmo, su mirada perdida en algún punto del techo—. Podría ser como una cita muy larga. En una de mis propiedades seguras en el Mediterráneo. Sin teléfonos, sin Toretto, sin misiones suicidas. Solo él, yo y suficiente munición para pasar el rato.
Owen caminó hacia el sofá y se sentó frente a su hermano, invadiendo su espacio personal.
—Han no es un trofeo, Deckard. Es un hombre que ha sobrevivido a cosas que nos harían temblar a ambos. No puedes simplemente "encerrarlo".
—¿Ah, no? —Deckard enarcó una ceja—. Míranos. Lo tenemos aquí, en una montaña, escondido del mundo. Ya lo estamos haciendo. Y a él no parece importarle. Le gusta el silencio tanto como a nosotros. Le gusta la eficiencia. Toretto es ruido, Owen. Nosotros somos resultados.
Owen se quedó callado, procesando las palabras de su hermano. Era cierto. Han se había adaptado a ellos con una facilidad alarmante. No había preguntas, no había discursos sobre la moralidad. Solo el trabajo y los momentos compartidos en la penumbra.
—No voy a dejar que se vaya —admitió Owen finalmente, su voz apenas un susurro—. Se ha convertido en una parte del mecanismo. Sin él, el motor no suena igual.
Deckard asintió, visiblemente satisfecho de haber llevado a su hermano al punto de la honestidad total.
—Exacto. Han Lue es un activo demasiado valioso, y no hablo solo de sus habilidades al volante. Hay algo en él... una calma que equilibra nuestra mierda, Owen. Y si para retenerlo necesitamos convertirlo en un Shaw oficial, yo estoy dispuesto a casarme con él.
Owen soltó una carcajada genuina, aunque cargada de incredulidad.
—¿Tú? ¿Casarte? No durarías ni una semana sin intentar asesinarlo por dejar migas de galletas en el sofá.
—Por Han, haría el sacrificio —replicó Deckard con una sonrisa depredadora—. Imagínatelo. Han Shaw. Suena bien, ¿verdad? Tiene clase. Y nos daría el derecho legal y moral de disparar a cualquiera que intente acercarse a él, incluyendo a sus antiguos amigos.
—El apellido no lo es todo —dijo Owen, recuperando la compostura—. Pero tienes razón en algo. No regresará. Cuando terminemos con Dante, le daremos una nueva identidad, una que no tenga nada que ver con el pasado. Una identidad que lo mantenga en nuestro radio de acción.
Deckard se recostó en el sofá, cerrando los ojos por un momento.
—Me alegra que estemos de acuerdo. Sería una lástima tener que pelear por él, aunque admito que sería una pelea interesante.
—No habría pelea, Deckard —sentenció Owen—. Porque él ya ha elegido. Si quisiera irse, lo habría hecho en Londres. O en París. O en Tokio. Se queda porque sabe que con nosotros no tiene que fingir ser un héroe.
—Es un lobo, Owen —dijo Deckard suavemente—. Y los lobos no vuelven con los perros pastores una vez que han probado la libertad de la cacería.
El silencio volvió a descender sobre la fortaleza, pero esta vez era un silencio de conspiración. Los dos hermanos, hombres que habían pasado media vida intentando superarse o destruirse mutuamente, habían encontrado un terreno común en la figura de un hombre que dormía a pocos metros de allí. Han Lue, el fantasma de Tokio, se había convertido en el eje sobre el cual giraba el futuro de los Shaw.
Deckard se puso en pie, estirando sus músculos doloridos.
—Mañana bajaremos a Río —dijo, dirigiéndose hacia su propia habitación—. Terminaremos el trabajo. Y después, quemaremos los pasaportes de Han.
—Ya me he encargado de eso —respondió Owen, mirando su tableta—. Sus antiguas identidades están siendo borradas de los servidores de la Agencia mientras hablamos. Para cuando Toretto quiera buscarlo, no quedará ni un rastro digital de que Han Lue existió alguna vez.
Deckard se detuvo en el umbral de la puerta, mirando a su hermano con una pizca de respeto.
—Eres más retorcido de lo que pensaba, hermanito. Me gusta.
—Solo protejo lo que es mío —replicó Owen.
—Lo que es nuestro —corrigió Deckard con un guiño antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo.
Owen se quedó solo en el salón. Caminó lentamente hacia la habitación donde Han descansaba. No entró. Se limitó a apoyar la mano en la superficie fría de la puerta blindada. Podía sentir, o quizás imaginar, la respiración pausada de Han al otro lado.
No era solo una cuestión de utilidad táctica. Era algo más profundo, algo que no sabía cómo nombrar sin sonar vulnerable. Han era el único que había visto las cicatrices de Owen —las físicas y las otras— y no había apartado la mirada. En el mundo de los Shaw, eso era más valioso que cualquier fortuna.
—No volverás a ese mundo, Han —susurró Owen contra el hormigón—. Te daré un imperio, o te daré una jaula de oro, pero no te perderé de vista.
En el interior de la habitación, Han no estaba dormido. Estaba sentado en la oscuridad, de espaldas a la puerta, escuchando el murmullo de las voces de los hermanos en el salón. Sus oídos, entrenados por años de supervivencia, habían captado lo suficiente.
Sabía lo que planeaban. Sabía que Deckard quería "conservarlo" y que Owen no tenía intención de dejarlo marchar. Sabía que sus identidades estaban siendo borradas y que su conexión con Dom pendía de un hilo que los Shaw estaban listos para cortar con una cizalla.
Han sacó un último snack de su bolsillo, el crujido rompiendo el silencio de la estancia. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro.
La mayoría de la gente se sentiría aterrorizada al saber que dos de los asesinos más peligrosos del planeta estaban planeando secuestrar su vida. Pero Han no era la mayoría de la gente. Había pasado años huyendo, años fingiendo, años siendo el apoyo de otros.
Por primera vez, alguien no solo quería que estuviera allí, sino que estaban dispuestos a quemar el mundo entero para asegurarse de que no se fuera. Era una forma retorcida de afecto, una posesividad violenta y oscura, pero era real. Y en el vacío que Gisele había dejado, esa oscuridad se sentía extrañamente cálida.
Se recostó en la cama, cerrando los ojos de verdad esta vez.
—Que lo intenten —pensó Han, dejando que el sueño lo invadiera—. Después de todo, a un fantasma no se le puede encerrar... a menos que el fantasma quiera quedarse.
Y mientras la niebla de la montaña envolvía la fortaleza, el destino de Han Lue quedaba sellado entre los muros de hormigón y la voluntad de hierro de los hermanos Shaw. La familia Toretto estaba a punto de perder a su hermano para siempre, no por la muerte, sino por algo mucho más definitivo: la lealtad de un hombre que había encontrado su lugar entre los lobos.