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Amor entre secretos

El Vuelo de la Sombra Antigua

La bruma de Rocadragón se pegaba a la piel como una mortaja húmeda, enfriando el ánimo de sus habitantes. Habían pasado dos semanas desde que las olas de Marcaderiva se tragaran el cuerpo de Laena Velaryon, pero el dolor no se había disipado; se había transformado en un peso sordo y constante. El castillo, normalmente vibrante con los gritos de los niños y el rugido de los dragones, parecía ahora una cripta de piedra negra.

Aurion Waters caminaba por las almenas, observando el horizonte con los ojos entrecerrados. Su mirada verde, siempre alerta, buscaba amenazas externas, pero sabía que el verdadero peligro residía en el interior de los muros. Leanor Velaryon, el hombre que legalmente era el padre de sus hijos, se había convertido en un espectro. Se refugiaba en el vino y en la compañía de Qarl Correy, dejando que el dolor por su hermana lo consumiera.

—El dolor es una marea que ahoga a los débiles —murmuró Aurion para sí mismo, sintiendo una mezcla de lástima y frustración.

Rhaenyra, a pesar de su quinto mes de embarazo, había asumido las cargas de ambos. Se movía por el castillo con una obstinación que rozaba la imprudencia, gestionando suministros, audiencias y defensas. Aurion intentaba detenerla, rogándole que descansara, pero ella solo le devolvía miradas cargadas de una tristeza feroz. Laena no era solo su cuñada; era su confidente, la mujer que le había dado el empujón final para que tomara a Aurion como amante cuando el deber y el deseo chocaron.

Deseando romper la atmósfera lúgubre, Aurion decidió llevar a sus dos hijos menores a la playa. Joffrey, de cinco años, caminaba a su lado con la cabeza gacha, mientras la pequeña Visenya, ajena a la complejidad de la muerte, corría hacia la orilla.

—¡Cuidado con el agua, Visenya! —gritó Aurion, su voz resonando contra los acantilados—. ¡No te alejes!

Se sentó en un tronco arrastrado por la marea y le hizo un gesto a Joffrey para que se sentara a su lado. El niño era su viva imagen: cabello azabache, hombros que prometían ser anchos y esos ojos verdes que eran el mayor secreto de la princesa.

—Pareces llevar el mundo sobre tus hombros, pequeño guerrero —dijo Aurion, poniendo una mano sobre el hombro del niño.

—¿La tía Laena volverá pronto, Ser Aurion? —preguntó Joffrey con voz queda—. Padre dice que se ha ido, pero no dice a dónde.

Aurion suspiró, buscando las palabras adecuadas.

—La muerte no es un enemigo al que debas temer, Joffrey. Es una parte natural de la vida, como el cambio de las estaciones. La tía Laena no ha desaparecido; simplemente ha dejado de estar donde podemos verla. Ahora cuida de nosotros desde un lugar donde no hay dolor. Lo importante no es cuánto tiempo estamos aquí, sino cómo valoramos cada momento con los que amamos.

—Tengo miedo por mi madre —confesó el niño, y una lágrima rodó por su mejilla—. Dicen que la tía murió por el bebé. ¿Le pasará eso a ella?

Aurion sintió un nudo en la garganta, pero lo tragó con firmeza.

—Tu madre es un dragón, Joffrey. Es fuerte, más fuerte que cualquier caballero que conozcas. Ella ya ha traído a cuatro de vosotros al mundo, y este nuevo hermano o hermana nacerá sano. Yo estaré allí, protegiéndolos. Siempre.

Joffrey se lanzó a sus brazos, sollozando con fuerza. Aurion lo estrechó contra su pecho, sintiendo el latido rápido del corazón de su hijo.

—Gracias por estar aquí, Ser —susurró el niño.

—Siempre estaré a tu lado, Joffrey. Pase lo que pase.

El momento de paz se rompió cuando Aurion se dio cuenta de que el silencio de Visenya se había prolongado demasiado. Se separó de Joffrey y escudriñó la playa. La niña estaba mucho más lejos de lo que debería, cerca de una de las grandes cuevas que horadaban la base de los acantilados.

—¡Visenya! ¡Te dije que no te alejaras! —gritó Aurion, levantándose de un salto.

—¡Joffrey, corre al castillo! —ordenó con una voz que no admitía réplica—. Busca a los guardias dragón. ¡Ahora!

El niño, asustado por el tono de su padre, salió corriendo hacia la fortaleza. Aurion echó a correr hacia la pequeña, pero se detuvo en seco cuando escuchó un sonido que hizo vibrar sus huesos. Era un ronquido profundo, gutural, que parecía emanar de las entrañas de la tierra.

—¡Vhagar! —gritó Visenya, señalando con su pequeño dedo hacia la oscuridad de la cueva.

Un escalofrío gélido recorrió la espalda de Aurion. Vhagar, la dragona más antigua y letal de Poniente, se había refugiado en Rocadragón tras la muerte de Laena. Un dragón sin jinete era una bestia impredecible, una tormenta de fuego esperando una chispa.

De la penumbra surgió una cabeza colosal, cubierta de escamas endurecidas por un siglo de batallas. Sus ojos, del tamaño de escudos, se fijaron en la pequeña niña que le sonreía sin miedo.

—Visenya, corazón... —suplicó Aurion, avanzando un paso con las manos extendidas—. Ven con Kepa. Lentamente.

—¡No! —protestó la niña—. ¡Vhagar quiere jugar!

La dragona soltó un gruñido que levantó una nube de arena. Sus dientes, como espadas oxidadas, quedaron a la vista. Aurion vio cómo el enorme hocico se acercaba a su hija. El pánico, un sentimiento que creía haber desterrado en el Lecho de Pulgas, lo atenazó.

Sin pensar en su propia vida, Aurion cargó hacia adelante. Se lanzó sobre Visenya, envolviéndola con su cuerpo justo cuando la dragona exhalaba una ráfaga de humo caliente. El olor a azufre fue asfixiante. Aurion esperó el fuego, esperó la muerte, pero solo sintió el calor del aliento de la bestia.

Visenya empezó a toser y, con la audacia que solo los Targaryen poseen, se zafó del agarre de Aurion para encarar a la dragona.

—¡Fea! —le gritó la niña a la bestia de cien años—. ¡Me has llenado de humo!

Aurion palideció, esperando ver a su hija devorada. En cambio, Vhagar bajó la cabeza hasta que su hocico tocó la arena. Emitió un sonido vibrante, casi un ronroneo, y permitió que la pequeña mano de Visenya acariciara las escamas rugosas de su mandíbula.

El tiempo se detuvo. Un hombre de baja cuna y una niña de tres años estaban frente a la encarnación viviente del poder de Valyria, y la bestia había elegido la paz. Vhagar retrocedió lentamente hacia la oscuridad de la cueva, lanzando una última mirada a Aurion antes de desaparecer.

Aurion se desplomó sobre la arena, temblando. Tomó a Visenya en brazos y la apretó tanto que la niña se quejó.

—Pensé que te perdía... —susurró, con la voz rota—. Pensé que te perdía.

***

Horas más tarde, el despacho de Rhaenyra era un oasis de luz de velas en medio de la noche. La princesa estaba sentada frente a un mapa, frotándose las sienes, cuando la puerta se abrió de golpe. Aurion entró cargando a una Visenya que no paraba de parlotear sobre "su nueva amiga grande".

Rhaenyra se levantó, alarmada por la palidez de Aurion.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, tomando a su hija en brazos.

—Vhagar —fue todo lo que pudo decir Aurion antes de dejarse caer en un sillón y servirse una copa de vino con manos temblorosas—. Se ha vinculado con ella, Rhaenyra. He visto a la muerte a los ojos y la muerte ha dejado que nuestra hija le acaricie la cara.

Rhaenyra escuchó el relato con una mezcla de terror y asombro. Mandó a Visenya con sus nodrizas bajo la custodia de Ser Erryk, asegurándose de que la niña no saliera de sus aposentos. Cuando se quedaron solos, se acercó a Aurion y lo abrazó, dejando que él ocultara su rostro en su vientre.

—No ha pasado nada, mi amor —le consoló ella, acariciando su cabello oscuro—. Estás a salvo. Ella está a salvo.

—Me sentí tan impotente —confesó él—. Hubiera dado mi vida, pero contra eso... contra eso no soy nada.

—Eres su padre —sentenció Rhaenyra—. Y eso te hace más grande que cualquier dragón.

Esa misma tarde, impulsada por una corazonada que solo la sangre de dragón comprende, Rhaenyra insistió en volver a la cueva con los guardias dragón. Allí, bajo la atenta vigilancia de los expertos en Alto Valyrio, confirmaron lo increíble: Vhagar aceptaba la presencia de Visenya con una docilidad que solo mostraba ante un jinete.

La noticia era un terremoto político. La facción de los Negros ahora contaba con el dragón más poderoso del mundo, vinculado a una niña de apenas tres años.

Esa noche, la cena en los aposentos privados fue un respiro de felicidad. Leanor seguía ausente, perdido en su bruma de alcohol, por lo que Aurion ocupó su lugar en la mesa. Jacaerys, Lucerys y Joffrey reían mientras Visenya intentaba explicarles cómo de grandes eran los dientes de Vhagar.

—Somos una familia —susurró Rhaenyra, tomando la mano de Aurion por debajo de la mesa—. Pase lo que pase fuera de estas puertas, esto es lo único real.

Sin embargo, la paz fue interrumpida por un golpe seco en la puerta. El Maestre Gerardys entró con un pergamino en la mano, su rostro serio.

—Princesa —dijo el Maestre, haciendo una reverencia—. Un cuervo de Desembarco del Rey. Su padre, el Rey Viserys, anuncia su llegada para mañana mismo.

Rhaenyra intercambió una mirada de alarma con Aurion.

—¿Mañana? —preguntó ella—. ¿Tan pronto? ¿Viene solo?

—No, alteza. Viene con la Reina Alicent, sus hijos y su séquito. Además, el Rey ha solicitado expresamente que el Príncipe Daemon regrese de sus viajes para estar presente en esta reunión.

Rhaenyra se recostó en su silla, sintiendo una punzada de cansancio en la espalda. La visita de su padre nunca era sencilla, y la presencia de Alicent solo significaba veneno y sospechas.

—¿Cuál es el motivo, Maestre? —preguntó Aurion, su voz recuperando el tono de acero del protector.

—El pergamino no lo dice, Ser Aurion. Pero el sello es el del Consejo Privado.

Cuando el Maestre se retiró, el silencio volvió a la habitación, pero esta vez era denso y cargado de presagios.

—Vienen por el dragón —dijo Aurion, rompiendo el silencio—. Se han enterado de lo de Vhagar. O quizás vienen a comprobar si el rumor de tu nuevo embarazo es cierto.

Rhaenyra apretó la mano de Aurion.

—Que vengan —dijo ella con una fijeza gélida en sus ojos morados—. Tenemos a Vhagar. Tenemos los secretos de Larys Strong. Y te tengo a ti. Si mi padre quiere jugar a la política en mi propia casa, descubrirá que los dragones de Rocadragón tienen los colmillos más largos de lo que recordaba.

Aurion asintió, pero en su interior sabía que la llegada del Rey era la primera piedra de una avalancha que podría sepultarlos a todos. Se levantó y comenzó a masajear los pies de Rhaenyra, intentando aliviar su tensión, mientras en su mente ya trazaba planes para defender a sus hijos de las víboras que desembarcarían al amanecer.

La danza de sombras estaba a punto de convertirse en una tormenta de fuego, y el hombre del Lecho de Pulgas sabía que, una vez más, su espada sería lo único que separaría a su familia de la ruina.