Ángel en mis ojos
El peso de una promesa en la piel
El sol de la mañana se filtraba por las grandes vidrieras de la GMMTV, pero el ambiente en el vestíbulo principal no era el habitual de un martes cualquiera. Había una electricidad estática, un murmullo que subía y bajaba como una marea inquieta cada vez que alguien cruzaba las puertas automáticas. Las noticias en una empresa llena de actores y chismes vuelan más rápido que los guiones, y los eventos de la tarde anterior ya habían cobrado vida propia.
Cuando Tata entró, caminando un paso por detrás de Nanon, el silencio cayó de golpe. Ya no era el chico invisible de ropa sencilla que intentaba no estorbar; ahora, todas las miradas estaban clavadas en él. Pero lo que más llamaba la atención no era su presencia, sino la forma en que Nanon lo custodiaba. El actor tenía una mano firmemente apoyada en la zona lumbar de Tata, guiándolo con una posesividad tranquila pero absoluta.
Tata vestía una camiseta de cuello algo más abierto de lo normal, y allí, justo donde el hombro se encontraba con el cuello, destacaba una marca violácea y profunda, un sello inequívoco que gritaba pertenencia.
—Buenos días —dijo Nanon con su voz profunda, barriendo la estancia con una mirada gélida que desafiaba a cualquiera a decir una sola palabra.
Nadie se atrevió. Gulf, que estaba cerca de la cafetería, bajó la mirada de inmediato y se escabulló por el pasillo lateral. El mensaje había sido recibido: Tata era intocable.
Diez meses pasaron volando, transformando esos murmullos en una aceptación respetuosa. Tata había florecido bajo el ala de Nanon. Su carrera como actor despegaba con paso firme, pero su corazón seguía siendo el mismo joven humilde que prefería los fideos de la esquina a los banquetes de gala. Nanon, por su parte, había cambiado radicalmente. El hombre que decía que el amor era una pérdida de tiempo ahora pasaba sus horas libres componiendo canciones que solo hablaban de ojos angelicales y de la suerte de haber encontrado a alguien real.
El día del cumpleaños de Nanon, el estudio de grabación estaba decorado de forma sencilla. Nanon no quería grandes fiestas; solo quería estar con sus personas favoritas. Krist y Mark ya habían hecho de las suyas, regalándole una guitarra de edición limitada que Nanon sospechaba que habían comprado con su propia tarjeta de crédito empresarial, pero el momento que él realmente esperaba era quedarse a solas con Tata.
Al caer la noche, cuando Krist y Mark finalmente se marcharon entre bromas y promesas de no espiar, Tata se acercó a Nanon en la penumbra del estudio.
—Feliz cumpleaños, P'Nanon —susurró Tata, extendiendo una pequeña caja envuelta en papel de colores brillantes.
Nanon la tomó, sonriendo con esa calidez que solo reservaba para él. Al abrirla, encontró una pulsera de hilo tejida a mano con una pequeña cuenta de madera en el centro.
—La hice yo mismo —explicó Tata, frotándose las manos con nerviosismo—. Sé que tienes relojes caros y joyas de marca, pero... quería darte algo que llevara un trozo de mi tiempo y de mi cariño.
—Es el mejor regalo que me han dado nunca —dijo Nanon, extendiendo la muñeca para que Tata se la anudara—. Porque esto no tiene precio, Tata. Gracias.
Nanon lo atrajo hacia sí y lo besó con una ternura que hizo que a Tata se le aflojaran las rodillas. El beso fue subiendo de intensidad, alimentado por meses de convivencia y un amor que solo se hacía más fuerte con cada día que pasaba.
—P'Nanon... —dijo Tata entre besos, su respiración agitada contra los labios del mayor—. Tengo un segundo regalo para ti. Pero no es algo que se pueda envolver.
Nanon se detuvo, mirando a Tata con curiosidad y un brillo de deseo en los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es?
—Quiero... quiero que me hagas tuyo de nuevo —susurró Tata, ocultando su rostro sonrojado en el cuello de Nanon—. Quiero que esta noche sea solo para nosotros. Quiero sentir que te pertenezco, como aquella primera vez.
Nanon no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sus manos se cerraron en la cintura de Tata, levantándolo con facilidad para sentarlo sobre la mesa de mezclas, apartando partituras y cables con un movimiento brusco. El estudio, ese lugar donde Nanon solía esconderse del mundo, se convirtió en el escenario de una entrega total.
—Eres mi mejor regalo, Tata —murmuró Nanon antes de volver a reclamar sus labios—. Siempre lo has sido.
La noche fue larga y llena de una pasión renovada, una celebración no solo del nacimiento de Nanon, sino de la vida que habían construido juntos. En la oscuridad del estudio, rodeados por el eco de melodías inacabadas, se amaron con la certeza de que no había lugar en el mundo donde prefirieran estar.
A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza cuando Nanon entró en la cafetería de la empresa. Se veía radiante, con una energía que incluso los más veteranos notaron. Krist y Mark ya estaban allí, sentados en su mesa habitual con grandes tazas de café.
—¡Vaya, miren quién decidió aparecer! —exclamó Krist, agitando una mano en el aire—. El cumpleañero tiene una cara de satisfacción que me da miedo.
—Déjalo, Krist —dijo Mark con una sonrisa socarrona—, seguro que el "segundo regalo" de Tata fue mejor que nuestra guitarra.
Nanon se sentó con ellos, soltando un suspiro de felicidad pura mientras pedía un café cargado.
—No tienen ni idea —dijo Nanon, mirando la pulsera de hilo en su muñeca—. De verdad, chicos... a veces me despierto y no puedo creer que esto sea real. Pensar que hace un año estaba convencido de que el amor era una estafa.
—Te lo dijimos —recordó Mark, dándole un empujoncito en el hombro—. Te dijimos que alguien llegaría y te haría tragar tus palabras. Y mírate ahora, eres un poeta enamorado.
—Es que Tata... —Nanon hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Él no me quiere por el dinero, ni por la fama, ni por lo que puedo hacer por su carrera. Me quiere a mí, al Nanon que se queda dormido viendo películas raras y que se pone de mal humor cuando no le sale una rima.
—Lo sabemos, Nanon —dijo Krist, poniéndose serio por un momento—. Se nota en la forma en que te mira. Ese chico te adora. Y tú... bueno, tú te has vuelto un poco insoportable con tanto romanticismo, pero nos alegramos por ti.
Nanon rió, bebiendo su café.
—Lo que más me gusta es que, a pesar de todo lo que ha pasado, sigue siendo tan puro. Anoche, cuando me pidió... bueno, ya saben... tenía esa misma mirada tímida del primer día en el pasillo cuatro. Me vuelve loco.
—¡Demasiada información! —gritó Krist, tapándose los oídos mientras Mark se partía de risa—. Guarda los detalles sucios para tu diario secreto, Romeo.
—No son detalles sucios, Krist —replicó Nanon con una sonrisa burlona—. Es amor. Algo que tú deberías intentar encontrar algún día en lugar de andar pegando pegatinas en la espalda de la gente.
—¡Oye! Mis bromas son una forma de amor incomprendida —se defendió Krist.
—Sea como sea —intervino Mark—, me alegra ver que el muro de hielo se derritió por completo. Tata es un buen chico, y tú... bueno, tú eres un tipo con suerte.
Nanon asintió, mirando hacia la entrada de la cafetería. En ese momento, Tata apareció acompañado de Paul. El chico se veía un poco cansado, pero sus ojos brillaron con una luz especial en cuanto localizaron a Nanon. Tata se acercó a la mesa, saludando a Krist y Mark con su habitual cortesía.
—Hola, P'Krist, P'Mark —dijo Tata, sentándose al lado de Nanon.
Nanon pasó de inmediato un brazo por sus hombros, atrayéndolo hacia él y dándole un beso rápido en la sien, sin importarle quién estuviera mirando.
—¿Dormiste bien, ángel? —preguntó Nanon en voz baja.
—Sí, P' —respondió Tata, apoyando la cabeza en su hombro—. Aunque me duele un poco la espalda.
Krist soltó un bufido, intentando no escupir su café, mientras Mark miraba hacia el techo fingiendo que no había oído nada.
—¡Paul! —gritó Krist de repente, tratando de cambiar de tema—. ¡Ven aquí y cuéntame cómo van los ensayos del nuevo drama! Necesito hablar con alguien que no esté derramando miel por los poros.
Paul se acercó riendo, y pronto la mesa volvió a llenarse de las bromas habituales del grupo. Sin embargo, en medio del ruido y las risas, Nanon y Tata compartieron una mirada privada, un lenguaje silencioso que solo ellos entendían.
Nanon recordó el día en que vio a aquel chico tímido con ropa sencilla en el pasillo. Recordó su propio escepticismo, su miedo a ser herido de nuevo y su absurda creencia de que el éxito material era suficiente para llenar una vida. Miró a sus amigos, miró el edificio de la GMMTV que antes le parecía una cárcel de cristal y, finalmente, miró al chico que sostenía su mano bajo la mesa.
—Gracias —susurró Nanon, tan bajo que solo Tata pudo oírlo.
—¿Por qué, P'? —preguntó Tata, parpadeando con curiosidad.
—Por hacerme perder el tiempo de la mejor manera posible —respondió Nanon con una sonrisa—. Por enseñarme que el amor no es una estafa, sino la única verdad que importa.
Tata le apretó la mano, entrelazando sus dedos con los de Nanon.
—Siempre estaré aquí para recordártelo, P'Nanon. En cada cumpleaños, en cada ensayo y en cada noche.
El trío de amigos perfecto ahora era un cuarteto donde el equilibrio se había restablecido. El millonario introvertido había encontrado su voz, no en una canción de éxito o en un guion premiado, sino en el latido constante de un corazón que lo amaba sin condiciones. Y mientras Krist seguía tramando su próxima broma y Mark intentaba mantener el orden, Nanon supo que su verdadera carrera, la de ser feliz, acababa de empezar.