Amor prohibido
Mareas de Libertad y Carne
El amanecer en Malibú no pedía permiso para entrar. La luz se filtraba por las rendijas de la cabaña, dibujando líneas de oro sobre el cuerpo de Max, que seguía enredada entre las sábanas y los brazos de Billy. El aire olía a salitre, a sexo reciente y a esa libertad que todavía les resultaba extraña, casi dolorosa de procesar. Max abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Billy sobre su cintura. Sus dedos buscaron instintivamente el anillo en su mano izquierda; seguía allí, frío y sólido, el ancla que la mantenía unida a esta nueva realidad.
Se giró con cuidado para no despertarlo, pero Billy ya la observaba. Sus ojos azules, antes siempre inyectados en rabia o tensión, estaban nublados por el sueño y por una ternura que solo ella conocía. Le apartó un mechón de pelo pelirrojo de la cara, recorriendo con el pulgar la línea de su mandíbula.
—Buenos días, señora Hargrove —susurró él, con la voz ronca, una vibración que Max sintió en la boca del estómago.
Max sonrió, estirándose como un gato bajo su toque.
—Todavía suena raro. Como si estuviéramos jugando a algo que no nos está permitido.
—Ya no hay nadie que nos prohíba nada —dijo Billy, acercándose para besarle la punta de la nariz—. Se acabó el esconderse, Max. Si quiero follarte en la playa a plena luz del día, lo haré. Si quiero que todo este estado sepa que eres mía, lo sabrán.
—Eres un animal, Billy Hargrove —rió ella, aunque sus manos ya bajaban por su espalda, buscando el calor de su piel.
—Tu animal. No lo olvides.
Billy se incorporó, dejando que las sábanas cayeran hasta su cadera, mostrando el mapa de cicatrices y músculos que Max adoraba recorrer. Se levantó y caminó hacia la pequeña cocina de la cabaña, completamente desnudo, con esa arrogancia natural que California parecía haber acentuado. Max se quedó en la cama, observándolo, admirando la forma en que la luz del sol resaltaba cada línea de su cuerpo. Era suyo. Realmente suyo.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó él mientras buscaba algo de café.
—Te lo dije anoche —respondió ella, sentándose y dejando que el pelo le cayera sobre los hombros—. Quiero el mar. Quiero que el agua me quite el polvo de Indiana de encima para siempre.
—Entonces el mar tendrás. Pero primero... —Billy regresó a la cama con dos tazas, pero las dejó en la mesilla sin apartar la vista de ella—. Primero quiero asegurarme de que no te has arrepentido de lo de ayer.
Max se puso de pie, dejando caer la sábana que la cubría. Se acercó a él con paso lento, deteniéndose justo cuando sus pechos rozaron el torso firme de su marido. Le puso las manos en los hombros, apretando con las uñas.
—¿Arrepentirme? —Max ladeó la cabeza, sus ojos brillando con una intensidad felina—. Billy, ayer fue la primera vez en mi vida que sentí que el suelo bajo mis pies era real. No me arrepiento de nada. Ni de la boda, ni del vestido... ni de cómo me hiciste gritar hasta que me dolió la garganta.
Billy soltó un gruñido bajo y la tomó de la nuca, uniendo sus labios en un beso que no tenía nada de suave. Sabía a café y a una urgencia que parecía no agotarse nunca. La empujó suavemente hacia atrás hasta que sus rodillas tocaron el borde de la cama, pero Max lo detuvo, poniendo una mano en su pecho.
—En el agua, Billy —susurró ella contra sus labios—. Prometiste que iríamos al agua.
—Eres una torturadora, Max.
—Soy tu esposa. Acostúmbrate.
Pocos minutos después, ambos caminaban por la arena desierta frente a la cabaña. Max no se había molestado en ponerse mucho; solo una de las camisas de algodón de Billy, que le quedaba grande y apenas le cubría los muslos, y debajo, la lencería mínima que había sobrevivido a la noche anterior. Billy caminaba a su lado, con unos vaqueros viejos y descalzo, cargando una toalla y una radio pequeña que ya escupía algún ritmo de rock clásico.
El océano Pacífico se extendía ante ellos, inmenso y azul, un contraste radical con los bosques cerrados y opresivos de Hawkins. Max corrió hacia la orilla, sintiendo la espuma fría lamerle los pies. Soltó un grito de alegría pura, un sonido que Billy nunca le había oído emitir en Indiana. Era el sonido de alguien que finalmente ha soltado una carga que no le pertenecía.
Billy la alcanzó y la rodeó por detrás, hundiendo la cara en su cuello mientras las olas rompían contra sus piernas.
—Mira eso —dijo él, señalando el horizonte—. No hay laboratorios, no hay portales, no hay padres que nos muelan a golpes. Solo es agua, Max. Miles de kilómetros de nada.
—Es perfecto —susurró ella, girándose en sus brazos.
Se quedaron allí un rato, dejando que el sol les calentara la piel mientras el agua intentaba arrastrarlos mar adentro. Pero entonces, el juego cambió. Billy la miró con esa chispa depredadora que siempre precedía a sus momentos más intensos.
—Esa camisa te queda mejor a ti que a mí —dijo él, tirando del cuello de la prenda—. Pero creo que estorba.
—¿Aquí? —Max miró a su alrededor. No había nadie en kilómetros, solo las gaviotas y el rugido del mar—. Alguien podría vernos.
—Que miren —desafió Billy, desabrochando el primer botón—. Que vean lo que es tener algo real.
Max no opuso resistencia. Dejó que él le quitara la camisa, exponiendo su cuerpo al sol y a la brisa marina. Billy se deshizo de sus vaqueros con movimientos rápidos, y pronto estuvieron los dos desnudos, vulnerables y poderosos ante la inmensidad del océano. Él la tomó en brazos y se adentró en el agua hasta que les llegó a la cintura.
El frío del mar chocando con el calor de sus cuerpos creó una fricción eléctrica. Max rodeó el cuello de Billy con sus brazos, entrelazando sus piernas alrededor de su cintura mientras él la sostenía con firmeza. El oleaje los mecía, obligándolos a buscar el equilibrio el uno en el otro.
—Dime que eres mía, pelirroja —pidió él, su voz compitiendo con el sonido de las olas—. Dilo otra vez.
—Soy tuya, Billy. En el infierno y en este paraíso. Siempre tuya.
Billy la penetró con un movimiento fluido, ayudado por la ingravidez del agua. Max soltó un jadeo que se fundió con el viento, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía cómo el mar los envolvía. Era una sensación surrealista: el frío del océano por fuera y el fuego abrasador de Billy por dentro. Cada embestida era más profunda, más rítmica, dictada por el vaivén de las mareas.
—No te sueltes —gruñó él, apretando sus nalgas con fuerza—. No te sueltes nunca.
—Nunca —prometió ella, enterrando la cara en su hombro, mordiendo su piel salada para no gritar demasiado fuerte.
El acto se volvió salvaje, una lucha contra los elementos y contra ellos mismos. El agua salpicaba sus rostros, mezclándose con el sudor y las lágrimas de placer que Max no podía contener. En ese momento, bajo el sol de California, Max sintió que finalmente estaba lavando cada rastro de Neil, cada grito de Susan, cada sombra de los monstruos que habían intentado devorarla en Hawkins. Billy era su escudo, su ancla y su tormenta personal.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como si una ola gigante los pasara por encima. Billy se aferró a ella con una desesperación casi dolorosa, ocultando su rostro en el hueco de su cuello mientras ambos temblaban, sostenidos únicamente por la fuerza de sus cuerpos entrelazados. El mar pareció calmarse por un segundo, como si respetara el silencio sagrado que siguió a su entrega.
Minutos después, regresaron a la orilla, agotados pero con una paz que les llenaba los pulmones. Se tumbaron sobre la arena húmeda, dejando que el sol los secara. Max apoyó la cabeza en el pecho de Billy, escuchando el latido errático de su corazón.
—¿Crees que alguna vez nos sentiremos normales? —preguntó ella, trazando círculos en su abdomen.
Billy soltó una carcajada seca, pero no exenta de cariño.
—¿Normales? Max, nosotros nunca fuimos normales. Fuimos un desastre desde el día que nos conocimos. Pero ahora somos un desastre que nadie puede tocar. Y eso es mejor que ser normal.
—Tienes razón —concedió ella, levantando la vista para mirarlo—. Lo normal es aburrido.
—Exacto.
Se quedaron allí en silencio, viendo cómo el sol subía más alto en el cielo. Max jugaba con su anillo de bodas, viendo cómo brillaba contra su piel bronceada. Sabía que el pasado siempre estaría ahí, acechando en las sombras de sus recuerdos, pero por primera vez, no tenía miedo. Tenía a Billy, tenía el mar y tenía una vida que ella misma había elegido.
—Billy —dijo ella de repente.
—¿Dime?
—Te quiero.
Billy se tensó por un momento. No era una palabra que usaran a menudo; su amor siempre se había expresado a través de la protección, el deseo y la rabia compartida contra el mundo. Pero ahora, en la seguridad de su nueva vida, la palabra encajaba.
—Y yo a ti, Max —respondió él, su voz suavizándose como nunca antes—. Más de lo que cualquier ley o cualquier Dios permitiría. Pero a la mierda con ellos.
—A la mierda con ellos —repitió ella con una sonrisa.
Se levantaron y caminaron de regreso a la cabaña, dejando sus huellas en la arena, huellas que el mar borraría en la siguiente marea, tal como estaba borrando sus pecados. En el interior, la radio seguía sonando, y el olor a café frío los esperaba. No tenían planes, no tenían un mapa para el futuro, pero tenían lo único que importaba: el uno al otro, y un horizonte que, por fin, no tenía fin.
Max entró primero, deteniéndose en el umbral para mirar hacia atrás. Billy la observaba con una mezcla de orgullo y deseo devorador. Ella le tendió la mano, y él la tomó sin dudarlo.
—Bienvenida a casa, señora Hargrove —dijo él antes de cerrar la puerta, dejando el mundo exterior atrás.
Dentro de aquellas cuatro paredes de madera, el tiempo se detuvo de nuevo. No había gritos, no había miedo. Solo la promesa de mil mañanas iguales a esta, mil noches de seda y sal, y la certeza de que, pasara lo que pasara, ya no estaban solos en la oscuridad. Eran libres, y en esa libertad, por fin habían encontrado su lugar en el mundo.