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Torbellino de Promesas y Brasas en el Aire

El aire en la prisión de metal de la Nación del Fuego, situada en los límites de una aldea minera del Reino Tierra, era denso y olía a azufre. Los maestros tierra, encadenados y privados de su elemento, observaban con ojos cansados cómo las puertas de acero se deformaban bajo una presión invisible. De repente, un estallido de aire puro barrió la suciedad de los pasillos, y allí, en el centro del caos, apareció el Avatar.

Aang no se veía como el monje pacífico de las leyendas. Sus tatuajes brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas y su presencia llenaba la habitación con una autoridad que hacía que los guardias retrocedieran instintivamente. A su lado, Katara y Sokka se apresuraban a liberar las cerraduras, pero Aang se detuvo en seco, olfateando el aire.

—Ese aroma a sándalo y humo... —Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en el rostro de Aang—. Solo hay una persona que huele así de bien.

Desde las sombras del piso superior, una figura saltó con agilidad, aterrizando en una posición de combate perfecta. El Príncipe Zuko se puso de pie, con sus espadas dobles reflejando el fuego de las antorchas y su capa roja ondeando tras él. Sus ojos dorados estaban fijos en el Avatar, cargados de una mezcla de deber y una exasperación que ya se había vuelto crónica.

—¡Avatar! —exclamó Zuko, aunque su voz sonó menos como una amenaza y más como un reproche—. Sabía que vendrías aquí. Has causado suficientes problemas en esta aldea.

Aang apoyó su bastón en el suelo y se cruzó de brazos, ignorando por completo el hecho de que estaba rodeado de enemigos.

—¡Hola, mi Sunshine! —saludó Aang con un tono tan meloso que Sokka, a pocos metros, fingió tener arcadas—. Te ves radiante bajo esta luz tenue. ¿Has hecho algo diferente con tu cabello? Te queda de maravilla.

Zuko apretó los dientes con tanta fuerza que se oyó un crujido. El rojo de su uniforme empezó a palidecer en comparación con el tono carmesí que subía por su cuello.

—¡Deja de llamarme así! —rugió el príncipe, lanzando una ráfaga de fuego directo hacia la cabeza de Aang.

Aang simplemente inclinó la cabeza hacia un lado, dejando que las llamas pasaran de largo, iluminando sus ojos grises por un instante.

—Cálmate, cariño —dijo Aang, dando un paso hacia el espacio personal de Zuko, ignorando las espadas que el príncipe levantaba para detenerlo—. No seas tan impaciente. Debo terminar esta guerra primero, poner el mundo en orden y esas cosas aburridas... y después de eso, tengo planes muy serios de casarme contigo. Así que, por favor, no me mates todavía, no querrás quedar viudo antes de la boda.

El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el goteo del agua en las minas cercanas. Los maestros tierra, que acababan de ser liberados, se quedaron con la boca abierta. Los soldados de la Nación del Fuego bajaron sus lanzas, intercambiando miradas de pura confusión. Katara se llevó las manos a la cara, ocultando su vergüenza, mientras Sokka simplemente dejó caer las llaves de las celdas al suelo.

—¿Casarte... conmigo? —Zuko apenas pudo articular las palabras. Su mente, usualmente enfocada en el honor y la captura, acababa de sufrir un cortocircuito total—. ¡Estás loco! ¡Eres el enemigo! ¡Soy un príncipe de la Nación del Fuego!

—Y yo soy el Avatar, es una unión política perfecta —respondió Aang, guiñándole un ojo—. Además, admitamos que la tensión entre nosotros podría derretir los glaciares del Polo Norte.

—¡NO VOY A CASARME CONTIGO! —gritó Zuko, perdiendo finalmente la compostura. Lanzó una serie de ataques de fuego rápidos, uno tras otro, moviéndose con una ferocidad nacida de la pura humillación.

Aang se movía como una pluma en un tornado. Esquivaba cada llamarada con una gracia insultante, riendo entre dientes mientras se deslizaba por el suelo de metal. En un movimiento fluido, pasó por debajo de los brazos de Zuko y se colocó detrás de él, rodeándole la cintura con un brazo por apenas un segundo antes de saltar fuera de su alcance.

—Si lo harás, cariño —afirmó Aang con una confianza absoluta—. Tengo mucho tiempo para convencerte. Soy muy persistente cuando veo algo que quiero, y desde que te vi en ese barco, supe que eras para mí.

Zuko se giró, lanzando un tajo con su espada que cortó el aire donde Aang había estado un milisegundo antes.

—¡Eres un maníaco! ¡Un acosador! ¡Te voy a encerrar en la celda más profunda de la Nación del Fuego! —Zuko respiraba con dificultad, no por el cansancio físico, sino por la agitación emocional.

—Oh, ¿un calabozo privado? —Aang fingió pensarlo, llevándose una mano al mentón—. Suena un poco kinky para una primera cita, pero si es contigo, Sunshine, estoy dispuesto a negociar las condiciones.

—¡AANG, POR FAVOR, CONCÉNTRATE! —gritó Katara desde el fondo de la sala—. ¡Tenemos que sacar a los maestros tierra de aquí antes de que lleguen los refuerzos!

Aang suspiró, dirigiendo una mirada de disculpa a Zuko.

—Lo siento, mi Sol, el deber llama. Las damas primero, ya sabes cómo es esto.

En un abrir y cerrar de ojos, la actitud de Aang cambió. El aire en la habitación comenzó a girar con una fuerza violenta. Con un movimiento circular de su bastón, creó una ráfaga de viento tan poderosa que empujó a todos los soldados de la Nación del Fuego contra las paredes, dejándolos aturdidos. Sin embargo, una vez más, la corriente de aire rodeó a Zuko con suavidad, apenas despeinando su cabello mientras el resto del lugar era un caos de metal crujiendo.

Aang se elevó un par de metros sobre el suelo, observando a Zuko desde arriba con una mirada que mezclaba la ternura con una promesa peligrosa.

—No olvides lo que te dije, Zuko. El destino es algo curioso. Tú me buscas para capturarme, y yo te busco porque me completas. Es casi poético, ¿no crees?

—¡Vete al infierno, Avatar! —le gritó Zuko, aunque su voz no tenía la fuerza de antes. Estaba exhausto, confundido y, muy en el fondo, aterrado por el hecho de que su corazón no dejaba de latir desbocado.

—Iré a donde tú vayas, Sunshine —respondió Aang con una última sonrisa deslumbrante—. ¡Nos vemos en la próxima batalla! ¡Ponte algo rojo, resalta tus ojos!

Con un estallido de velocidad, Aang voló hacia la salida, seguido por Katara y Sokka, quienes corrían junto a los maestros tierra liberados.

Zuko se quedó solo en medio de la sala de detención destrozada. Sus soldados empezaban a levantarse, quejándose y frotándose los golpes. Iroh entró en la habitación poco después, caminando con calma entre los escombros, con su habitual expresión de serenidad.

—Vaya, sobrino —dijo Iroh, observando el desastre—. Parece que el Avatar ha dejado una impresión... duradera.

Zuko no se giró. Seguía mirando hacia el agujero en la pared por donde Aang se había marchado.

—Dijo que se casaría conmigo, tío —susurró Zuko, con los hombros caídos—. Lo dijo delante de todos. Los prisioneros, los guardias... todo el mundo lo oyó.

Iroh soltó una pequeña risita y puso una mano reconfortante en el hombro de su sobrino.

—Bueno, es un joven muy decidido. Y tienes que admitir que tiene buen gusto. Aunque, si me permites el consejo, deberíamos empezar a pensar en qué tipo de té serviremos en la recepción. El té de jazmín siempre es un éxito en las bodas.

—¡TÍO! —gritó Zuko, caminando a grandes zancadas hacia la salida, con la cara ardiendo más que cualquier fuego que pudiera controlar—. ¡No habrá ninguna boda! ¡Voy a capturarlo y se acabó!

—Claro, claro —murmuró Iroh para sí mismo, siguiendo a su sobrino—. Pero no olvides que el aire siempre encuentra la forma de colarse por las grietas más pequeñas... incluso en un corazón tan blindado como el tuyo.

Mientras tanto, en lo alto de los acantilados, Aang aterrizaba sobre Appa con una agilidad envidiable. Sokka lo miraba como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿"Sunshine"? ¿En serio, Aang? —preguntó Sokka, subiendo al lomo del bisonte—. ¿Y lo de la boda? ¡Casi me da un infarto!

—Es una estrategia, Sokka —respondió Aang, aunque el brillo en sus ojos decía otra cosa—. Una estrategia muy, muy personal.

—Aang, es el Príncipe de la Nación del Fuego —dijo Katara, preocupada—. Es peligroso. Su padre es el Señor del Fuego.

Aang se acomodó en su sitio y tomó las riendas de Appa, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja que le recordaba inevitablemente a los ojos de cierto príncipe.

—Lo sé —susurró Aang, y por un momento, el Avatar poderoso y dominante desapareció, dejando ver al joven que simplemente estaba fascinado por la luz—. Pero incluso el fuego más destructivo necesita alguien que lo entienda. Y Zuko... él solo necesita que alguien le recuerde que no tiene que quemar el mundo para ser visto.

Appa rugió y se elevó hacia las nubes. Aang sabía que la guerra sería larga y difícil, y que Zuko probablemente intentaría arrestarlo al menos una docena de veces más. Pero eso no importaba. El Avatar tenía todo el tiempo del mundo, y si algo sabía sobre el aire, era que eventualmente, incluso la montaña más alta terminaba cediendo ante su persistencia.

—Prepárate, Sunshine —murmuró Aang para sí mismo, sintiendo el viento en su rostro—. Porque la próxima vez, no aceptaré un "no" por respuesta.

En el barco de la Nación del Fuego, Zuko se encontraba frente a su espejo, observando la cicatriz de su rostro. Las palabras de Aang resonaban en su cabeza como un mantra molesto. "Todavía no", "Sunshine", "Casarme contigo". Se pasó una mano por el pelo, frustrado, y por un segundo, solo por un segundo, se preguntó cómo sería realmente un mundo donde el Avatar no fuera su presa, sino alguien que lo mirara con esa extraña mezcla de adoración y respeto.

Sacudió la cabeza violentamente, alejando el pensamiento.

—Es solo una distracción —se dijo a sí mismo, aunque sus manos seguían temblando ligeramente—. Es solo una táctica del Avatar para debilitarme.

Pero en el fondo de su mente, una pequeña voz, una que sonaba sospechosamente como la de su tío Iroh, le recordó que el fuego no solo destruye, sino que también calienta. Y por primera vez en años, Zuko no se sentía tan frío.

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