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A oscuras

Lágrimas de Nitroglicerina y Terciopelo

La habitación de Katsuki Bakugo era un santuario de orden funcional y olor a detergente neutro con ese matiz persistente a caramelo quemado que emanaba de sus poros. Pero esa noche, el orden era un concepto lejano. El aire estaba saturado de una humedad eléctrica, el tipo de atmósfera que precede a una tormenta de decibelios incalculables.

Junko Aoi sentía el roce de la seda de la corbata contra sus muñecas. No estaba apretada al punto de lastimar, pero la restricción física actuaba como un interruptor en su cerebro analítico, apagando las ecuaciones de combate y encendiendo un hambre primitiva que solo él lograba despertar. Sus ojos violetas, empañados por el deseo, buscaron los de Katsuki en la penumbra.

—¿Crees que esto me va a detener, Bakugo? —desafió ella, aunque su respiración era un desastre rítmico—. Atarme no te hace el ganador. Solo demuestra que tienes miedo de lo que mis manos pueden hacerte.

Katsuki soltó una risa ronca, un sonido que vibró en el pecho de Junko mientras él se posicionaba entre sus piernas. Sus manos grandes se apoyaron a ambos lados de la cabeza de la chica, atrapándola contra el colchón.

—No te equivoques, pecosa —susurró él, acercando su rostro hasta que sus narices se rozaron—. Te ato porque si te dejo las manos libres, intentarás tomar el control. Y esta noche, el único que dicta las normas aquí soy yo. Voy a desmontar ese orgullo tuyo pieza por pieza.

Él bajó la cabeza, capturando sus labios en un beso que no tuvo nada de tierno. Fue una colisión de dientes y lenguas, una lucha por el territorio que Junko aceptó con un gemido de satisfacción. Bakugo besaba como peleaba: con una intensidad absoluta, sin guardarse nada, buscando la rendición total del otro.

Cuando se separaron, un hilo de saliva conectaba sus bocas por un segundo antes de romperse. Katsuki bajó sus besos por el mentón de ella, trazando una línea de fuego hasta la base de su cuello, donde se ensañó con la piel sensible.

—Katsuki... —jadeó ella, arqueando la espalda. El contacto de la piel caliente de él contra su pecho pequeño la hacía delirar—. No te detengas.

—Dime qué quieres —ordenó él, deteniéndose justo encima de la marca rojiza que le había dejado días atrás—. Dilo, Aoi. Usa esa boca tan inteligente para pedirme lo que realmente necesitas.

Junko apretó los dientes, su terquedad luchando contra la marea de placer que subía por sus muslos.

—Quiero que dejes de hablar —logró decir, aunque su voz era un hilo quebrado— y que me hagas olvidar que mañana tengo que superarte en el ranking.

Bakugo gruñó, una mezcla de irritación y excitación. Sus manos bajaron por el cuerpo atlético de Junko, deteniéndose en sus caderas anchas. Las apretó con fuerza, dejando marcas que seguramente serían visibles al día siguiente, un recordatorio silencioso de quién había estado allí.

—Mañana serás mi rival de nuevo —dijo él, su voz volviéndose peligrosamente baja—. Pero ahora... ahora eres solo Junko. Y vas a aprender lo que pasa cuando provocas a una explosión.

Sin previo aviso, Katsuki bajó por su cuerpo. Junko sintió el frío del aire de la habitación en sus piernas antes de que el calor abrasador de la boca de Bakugo la encontrara. Ella soltó un grito ahogado, sus muñecas atadas tirando de la corbata mientras intentaba buscar un punto de apoyo.

—¡Bakugo! —exclamó, su cabeza echándose hacia atrás, golpeando la almohada—. ¡Maldita sea, Katsuki!

Él no respondió con palabras. Su lengua era experta, moviéndose con una precisión que Junko no habría esperado de alguien tan impulsivo. Cada lamida, cada succión, estaba diseñada para llevarla al borde del abismo. Ella se retorcía bajo él, sus ojos violetas fijos en el techo, viendo manchas de colores mientras su cerebro se desconectaba de la realidad.

—Mírame —ordenó Bakugo, alzando la vista por un instante, con los labios brillantes y los ojos rojos encendidos como brasas—. Mira lo que te estoy haciendo.

Junko bajó la mirada, encontrándose con la visión de su rival más encarnizado entregado por completo a su placer. La vulnerabilidad de ese momento la golpeó más fuerte que cualquier explosión. Era una intimidad tan cruda que dolía.

—Por favor... —suplicó ella, su orgullo finalmente desintegrado—. Ya no puedo más... Katsuki, entra ya. Por favor.

Bakugo se incorporó, despojándose de lo último que le quedaba de ropa con una urgencia que delataba que él también estaba al límite. Se posicionó sobre ella, sus ojos fijos en los de ella, buscando esa chispa de desafío que nunca moría del todo.

—Esto es por todas las veces que me corregiste en clase —susurró él, aunque su tono era casi una caricia.

—Y esto es por todas las veces que me llamaste extra —respondió ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, instándolo a terminar con la tortura de la espera.

Katsuki entró en ella con un empuje firme y profundo, llenándola de una manera que le hizo perder el aliento. Junko soltó un sollozo seco, no de dolor, sino de una plenitud abrumadora. Sus muñecas atadas se alzaron para rodear el cuello de él, la corbata actuando como un vínculo físico entre ambos.

El ritmo que Bakugo impuso fue frenético. Sus cuerpos chocaban con un sonido rítmico que llenaba la habitación, una música de carne y deseo. Cada embestida era un desafío, cada gemido de Junko era una respuesta que lo incitaba a ir más rápido, más fuerte.

—Eres... increíble —jadeó Bakugo contra su oído, su sudor mezclándose con el de ella—. No hay nadie... nadie como tú, maldita sea.

—Porque nadie más... puede aguantarte —logró decir Junko entre respiraciones entrecortadas—. Solo yo... solo yo puedo manejarte, Bakugo.

Él sonrió, una expresión de triunfo salvaje, y aumentó la velocidad. Junko sintió que el orgasmo empezaba a formarse en la base de su columna, una ola de calor que amenazaba con consumirla. Sus uñas, a pesar de la restricción de las muñecas, se enterraron en la espalda musculosa de Katsuki, dejando surcos rojos.

—¡Katsuki! —gritó ella cuando el clímax finalmente la alcanzó, sacudiendo su cuerpo con una violencia que la dejó sin fuerzas.

Bakugo la siguió apenas unos segundos después, gruñendo su nombre con una voz que sonaba a rendición absoluta. Se desplomó sobre ella, ocultando el rostro en su hombro, su respiración agitada golpeando la piel pecosa de Junko.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de dos guerreros que habían dejado todo en el campo de batalla y ahora descansaban entre las ruinas. Katsuki, con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera de sus compañeros, desató el nudo de la corbata en las muñecas de Junko.

Ella movió las manos, sintiendo la circulación volver, y de inmediato las llevó al rostro de él. Lo obligó a levantar la vista.

—¿Estás bien? —preguntó ella en voz baja, su tono sarcástico desaparecido por completo, revelando a la Junko sensible que solo él conocía.

Bakugo parpadeó, sus ojos rojos suavizándose por un instante antes de recuperar su brillo habitual.

—Estoy perfecto, pecosa. Te dije que te aplastaría.

Junko soltó una pequeña risa y lo atrajo hacia sí, besando su frente.

—Sigue soñando. Te recuerdo que fuiste tú el que terminó gritando mi nombre como si fuera tu religión.

—Cállate —dijo él, aunque no se apartó. Se acomodó a su lado, atrayéndola hacia su pecho—. Duérmete ya. Mañana tengo que patearte el trasero en el entrenamiento y no quiero que pongas la excusa de que estás cansada.

—No necesito excusas para ganarte, Bakugo —murmuró ella, cerrando los ojos y dejándose envolver por el calor de él.

—Ya lo veremos, Aoi. Ya lo veremos.

Se quedaron dormidos así, entrelazados como si fueran una sola entidad hecha de pólvora y violetas. En el mundo exterior, seguían siendo los rivales que hacían saltar chispas en cada discusión académica. Pero en la penumbra de esa habitación, eran simplemente dos personas que habían encontrado en el otro la única fuerza capaz de igualar su propia intensidad.

La rivalidad era su lenguaje, pero esa noche, el silencio y el contacto físico habían dicho mucho más de lo que cualquier discusión en la biblioteca podría expresar jamás. La guerra continuaría al amanecer, pero por unas horas, la paz era el único territorio que les interesaba conquistar.