Volver al resumen

Ángel en mis ojos

Pétalos de esperanza y el sabor de un primer beso

El ensayo de expresión corporal había terminado, dejando a los nuevos reclutas agotados pero con una chispa de ilusión en los ojos. Tata se secaba el sudor de la frente con una toalla pequeña, mientras Paul guardaba apresuradamente sus pertenencias en la mochila. El edificio de la GMMTV comenzaba a vaciarse de los altos ejecutivos, dejando paso a la calma nocturna que solo los artistas y el personal de limpieza conocían bien.

—Ha sido un día largo, ¿verdad? —comentó Paul, dándole un empujoncito amistoso a su amigo—. Pero lo hiciste genial, Tata. El profesor no dejaba de mirarte cuando hiciste la escena de la improvisación. Tienes algo natural, de verdad.

—Solo trato de no caerme frente a todos, Paul —respondió Tata con una risita tímida, aunque sus mejillas se encendieron por el cumplido—. Todavía me siento como un intruso aquí. Mira a los demás... sus bolsos cuestan más que mi bicicleta.

—Olvida eso. El talento no entiende de marcas —sentenció Paul, aunque se detuvo en seco al salir al pasillo—. Oh, mira quién está ahí. Y parece que te está esperando.

Al final del corredor, apoyado contra la pared de cristal que daba a las luces centelleantes de Bangkok, estaba Nanon. No vestía su habitual chaqueta de cuero costosa ni llevaba el aire de estrella inalcanzable. Llevaba una sudadera gris sencilla y las manos hundidas en los bolsillos. En su mano derecha, sostenía un pequeño ramo de margaritas blancas y lavanda, envuelto en papel craft sencillo.

Nanon vio a Tata y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se enderezó rápidamente, tratando de ocultar el temblor de sus manos.

—P'Nanon... —murmuró Tata, acercándose con paso vacilante—. ¿Todavía estás aquí? Pensé que te habías ido hace horas con Krist y Mark.

—Estaba... terminando unos arreglos en el estudio —mintió Nanon, aunque la verdad era que llevaba cuarenta minutos ensayando frente al espejo del baño qué decir—. Pero no quería irme sin darte esto. Felicidades por tu primer día oficial de entrenamiento.

Nanon extendió el ramo hacia él. Tata se quedó paralizado, mirando las flores como si fueran un tesoro de otro mundo. Sus dedos rozaron los de Nanon al tomarlas, y una descarga eléctrica pareció recorrer la columna de ambos.

—Son hermosas —susurró Tata, acercando las flores a su rostro para aspirar su aroma—. Nadie me había regalado flores antes. Muchas gracias, P'Nanon. Pero no tenías que molestarte, yo...

—No es una molestia —lo interrumpió Nanon, dando un paso más hacia su espacio personal—. Me gustaría... bueno, si no estás muy cansado y Paul no tiene planes contigo, me preguntaba si te gustaría ir a cenar conmigo. Nada elegante. Conozco un lugar de fideos cerca de aquí que es el secreto mejor guardado de la ciudad.

Tata miró a Paul, quien le guiñó un ojo de forma exagerada y comenzó a retroceder lentamente hacia el ascensor.

—¡Yo tengo que... eh... ir a lavar mi ropa! —exclamó Paul con una sonrisa de oreja a oreja—. Sí, mucha ropa sucia. ¡Pásenlo bien! ¡No llegues tarde al dormitorio, Tata!

Antes de que Tata pudiera replicar, Paul ya había desaparecido tras las puertas metálicas del ascensor. El pasillo quedó sumido en un silencio cargado de una tensión dulce y expectante.

—Entonces... ¿aceptas? —preguntó Nanon, rascándose la nuca con timidez.

—Me encantaría, P'Nanon —respondió Tata, regalándole esa sonrisa angelical que hacía que el mundo del actor se pusiera patas arriba—. Solo... espero que no te importe que vaya vestido así.

—Estás perfecto, Tata. Vámonos.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, tres metros más atrás, ocultos detrás de una enorme planta decorativa y una máquina de café, dos pares de ojos seguían cada uno de sus movimientos.

—¡Mira eso! ¡Le dio flores! —susurró Krist, casi cayéndose encima de Mark—. Sabía que las margaritas eran el toque adecuado. Le dije que las rosas eran demasiado agresivas para un primer paso.

—Cállate, Krist, nos van a oír —masculló Mark, ajustándose unos lentes de sol que no tenían sentido en el interior del edificio—. Mira la cara de Nanon. Está más nervioso que cuando debutó en el escenario. Esto es oro puro.

—Deberíamos seguirlos —propuso Krist con una chispa de maldad en los ojos—. Solo para asegurarnos de que Nanon no se convierta en un bloque de hielo y arruine el ambiente. Es nuestro deber como amigos.

—Por una vez, estoy de acuerdo contigo —asintió Mark—. Vamos, saca el coche. Pero mantén la distancia.

Mientras tanto, Nanon y Tata caminaban por las calles laterales de Sukhumvit. La noche era cálida y el bullicio de la ciudad parecía quedar en segundo plano frente a la conversación que fluía entre ellos. Nanon se dio cuenta de que no necesitaba esforzarse por ser interesante; Tata escuchaba con una atención tan genuina que cada palabra cobraba un peso especial.

Llegaron al puesto de fideos, un lugar pequeño con mesas de madera desgastada y un aroma delicioso a caldo de cerdo y especias. Se sentaron en un rincón apartado, bajo la luz mortecina de un farol de papel.

—Este lugar es increíble —dijo Tata, probando el primer bocado—. Sabe a la comida que hace mi abuela en el pueblo. Gracias por traerme aquí, P'Nanon. Pensé que a alguien como tú le gustarían solo los lugares con aire acondicionado y cubiertos de plata.

Nanon rió, una risa baja y honesta que rara vez mostraba en público.

—A veces, el lujo es solo una máscara, Tata. Aquí me siento más yo mismo que en cualquier evento de alfombra roja. Y estar contigo... hace que todo sea más fácil.

Tata bajó la mirada, jugueteando con sus palillos.

—P'Nanon... ¿por qué yo? —preguntó de repente, con una vulnerabilidad que desarmó al actor—. Hay tantos chicos guapos en la empresa, con mucha experiencia y ropa cara. Yo solo soy un novato que apenas sabe cómo pararse frente a una cámara.

Nanon dejó sus palillos y buscó la mano de Tata sobre la mesa. Cuando la encontró, la apretó con suavidad.

—Porque tú eres real, Tata. En un mundo lleno de gente que actúa incluso cuando las cámaras están apagadas, tú eres como una bocanada de aire fresco. No me importa tu ropa ni de dónde vienes. Me importas tú. Me importa cómo brillan tus ojos cuando hablas de tus sueños.

A pocos metros, dentro de un coche negro con los cristales tintados, Krist y Mark compartían un par de binoculares.

—¡Le tomó la mano! ¡Le tomó la mano! —chilló Krist, golpeando el tablero del coche—. ¡Oh, Dios mío, Nanon está ganando puntos!

—Esa frase sobre el aire fresco ha sido un poco cursi, ¿no crees? —comentó Mark, aunque no podía ocultar su sonrisa—. Pero parece que a Tata le gustó. Mira cómo se puso de rojo.

—Son tan lindos que me duele el estómago —dijo Krist, fingiendo un sollozo—. Mi pequeño Nanon finalmente está creciendo.

De vuelta en la mesa, la cena terminó entre risas y confesiones a medias. Nanon pagó la cuenta —insistiendo a pesar de las protestas de Tata— y decidieron caminar un poco más antes de regresar. Se detuvieron en un pequeño parque cercano, donde los árboles de frangipani soltaban algunas flores que alfombraban el suelo.

El ambiente cambió. La ligereza de la cena dio paso a una intimidad profunda. Se detuvieron bajo la sombra de un gran árbol, lejos de las miradas de los transeúntes (o eso creían ellos).

—He pasado una noche maravillosa —dijo Tata, mirando hacia arriba, a las pocas estrellas que se filtraban entre la contaminación lumínica—. Gracias, P'Nanon. Por todo.

Nanon no respondió de inmediato. Se quedó observando el perfil de Tata, la forma en que la luz de la luna delineaba su nariz pequeña y sus labios carnosos. Sintió que el corazón le martilleaba en los oídos. La introversión que siempre lo había frenado parecía desvanecerse ante el deseo urgente de estar más cerca.

—Tata... —susurró Nanon, acercándose un paso más.

Tata se giró hacia él, su respiración agitándose ligeramente al notar la proximidad del mayor. Nanon colocó sus manos en la cintura de Tata, sintiendo lo estrecha y delicada que era. El chico no retrocedió; al contrario, sus manos subieron tímidamente hasta apoyarse en el pecho de Nanon, justo encima de su corazón desbocado.

—P'Nanon... —el nombre fue apenas un suspiro.

—Tengo que preguntarte algo —dijo Nanon, su voz cargada de una ternura que nunca antes había sentido—. Sé que apenas nos conocemos, y sé que soy un introvertido que a veces no sabe expresar lo que siente... pero desde el momento en que te vi en ese pasillo, no he podido pensar en nada más.

Tata lo miró con los ojos muy abiertos, aguardando.

—¿Puedo... puedo besar esos labios tan bonitos que tienes? —preguntó Nanon, su frente rozando la de Tata.

Tata cerró los ojos y asintió levemente, un movimiento casi imperceptible pero suficiente para que Nanon acortara la distancia final.

El beso fue lento, una exploración suave que sabía a margaritas y a la dulzura de los fideos compartidos. Nanon profundizó el contacto, rodeando la cintura de Tata con más firmeza, atrayéndolo hacia sí hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre sus cuerpos. Tata soltó un pequeño gemido de sorpresa que se perdió en la boca de Nanon, y sus dedos se enredaron en el cabello del actor, aferrándose a él como si fuera su ancla en medio de una tormenta de sensaciones nuevas.

En el coche, Krist y Mark estaban prácticamente pegados al parabrisas.

—¡LO HIZO! ¡EL MUY HIJO DE FRUTA LO HIZO! —gritó Krist, saltando en el asiento del copiloto—. ¡Ese es mi mejor amigo! ¡Míralos! ¡Parece una escena de una serie BL de alto presupuesto!

—Cállate, Krist, vas a activar la alarma del coche —dijo Mark, aunque él mismo estaba grabando la escena con su teléfono, asegurándose de tener evidencia para chantajear a Nanon de por vida—. Pero tienes razón... se ven realmente bien juntos. Nanon parece otra persona cuando lo abraza.

—Es el amor, Mark. El viejo y aburrido amor —suspiró Krist, dejándose caer en el asiento—. Quién lo diría. El tipo que decía que el amor era una pérdida de tiempo ahora no quiere soltar a ese chico.

En el parque, el beso llegó a su fin, pero ninguno de los dos se separó. Nanon apoyó su barbilla en la cabeza de Tata, respirando su aroma a jabón y juventud.

—Eso... eso ha sido... —empezó Tata, escondiendo el rostro en el hombro de Nanon, abrumado por la emoción.

—Ha sido perfecto —completó Nanon, dándole un beso corto en la frente—. Tata, no sé qué nos depara el futuro en esta empresa, pero quiero que sepas que voy a estar a tu lado. No dejaré que nadie te haga sentir menos.

Tata levantó la vista, sus ojos de ángel brillando con una determinación nueva.

—Y yo no dejaré que te sientas solo de nuevo, P'Nanon. Aunque no tenga dinero, tengo mucho cariño para darte.

Nanon sonrió, sintiendo que por fin había encontrado la pieza que le faltaba a su vida. Ya no era solo el actor millonario y solitario; ahora tenía un motivo para sonreír cada vez que cruzaba las puertas de la GMMTV.

—Ven —dijo Nanon, tomándolo de la mano de nuevo—. Te acompañaré al dormitorio. Y mañana... mañana te recogeré para ir juntos a los ensayos.

—¿En serio? —preguntó Tata, emocionado—. ¿No te importa que nos vean juntos?

—Que miren todo lo que quieran —respondió Nanon con orgullo—. Quiero que todo el mundo sepa que el chico más bonito de la empresa está conmigo.

Mientras se alejaban caminando de la mano, Krist y Mark arrancaron el coche lentamente, siguiéndolos a una distancia prudencial.

—¿Crees que deberíamos decirles que los vimos? —preguntó Krist, ajustándose el cinturón.

—Ni hablar —rio Mark—. Esperaremos a que Nanon intente actuar de forma profesional mañana y entonces le enseñaré el video. La cara que va a poner será el mejor regalo que me ha dado este año.

La noche continuó su curso en Bangkok, pero para Nanon y Tata, el mundo acababa de empezar de nuevo. Entre fideos, flores y un beso bajo la luna, el millonario introvertido y el novato de corazón puro habían escrito el primer capítulo de una historia que, sabían bien, sería la más importante de sus vidas.