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amor en el campo

La geometría del silencio y la sangre

El vestuario del Bastard München solía ser un lugar de ruidos metálicos y competitividad eléctrica, pero para Isagi Yoichi, esa mañana el silencio era su único aliado. Se inclinó hacia el espejo empañado, sosteniendo una pequeña esponja de maquillaje que le había "tomado prestada" a Chigiri bajo el pretexto de cubrir unas ojeras inexistentes.

Con movimientos torpes y el pulso acelerado, aplicó una capa de corrector sobre su pómulo izquierdo. El golpe todavía pulsaba, un recordatorio sordo de la sesión de entrenamiento no oficial de la noche anterior. No había sido un balón. Había sido un codo, cargado de una frustración que no pertenecía al fútbol profesional, sino a la envidia pura.

—Maldita sea —susurró Isagi, haciendo una mueca cuando la esponja presionó el centro del hematoma morado—. Si Sae ve esto, el mundo se acaba.

Isagi no temía por sí mismo. Temía la reacción de Itoshi Sae. Desde que su relación había trascendido las líneas del campo, Sae se había vuelto... territorial. No era una protección suave; era una vigilancia gélida que analizaba cada milímetro de la condición física de Isagi. El monitor biométrico en su muñeca ya debía de haber registrado el pico de cortisol de la noche anterior, pero Isagi esperaba que Sae lo atribuyera al agotamiento extremo.

Terminó de difuminar el maquillaje. A simple vista, y bajo la luz artificial de las instalaciones, parecía una sombra natural de su rostro. Se puso la sudadera de cuello alto, subiendo la cremallera hasta la barbilla, y salió al encuentro del destino.

El entrenamiento matutino transcurrió con una normalidad tensa. Isagi evitó el contacto visual prolongado con Noel Noa y se mantuvo alejado de los focos principales. Sin embargo, sentía una mirada clavada en la nuca. Sae estaba allí, observando desde la banda con los brazos cruzados, supuestamente analizando tácticas para su próximo encuentro en España, pero Isagi sabía que sus ojos verdes no estaban siguiendo el balón. Estaban siguiéndolo a él.

Al finalizar la sesión, Isagi intentó escabullirse hacia las duchas individuales, pero una mano enguantada se cerró sobre su hombro antes de que pudiera cruzar el umbral.

—Isagi.

La voz de Sae era plana, desprovista de emoción, lo cual era la señal de peligro más clara que Isagi conocía.

—¡Sae! —Isagi forzó una sonrisa, manteniendo la cabeza ligeramente ladeada—. No te vi acercarte. Hoy el entrenamiento ha sido intenso, creo que voy a descansar un poco...

Sae no respondió. Lo obligó a girarse y lo condujo hacia un rincón apartado del pasillo técnico, lejos de los oídos curiosos de Ness y Kaiser. Una vez allí, Sae lo acorraló contra la pared, su rostro a escasos centímetros del de Isagi.

—Mírame —ordenó Sae.

—Estoy mirándote, Sae.

—A los ojos, Isagi. Deja de inclinar la cabeza como un animal herido.

Isagi obedeció, intentando mantener una expresión de neutralidad absoluta. Sae lo escrutó durante varios segundos. Sus ojos verdes recorrieron cada rasgo, cada poro, hasta que se detuvieron en el pómulo izquierdo. Isagi sintió que el sudor frío le recorría la espalda.

—Tu piel tiene un tono diferente —dijo Sae, extendiendo un dedo para rozar la zona. Isagi retrocedió instintivamente, un error fatal—. Te has puesto esa basura química que usa el pelirrojo. ¿Por qué?

—Solo... no dormí bien. Tenía ojeras —mintió Isagi, su corazón martilleando contra la cinta biométrica.

Sae soltó un suspiro que sonó más como un siseo. Sin previo aviso, agarró la barbilla de Isagi con una firmeza que no admitía réplica y, con el pulgar de su otra mano, frotó con fuerza el pómulo maquillado. El corrector, de baja calidad para la actividad física, cedió de inmediato, revelando la mancha violácea y la pequeña costra en el centro del golpe.

El ambiente en el pasillo pareció congelarse. La presión que emanaba de Sae cambió de una irritación analítica a una furia volcánica, contenida apenas por una fina capa de autocontrol.

—¿Quién ha sido? —preguntó Sae. Su voz era tan baja que apenas era un susurro, pero vibraba con una intención asesina que hizo que a Isagi se le erizara el vello de los brazos.

—Nadie, Sae. Fue un choque en el entrenamiento, un accidente con un poste...

—No me mientas —le cortó Sae, apretando un poco más su agarre en la barbilla—. Un poste no deja una marca de nudillos. Alguien te ha golpeado en la cara. Alguien ha osado tocar lo que me pertenece y ha intentado dañar el motor de mi mejor delantero. Dame un nombre. Ahora.

Isagi cerró los ojos, exhalando con frustración. Sabía que si le daba un nombre, la carrera de esa persona —o su integridad física— terminaría antes del atardecer. Blue Lock era un nido de egoístas, y las peleas eran comunes, pero Sae no entendía de jerarquías de vestuario. Él entendía de propiedad y perfección.

—No voy a decírtelo —dijo Isagi con firmeza, abriendo los ojos para sostenerle la mirada—. Es un asunto de Blue Lock. Yo lo resolveré en el campo. No necesito que mi "protector" venga a pelear mis batallas, Sae. Si quieres que sea el mejor del mundo, deja que gestione mis propios conflictos.

Sae lo soltó bruscamente, dando un paso atrás. Su rostro era una máscara de desprecio absoluto, pero no hacia Isagi, sino hacia el mundo invisible que lo rodeaba.

—¿Tu propio conflicto? —Sae soltó una risa seca y amarga—. Isagi, eres demasiado blando. Crees que el fútbol lo perdona todo, pero hay insultos que no se lavan con goles. Si no me lo dices tú, lo averiguaré yo mismo. Y reza para que no lo encuentre antes de que cambie de opinión sobre ser "civilizado".

Sae se dio la vuelta y se alejó con pasos rápidos y elegantes, dejando a Isagi temblando en el pasillo.

Durante las siguientes tres horas, Itoshi Sae se convirtió en un fantasma metódico. No gritó, no causó escenas. Simplemente se sentó en la sala de análisis de datos, utilizando sus privilegios como jugador estrella invitado para acceder a las grabaciones de las cámaras de seguridad del complejo.

—Veamos quién tiene el deseo de morir —murmuró Sae, pasando las grabaciones a cámara rápida.

Analizó el flujo de jugadores después del toque de queda. Vio a Isagi salir hacia el campo de entrenamiento número 3 a las 11:45 PM. Cinco minutos después, otra figura lo siguió. Alguien alto, de hombros anchos, cuya forma de caminar delataba una arrogancia ciega.

Sae hizo zoom en la imagen granulada. Era un jugador del estrato secundario, alguien que apenas figuraba en las estadísticas pero que siempre miraba a Isagi con un resentimiento mal disimulado durante las comidas. Un tal Iguchi, un defensa que no soportaba que el "héroe de Japón" fuera un chico de complexión media que le robaba toda la atención de los medios.

En la pantalla, Sae observó la escena. No hubo una discusión larga. Iguchi abordó a Isagi, hubo un intercambio de palabras que el audio no captó, y entonces, aprovechando que Isagi se giraba para recoger un balón, el defensa lanzó un golpe seco al rostro del delantero. Isagi cayó, pero se levantó de inmediato, rechazando cualquier confrontación física y simplemente señalando la salida del campo con una dignidad que, a ojos de Sae, era patética.

Sae cerró la pantalla del ordenador. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa de metal.

—Racionalmente —se dijo a sí mismo—, debería informar a Ego y dejar que lo expulsen.

Pero Sae no se sentía racional. Sentía una punzada de calor en el pecho que solo podía describirse como un instinto depredador. Ese idiota había golpeado la herramienta que Sae estaba puliendo con tanto esmero. Había manchado la estética del jugador que él había elegido como su igual.

Sae se puso de pie y se dirigió a la cafetería, el lugar donde los jugadores de menor rango solían congregarse después del almuerzo.

Cuando entró, el murmullo de las conversaciones cesó casi de inmediato. La presencia de Itoshi Sae siempre imponía respeto, pero hoy había algo diferente. Su aura era tan pesada que parecía desplazar el oxígeno de la sala.

Caminó directamente hacia la mesa donde Iguchi estaba sentado con otros dos defensas, riendo sobre alguna estupidez. Sae se detuvo frente a él, mirándolo como si fuera una mancha de grasa en un zapato de diseño.

—Tú —dijo Sae.

Iguchi se atragantó con su bebida, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos.

—¿S-Sae? ¿Pasa algo?

Sae no respondió con palabras. Con una rapidez que nadie en la sala pudo seguir, agarró el cuello de la camiseta de Iguchi y lo levantó de su asiento, arrastrándolo por encima de la mesa. Los platos cayeron al suelo, rompiéndose con un estrépito que hizo que todos los jugadores se pusieran de pie.

—¿Con qué mano fue? —preguntó Sae, su voz era un susurro gélido que recorrió toda la cafetería.

—¿De qué hablas? ¡Suéltame! —gritó Iguchi, intentando zafarse, pero Sae tenía la fuerza de un atleta de élite y una rabia que multiplicaba su potencia.

—¿Fue la derecha o la izquierda? —insistió Sae, acercando el rostro de Iguchi al suyo—. ¿Cuál de tus extremidades mediocres creyó que tenía el derecho de tocar a Isagi Yoichi?

En ese momento, la puerta de la cafetería se abrió de golpe e Isagi entró corriendo, seguido de cerca por Bachira y un Rin que parecía más molesto por el ruido que por la situación.

—¡Sae, detente! —gritó Isagi, abriéndose paso entre la multitud de jugadores.

Sae no soltó a Iguchi. Giró ligeramente la cabeza, mirando a Isagi con una frialdad que asustó incluso al delantero.

—Te dije que lo averiguaría —dijo Sae—. Este desperdicio de talento cree que puede usar la violencia porque no tiene la capacidad de ganar en el césped. Voy a asegurarme de que nunca más pueda cerrar el puño.

—¡No lo hagas! —Isagi se interpuso entre Sae e Iguchi, poniendo sus manos sobre los brazos de Sae—. Si le haces algo, te sancionarán a ti también. Tu carrera en España, tu reputación... ¿vas a tirarlo todo por alguien que no importa?

Sae apretó los dientes, sus nudillos blancos por el esfuerzo de no golpear al hombre que colgaba de su mano.

—Me importa que te haya tocado, Isagi. Me importa que hayas intentado ocultármelo como si fuera una debilidad.

—No fue una debilidad, fue una elección —replicó Isagi, bajando el tono, su voz volviéndose suave pero firme—. Sae, mírame. Estoy bien. Un golpe no va a detenerme. Pero si tú te conviertes en un matón, entonces habrás perdido contra él. Tú eres Itoshi Sae, el tesoro nacional. No te rebajes a su nivel.

Sae miró a Isagi, y luego al tembloroso Iguchi, que estaba casi al borde de las lágrimas por el pánico. El silencio en la cafetería era absoluto. Incluso Rin observaba con una curiosidad morbosa, esperando ver si su hermano finalmente perdía los estribos.

Después de lo que pareció una eternidad, Sae soltó a Iguchi. El defensa cayó al suelo como un saco de patatas, jadeando. Sae se sacudió las manos, como si se hubiera manchado de algo sucio.

—Tienes suerte —dijo Sae, mirando a Iguchi con un asco infinito—. Tienes suerte de que Isagi sea un idealista estúpido. Pero escúchame bien, basura: si vuelves a acercarte a menos de diez metros de él, o si vuelves a levantar la mano contra cualquier persona en estas instalaciones, me encargaré de que tu nombre sea borrado de todos los registros del fútbol mundial. Tengo el dinero y la influencia para hacer que no puedas jugar ni en un parque público. ¿Me has entendido?

Iguchi asintió frenéticamente, sin atreverse a decir una palabra.

Sae se giró y caminó hacia la salida, pasando al lado de Isagi sin mirarlo. Pero justo antes de cruzar el umbral, se detuvo.

—Isagi. En mi habitación. En diez minutos. Trae hielo de verdad, no esa porquería de maquillaje.

Isagi soltó un suspiro de alivio, sintiendo que sus piernas temblaban ligeramente. Bachira se acercó y le dio una palmadita en la espalda.

—Vaya, Isagi... tienes a un perro guardián muy caro —comentó Bachira con una sonrisa traviesa.

—Cállate, Bachira —murmuró Isagi, aunque en el fondo, una parte de su egoísmo se sentía extrañamente satisfecha por la furia de Sae.

Diez minutos después, Isagi llamó a la puerta de la habitación de Sae. Entró y encontró al centrocampista sentado en el borde de la cama, mirando por la ventana hacia los campos de entrenamiento. El ambiente ya no era violento, pero seguía habiendo una pesadez melancólica en el aire.

Isagi se sentó a su lado y le tendió una bolsa de hielo. Sae la tomó, pero en lugar de usarla, la dejó sobre la mesa de noche. Se giró hacia Isagi y, con una suavidad que contrastaba brutalmente con su comportamiento en la cafetería, tomó el rostro del delantero entre sus manos.

—No vuelvas a ocultarme algo así —susurró Sae. Sus pulgares acariciaron los bordes del hematoma—. Mi visión no es solo para el campo, Isagi. Te veo a ti. Siempre.

—Lo siento —dijo Isagi, cerrando los ojos ante el contacto—. Solo quería ser fuerte por mi cuenta.

—Eres fuerte —replicó Sae, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Pero eres mío. Y en mi mundo, lo que es mío no se daña. Ni por accidente, ni por envidia.

Sae lo besó entonces, un beso que sabía a posesión y a una promesa silenciosa de protección. Isagi respondió con la misma intensidad, comprendiendo que la obsesión de Sae no era algo que pudiera controlar, sino algo que debía aprender a navegar.

—Mañana —dijo Sae contra sus labios—, entrenaremos el doble. Quiero que uses ese golpe como combustible. Si ese idiota te dio un motivo para odiar, úsalo para destruir a todos en el próximo partido.

Isagi sonrió, su "monstruo" interno despertando ante las palabras de Sae.

—Lo haré. Pero Sae... gracias. Por no matarlo.

Sae soltó una pequeña risa, la primera de todo el día.

—No le des las gracias a la lógica, Isagi. Dale las gracias a que tus ojos me pidieron que me detuviera. Eres la única persona en el mundo capaz de interrumpir mi flujo.

Se quedaron allí, en la penumbra de la habitación, mientras el hielo se derretía lentamente. Isagi Yoichi sabía que el camino hacia el mejor del mundo estaba lleno de golpes, pero mientras Itoshi Sae estuviera allí para limpiar la sangre y exigirle más perfección, sentía que podía soportar cualquier impacto. Porque en la anatomía de su obsesión, el dolor era solo otra forma de demostrar que estaban vivos, y que se pertenecían el uno al otro en el egoísmo más puro del fútbol.