Ángel en mis ojos
Marcas de pertenencia y el rugido del silencio
El sol de la tarde se filtraba por las persianas de la sala de ensayos de la GMMTV, creando un patrón de luces y sombras sobre el suelo de madera. Habían pasado tres meses desde aquella primera cena de fideos, y la vida de Tata había dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no era solo el "chico nuevo de ropa sencilla"; ahora era una figura constante al lado de Nanon Korapat. Se sentaba con el trío de oro —Nanon, Krist y Mark— en la cafetería, compartía sus secretos y, lo más importante, había encontrado en Nanon un refugio seguro.
Sin embargo, la seguridad de Tata era frágil. A pesar de su innegable talento y su esfuerzo sobrehumano por mejorar en cada clase, los susurros en los pasillos no cesaban. La envidia es un monstruo de ojos verdes que habita en los rincones de la fama, y Tata, con su belleza angelical y su cercanía al soltero más codiciado de la empresa, era el blanco perfecto.
Esa tarde, mientras Nanon estaba en una reunión de producción y Krist y Mark grababan un programa de variedades, Tata se quedó solo en el pasillo cuatro para repasar sus líneas. Fue entonces cuando apareció Gulf, un actor con un par de años más de experiencia que no ocultaba su desprecio por los "afortunados" sin linaje.
—Vaya, pero si es la mascota de Nanon —dijo Gulf, apoyándose contra la pared con una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos—. ¿Todavía sigues aquí? Pensé que a estas alturas ya te habrías dado cuenta de que este no es tu lugar.
Tata apretó el guion contra su pecho, sintiendo que sus palmas empezaban a sudar.
—Solo estoy ensayando, P'Gulf —respondió Tata con voz suave, intentando mantener la cortesía—. El director dijo que mi progreso es bueno.
Gulf soltó una carcajada seca, un sonido que cortó el aire como un látigo.
—¿Progreso? No seas ingenuo, niño. La única razón por la que el director te mira es porque Nanon está detrás de ti. Eres un accesorio, una novedad para un millonario aburrido. En cuanto Nanon se canse de jugar a la caridad con el chico pobre, volverás a tu provincia y nadie recordará tu nombre. Disfruta de la atención mientras dure, porque cuando te deje, caerás tan fuerte que no querrás levantarte.
Las palabras de Gulf fueron como dagas de hielo. Tata sintió un nudo en la garganta que le impedía respirar. No supo qué responder. Su timidez, esa que Nanon tanto amaba, se convirtió en su mayor debilidad en ese momento. Bajó la cabeza, dejando que su flequillo ocultara las lágrimas que empezaban a nublar su vista, y salió corriendo de allí sin mirar atrás.
Se refugió en un banco apartado en el jardín trasero del edificio, un lugar donde los árboles de jazmín camuflaban su figura. Se sentó allí, encogido, con un puchero tembloroso y los ojos fijos en sus zapatos viejos, preguntándose si Gulf tendría razón. ¿Era solo un capricho para Nanon?
Mientras tanto, en el vestíbulo principal, Nanon salía de su reunión con el semblante serio, buscando a su chico. Se encontró con Krist, que venía riendo de alguna broma de Mark, pero se detuvo al ver la expresión de su amigo.
—¿Has visto a Tata? —preguntó Nanon sin preámbulos.
—Iba hacia el pasillo cuatro hace un rato —respondió Krist, pero su sonrisa se borró cuando vio a Gulf salir de ese mismo pasillo con una cara de autosuficiencia insoportable—. Espera... algo no me huele bien.
Mark, que siempre tenía el oído fino para los chismes, se acercó rápidamente.
—Acabo de oír a unos estilistas decir que Gulf le soltó un discurso bastante pesado a alguien en el pasillo. Y conociendo a ese idiota...
Nanon no necesitó escuchar más. Sus ojos, habitualmente tranquilos e introvertidos, se encendieron con una chispa peligrosa. Caminó directamente hacia Gulf, quien estaba hablando con un grupo de novatos. Krist y Mark lo siguieron de cerca, listos para cualquier cosa.
—Gulf —la voz de Nanon sonó como un trueno bajo—. ¿Qué le dijiste a Tata?
Gulf se giró, tratando de mantener su fachada de superioridad, pero flaqueó al ver la intensidad en la mirada de Nanon.
—Solo le daba unos consejos sobre la realidad de esta industria, Nanon. No deberías protegerlo tanto, se va a malcriar.
Nanon dio un paso al frente, invadiendo el espacio de Gulf. La diferencia de aura era abrumadora. Nanon no necesitaba gritar para imponer respeto; su sola presencia, cargada de la autoridad de quien lo tiene todo pero valora lo que es verdadero, hizo que Gulf retrocediera.
—Escúchame bien —dijo Nanon, cada palabra goteando veneno frío—. Si vuelves a dirigirle la palabra a Tata, o si vuelves a insinuar que su talento tiene algo que ver conmigo, me encargaré personalmente de que tu carrera en esta empresa termine hoy mismo. Tata tiene más corazón y talento en su dedo meñique que tú en toda tu existencia. No vuelvas a tocar lo que es mío.
—Y por si no te quedó claro —añadió Krist, poniéndose al lado de Nanon con una sonrisa gélida—, si Nanon no te acaba, lo haré yo. Y mis bromas no son tan divertidas cuando me tocan a la familia.
Gulf, pálido y sin palabras, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa. Nanon no perdió el tiempo celebrando; su prioridad era encontrar a su ángel.
Después de buscar por diez minutos, lo encontró en el jardín. Ver a Tata tan pequeño, con los hombros hundidos y ese puchero de tristeza infinita, rompió algo dentro de Nanon. Se acercó lentamente y se sentó a su lado en el banco.
—Tata... —susurró, poniendo una mano en su espalda.
El chico levantó la vista, sus ojos rojos y húmedos. Al ver a Nanon, intentó forzar una sonrisa, pero falló miserablemente.
—P'Nanon... no deberías estar aquí. La gente dirá cosas... Gulf dice que soy una carga para ti.
—Gulf es un idiota que no sabe de lo que habla —dijo Nanon, tomando el rostro de Tata entre sus manos con una delicadeza infinita—. Mírame, Tata. Tú eres lo mejor que me ha pasado en este edificio lleno de plástico y mentiras. No eres una carga, eres mi paz. Vámonos de aquí. Te llevaré a casa.
El trayecto en el coche de Nanon fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Nanon conducía con una mano, mientras la otra sostenía firmemente la de Tata, dándole apretones suaves para recordarle que estaba allí. Cuando llegaron al modesto apartamento de Tata, Nanon no se despidió en la puerta. Entró con él, cerrando el mundo exterior fuera.
El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de la calle que se filtraban por la ventana. Tata se giró para darle las gracias, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta al ver la expresión de Nanon. Ya no había rastro de la timidez del actor; había una necesidad profunda, un hambre de consuelo y posesión que Tata nunca había visto antes.
—P'Nanon... —murmuró Tata, sintiendo que su corazón se aceleraba por una razón muy distinta a la tristeza.
Nanon no respondió con palabras. Acortó la distancia y lo besó. No fue el beso dulce y exploratorio de su primera cita; este fue un beso hambriento, cargado de la rabia que sentía por el dolor de Tata y del amor inmenso que le profesaba. Tata respondió de inmediato, rodeando el cuello de Nanon con sus brazos, buscando en él la seguridad que el mundo le negaba.
—Eres mío, Tata —susurró Nanon contra sus labios, su respiración agitada—. Solo mío. Nadie volverá a decirte que no perteneces aquí, porque tu lugar está a mi lado.
Nanon lo levantó en vilo, y Tata envolvió sus piernas alrededor de la cintura del actor, sintiendo la fuerza en los brazos de Nanon. Lo llevó hasta la pequeña cama y lo depositó allí con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus ojos.
El ambiente subió de temperatura rápidamente. Las prendas de ropa fueron descartadas con urgencia, dejando al descubierto la piel pálida y suave de Tata bajo la mirada devoradora de Nanon. El millonario recorrió cada centímetro del cuerpo del chico con sus manos y sus labios, adorándolo como si fuera un templo sagrado. Tata gemía suavemente, con los ojos cerrados, entregándose por completo al hombre que le había devuelto la fe en sí mismo.
—P'Nanon... por favor... —suplicó Tata, su cuerpo arqueándose hacia el calor del otro.
Nanon se posicionó sobre él, mirándolo fijamente a los ojos. Quería que Tata supiera, en lo más profundo de su ser, a quién pertenecía. El acto de amor fue lento, intenso y profundamente emocional. Nanon se movía con una mezcla de ferocidad y ternura, asegurándose de que cada sensación quedara grabada en la memoria de Tata.
En el clímax de la pasión, cuando el mundo se reducía solo al sonido de sus respiraciones entrecortadas y el roce de sus pieles, Nanon bajó la cabeza hacia el cuello de Tata. Allí, justo donde el hombro se unía con la garganta, Nanon succionó y mordió con suavidad pero con firmeza, dejando una marca roja y profunda, una señal territorial que no dejaría dudas a nadie al día siguiente.
Tata soltó un grito ahogado, aferrándose a la espalda de Nanon mientras sentía el reclamo de su amante sobre su piel. Era la marca de Nanon, un recordatorio físico de que estaba protegido, de que era amado por el hombre más poderoso de su mundo.
Minutos después, ambos yacían abrazados bajo las sábanas, recuperando el aliento. Nanon besaba la marca en el cuello de Tata con devoción, mientras el chico acariciaba el cabello oscuro de su P'.
—Mañana —susurró Nanon, su voz ronca—, cuando entres a la empresa y vean esa marca, sabrán que no bromeo. Eres mi prioridad, Tata. Por encima de la fama, por encima del dinero.
Tata sonrió, hundiendo su rostro en el pecho de Nanon. La tristeza que Gulf le había causado se había evaporado por completo, sustituida por una plenitud que nunca creyó posible.
—Te amo, P'Nanon —dijo Tata, su voz llena de una confianza nueva.
—Y yo a ti, mi ángel. Descansa. Mañana el mundo entero sabrá que eres intocable.
Nanon cerró los ojos, abrazando a su chico con fuerza. En la oscuridad de la habitación, el millonario introvertido finalmente entendió que el amor no era una pérdida de tiempo; era la única inversión que realmente valía la pena, y él estaba dispuesto a gastar cada segundo de su vida protegiendo el corazón de aquel chico de ojos angelicales que, contra todo pronóstico, se había convertido en su universo entero.