amor en el campo
La anatomía de una obsesión irracional
El aire de los dormitorios del Bastard München estaba cargado de una electricidad diferente esa mañana. Isagi Yoichi se observó en el espejo, ajustando la prenda que Bachira le había enviado por mensajería urgente desde España, etiquetada como "equipo de entrenamiento aerodinámico de alto rendimiento". Era, en esencia, un top deportivo de compresión negro que dejaba al descubierto toda la línea de su abdomen y unos shorts tan cortos que apenas cubrían lo necesario para ser legales en un campo de entrenamiento.
—Si Sae quería que dejara de usar la falda porque "distraía" a los demás —murmuró Isagi, pasando una mano por su cintura, donde la piel se sentía extrañamente fresca—, supongo que esto será una mejora técnica.
Isagi sabía que estaba jugando con fuego. La noche anterior, el beso de Sae había sellado un pacto silencioso de posesividad, pero el egoísmo de Isagi no se conformaba con ser "reclamado". Él quería desmantelar la compostura de Itoshi Sae pieza por pieza. Quería ver hasta dónde llegaba esa máscara de frialdad antes de que se hiciera añicos por completo.
Caminó por los pasillos de las instalaciones a las 4:50 AM, sintiendo cómo el frío alemán erizaba el vello de sus brazos y abdomen. Al llegar al campo anexo, la niebla era más densa que el día anterior, pero la silueta de Sae ya estaba allí, estática, como una estatua de mármol negro esperando a ser despertada.
Sae no se giró de inmediato. Escuchó el ritmo de los pasos de Isagi, un patrón que ya conocía de memoria gracias a los datos biométricos de la cinta en su muñeca.
—Llegas un minuto tarde, Isagi —dijo Sae, su voz cortando la neblina con la precisión de un bisturí—. Espero que hoy hayas traído la seriedad que te faltó ay...
Sae se detuvo en seco al girarse. El balón que sostenía bajo el brazo cayó al césped con un golpe sordo, rodando lentamente hasta detenerse. Sus ojos verdes, usualmente impasibles, se abrieron con una mezcla de shock, incredulidad y una furia incipiente que hizo que sus pupilas se contrajeran.
—¿Qué... demonios... es eso? —preguntó Sae, su voz bajando a una octava casi inaudible.
Isagi comenzó a hacer estiramientos laterales, estirando los brazos por encima de su cabeza, lo que provocó que el top se elevara un par de centímetros más, revelando la curva de sus costillas y la tensión de sus oblicuos.
—Me dijiste que la falda era poco profesional y que los demás me miraban demasiado —respondió Isagi con una naturalidad fingida, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas—. Así que elegí algo más... funcional. Es ropa de compresión, Sae. Mejora la circulación y reduce la resistencia al viento. ¿No es eso lo que querías? ¿Eficiencia?
Sae dio un paso adelante, y luego otro, hasta que estuvo a menos de un metro. Su mirada no se apartaba del abdomen de Isagi, bajando luego por las piernas desnudas, donde los músculos de los muslos se veían definidos y potentes bajo los shorts mínimos.
—¿Eficiencia? —Sae soltó una risa seca, carente de humor—. Isagi, eso no es ropa de entrenamiento. Eso es una provocación. Estás prácticamente desnudo en medio de mi campo de visión.
—¿Te distrae, Sae? —Isagi se acercó más, desafiando la distancia de seguridad—. Pensé que el gran Itoshi Sae era capaz de ignorar cualquier ruido externo para centrarse en el fútbol. ¿O es que mi "eficiencia" es demasiado para tu autocontrol?
Sae extendió una mano y, con una lentitud deliberada, rozó la piel expuesta de la cintura de Isagi. El contacto fue como una quemadura de hielo. Isagi contuvo el aliento cuando los dedos de Sae se cerraron sobre su costado, apretando con una fuerza que denotaba una lucha interna feroz.
—Estás jugando un juego muy peligroso —susurró Sae, inclinándose hacia el oído de Isagi—. Ayer te permití la rebeldía de la falda porque era un capricho. Pero esto... esto es un ataque directo a mi paciencia.
—Entonces ríndete —replicó Isagi, girando la cabeza para encontrar los ojos de Sae—. Deja de intentar controlarme y simplemente... juega conmigo. Pásame el balón, Sae. Demuéstrame que puedes mirar este cuerpo y seguir viendo solo a un delantero.
Sae soltó un gruñido bajo, una vibración que Isagi sintió en sus propios huesos. Se separó bruscamente y pateó el balón hacia Isagi con una potencia inusual.
—Corre —ordenó Sae—. Si dejas que el balón toque el suelo antes de llegar al área, te juro que te arrastraré de vuelta a los vestuarios y te encerraré allí hasta que aprendas a vestirte como un ser humano.
El entrenamiento que siguió fue una carnicería táctica. Sae no tuvo piedad. Enviaba pases con efectos endiablados, balones que requerían que Isagi se estirara al límite, que saltara, que se retorciera en el aire. Y con cada movimiento, la piel de Isagi brillaba por el sudor bajo las luces del campo, convirtiéndose en el único punto de referencia en el mundo de Sae.
Sae intentaba mantener su Metavisión enfocada en el espacio y en las trayectorias, pero su cerebro lo traicionaba constantemente. Cada vez que Isagi corría, el movimiento de sus caderas bajo esos shorts cortos enviaba una señal de alerta a los centros más primitivos de la mente de Sae. Ya no era solo fútbol; era una caza.
—¡Más rápido, Isagi! —gritó Sae, enviando un centro largo hacia el segundo palo.
Isagi esprintó, sus piernas moviéndose con una agilidad felina. Saltó para conectar un cabezazo, y por un instante, pareció suspenderse en el aire. El top se subió, los shorts se ajustaron a sus músculos tensos, y Sae sintió que algo dentro de él se quebraba. La lógica, la razón, el orden... todo fue devorado por una ola de deseo irracional.
Isagi marcó el gol y aterrizó sobre una rodilla, jadeando. Se pasó una mano por el cabello empapado de sudor y miró hacia Sae con una sonrisa triunfal.
—¿Eso es todo lo que tienes? —provocó Isagi, secándose el sudor del abdomen con la parte inferior del top, exponiendo aún más su torso—. Esperaba más del "genio" de Japón.
Sae no respondió con palabras. Caminó hacia Isagi con una determinación que hizo que el instinto de supervivencia del delantero se activara. Isagi intentó ponerse de pie, pero Sae ya estaba sobre él. Antes de que pudiera reaccionar, Sae lo empujó por los hombros, haciendo que Isagi cayera de espaldas sobre el césped húmedo.
Sae se posicionó entre sus piernas, arrodillándose sobre el barro y la hierba, sin importarle su uniforme impecable. Agarró las muñecas de Isagi y las clavó contra el suelo, por encima de su cabeza.
—Has ganado, ¿es eso lo que querías oír? —dijo Sae, su respiración agitada chocando contra el rostro de Isagi—. Has logrado que pierda la cordura. ¿Estás satisfecho ahora, pequeño monstruo egoísta?
Isagi no apartó la mirada. A pesar de la presión en sus muñecas y de la posición dominante de Sae, se sentía más poderoso que nunca.
—Quería que me vieras, Sae —susurró Isagi—. No como una pieza de tu rompecabezas, sino como el hombre que puede destruirte.
—Me has destruido —admitió Sae, bajando la cabeza hasta que sus frentes se tocaron—. No puedo pensar en tácticas, no puedo pensar en el Real Madrid, ni siquiera puedo pensar en el próximo partido. Solo puedo pensar en lo mucho que odio que otros ojos puedan ver lo que yo estoy viendo ahora mismo.
Sae soltó una de las muñecas de Isagi y bajó la mano hasta el borde del top, tirando de la tela con una urgencia que rozaba la desesperación. Sus dedos recorrieron la piel caliente del abdomen de Isagi, trazando el camino de su respiración agitada.
—Este cuerpo... este talento... —Sae enterró el rostro en el cuello de Isagi, aspirando el aroma a sudor y adrenalina—. Me perteneces, Isagi Yoichi. Y si vuelves a salir así fuera de este campo privado, me encargaré de que Blue Lock sea clausurado solo para mantenerte oculto del mundo.
Isagi soltó una risa entrecortada, enredando sus dedos en el cabello de Sae.
—Eso suena muy poco racional, Sae. ¿Dónde quedó el jugador que solo buscaba la eficiencia perfecta?
—Murió en el momento en que decidiste usar esa ropa —respondió Sae, levantando la vista. Sus ojos verdes estaban oscuros, nublados por una intensidad que Isagi nunca hubiera imaginado en él—. Ahora solo queda el hombre que quiere devorarte.
Sae lo besó entonces, y no hubo nada de la elegancia técnica que definía su fútbol. Fue un beso hambriento, posesivo, una colisión de dos egos que habían dejado de luchar entre sí para unirse contra el resto del mundo. Isagi respondió con la misma ferocidad, arqueando su cuerpo contra el de Sae, sintiendo la fricción de la ropa de entrenamiento contra su piel desnuda.
—Dilo —exigió Isagi entre besos, su voz cargada de una exigencia egoísta—. Di que soy el único.
—Eres el único —gruñó Sae, sus manos bajando por los costados de Isagi hasta los shorts cortos, apretando con una fuerza que prometía marcas para el día siguiente—. El único delantero, el único rival... el único que puede hacerme olvidar que el fútbol es solo un juego.
Sae se separó lo suficiente para mirar a Isagi a los ojos, su mano aún posesiva sobre su cadera.
—Pero mañana —continuó Sae, recuperando un rastro de su autoridad—, vendrás con el uniforme oficial del Bastard München. De cuello alto si es posible.
Isagi sonrió, una expresión llena de malicia y cariño.
—¿Y si decido que el top es más cómodo para mi Metavisión?
Sae suspiró, cerrando los ojos por un momento antes de volver a besarlo, esta vez con una suavidad que hizo que Isagi se estremeciera.
—Entonces tendré que comprar este campo de entrenamiento y prohibir la entrada a cualquier ser vivo que no sea yo. Porque si alguien más te ve así, Isagi... no podré evitar que mi instinto asesino se traslade del balón a sus cuellos.
—Eres un posesivo, Sae —dijo Isagi, abrazándolo por el cuello.
—Soy un egoísta —corrigió Sae—. Y he encontrado el único tesoro que vale la pena guardar bajo llave.
Se quedaron allí, en medio del campo anexo, rodeados por la neblina y el silencio de la madrugada alemana. El fútbol había pasado a un segundo plano, eclipsado por la gravedad de una conexión que desafiaba toda lógica. Isagi Yoichi había ganado la apuesta: había roto la cordura de Itoshi Sae. Pero al hacerlo, se había dado cuenta de que él también estaba perdido en el mismo laberinto.
Mientras el sol comenzaba a disipar la niebla, Sae ayudó a Isagi a levantarse, pero no soltó su mano. Caminaron de regreso a las instalaciones, dos figuras que, ante los ojos del mundo, eran rivales y genios, pero que en la intimidad de esa mañana, no eran más que dos mitades de una misma obsesión.
—Isagi —dijo Sae justo antes de entrar al edificio.
—¿Sí?
—El top... quédatelo. Pero solo para cuando estemos solos.
Isagi se rió, apoyando la cabeza en el hombro de Sae por un breve segundo.
—Está bien, Sae. Solo por esta vez, seré un poco menos egoísta.
Pero ambos sabían que era mentira. En el mundo de Blue Lock, el egoísmo nunca moría; solo cambiaba de forma. Y para Isagi y Sae, ese egoísmo ahora tenía un nuevo nombre, uno que se susurraba entre pases perfectos y miradas cargadas de un deseo que ningún monitor biométrico podría jamás medir.