amor en el campo
La paradoja de la seda y el acero
El frío de la mañana bávara se filtraba por las rendijas de la ventana, pero el calor que emanaba del pecho de Isagi Yoichi no tenía nada que ver con el clima. Era una combustión lenta, un incendio alimentado por la humillación y, sobre todo, por la decepción. Se miró al espejo, observando la marca roja que los dedos de Sae habían dejado en su muslo la noche anterior. Ya no era un estigma de posesión; ahora lo sentía como una quemadura de desprecio.
—¿Asco? —susurró Isagi, y su propia voz sonó extraña en la habitación vacía—. Dijo que le daba asco.
Las palabras de Sae habían estado dando vueltas en su cabeza como un bucle infinito. "Me dan ganas de vomitar al verte". "Estás insultando mi juicio". Isagi apretó los puños. Siempre había admirado la frialdad de Sae, esa capacidad de ver el mundo como una ecuación matemática donde solo importaba la eficiencia. Pero anoche, Sae no había sido un calculador. Había sido un juez moralista y arrogante que creía tener el derecho de dictar no solo cómo debía jugar Isagi, sino cómo debía existir fuera del campo.
Con un movimiento decidido, Isagi se dirigió al armario. Sacó la falda de tablas azul oscuro que había arrojado al rincón la noche anterior. La alisó con las manos, sintiendo la textura de la tela.
—Si el precio de tu atención es que yo sea una extensión de tu voluntad, entonces no quiero tu atención, Itoshi Sae —declaró al aire, mientras se abrochaba la prenda con manos temblorosas pero firmes.
Se puso una camiseta negra ajustada, sus medias deportivas altas y sus botas de fútbol. Encima, una chaqueta ligera del Bastard München. Se miró al espejo una última vez. Sus piernas, las herramientas con las que pretendía conquistar el mundo, estaban allí, expuestas y fuertes. Si Sae no podía soportar ver la dualidad de su ser, ese era un problema de la visión de Sae, no de la realidad de Isagi.
Eran las 4:45 AM cuando Isagi salió de las instalaciones. El campo anexo estaba sumido en una neblina grisácea. A lo lejos, una figura solitaria ya estaba dando toques al balón con una elegancia que resultaba insultante. Sae vestía un conjunto de entrenamiento negro impecable, moviéndose como si el césped fuera una pista de baile diseñada solo para él.
Isagi caminó hacia el centro del campo. El sonido de sus pasos sobre la hierba húmeda hizo que Sae se detuviera. El centrocampista atrapó el balón con el empeine y lo dejó rodar hasta el suelo antes de girarse.
La expresión de Sae pasó de la indiferencia profesional a una rigidez absoluta en menos de un segundo. Sus ojos verdes se clavaron en las piernas de Isagi, ascendiendo lentamente hasta encontrarse con la mirada azul, gélida y desafiante, del delantero.
—Te dije que te quitaras esa basura —la voz de Sae era un látigo de hielo—. ¿Es que tu cerebro de mosquito no puede procesar una orden simple, Isagi?
Isagi no retrocedió. Dio un paso adelante, invadiendo el radio de acción de Sae.
—No recibo órdenes de alguien que no es mi entrenador ni mi dueño —respondió Isagi, y su voz no tembló—. Dijiste que te daba asco. Dijiste que te daban ganas de vomitar.
—Y lo mantengo —Sae dio un paso hacia él, su aura de superioridad volviéndose asfixiante—. Estás haciendo el ridículo. Un delantero de élite no se presenta a un entrenamiento privado pareciendo una distracción barata. Estás desperdiciando mi tiempo y el tuyo.
Isagi soltó una carcajada seca, una que nació desde la boca del estómago.
—¿Tu tiempo? Lo que te molesta no es mi tiempo, Sae. Lo que te molesta es que no puedes controlarme. Te gusta la idea de que soy tu "proyecto", tu pequeña mascota que monitorizas desde Madrid. Te gusta pensar que me tienes en una caja de cristal donde solo tú puedes decidir qué luz me toca.
—No digas estupideces —Sae entrecerró los ojos, y por un momento, el brillo de irritación en sus pupilas fue casi salvaje—. Estoy tratando de salvar tu carrera de tu propia idiotez.
—¡Mi carrera está perfectamente bien! —gritó Isagi, dando un pisotón que salpicó agua del césped—. Lo que no está bien es que te permitas hablarme como si fuera algo que te pertenece. Anoche me sentí triste, Sae. Me sentí pequeño porque pensé que realmente veías quién soy. Pero me equivoqué. Solo ves lo que quieres que sea.
Sae guardó silencio, su mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse. El aire entre ellos vibraba con una tensión que ya no tenía nada que ver con el fútbol.
—Si tanto asco te doy —continuó Isagi, bajando el tono pero aumentando la intensidad—, entonces vete. No te necesito para llegar a la cima. He llegado hasta aquí devorando a genios como tú, y puedo seguir haciéndolo solo.
—No durarías ni un segundo en la liga profesional sin alguien que te guíe —escupió Sae.
—Prefiero fracasar siendo yo mismo que tener éxito siendo tu sombra —Isagi se señaló la falda con un gesto desafiante—. A partir de ahora, voy a usar lo que me dé la gana. Si quiero usar falda, la usaré. Si quiero jugar con ella, lo haré. Y si tú no puedes aceptar que este es el Isagi Yoichi que existe, entonces lárgate de mi vista.
Sae dio un paso más, quedando tan cerca que Isagi pudo sentir el calor de su respiración en la frente. El centrocampista bajó la mano y, con una brusquedad que hizo que Isagi se tensara, agarró el dobladillo de la falda.
—¿Crees que esto es un acto de rebeldía? —susurró Sae, su voz volviéndose peligrosamente baja—. Es solo una pataleta de niño mimado.
—No —Isagi le sostuvo la mirada, sus ojos azules brillando con una determinación que Sae nunca había visto en nadie más—. Es una apuesta. Estoy apostando a que soy tan bueno, que mi fútbol es tan increíble, que al final no te quedará más remedio que mirar mis piernas y olvidar lo que llevo puesto. Pero si tu ego es tan frágil que una prenda de ropa te impide ver mi talento, entonces no eres el genio que creía. Eres solo un cobarde con buen toque de balón.
Sae soltó la tela como si quemara. Sus ojos recorrieron el rostro de Isagi, buscando una grieta, un signo de duda. No encontró nada. Isagi estaba dispuesto a perderlo todo, incluso la conexión con el único hombre que lo entendía, con tal de no perder su propia identidad.
—Habrá otros, Sae —dijo Isagi, y esta vez hubo una pizca de tristeza en su tono—. Habrá gente que me mire y no sienta asco. Habrá alguien que me quiera con falda, con pantalones o sin nada, simplemente porque soy yo. Si tú no puedes ser esa persona, si tu visión es tan limitada... entonces ya no tienes nada que hacer aquí.
El silencio que siguió fue eterno. El sol empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. Sae se quedó inmóvil, procesando las palabras de Isagi. Durante años, Sae había vivido en un mundo de absolutos. El fútbol era blanco o negro. El talento era útil o inútil. Y de repente, este chico japonés, este delantero que se suponía que debía ser su obra maestra, estaba rompiendo todas sus estructuras.
—¿Alguien que te quiera? —repitió Sae, y por primera vez, hubo una grieta en su máscara de indiferencia. Una chispa de algo que se parecía mucho a los celos, aunque él nunca lo admitiría—. Estás siendo patético, Isagi.
—Tal vez —asintió Isagi—. Pero soy un patético libre. Ahora, ¿vamos a entrenar o vas a seguir mirándome como si fuera un monstruo? Porque si no vas a pasarme el balón, tengo a diez compañeros en el edificio de allá que estarían encantados de hacerlo.
Sae apretó los puños. Su instinto le decía que se diera la vuelta y se fuera, que dejara a este idiota en su delirio de independencia. Pero sus pies no se movieron. Su mirada volvió a bajar a las piernas de Isagi, a la forma en que los músculos se tensaban bajo la tela de la falda. Había algo en la imagen que, a pesar de su rechazo inicial, era hipnótico. Era la personificación del egoísmo absoluto: la negativa a conformarse con las expectativas de nadie.
Sae se dio la vuelta y caminó hacia el balón que había dejado en el césped. Lo golpeó con una precisión quirúrgica, enviándolo directamente hacia el pecho de Isagi.
Isagi lo amortiguó con el pecho, la falda ondeando ligeramente con el movimiento, y lo bajó al suelo con una suavidad perfecta.
—El entrenamiento de hoy será diez veces más duro que el de ayer —dijo Sae, dándole la espalda para caminar hacia su posición—. Si fallas un solo control, me iré. Y si te tropiezas con esa estúpida prenda, te arrancaré la piel.
Isagi sintió una oleada de triunfo que casi le hace estallar el corazón. No era una disculpa, Sae nunca se disculparía, pero era una aceptación. Era el reconocimiento de que Sae no podía permitirse el lujo de dejar de mirar a Isagi Yoichi, sin importar cómo se presentara ante él.
—No fallaré —prometió Isagi, con una sonrisa depredadora.
Durante las siguientes dos horas, el campo anexo del Bastard München fue testigo de algo que desafiaba toda lógica deportiva. Un centrocampista de clase mundial y un delantero en ascenso se movían en una sincronía aterradora. Sae enviaba pases que parecían imposibles, trayectorias que requerían una visión periférica sobrehumana, e Isagi llegaba a todos.
La falda de tablas se movía con cada giro, con cada sprint, con cada disparo a puerta. Al principio, Sae intentaba apartar la vista, enfocándose solo en el balón, pero pronto se dio cuenta de que era imposible. La forma en que Isagi se movía, la confianza con la que ignoraba las convenciones sociales para centrarse únicamente en la perfección de su juego, era la droga más potente que Sae había probado jamás.
En un momento dado, Isagi saltó para rematar de volea un centro tenso de Sae. El movimiento fue tan violento y plástico que la falda se elevó, mostrando la potencia bruta de sus cuádriceps y la marca que los dedos de Sae habían dejado la noche anterior. El balón entró por la escuadra con un sonido seco y satisfactorio.
Isagi aterrizó y se giró hacia Sae, jadeando, con el sudor corriendo por su cuello.
—¿Y bien? —preguntó Isagi—. ¿Sigues teniendo ganas de vomitar?
Sae se quedó mirándolo, con la respiración también algo agitada. Caminó lentamente hacia Isagi, deteniéndose a solo unos centímetros. Esta vez, cuando extendió la mano, no fue para agarrar la tela con rabia. Sus dedos rozaron la mejilla de Isagi, apartando un mechón de cabello húmedo.
—Eres el ser más irritante que he conocido en mi vida —dijo Sae, y su voz ya no era gélida, sino que tenía un matiz de rendición—. Tu fútbol es... asquerosamente bueno.
—¿Solo mi fútbol? —provocó Isagi, dando un paso más hacia él.
Sae bajó la mano hasta la nuca de Isagi, tirando de él con una firmeza que no admitía réplica.
—No me obligues a decirlo, Isagi. Ya tienes suficiente con mi tiempo.
—Dilo, Sae —insistió Isagi, su egoísmo exigiendo la victoria total—. Di que no te importa la falda. Di que vas a seguir mirándome aunque me ponga el uniforme más ridículo del mundo.
Sae cerró los ojos por un segundo, como si estuviera aceptando su propia derrota en un juego que él mismo había inventado.
—No me importa —susurró Sae contra los labios de Isagi—. No me importa lo que lleves puesto mientras sigas siendo el único que puede recibir mis pases de esta manera. Mientras sigas siendo el único que me hace sentir que este deporte no es una pérdida de tiempo.
Antes de que Isagi pudiera responder, Sae acortó la distancia final. El beso fue brusco, cargado de la frustración de las últimas horas y de una pasión que ambos habían intentado ocultar tras la máscara del profesionalismo. Sabía a sudor, a esfuerzo y a una posesividad que finalmente había encontrado su equilibrio.
Isagi se aferró a los hombros de Sae, sintiendo cómo la barrera que los separaba se desmoronaba. Ya no era el "proyecto" de Sae, ni Sae era el "dios" de Isagi. Eran dos egoístas que habían encontrado un lenguaje común en el que las palabras "asco" o "vergüenza" no tenían cabida.
Cuando se separaron, Sae tenía la mirada más intensa que Isagi le hubiera visto jamás.
—Mañana —dijo Sae, recuperando parte de su tono autoritario—, quiero que uses pantalones. No porque me dé asco la falda, sino porque no quiero que el resto de esos idiotas de Blue Lock pasen el entrenamiento mirando lo que es mío.
Isagi soltó una carcajada genuina y alegre, sintiendo que el peso que había llevado toda la mañana desaparecía por completo.
—Lo pensaré, Sae. Pero no prometo nada. Tal vez mañana me apetezca usar algo más corto.
Sae suspiró, frotándose la sien, pero había una chispa de diversión en sus ojos verdes que nunca antes había estado allí.
—Eres un problema, Isagi Yoichi. Un problema que me va a costar la cordura.
—Es el precio de tener al mejor delantero del mundo a tu lado —replicó Isagi, recogiendo el balón con el pie—. ¿Seguimos? Todavía me quedan energías para diez goles más.
Sae asintió, volviendo a su posición de centrocampista. Mientras veía a Isagi correr por el campo, con la falda azul ondeando al viento y su espíritu brillando con una luz indomable, Sae comprendió que la apuesta de Isagi no era solo sobre ropa. Era sobre la libertad de ser un monstruo en sus propios términos.
Y por primera vez en su vida, Itoshi Sae estaba feliz de haber perdido una apuesta. Porque en la fragilidad de esa seda azul, había encontrado la fuerza más auténtica que el fútbol japonés le había ofrecido jamás. Una fuerza que no necesitaba su aprobación para existir, pero que él, por puro egoísmo, no pensaba dejar escapar nunca.