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Lazos de Acero y Sombras de Río
El amanecer en la fortaleza de Deckard Shaw no trajo consigo la calidez del sol brasileño, sino una claridad fría y técnica que se filtraba por los ventanales reforzados. Han Lue fue el primero en levantarse, moviéndose por la cocina con la eficiencia silenciosa que lo caracterizaba. Estaba preparando café cuando escuchó unos pasos rítmicos y pesados. No necesitaba girarse para saber quién era.
—Buenos días, cariño —la voz de Deckard era un ronroneo bajo, cargado de una confianza que rozaba la insolencia—. Debo decir que ese color negro te sienta de maravilla, aunque creo que te verías mejor bajo las sábanas de seda de mi habitación principal.
Han no respondió de inmediato. Vertió el café en una taza, sintiendo la mirada de Deckard recorriendo su espalda como si fuera un mapa que planeaba conquistar. La insistencia del mayor de los Shaw había pasado de ser una curiosidad molesta a una presión constante desde que llegaron a la montaña.
—¿No tienes armas que limpiar, Deckard? —preguntó Han, finalmente, dándose la vuelta con la taza en la mano.
—Oh, ya están impecables —Deckard se acercó, invadiendo el espacio personal de Han hasta que apenas quedaron unos centímetros entre ellos. Se apoyó en la encimera, bloqueando el paso—. Pero he descubierto que hay objetivos mucho más interesantes que un rifle de precisión. Tú, por ejemplo. Tienes esa calma que me dan ganas de ver cuánto tiempo tardas en romperte.
Han suspiró. Estaba cansado. Cansado de la huida, de la cacería de Dante y, sobre todo, del constante asedio verbal de los hermanos Shaw. Sin previo aviso, y con un movimiento tan fluido que pareció un parpadeo, la mano de Han se movió hacia el taco de madera sobre la encimera. En un segundo, dos cuchillos de cocina volaron por el aire, zumbando peligrosamente cerca de la oreja de Deckard.
Con un reflejo sobrehumano, Deckard movió las manos. El sonido metálico de las hojas siendo atrapadas en el aire resonó en la cocina. Deckard sostenía ambos cuchillos por el mango, a escasos milímetros de su propio rostro. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por sus labios.
—Me encanta que tengas pasión, cariño —dijo Deckard, dejando los cuchillos sobre la mesa con una parsimonia irritante—. Ese fuego es exactamente lo que falta en mi vida. Owen es demasiado rígido, pero tú... tú eres el equilibrio perfecto entre el hielo y la pólvora.
—La próxima vez no fallaré —murmuró Han, pasando por su lado sin inmutarse, aunque su pulso se había acelerado ligeramente.
Owen entró en la cocina en ese momento, observando la escena con una expresión sombría. Sus ojos viajaron de los cuchillos sobre la mesa a la figura de su hermano y luego a Han. No dijo nada, pero la tensión entre los tres hombres era casi física, una cuerda tensada al máximo que amenazaba con romperse en cualquier momento.
—Es hora —sentenció Owen—. Los satélites han localizado el convoy principal de Reyes. Está moviéndose hacia el puente de Niterói. Cree que tiene a Toretto acorralado.
—Entonces vamos a darle una sorpresa —dijo Deckard, recuperando su seriedad profesional, aunque le lanzó una última mirada cargada de intención a Han—. Prepárate, cariño. Hoy terminamos con esto.
El asalto en Río fue una sinfonía de destrucción coordinada. Mientras el equipo de Dom luchaba en el puente contra las fuerzas principales de Dante, los Shaw y Han operaron desde los flancos, desmantelando la logística de apoyo de Reyes con una ferocidad que dejó a los mercenarios sin oportunidad de reaccionar.
Han conducía el deportivo negro con una precisión quirúrgica, proporcionando fuego de cobertura mientras Owen y Deckard se infiltraban en el centro de mando móvil de Dante. No hubo piedad. Cada amenaza fue eliminada antes de que pudiera siquiera informar de la posición de los atacantes. Para cuando el humo se disipó y Dante Reyes se vio obligado a huir hacia las sombras, su imperio en Brasil no era más que cenizas y escombros.
El sol comenzaba a ponerse sobre el Cristo Redentor cuando regresaron a un punto de encuentro seguro en la costa, lejos de las sirenas y del caos que habían dejado atrás. El equipo de Toretto estaba a salvo, reagrupándose en algún lugar de la ciudad, convencidos una vez más de que un ángel guardián violento los había protegido desde la oscuridad.
Han apagó el motor del coche frente a una pequeña casa de seguridad cerca de la playa. El silencio que siguió fue denso. Owen y Deckard bajaron del vehículo, pero Han se quedó un momento tras el volante, mirando el horizonte.
—Se acabó —dijo Owen, acercándose a la ventanilla del conductor—. Reyes está acabado en esta región. Sus cuentas han sido vaciadas y sus hombres están muertos o dispersos.
Han bajó del coche, estirando las piernas. Miró a los dos hermanos, quienes lo observaban con una intensidad que lo hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio.
—Sí —asintió Han—. Ya no hay cazadores. Lo que significa que mi trabajo aquí ha terminado.
Owen frunció el ceño, dando un paso hacia adelante.
—¿Terminado? Apenas estamos empezando, Han. Tenemos recursos, nuevas identidades listas. El mundo cree que estás muerto, es la oportunidad perfecta para empezar algo nuevo. Con nosotros.
Han suspiró, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Agradezco lo que hicieron en Londres. Y en Islandia. E incluso el refugio en la montaña. Pero planeo irme, Owen. He pasado demasiado tiempo siendo el fantasma de alguien más. Es hora de que encuentre mi propio camino, lejos de la guerra de Dom y lejos de... bueno, de ustedes.
La reacción fue instantánea. El aire pareció enfriarse diez grados. Deckard, que había estado apoyado contra una palmera, se enderezó, su rostro transformándose en una máscara de frialdad absoluta.
—¿Irte? —la voz de Deckard era un susurro peligroso—. Creo que no me has escuchado bien estas semanas, cariño. No te salvamos para que simplemente te desvanecieras en el atardecer como un héroe de película barata.
Owen dio otro paso, cerrando el espacio. Su lenguaje corporal ya no era de camaradería, sino de un carcelero que ve cómo se abre la puerta de la celda.
—No vas a irte, Han —dijo Owen, su voz cargada de una autoridad incuestionable—. Hemos borrado tu pasado. No existe un Han Lue para la Agencia, ni para Toretto, ni para Interpol. Si te vas ahora, no eres nadie. No tienes a dónde ir.
—Eso es lo que quiero —respondió Han, manteniendo la calma—. No ser nadie por un tiempo.
—No lo entiendes —intervino Deckard, caminando hacia ellos con una elegancia letal—. No te estamos pidiendo permiso. Te hemos invertido demasiado tiempo. Te hemos protegido, te hemos alimentado y, personalmente, he empezado a disfrutar demasiado de tu compañía como para dejar que te marches a aburrirte en alguna playa perdida.
Han sintió que el peligro real no era Dante Reyes, sino los dos hombres que tenía delante. La posesividad que había intuido en la fortaleza ahora se manifestaba con toda su fuerza.
—¿Me están amenazando? —preguntó Han, sus ojos entrecerrándose.
—Te estamos dando una orden —corrigió Owen—. Te quedarás con nosotros. Tenemos una propiedad en el Mediterráneo. Un lugar donde nadie te buscará, donde estarás seguro bajo nuestra vigilancia. No habrá más misiones si no quieres, pero no saldrás de nuestro radio de acción.
—Me están secuestrando —dijo Han con una risa amarga.
—Te estamos conservando —replicó Deckard, llegando a su lado y poniendo una mano firme sobre su hombro. Sus dedos se hundieron en la tela de la chaqueta de Han—. Eres un activo demasiado valioso, cariño. Y mi hermano y yo no solemos compartir nuestros activos con el resto del mundo.
Han miró la mano de Deckard y luego los ojos decididos de Owen. Sabía que si intentaba correr ahora, no llegaría a la esquina. Eran dos contra uno, y eran los mejores en lo que hacían.
—Dom me buscará —dijo Han, intentando un último recurso—. Tarde o temprano, se dará cuenta de que el conductor de ese deportivo era yo.
—Dom Toretto está demasiado ocupado celebrando su victoria y cuidando de su "familia" —escupió Owen con desprecio—. Para él, eres un mártir. Una foto en un altar de recuerdos. Vamos a dejar que siga siendo así. Es más poético.
Deckard se inclinó hacia el oído de Han, su aliento cálido rozando su piel.
—Piénsalo de esta manera, cariño. Tienes a los dos hombres más peligrosos del mundo a tus pies, dispuestos a darte todo lo que desees, siempre y cuando aceptes que tu libertad ahora tiene nuestras fronteras. Es un trato mucho mejor que el que te ofrecía Toretto. Con él eras un soldado. Con nosotros... eres el premio.
Han guardó silencio. Su mente trabajaba a mil por hora, analizando las salidas. Pero no había ninguna. Los Shaw habían planeado esto desde que lo sacaron de aquel almacén en Londres. No fue un rescate por altruismo, fue una adquisición.
—¿Y si me niego? —preguntó Han.
Owen soltó una risa seca y oscura.
—Entonces descubriremos qué tan fuerte es esa fortaleza en la montaña. Porque te aseguro que no verás la luz del sol hasta que aprendas que tu lugar está a nuestro lado. No me obligues a ser cruel, Han. Me gustas demasiado para eso.
Deckard apretó el hombro de Han, obligándolo a girarse hacia el coche de nuevo.
—Vamos, cariño. El jet nos espera. Tenemos una nueva vida que empezar, y te prometo que no te aburrirás. Tengo muchas formas de mantenerte entretenido que no incluyen arrojarme cuchillos.
Han miró por última vez hacia las luces de Río, hacia donde sabía que sus amigos estaban riendo y bebiendo, ajenos a su destino. Sintió una punzada de tristeza, pero también una extraña y retorcida chispa de curiosidad. Los Shaw eran monstruos, sí. Pero eran monstruos que lo querían solo para ellos.
—Parece que no tengo mucha elección —dijo Han, su voz volviendo a su tono lánguido habitual, aunque sus ojos seguían vigilantes.
—Nunca la tuviste, Han —respondió Owen, abriendo la puerta del pasajero—. Desde el momento en que subiste a mi coche en Londres, dejaste de pertenecerte a ti mismo. Ahora eres un Shaw en todo menos en el nombre. Y nos encargaremos de que te sientas muy cómodo con eso.
Deckard le guiñó un ojo mientras subía al asiento de atrás, estirándose con la satisfacción de un cazador que finalmente ha acorralado a su presa más preciada.
—Va a ser un viaje largo, cariño. Ponte cómodo.
El deportivo arrancó, alejándose de la civilización y adentrándose en la oscuridad del aeródromo privado. Han Lue, el hombre que había muerto en Tokio y renacido en Londres, ahora desaparecía de nuevo. Pero esta vez, no era por un plan de Mr. Nobody, sino por el capricho de dos hermanos que habían decidido que el fantasma era demasiado hermoso para dejarlo vagar libre.
Mientras el jet despegaba hacia el Atlántico, Han miró a Owen, que revisaba documentos en una tableta, y luego a Deckard, que lo observaba con una sonrisa depredadora desde el asiento de enfrente. El mundo había perdido a Han Lue, pero los Shaw habían ganado su pieza más valiosa. Y en el silencio de la cabina de lujo, Han comprendió que su cacería no había terminado; simplemente había cambiado de dueño.
—¿Café, cariño? —preguntó Deckard, ofreciéndole una taza con una cortesía que ocultaba una cadena de acero.
Han aceptó la taza, sus dedos rozando los de Deckard.
—Café —asintió Han.
La guerra contra Dante Reyes había terminado, pero una nueva y mucho más íntima batalla estaba comenzando en las alturas. Una donde las reglas las ponían los Shaw, y donde Han tendría que aprender a vivir en una jaula de oro donde los barrotes estaban hechos de obsesión y pólvora. El fantasma finalmente había sido capturado, y los lobos no tenían intención de soltarlo jamás.