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El Ojo del Huracán y el Latido del Sol
El Oasis Sagrado, un rincón de verdor y paz eterna en medio del desierto de hielo del Polo Norte, se había convertido en el escenario de una pesadilla. El cielo se había teñido de un rojo sangre antinatural, y la luna, la gran protectora de la Tribu del Agua, había desaparecido, dejando tras de sí un vacío oscuro y gélido.
Zhao, con el rostro desencajado por una ambición que rozaba la locura, sostenía la bolsa donde el pez Tui, la forma mortal del Espíritu de la Luna, yacía inerte. El mundo entero pareció contener el aliento. La nieve dejó de caer y el mar se volvió un espejo negro y sin vida.
Aang estaba de pie sobre el puente de piedra, rodeado por Katara, Sokka y la princesa Yue. Pero el Aang que ellos conocían —el joven coqueto que lanzaba guiños a los príncipes enemigos y bromeaba en medio del peligro— se había evaporado.
—Zhao... —La voz de Aang no era una sola. Era un coro de miles de voces superpuestas, un eco ancestral que hacía vibrar los huesos de todos los presentes—. Has roto el equilibrio. Has desafiado a la naturaleza misma.
—¡Soy el conquistador de la luna! —rugió Zhao, aunque dio un paso atrás al ver cómo los tatuajes de Aang comenzaban a brillar con una intensidad cegadora, un blanco azulado que no era de este mundo.
Entonces, el espíritu de la luna murió bajo la mano de Zhao.
El grito que escapó de la garganta de Aang no fue humano. Fue un estallido de energía pura que lanzó a todos hacia atrás. El Avatar se elevó en el aire, pero no había agua rodeándolo, no había un espíritu del océano gigante. Era él solo, envuelto en una esfera de aire comprimido tan densa que distorsionaba la luz a su alrededor.
Sus ojos eran dos faros de luz blanca, desprovistos de pupila, desprovistos de misericordia.
Aang no miró a Zhao. Miró hacia el horizonte, donde la inmensa flota de la Nación del Fuego rodeaba la ciudad. Cientos de barcos de metal, símbolos de una opresión de cien años, escupían humo negro sobre el cielo sagrado.
El Avatar extendió una mano hacia el mar.
—¡Aang, no! —gritó Katara, cubriéndose el rostro ante la presión del viento que empezaba a generarse—. ¡Vas a destruirlo todo!
Pero Aang no escuchaba. En el Estado Avatar, el dolor de un siglo de genocidio y la furia por la pérdida del equilibrio se habían fusionado en un solo objetivo: la aniquilación.
Con un movimiento ascendente de sus brazos, el cielo mismo pareció desgarrarse. Un tornado de proporciones bíblicas, una columna de viento que llegaba hasta las nubes, comenzó a formarse en medio de la flota. No era un simple remolino; era una trituradora de presión atmosférica. Los barcos de metal, esas moles de acero supuestamente indestructibles, empezaron a ser elevados como si fueran hojas secas.
El sonido era ensordecedor: el metal retorciéndose, el rugido del viento huracanado y los gritos de miles de soldados que veían cómo sus naves eran despedazadas en el aire. Aang cerró el puño y el tornado se contrajo, aplastando tres cruceros de guerra entre sí en una explosión de chatarra y fuego.
—Es un monstruo... —susurró Sokka, abrazando a Yue mientras intentaban no ser succionados por la corriente de aire que arrastraba todo hacia el Avatar.
Zhao, aterrorizado, intentó huir, pero el viento lo mantenía clavado al suelo. La furia de Aang era absoluta. Iba a borrar la flota de la faz de la tierra. Iba a terminar la guerra en un solo latido de odio.
—¡DETENTE AHORA MISMO!
El grito cortó el rugido del huracán. No fue un grito de miedo, sino una orden cargada de una autoridad desesperada.
Zuko emergió de entre los restos de un muro derruido. Estaba cubierto de hollín, su armadura estaba abollada y su rostro reflejaba un horror profundo, pero no por su propia vida, sino por lo que Aang estaba haciendo.
Aang, suspendido en el aire, giró la cabeza lentamente. La luz de sus ojos fluctuó, pero el tornado siguió despedazando barcos a lo lejos.
—¡Aang, mírame! —Zuko avanzó hacia el centro del oasis, luchando contra la presión del aire que amenazaba con lanzarlo al agua—. Como Avatar, tu destino es proteger a las personas y el equilibrio. ¡No asesinar a todos! ¡Esto no es justicia, es una masacre!
El Avatar descendió unos metros, flotando frente al príncipe. La energía que desprendía quemaba la piel de Zuko, pero él no retrocedió.
—Son... cenizas —dijo la voz coral de Aang, resonando en el aire—. La Nación del Fuego es ceniza. Deben ser barridos.
—¡Entonces bárreme a mí también! —rugió Zuko, extendiendo los brazos—. Porque si destruyes a esos hombres, a esos marineros que solo siguen órdenes, no quedará nada del monje que me llamó "Sunshine". No quedará nada del hombre que me salvó en la Isla Kyoshi. ¡Te convertirás en lo mismo que mi padre!
El nombre de su padre pareció actuar como un ancla. La esfera de luz alrededor de Aang parpadeó. El tornado en la bahía perdió fuerza, dejando caer los restos de metal al océano con estruendos masivos.
—Tú... —La voz de Aang empezó a sonar más humana, filtrándose a través del eco ancestral—. Tú eres mi Sol.
—¡Entonces deja de intentar apagar el mundo con tu sombra! —Zuko dio un paso más, quedando a solo un metro del Avatar—. Detente. Por favor.
El silencio que siguió fue más pesado que el huracán. Aang cerró los ojos y, de repente, la luz blanca se extinguió. El brillo de sus tatuajes se apagó y su cuerpo, privado de la energía cósmica que lo sostenía, comenzó a caer.
Zuko reaccionó por puro instinto. Se lanzó hacia adelante y atrapó a Aang antes de que golpeara el suelo de piedra. El impacto lo hizo caer de rodillas, sosteniendo el peso del Avatar contra su pecho.
Aang respiraba con dificultad, con el rostro pálido y sudoroso. Abrió los ojos lentamente, recuperando ese color gris tormenta que Zuko, muy a su pesar, había aprendido a reconocer en sus sueños.
—¿Sunshine? —susurró Aang, con una sonrisa débil y temblorosa asomando en sus labios.
Zuko soltó un suspiro que fue mitad sollozo y mitad gruñido de frustración.
—Eres un idiota —dijo Zuko, apretando el agarre sobre los hombros de Aang—. Un idiota peligroso y desquiciado.
—Pero me atrapaste —murmuró Aang, apoyando la cabeza en el hombro del príncipe—. Sabía que lo harías. Siempre estás ahí para mí, incluso cuando intento destruir el mundo.
Katara y Sokka se acercaron corriendo, deteniéndose a una distancia prudencial al ver la escena. La princesa Yue, aprovechando el momento de calma, se dirigió al estanque para cumplir con su destino y devolverle la vida a la luna, bajo la mirada triste de Iroh, que acababa de llegar al lugar.
Zuko ignoró a los demás. Estaba demasiado ocupado intentando procesar que el ser más poderoso del planeta acababa de detener un apocalipsis solo porque él se lo había pedido.
—Podrías haberme matado —dijo Zuko en un susurro, solo para que Aang lo oyera—. A mí y a todos.
Aang levantó una mano temblorosa y rozó la mejilla de Zuko, limpiando una mancha de hollín con el pulgar.
—Nunca te haría daño, Zuko. El Estado Avatar es... es mucho dolor. Pero tu voz... tu voz es lo único que suena más fuerte que mil vidas pasadas.
Zuko sintió que el calor subía a su rostro, pero esta vez no era por la furia del combate. Era esa sensación familiar de vulnerabilidad que solo Aang lograba provocarle.
—Tienes que irte —dijo Zuko, intentando recuperar su tono severo mientras ayudaba a Aang a ponerse de pie—. La flota está en ruinas, pero Zhao sigue aquí y vendrán más.
Aang se apoyó en Zuko, usando al príncipe como soporte mientras recuperaba el equilibrio. Se giró hacia el estanque, donde la luna volvía a brillar con una luz blanca y pura. El equilibrio había sido restaurado, pero a un costo muy alto.
—Me iré —dijo Aang, volviéndose hacia Zuko con esa mirada coqueta que parecía fuera de lugar entre tanta muerte—. Pero recuerda lo que te dije en la prisión. La oferta de la boda sigue en pie. Y después de hoy, creo que ya tenemos la bendición de los espíritus.
Zuko puso los ojos en blanco, aunque no soltó el brazo de Aang.
—Cállate y vete antes de que decida entregarte yo mismo.
—Oh, Sunshine, te encanta jugar al gato y al ratón —Aang se acercó más, invadiendo el espacio personal de Zuko una vez más, a pesar de su debilidad—. Pero admite que te gusta que te salve. O que me salves tú a mí. Somos como el Yin y el Yang, ¿no crees?
—Somos enemigos —insistió Zuko, aunque su voz carecía de convicción.
—Todavía no —repitió Aang con un guiño—. Pero estamos trabajando en ello.
Sokka se acercó, rompiendo el momento.
—Oigan, odio interrumpir este momento de "te odio pero te amo", pero tenemos un bisonte que esperar y un mundo que salvar. Aang, muévete.
Aang soltó a Zuko con renuencia, caminando hacia sus amigos. Antes de subir a Appa, se detuvo y miró a Zuko una última vez. El príncipe estaba allí, rodeado de nieve y ceniza, con la capa roja ondeando al viento, viéndose más como un rey que como un fugitivo.
—¡Zuko! —gritó Aang desde el lomo del bisonte—. ¡La próxima vez que nos veamos, espero que sea en una playa! ¡Con menos barcos y más bebidas frutales!
Zuko no respondió con palabras. Simplemente se cruzó de brazos y observó cómo el bisonte volador se elevaba hacia el cielo nocturno, donde la luna volvía a reinar.
Iroh se acercó a su sobrino, observando la flota destruida en el horizonte.
—Bueno, sobrino... ha sido una noche interesante.
—Es un maníaco, tío —dijo Zuko, aunque su mirada seguía fija en el punto donde Aang había desaparecido—. Un maníaco que casi destruye una flota entera por un pez.
—No lo hizo por el pez, Zuko —dijo Iroh con una sonrisa sabia—. Lo hizo por el equilibrio. Y se detuvo por ti. Eso es algo que ni siquiera el Señor del Fuego Ozai podría lograr.
Zuko apretó los puños. Sentía el lugar donde el cuerpo de Aang había estado apoyado contra el suyo, un calor persistente que no se iba con el frío del Polo Norte.
—Vámonos de aquí, tío. Tenemos mucho que hacer.
Mientras el barco de Zuko se alejaba de las ruinas de la flota de Zhao, el príncipe se quedó en la popa, mirando hacia el sur. En su mente, todavía resonaba la risa de Aang y ese apodo ridículo que, por alguna razón, ya no le molestaba tanto.
En lo alto del cielo, Aang miraba hacia abajo, sintiendo la conexión con Zuko como un hilo de fuego en su pecho. El Avatar era peligroso, sí. Era poderoso, sin duda. Pero mientras tuviera a su "Sunshine" para recordarle quién era, el mundo tenía una oportunidad.
—Te veo pronto, Zuko —susurró Aang al viento—. Muy pronto.
Y el viento, cómplice del Avatar, llevó sus palabras hasta los oídos del príncipe, quien, por primera vez en toda la guerra, permitió que una pequeña sonrisa cruzara sus labios antes de desaparecer en la oscuridad del barco.