A oscuras
Escarcha y Pólvora en la Oscuridad
El aire nocturno del campo de entrenamiento Gamma todavía pesaba en los pulmones de Junko. El sudor le pegaba los mechones violetas a la frente y su uniforme de gimnasia estaba cubierto de polvo y marcas de quemaduras superficiales. A su lado, Katsuki Bakugo caminaba con esa zancada depredadora que lo caracterizaba, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido, aunque la agresividad habitual en sus ojos rojos había sido reemplazada por algo mucho más denso y oscuro.
Habían pasado las últimas dos horas intentando superarse el uno al otro en un combate de resistencia. Cada explosión de él había sido respondida por una maniobra táctica de ella, un baile de violencia y precisión que los había dejado exhaustos, pero con la adrenalina disparada a niveles peligrosos.
—Caminas como si te pesaran las piernas, pecosa —soltó Bakugo sin mirarla, aunque su voz carecía de la mordacidad habitual—. ¿Ya te cansaste de intentar alcanzarme?
Junko soltó una risa entrecortada, limpiándose el rastro de suciedad de la mejilla con el dorso de la mano.
—Sigue soñando, rubio. Estaba analizando tus aperturas. Te estás volviendo predecible cuando te fatigas. Mañana te daré el golpe de gracia en el simulacro de rescate.
Bakugo se detuvo en seco frente a la puerta de los dormitorios. Se giró hacia ella, y Junko sintió que el mundo se detenía. La luz de las farolas de la academia perfilaba sus hombros anchos y el desorden de su cabello rubio.
—No habrá un mañana para tus análisis si no puedes ni mantenerte en pie hoy —dijo él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa intensidad que siempre la hacía temblar—. Ven a mi cuarto. Ahora.
No fue una pregunta, ni siquiera un desafío. Fue una orden cargada de una promesa que Junko no tenía la menor intención de rechazar.
Subieron las escaleras en un silencio tenso, evitando encontrarse con algún compañero rezagado. Una vez dentro de la habitación de Bakugo, él cerró la puerta con llave y el sonido del pestillo resonó como un disparo en la habitación en penumbra. El olor a caramelo quemado y limpieza masculina la envolvió de inmediato.
Bakugo no esperó. Se acercó a ella y, con una lentitud que contrastaba con su naturaleza explosiva, comenzó a despojarla de la chaqueta del uniforme de gimnasia. Sus dedos, callosos y grandes, rozaron la piel de los hombros de Junko, enviando chispas de electricidad por sus nervios.
—Mírate —susurró él, bajando la cremallera de su top con una destreza que la dejó sin aliento—. Estás temblando, sabelotodo. ¿Dónde quedó toda esa confianza de la biblioteca?
—Sigue aquí —respondió Junko, aunque su voz era apenas un hilo—. Solo estoy... esperando a ver si eres capaz de cumplir lo que tus ojos prometen.
Bakugo sonrió de esa forma torcida que solo ella conocía. Sus manos bajaron por sus caderas anchas, despojándola de la ropa hasta dejarla solo con su ropa interior oscura. Empezó a besar su cuello, subiendo por la mandíbula hasta su oreja.
—Eres tan malditamente hermosa cuando estás derrotada —le susurró al oído, su voz volviéndose una caricia sucia—. Me encanta cómo tu piel se enciende cuando te toco. Eres mía, Junko. Mi rival, mi igual... mi maldita obsesión.
Él la guio hacia la cama, pero antes de que ella pudiera recostarse, Bakugo tomó su corbata escolar que colgaba de una silla. Con una suavidad inesperada, tomó las muñecas de Junko y las unió.
—No quiero que intentes analizar nada ahora —dijo él, atando sus manos con un nudo firme pero cuidadoso—. Solo quiero que sientas.
Junko jadeó, sintiendo la restric