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amor en el campo

La fragilidad del cristal azul

El eco de las risas aún rebotaba en las paredes del pasillo de mármol del complejo deportivo. No era una risa amistosa, ni el tipo de burla competitiva a la que Isagi estaba acostumbrado en los campos de Blue Lock. Era una carcajada seca, cargada de un veneno que buscaba humillar, no motivar.

—Mírate, Isagi Yoichi. El "corazón" de Blue Lock reducido a esto —había dicho uno de los jugadores de la liga alemana juvenil, un tipo alto y robusto llamado Meyer, que se creía con derecho a juzgar por su apellido—. ¿Es este el nuevo uniforme de las promesas japonesas? ¿O es que finalmente has aceptado que tu lugar no es el área, sino el club de fans de Itoshi Sae? Te ves patético. Pareces una muñeca rota intentando jugar a ser hombre.

Isagi no había respondido. Se había quedado helado, con las manos apretando el dobladillo de la falda de tablas azul que Sae, en su extraña y posesiva lógica, le había permitido conservar. En ese momento, bajo la luz fría de los fluorescentes, la prenda que antes sentía como un símbolo de su desafío y de su conexión con Sae, se transformó en un peso insoportable. Sintió que la mirada de todos los presentes se clavaba en sus piernas como agujas de hielo.

Sin decir una palabra, Isagi dio media vuelta y echó a correr.

Sus zancadas eran erráticas. Sentía que el aire le faltaba, no por el esfuerzo físico, sino por un nudo que se le había formado en la garganta y que amenazaba con asfixiarlo. No fue a su habitación; corrió hacia el vestuario más lejano, el que solía estar vacío a esa hora.

Una vez dentro, cerró la puerta con pestillo y se apoyó contra las taquillas de metal. Los espasmos empezaron entonces. No eran gritos, sino sollozos silenciosos que sacudían todo su cuerpo. Isagi se cubrió la cara con las manos, sintiendo el calor de las lágrimas empapando sus palmas. Se sentía pequeño, expuesto y, por primera vez en mucho tiempo, profundamente avergonzado de sí mismo.

—Soy un idiota —susurró entre dientes, su voz rompiéndose—. ¿En qué estaba pensando?

Con movimientos frenéticos y desesperados, empezó a despojarse de la falda. La tiró al suelo como si quemara, como si fuera la causa de toda su debilidad. Sus dedos temblaban tanto que le costó abrir su taquilla para sacar el chándal oficial del Bastard München. Se puso los pantalones largos con una urgencia casi violenta, subiéndose la cremallera de la chaqueta hasta que el cuello alto le ocultó la barbilla. Quería desaparecer. Quería que el tejido grueso del chándal borrara la sensación del aire en su piel, que borrara el recuerdo de las risas de Meyer.

Se sentó en el banco de madera, abrazando sus rodillas, intentando controlar su respiración. Pero las lágrimas no se detenían. Eran el resultado de semanas de tensión, de la presión de estar en Alemania, de la sombra constante de Noel Noa y, sobre todo, de la abrumadora y complicada relación con Itoshi Sae.

La puerta del vestuario se abrió. Isagi no levantó la cabeza. No necesitaba hacerlo. El aroma a perfume caro y esa presencia gélida que parecía absorber toda la luz de la habitación eran inconfundibles.

—Isagi.

La voz de Sae era baja, pero tenía un filo que hizo que Isagi se encogiera aún más.

—Vete, Sae —logró decir Isagi, aunque su voz sonó ahogada por el llanto—. Por favor, vete.

Escuchó los pasos de Sae acercándose. Eran lentos, rítmicos, calculados. El centrocampista se detuvo justo frente a él. Isagi podía ver las botas de fútbol impecables de Sae a pocos centímetros de sus propios pies.

Sae se puso en cuclillas para quedar a su altura. Con una mano enguantada, agarró las muñecas de Isagi y las apartó de su rostro con una firmeza que no admitía réplica. Isagi se vio obligado a mirarlo. Tenía los ojos rojos, las mejillas empapadas y la nariz congestionada. Era la imagen exacta de la derrota que Sae tanto despreciaba.

Sae guardó silencio durante un largo minuto, observando cada rastro del llanto de Isagi. Sus ojos verdes no mostraban lástima, sino una intensidad oscura, una fijeza depredadora que analizaba el daño. Su mirada descendió hacia el suelo, donde la falda azul yacía arrugada y olvidada. Luego volvió al chándal que Isagi llevaba puesto, apretado hasta la asfixia.

—¿Por qué llevas eso? —preguntó Sae. Su tono era peligrosamente tranquilo.

—Me... me dijeron que daba asco —sollozó Isagi, intentando apartar la mirada, pero Sae le sujetó la barbilla—. Meyer y los otros... se rieron. Dijeron que era patético, que no era un jugador de verdad. Y tenían razón, Sae. He estado jugando a ser algo que no soy. Solo soy un estúpido que creyó que podía...

—Cállate —le cortó Sae. No fue un grito, fue una orden absoluta—. No me interesa la opinión de mediocres que solo saben usar la boca porque sus pies son incapaces de crear arte. Lo que me interesa es por qué has permitido que su basura contamine tus oídos.

—¡Porque duele, Sae! —estalló Isagi, soltándose del agarre y poniéndose de pie—. No todos somos máquinas de hielo como tú. Me miraron como si fuera basura. Me sentí... me sentí como si no perteneciera aquí.

Sae se levantó lentamente. Su estatura y su aura parecieron llenar todo el vestuario, volviendo el espacio pequeño y asfixiante. Se acercó a Isagi hasta que sus pechos casi se tocaban.

—¿Te sentiste como si no pertenecieras aquí? —repitió Sae. Su voz vibraba con una furia contenida que Isagi nunca había sentido tan cerca—. Isagi Yoichi, yo te elegí. Yo te puse esa marca en la muñeca. Yo te di mi tiempo, mi visión y mis pases. ¿Estás diciendo que el criterio de Itoshi Sae vale menos que los rebuznos de un alemán de segunda fila?

Isagi retrocedió un paso, abrumado por la intensidad de Sae.

—No es eso...

—Es exactamente eso —Sae dio un paso más, acorralándolo contra las taquillas—. Si tú te escondes en ese chándal porque ellos se rieron, les estás dando la razón. Estás diciendo que eres débil. Estás diciendo que no eres digno de estar en mi campo.

Sae extendió la mano y agarró la cremallera de la chaqueta de Isagi, bajándola de un tirón brusco.

—¡Sae, para! —protestó Isagi, intentando cubrirse, pero Sae le sujetó ambos brazos contra el metal frío de la taquilla.

—Mírame, Isagi —susurró Sae, su rostro a milímetros del suyo—. El único juicio que importa en este maldito mundo es el mío. Y yo digo que esa falda te hacía ver como el único jugador con el ego suficiente para desafiar las reglas de este deporte aburrido. Yo digo que eras hermoso bajo mi Metavisión.

Isagi dejó de luchar. El calor que emanaba de Sae, mezclado con la crudeza de sus palabras, empezó a calmar los temblores de su cuerpo. Las lágrimas dejaron de caer, reemplazadas por una confusión ardiente.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Isagi en un susurro.

Sae no respondió con palabras. En su lugar, inclinó la cabeza y lamió una de las lágrimas que aún quedaba en la mejilla de Isagi. Fue un gesto tan íntimo, tan animal y tan fuera de personaje para el gélido Sae, que Isagi sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral.

—Te lo dije una vez, Isagi —dijo Sae, su aliento cálido rozando los labios del delantero—. Eres mi proyecto. Eres la única cosa que hace que mi vida en este campo no sea un desierto. Y no voy a permitir que unos donnadie rompan la herramienta que estoy puliendo.

Sae soltó las muñecas de Isagi y se enderezó, recuperando su compostura aristocrática. Se ajustó los puños de su propia chaqueta y miró hacia la puerta del vestuario con una expresión que hizo que Isagi sintiera un escalofrío de puro terror... pero no por él.

—¿Cómo dijiste que se llamaba? —preguntó Sae.

—Sae... no hagas nada —pidió Isagi, adivinando las intenciones del centrocampista—. Es solo un idiota. No vale la pena.

Sae se giró para mirarlo una última vez antes de salir. Sus ojos verdes brillaban con una luz malévola, la misma que tenía cuando decidía destruir la defensa de un equipo rival solo por aburrimiento.

—Oh, vale la pena, Isagi. Se ha atrevido a hacerte llorar. Ha desperdiciado el agua de tus ojos, algo que solo debería ocurrir bajo mi presión en el campo. Voy a enseñarle la diferencia entre un jugador de fútbol y un dios.

Sae salió del vestuario sin esperar respuesta. Isagi se quedó allí, solo, con el chándal abierto y el corazón latiendo a mil por hora. Sabía que no podía detener a Sae cuando entraba en ese estado de "destrucción racional".

Afuera, en el campo de entrenamiento principal, Meyer y sus amigos estaban terminando de recoger sus cosas, riendo todavía por el incidente del pasillo. El ambiente era relajado hasta que la temperatura pareció bajar diez grados de golpe.

Itoshi Sae entró en el campo. No llevaba balón, no llevaba equipo de entrenamiento. Solo llevaba esa mirada que hacía que los porteros profesionales quisieran retirarse. Caminó directamente hacia el grupo de alemanes.

—Meyer, ¿verdad? —dijo Sae. Su voz no era alta, pero el campo entero pareció quedar en silencio.

El chico alto se giró, tratando de mantener su fachada de tipo duro frente al prodigio japonés.

—Sí, soy yo. ¿Pasa algo, Itoshi? ¿Vienes a defender a tu pequeña mascota?

Sae soltó una risa corta, un sonido que no tenía nada de humano. Se acercó a Meyer hasta quedar a escasos centímetros. A pesar de ser más bajo, Sae parecía dominarlo por completo.

—No vengo a defenderlo —dijo Sae—. Vengo a informarte de que tu carrera ha terminado hoy.

Meyer frunció el ceño, confundido.

—¿De qué hablas? No puedes echarme del equipo, no eres el entrenador...

—No necesito ser el entrenador —le cortó Sae, su voz volviéndose un siseo letal—. Conozco al presidente de tu club. Conozco a los patrocinadores que pagan tu estúpida beca. Y lo más importante, conozco cada una de tus estadísticas mediocres. A partir de mañana, no habrá un solo club en Europa que quiera contratar a un defensa que no puede ni siquiera seguirle el ritmo a mi sombra.

Sae extendió una mano y agarró a Meyer por la pechera de su camiseta de entrenamiento, tirando de él hacia abajo para que sus ojos estuvieran al mismo nivel.

—Has cometido un error de cálculo fatal —continuó Sae—. Has tocado algo que me pertenece. Has intentado romper la voluntad de Isagi Yoichi. Y como no tienes el talento para ganarle en el fútbol, has usado la burla. Eso te convierte en basura. Y la basura se elimina.

—¡Suéltame! —Meyer intentó zafarse, pero Sae no se movió ni un milímetro. Sus dedos eran como garras de acero.

—Escúchame bien —dijo Sae, y su aura de "monstruo" se desbordó por completo, llenando el campo de una presión asfixiante—. Mañana, en el partido de práctica, voy a destruirte. No voy a marcar goles. Voy a usarte como un cono de entrenamiento. Voy a pasarte el balón entre las piernas tantas veces que el público olvidará tu nombre. Voy a romper tus tobillos con regates que ni siquiera has visto en televisión. Y cuando termine contigo, tú mismo pedirás que te rescindan el contrato por la pura vergüenza de existir en el mismo césped que yo.

Sae lo soltó con un desprecio infinito, haciendo que Meyer tropezara hacia atrás.

—Y si vuelves a mencionar el nombre de Isagi, o si vuelves a mirar sus piernas... me aseguraré de que no vuelvas a caminar sin muletas. ¿He sido lo suficientemente racional para ti?

Meyer no respondió. Estaba pálido, temblando bajo la mirada de un hombre que no estaba jugando al fútbol, sino que estaba ejecutando una sentencia. Sus amigos se habían alejado varios metros, sin querer tener nada que ver con la furia del hermano mayor de los Itoshi.

Sae se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia los vestuarios. En la entrada, encontró a Isagi, que lo había visto todo desde las sombras. Isagi ya no lloraba. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de asombro y una nueva forma de determinación.

Sae se detuvo frente a él. Su expresión se suavizó ligeramente, pero la oscuridad en su mirada permanecía.

—Quítate esa basura de chándal —ordenó Sae—. Mañana quiero que uses la falda en el calentamiento. Quiero que todos vean que no te importa lo que digan. Y quiero que, mientras yo destruyo a esa basura en la defensa, tú marques cinco goles.

Isagi tragó saliva, sintiendo que su propio egoísmo despertaba con una fuerza renovada. La protección de Sae no era un refugio, era un desafío. Era una orden para ser tan monstruoso como él.

—Cinco goles son pocos, Sae —dijo Isagi, con una sonrisa que empezaba a recuperar su filo—. Marcaré seis.

Sae asintió, visiblemente satisfecho. Extendió la mano y pasó un dedo por el labio inferior de Isagi, que aún temblaba un poco.

—Ese es el Isagi que quiero ver. Ahora, vamos. Mis niveles de cortisol están demasiado altos por culpa de ese idiota y necesito que me ayudes a bajarlos.

Isagi se dejó guiar por Sae hacia el interior del complejo. Mientras caminaban, Isagi se desabrochó la chaqueta del chándal, dejando que el aire volviera a rozar su piel. Ya no sentía vergüenza. Con Sae a su lado, la burla del mundo no era más que ruido de fondo.

Esa noche, en la habitación de Sae, no hubo pases ni tácticas. Hubo una entrega absoluta de dos seres que se alimentaban del egoísmo del otro. Sae fue posesivo, casi violento en su forma de reclamar cada centímetro del cuerpo de Isagi, como si quisiera borrar con sus manos cualquier rastro de la duda que Meyer había sembrado.

—Eres mío, Isagi —susurraba Sae contra su cuello, mientras sus dedos trazaban el camino de sus músculos—. Nunca olvides eso. Nadie tiene derecho a romperte excepto yo.

—Lo sé —respondía Isagi, aferrándose a la espalda de Sae, sintiendo que finalmente estaba donde debía estar—. Solo tú, Sae. Solo tú puedes verme.

Al día siguiente, el partido de práctica fue una masacre. Tal como prometió, Sae no marcó ni un solo gol, pero lo que le hizo a Meyer fue mucho peor. Lo humilló de una manera tan técnica y cruel que el defensa terminó pidiendo el cambio a los veinte minutos, incapaz de soportar la risa del público y su propia impotencia.

E Isagi, vistiendo su falda azul durante el calentamiento y moviéndose como un rayo de luz oscura durante el juego, marcó siete goles. Cada vez que el balón tocaba la red, sus ojos buscaban los de Sae en el centro del campo. Y cada vez, Sae le devolvía una mirada que decía: "Ese es mi delantero".

La fragilidad del cristal se había convertido en la dureza del diamante. Y en el centro de aquel incendio de egos, Isagi Yoichi comprendió que no necesitaba pantalones, ni chándal, ni la aprobación de nadie. Solo necesitaba el pase de Sae y su propia ambición para quemar el mundo entero.