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Amor entre secretos

El Peso de la Verdad y el Vuelo de las Sombras

Aurion no supo cuánto duró aquel abrazo con Jacaerys bajo el cielo plomizo de Rocadragón, pero en su fuero interno deseó que el tiempo se detuviera para siempre. El muro de cristal que los había separado durante siete años se había hecho añicos, y por primera vez, el aire no le quemaba los pulmones al respirar. Su hijo, su primogénito, por fin conocía la verdad.

Se separó del muchacho con lentitud, notando que Jace aún tenía los ojos hinchados y enrojecidos por las lágrimas. Aurion, con manos callosas que habían empuñado el acero desde los diez años, tomó los hombros del chico. Lo miró con una intensidad que nacía desde lo más profundo de su alma.

—Jace, te he dicho estas palabras muchas veces —comenzó Aurion, con la voz temblorosa—, pero siempre fueron las palabras de un protector y un maestro. Pero finalmente puedo decirlas como... padre.

Aurion tomó aire, llenando sus pulmones con el aroma a salitre y azufre de la isla, tratando de asimilar la libertad de aquel momento.

—Estoy orgulloso de ti, hijo. Siempre lo he estado. Has crecido para ser un joven brillante, leal y protector con tus hermanos menores. No tienes idea de todo lo que ha soportado mi corazón al verte crecer y no poder decirte cuánto te admiraba. Mi hijo... mi primer hijo.

Aurion no pudo contenerse más y volvió a sollozar. Las lágrimas surcaron su rostro, perdiéndose en su barba corta. Inevitablemente, su mente lo arrastró nueve años atrás, al día en que el mundo cambió para él.

Recordó la impotencia asfixiante de aquel día. Se veía a sí mismo parado frente a la puerta de los aposentos de Rhaenyra, rígido como una estatua de piedra, escuchando los gritos de agonía de la mujer que amaba. Cada alarido de la princesa era una puñalada en su pecho. Quería entrar, quería apartar a las parteras, sostener su mano y decirle que todo estaría bien, pero no podía. Fuera de esos muros, él era solo Ser Aurion Waters, el guardia de baja cuna.

Toda la rabia y el sentimiento de injusticia se habían evaporado cuando, de repente, un llanto fuerte y claro rompió el silencio del pasillo. Su hijo había nacido. Había pasado gran parte de aquel día viendo cómo la familia real entraba y salía: Leanor con una sonrisa fingida pero amable, el Rey Viserys rebosante de alegría, Corlys y Rhaenys con el orgullo de los Velaryon. Aurion se mantuvo en su puesto, una sombra silenciosa que guardaba el tesoro que no podía reclamar.

No fue hasta la hora más oscura de la noche, cuando las visitas cesaron y el castillo quedó sumido en el letargo, que escuchó la voz de Rhaenyra llamándolo desde el interior. Al entrar, la vio agotada pero radiante, sosteniendo un bulto envuelto en sedas rojas. Al tomar a Jacaerys por primera vez, al ver esos diminutos rizos oscuros, Aurion le había jurado amor y protección eterna en un susurro que solo los dioses escucharon.

—Kepa... —La voz de Jacaerys lo devolvió al presente. El niño también sollozaba—. De alguna manera... siempre lo sospeché.

Aurion lo miró con sorpresa.

—Casi de manera inconsciente —continuó Jace, limpiándose la cara—, siempre busqué tu aprobación antes que la de nadie. Tus consejos, tu cercanía... era lo que me hacía sentir seguro. Y creo que mis hermanos sienten lo mismo, aunque sean pequeños para entender por qué nos parecemos tanto a ti.

Aurion sintió un alivio inmenso. Sabía que los niños lo buscaban por instinto. Lucerys siempre insistía en que fuera Aurion quien supervisara sus entrenamientos; el pequeño Joffrey, que era su viva imagen, le pedía cuentos antes de dormir en lugar de buscarlos en Leanor; y Visenya... su pequeña Visenya ya lo llamaba "padre" en la lengua de los dragones.

—Jace, escúchame bien —dijo Aurion, recuperando la firmeza—. No importa lo que digan los demás. No importan sus palabras llenas de odio y envidia. Eres un gran chico y sé que te convertirás en un gran Rey. Serás el mejor Rey de esta dinastía, mejor que Aegon el Conquistador e incluso mejor que el Viejo Rey Jaehaerys.

Jace lo miró con asombro.

—No lo digo solo porque soy tu padre —continuó él—. Lo digo porque en tu sangre llevas el peso de dos mundos distintos. La sangre de la realeza y la sangre del pueblo llano que yo te di. Eso te hará comprender a ambos lados: la nobleza de tu madre y la humildad de los que no tienen nada. Cuando seas un poco más grande, te llevaré al Lecho de Pulgas. Debes conocer la miseria para valorar la corona. ¿Lo entiendes?

Jacaerys asintió, enderezando la espalda. El peso de la expectativa era enorme, pero ahora tenía un pilar real en el que apoyarse. Aurion le alborotó el cabello con cariño, provocando una risa breve en el muchacho.

—No vuelvas a cargar con tus pensamientos tú solo —le advirtió—. Si algo te preocupa, búscame a mí o a tu madre. Y si notas que a tus hermanos les pasa lo mismo, avísanos.

—Lo haré, Kepa. Lo prometo.

Caminaron juntos por la arena oscura de la costa, regresando hacia la fortaleza. Al doblar un recodo, se toparon con una escena llena de vida. Lucerys y Joffrey corrían felices, perseguidos por Baela y Rhaena en un juego de atrapadas. Al ver a Aurion, los dos niños se lanzaron contra él, abrazando sus piernas.

—¡Te extrañamos, Ser Aurion! —exclamó Luke con una sonrisa radiante antes de salir corriendo de nuevo tras sus primas.

Aurion sintió entonces un pequeño peso aferrándose a su bota. Al bajar la mirada, se encontró con los grandes ojos morados de Visenya. La niña de dos años hizo un puchero autoritario.

—¿Dónde estabas? —preguntó ella, cruzando sus bracitos.

Aurion se rió y la alzó en vilo, besando su mejilla.

—En una misión secreta, princesa. Pero he vuelto, y te prometo que mañana te tejeré una nueva corona de flores, mucho más grande que la anterior.

Los ojos de la niña se iluminaron y lo abrazó por el cuello con fuerza.

—¡Te quiero, Kepa! —susurró ella al oído, antes de pedir que la bajara para unirse al juego de sus hermanos.

Rhaenyra, Leanor, Laena y Daemon se acercaron lentamente, seguidos a distancia por Ser Steffon y Ser Erryk. Jace se adelantó y, siguiendo el consejo de Aurion, abrazó a su madre con una ternura que la dejó sorprendida y conmovida.

—Lo siento por preocuparte, madre. Te quiero mucho —dijo el chico.

Rhaenyra le acarició el cabello con dulzura y lo instó a jugar con los demás. Cuando Aurion se acercó, saludó con una inclinación formal a la princesa y a Leanor. Al llegar frente a Laena, que lucía un embarazo de seis meses, le dedicó una sonrisa sincera.

—Lady Laena, os veo radiante. Deseo que vuestro pequeño nazca con salud y fuerza.

Laena, una de las pocas personas que conocía la verdad sobre la paternidad de los niños debido a su cercanía con Rhaenyra y su comprensión de los gustos de su hermano Leanor, se inclinó hacia él.

—Gracias, Ser Aurion. Y felicidades a vos también por el nuevo hijo que viene en camino —dijo ella con una sonrisa cómplice.

Aurion agradeció el gesto y luego giró la vista hacia Daemon. El saludo fue gélido.

—Príncipe Daemon.

—Ser Aurion —respondió Daemon con ese tono de superioridad que siempre parecía un insulto velado.

El desprecio entre ambos era una herida abierta. Daemon nunca había perdonado que Rhaenyra eligiera a un hombre de baja cuna para engendrar a sus herederos. El odio nació el día en que Daemon la abandonó en aquel burdel, permitiendo que Aurion fuera quien la rescatara y se ganara su corazón. Si Daemon no lo había matado aún, era solo porque sabía que Rhaenyra jamás se lo perdonaría y que el compromiso entre Jace y Baela se rompería.

—Iremos con los niños a ver los dragones —anunció Laena, rompiendo la tensión—. Visenya ha estado insistiendo en ver a Vhagar de cerca.

Aurion asintió, pero antes de que se marcharan, habló con voz grave.

—Esta noche debemos reunirnos. Tengo algo importante que mostraros a los cuatro.

Los adultos intercambiaron miradas de confusión, pero aceptaron. Aurion se situó un paso detrás de Rhaenyra y caminaron hacia el foso de los dragones. Ver a la pequeña Visenya, tan diminuta, estirando su mano para tocar la barbilla escamosa de la colosal Vhagar fue una imagen que Aurion guardaría en su memoria. La dragona más antigua del mundo pareció observar a la niña con una curiosidad casi ancestral.

Al caer la noche, tras acostar a Visenya —quien solo aceptó dormir después de que Aurion le leyera tres veces el mismo cuento—, el caballero se despojó de su armadura. Se vistió con una túnica oscura con detalles rojos, un regalo de Rhaenyra que portaba los colores de la Casa Targaryen.

Se dirigió a una de las salas privadas de Rocadragón. Rhaenyra estaba sentada en un sillón; en cuanto Aurion entró, ella le hizo un sitio a su lado y apoyó la cabeza en su hombro sin importarle la presencia de los demás. Leanor, Laena y Daemon esperaban con impaciencia.

—He oído que el "pobre" Larys Strong ha tenido un accidente fatal en la capital —dijo Daemon con una sonrisa sardónica—. Qué tragedia.

Aurion no se inmutó. Sacó de entre sus ropas el libro encuadernado en cuero que había recuperado en la Fortaleza Roja y lo puso sobre la mesa.

—No fue un accidente —confesó Aurion con frialdad—. Yo lo maté. Y este libro es la razón.

Todos se inclinaron hacia adelante. Aurion les explicó que el volumen contenía secretos, deudas y debilidades de la mitad de los señores de Poniente, especialmente de aquellos que apoyaban a los Hightower.

—El puesto de Maestro de los Susurros está vacío —continuó Aurion, mirando fijamente a Daemon—. Es el lugar perfecto para vos, Príncipe. Tenéis los contactos en el hampa y ahora tenéis este libro para chantajear a cualquiera que ose dudar de la legitimidad de Rhaenyra. Podemos inclinar la balanza antes de que la guerra empiece.

Daemon guardó silencio, evaluando al hombre que tenía delante. Le costaba admitir que el plan del "Capa Dorada" era brillante.

—Viserys nunca me aceptará de vuelta en el Consejo —dijo Daemon.

—Mi padre me escuchará —intervino Rhaenyra con firmeza—. Con Larys muerto, Alicent está ciega. Es nuestra oportunidad.

Pasaron horas perfilando los detalles, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo como los arquitectos de su propio destino. Cuando finalmente se retiraron, Rhaenyra y Aurion caminaron hacia sus aposentos. Al cerrar la puerta, la princesa lo acorraló contra la madera.

—La próxima vez que planees asesinar a un consejero real, me lo dirás —dijo ella, aunque sus ojos brillaban de deseo—. Podrías haber muerto, Aurion.

—Lo siento, mi princesa.

—No quiero tus disculpas con palabras —susurró ella, rodeando su cuello con los brazos y tirando de él hacia la cama—. Demuéstrame que estás vivo.

Aquella noche celebraron su pequeña victoria con una pasión que parecía borrar las sombras del futuro. Se sentían invencibles, protegidos por el secreto y el poder que acababan de adquirir.

Sin embargo, el destino en Poniente es tan voluble como el viento del mar. Tres meses después, la felicidad se tornó en cenizas.

La comitiva viajó a Marcaderiva para acompañar a Laena en su tercer parto. Lo que debía ser una celebración de la vida se convirtió en una pesadilla de sangre y gritos. Aurion vio desde la distancia cómo la historia se repetía, pero esta vez con un final oscuro. Laena Velaryon, la jinete de Vhagar, murió en la cama de parto, dejando un vacío que ni todo el fuego de los dragones podría llenar.

Mientras Aurion sostenía a una Rhaenyra destrozada por el llanto frente a la pira funeraria, comprendió que la eliminación de Larys Strong había sido solo el primer movimiento de una danza que apenas comenzaba, una danza que exigiría mucha más sangre antes de terminar. Y mientras miraba a sus hijos, ahora en silencio frente al mar, juró que no permitiría que la oscuridad que se tragó a Laena tocara a su familia.