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El Eco del Vacío

El día en que las puertas de Azkaban se cerraron definitivamente sobre Bellatrix, Rodolphus y Barty Crouch Jr., el cielo sobre la Mansión Longbottom se tiñó de un gris plomizo, como si el mundo mismo estuviera de luto por la pérdida de la inocencia. Frank y Alice regresaron del Ministerio con el veredicto escrito en pergaminos oficiales: cadena perpetua. No habría apelaciones. No habría clemencia.

En la biblioteca, Rabastan los esperaba de pie, junto a la ventana. Había recuperado parte de su porte aristocrático, pero sus ojos grises estaban hundidos y carentes de luz. Cuando Frank entró y dejó caer el informe sobre la mesa de caoba, el sonido resonó como un disparo.

—Se acabó, Rabastan —dijo Frank, su voz despojada de la dureza de las semanas anteriores—. La sentencia es firme. Mañana serán trasladados a la fortaleza.

Rabastan no se movió. Siguió mirando hacia los jardines, donde la lluvia empezaba a caer con una cadencia monótona.

—Me prohibieron verlos —susurró Rabastan, y su voz era un hilo de acero frío—. Me mantuvieron aquí encerrado, alimentándome con mentiras sobre su desprecio, mientras ellos se enfrentaban solos a sus juicios. No tenían derecho.

—Teníamos el derecho de proteger a nuestra familia —replicó Alice, entrando en la habitación con Neville en brazos—. Y el derecho de evitar que tú te convirtieras en un cadáver o en un prisionero más. Si hubieras ido al Ministerio, estarías encadenado junto a ellos ahora mismo.

Rabastan se giró lentamente. Sus facciones, antes hermosas y vibrantes, parecían ahora talladas en mármol frío. Miró a Neville, y por un segundo, una chispa de dolor cruzó su rostro, un eco del hombre que había desafiado a Bellatrix por ese niño. Pero la chispa se apagó rápidamente, sustituida por un resentimiento amargo.

—Ustedes decidieron por mí —dijo Rabastan, caminando hacia Frank—. Me arrebataron la oportunidad de elegir mi propio destino, de estar con mi sangre en su hora más oscura. Me salvaron la vida, sí, pero me quitaron todo lo demás.

Frank sacó la varita de Rabastan de su túnica y la puso sobre la mesa. El joven Lestrange la miró como si fuera un objeto extraño, una reliquia de una vida pasada.

—Eres libre de irte —sentenció Frank—. Las protecciones de la mansión se han ajustado para permitir tu salida. Pero te lo advierto, Rabastan: el mundo exterior no será tan amable como nosotros. Para los tuyos eres un traidor, y para el resto, sigues siendo un Lestrange.

Rabastan tomó su varita. Al contacto con la madera, un pequeño destello de chispas brotó de la punta, reconociendo a su dueño. Sin decir una palabra más, sin una mirada de despedida, el joven se dirigió hacia el vestíbulo.

—¡Espera! —exclamó Alice—. Rabastan, no tienes a dónde ir. La Mansión Lestrange está bajo vigilancia, está vacía...

—Es mi hogar —cortó él, deteniéndose en el umbral—. Y prefiero morir de hambre en un hogar vacío que vivir como un parásito en una casa construida sobre la hipocresía de los "buenos".

Con un chasquido seco que resonó en toda la estancia, Rabastan se apareció. El espacio que ocupaba quedó vacío, dejando tras de sí solo el olor a ozono y una sensación de pesadumbre que Alice no pudo sacudirse.

—Se va a destruir a sí mismo —susurró Alice, apretando a Neville contra su pecho—. Lo sabemos, ¿verdad?

Frank suspiró, pasando una mano por su rostro cansado.

—Hicimos lo que pudimos, Alice. Le dimos una oportunidad. Ahora depende de él si quiere vivir o simplemente dejarse consumir por las sombras.

Siete días pasaron. Siete días en los que el nombre de Rabastan Lestrange no apareció en los informes de los Aurores, ni en las listas de sospechosos, ni en los susurros del Callejón Diagon. Era como si la tierra se lo hubiera tragado. Frank, a pesar de sus intentos por convencerse de que ya no era su responsabilidad, no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Rabastan protegiendo la cuna de su hijo.

—No puedo dejarlo así —anunció Frank una mañana, mientras desayunaban en silencio—. Si ha muerto en esa casa, no quiero que sea Neville quien crezca sabiendo que dejamos morir al hombre que lo salvó.

Alice asintió, sin rastro de sorpresa. Conocía a su esposo demasiado bien.

—Ve. Pero ten cuidado, Frank. Esa casa no es un lugar para los vivos.

La Mansión Lestrange se alzaba en un valle remoto, rodeada por una bruma perpetua y árboles retorcidos que parecían garras intentando alcanzar el cielo. Cuando Frank se apareció en las puertas de hierro, sintió de inmediato la magia rancia y oscura que emanaba de los muros de piedra negra. Los hechizos de protección estaban debilitados, languideciendo por la falta de una voluntad que los mantuviera.

Frank caminó por el sendero cubierto de maleza y empujó las pesadas puertas principales, que se abrieron con un quejido lastimero. El interior era un mausoleo. El polvo cubría los muebles caros y el aire estaba viciado, impregnado de un frío que no tenía nada que ver con el clima.

—¿Lestrange? —llamó Frank, su voz perdiéndose en las sombras del gran vestíbulo—. ¡Rabastan!

No hubo respuesta. Frank subió las escaleras, siguiendo un rastro de desolación hasta los pisos superiores. Encontró a Rabastan en lo que parecía ser un salón privado. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz grisácea que se filtraba por las ventanas sucias.

Rabastan estaba sentado en el suelo, apoyado contra una pared cubierta de retratos de antepasados que lo miraban con ojos de reproche. Estaba pálido, casi traslúcido. Sus mejillas se habían hundido y sus labios estaban agrietados. No había fuego en la chimenea, ni restos de comida por ninguna parte. Solo estaba él, su varita tirada a un lado y una mirada perdida en el vacío.

—¿Qué estás haciendo, Rabastan? —preguntó Frank, acercándose con cautela—. Mírate. Te estás dejando morir.

Rabastan giró la cabeza con una lentitud dolorosa. Sus ojos tardaron en enfocar la figura de Frank, como si estuviera despertando de un trance profundo.

—¿Frank? —Su voz era un susurro ronco, apenas un aliento—. ¿Qué haces... en mi tumba?

—No es una tumba, es una casa. Y tú no estás muerto todavía —dijo Frank, arrodillándose frente a él—. Vamos, levántate. Tienes que comer algo. Tienes que salir de aquí.

Rabastan intentó reír, pero el esfuerzo se convirtió en una tos seca que sacudió su cuerpo debilitado.

—¿A dónde? —preguntó, con una amargura que rompió el corazón de Frank—. No hay nadie. El silencio... el silencio en esta casa es ensordecedor. Me hablan, Frank. Mis padres, mis abuelos... todos dicen que soy el fin de nuestra línea. El traidor. El último de los Lestrange... muriendo solo.

—No eres un traidor, eres un hombre que eligió ser mejor que su sangre —dijo Frank con firmeza, agarrándolo por los hombros—. Escúchame. No voy a dejar que esto termine así.

Rabastan intentó decir algo más, quizás una protesta, quizás una disculpa. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido. El agotamiento de una semana de ayuno, el frío calando hasta los huesos y el peso insoportable de la soledad finalmente cobraron su factura. Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se desplomó hacia adelante.

Frank lo atrapó antes de que su cabeza golpeara el suelo. El joven pesaba alarmantemente poco, como si su espíritu ya hubiera empezado a desvanecerse.

—Maldita sea, Rabastan —masculló Frank, cargándolo en brazos.

Sin dudarlo un segundo, Frank se concentró en la imagen de su propia sala de estar, en el calor de su hogar y en la presencia de Alice. Con un giro brusco, el aire de la Mansión Lestrange fue sustituido por la calidez de la Mansión Longbottom.

—¡Alice! —gritó Frank nada más materializarse en la alfombra, todavía sosteniendo al joven inconsciente—. ¡Trae una poción vigorizante y mantas! ¡Ahora!

Alice apareció en segundos, dejando a Neville en su corralito. Al ver el estado de Rabastan, soltó una exclamación de horror y se puso a trabajar con la eficiencia de un sanador de campo.

Horas después, Rabastan yacía en una de las habitaciones de invitados, arropado con mantas de lana y con un color ligeramente más saludable en sus mejillas gracias a las pociones que Alice le había administrado a la fuerza. Frank estaba sentado en una silla al lado de la cama, observándolo.

—Es terco como una mula —comentó Alice en voz baja, apoyando una mano en el hombro de su esposo—. Podría haber muerto allí mismo.

—Lo sé —respondió Frank—. Pero no lo hizo. Y mientras esté aquí, no lo permitiremos.

De repente, Rabastan se movió. Soltó un gemido bajo y sus párpados temblaron antes de abrirse. Tardó unos segundos en reconocer el techo de madera tallada y las cortinas doradas. Cuando sus ojos se encontraron con los de Frank, la confusión inicial se transformó rápidamente en una chispa de la vieja altivez.

—Me... me trajiste de vuelta —dijo Rabastan, su voz todavía débil pero clara.

—No iba a dejar que te convirtieras en un fantasma más de esa casa —replicó Frank—. Tienes una deuda con mi hijo, Lestrange. Y no vas a pagarla muriendo de hambre en un rincón.

Rabastan intentó incorporarse, pero Alice lo presionó suavemente contra las almohadas.

—No te muevas —ordenó ella—. Tu cuerpo está al límite. Necesitas descansar y comer.

Rabastan miró a ambos Longbottom. Vio la determinación en Frank y la extraña mezcla de severidad y cuidado en Alice. Luego, sus ojos se desviaron hacia la puerta entreabierta, desde donde llegaba el sonido de un pequeño balbuceo. Neville estaba despierto.

—¿Por qué? —preguntó Rabastan, y esta vez no había veneno en su voz, solo una curiosidad genuina y dolorosa—. ¿Por qué se molestan? Soy un Lestrange. El mundo me odia. Mi familia me odia. Deberían haberme dejado allí.

Frank se inclinó hacia adelante, cruzando sus manos sobre las rodillas.

—Porque el mundo ya tiene suficiente odio, Rabastan. Y porque cuando salvaste a mi hijo, dejaste de ser solo un "Lestrange" para nosotros. Te convertiste en el hombre que nos dio la oportunidad de ver crecer a Neville. Eso vale más que cualquier guerra o cualquier apellido.

Rabastan guardó silencio. Por primera vez en su vida, las palabras de rectitud y honor que siempre había escuchado en su propia casa —palabras que siempre habían sido huecas y usadas para justificar la crueldad— sonaban reales. Sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la sed.

—No sé cómo ser otra cosa —confesó Rabastan en un susurro, cerrando los ojos para ocultar las lágrimas que empezaban a formarse—. No sé quién soy si no soy uno de ellos.

—Entonces quédate aquí hasta que lo averigües —dijo Alice con suavidad—. No como un prisionero, ni como un invitado forzado. Quédate como alguien que está aprendiendo a vivir de nuevo.

Rabastan no respondió, pero no volvió a intentar levantarse. Se dejó hundir en la suavidad de las sábanas, escuchando el sonido de la vida que continuaba en el piso de abajo. El silencio de la Mansión Longbottom no era ensordecedor; era tranquilo, como una tregua en medio de una tormenta eterna.

Esa noche, mientras la lluvia seguía golpeando los cristales, Rabastan Lestrange durmió sin pesadillas por primera vez en años. Sabía que el camino por delante sería difícil, que el peso de su pasado no desaparecería de la noche a la mañana y que el mundo exterior seguiría viéndolo como un monstruo. Pero también sabía que, en esa casa, entre las personas que se suponía eran sus enemigos, había encontrado algo que su propia sangre nunca le había dado: un lugar donde su vida, simplemente por ser suya, tenía valor.

Frank y Alice, desde el pasillo, observaron la puerta cerrada de la habitación de invitados.

—¿Crees que se quede? —preguntó Alice.

Frank miró hacia la habitación de su hijo y luego hacia la de Rabastan.

—Creo que finalmente ha encontrado algo por lo que vale la pena luchar —respondió Frank—. Y esta vez, no es por un Señor Oscuro o por una pureza de sangre sin sentido. Es por sí mismo.

La guerra seguía allá afuera, y el futuro de la comunidad mágica era incierto, pero dentro de los muros de la Mansión Longbottom, una nueva historia estaba comenzando a escribirse. Una historia de redención nacida de un acto de piedad, y de una familia que, a pesar de todo, se negaba a dejar que una luz se apagara en la oscuridad.