Ángel en mis ojos
El color de las nubes y el misterio del elefante rosa
El sol de la mañana entraba con una timidez inusual por las ventanas del ático de Nanon, pero el ambiente dentro no tenía nada de tranquilo. Nanon Korapat, el hombre que dominaba escenarios y sets de grabación con una calma envidiable, caminaba de un lado a otro del salón, estrujándose las manos. Sus ojos, generalmente profundos y analíticos, estaban fijos en la puerta del baño, como si esperara que de un momento a otro saliera un fantasma.
En el sofá, Tata estaba sentado con una manta sobre los hombros, a pesar de que la calefacción estaba encendida. Tenía la mirada perdida en la pantalla del televisor, donde un episodio de dibujos animados llegaba a su fin.
—P'Nanon... —murmuró Tata con la voz quebrada.
Nanon se detuvo en seco y se arrodilló frente a él, tomando sus manos frías.
—¿Qué pasa, ángel? ¿Te sientes mal otra vez? ¿Quieres que te traiga más limones con sal?
Tata negó con la cabeza, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Es que... el elefante de Pocoyó... —sollozó Tata, señalando la televisión—. El elefante es rosa, P'. ¡Es rosa! ¿Por qué tiene que ser rosa? Me da mucha pena que sea de ese color, parece tan solito y diferente... es injusto.
Nanon parpadeó, completamente desconcertado. Miró a la elefanta Eli en la pantalla y luego volvió a mirar a su novio, quien ahora lloraba desconsoladamente por el diseño de un personaje animado.
—Cariño, es solo un dibujo... —intentó consolarlo, pero Tata se ocultó el rostro entre las manos.
—¡No lo entiendes! ¡Es un rosa muy triste! —exclamó Tata antes de salir corriendo hacia el baño, no para llorar, sino porque las náuseas habían vuelto a atacar con la fuerza de un huracán.
En ese momento, la puerta del ático se abrió con un estruendo. Krist y Mark entraron cargando bolsas de comida rápida y una energía que chocaba violentamente con el drama existencial que se vivía en la casa.
—¡Ya llegó la caballería! —gritó Krist, dejando las bolsas sobre la mesa—. Traje hamburguesas, papas fritas y... ¡espera! ¿Por qué hay olor a vómito y a incienso de jazmín al mismo tiempo?
—Tata volvió a tener náuseas —dijo Nanon, dejándose caer en un sillón, exhausto—. Y ahora está llorando porque un elefante de dibujos animados es rosa. Chicos, no sé qué hacer. Ayer se comió un frasco entero de pepinillos con chocolate fundido y hoy dice que el olor del arroz hervido lo marea.
Mark dejó de reírse y miró a Krist con una expresión de complicidad que Nanon no alcanzó a captar. Mark se acercó a su amigo y le puso una mano en el hombro con una seriedad inusual.
—Nanon, amigo mío... eres un genio de la música, pero un analfabeto en la vida real —dijo Mark—. Náuseas matutinas, cambios de humor extremos, llanto por elefantes rosas y antojos de comida que harían vomitar a una cabra... ¿De verdad no te das cuenta?
Nanon frunció el ceño, procesando la información.
—Es el estrés de la nueva serie —concluyó Nanon—. O quizás alguna bacteria por la comida callejera que tanto le gusta.
—No es una bacteria, pedazo de animal —intervino Krist, sacando un objeto pequeño y alargado de su bolsillo, envuelto en un plástico transparente—. Al parecer, tu "ángel" va a tener un pequeño querubín. Nanon, Tata está embarazado.
El silencio que siguió fue absoluto. Nanon se quedó petrificado, con la boca entreabierta, mirando el objeto que Krist sostenía como si fuera una granada activa.
—Eso... eso es imposible —tartamudeó Nanon—. Somos... bueno, somos dos chicos.
—En este mundo de fanfiction y milagros de la GMMTV, nada es imposible, Nanon —sentenció Mark con una sonrisa juguetona—. Además, Tata es especial, siempre lo hemos dicho. Tiene ese aura... y bueno, los síntomas son de manual.
En ese momento, Tata salió del baño, pálido y con los ojos hinchados, pero al ver a Krist y Mark, intentó poner su mejor sonrisa. Se acercó a la mesa, ignorando la tensión, y se quedó mirando el objeto que Krist tenía en la mano.
—Hola, P'Krist. Hola, P'Mark —dijo Tata con su voz dulce—. ¿Qué es eso que tienes ahí? ¿Es un termómetro nuevo para mi fiebre? ¿O es un juguete para que no esté triste por el elefante?
Krist miró a Nanon, quien seguía en estado de shock, y luego volvió a mirar a la inocencia pura que emanaba de Tata.
—No exactamente, pequeño —dijo Krist, suavizando el tono—. Es una prueba. Sirve para saber por qué te sientes tan raro últimamente.
—¿Una prueba de qué? —preguntó Tata, ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿Es un examen de actuación? ¿Tengo que contestar preguntas?
—No, Tata —intervino Mark, aguantando la risa—. Solo tienes que... bueno, tienes que ir al baño y mojar este palito con un poco de orina. Luego esperamos unos minutos y veremos si salen dos rayitas.
Tata arrugó la nariz, confundido.
—¿Mojarlo? Qué asco, P'Mark. ¿Y para qué sirven las rayitas? ¿Si salen dos rayitas gano un premio? ¿Me darán el papel principal en la serie de acción?
Nanon finalmente reaccionó. Se levantó y se acercó a Tata, tomándolo por los hombros. Su corazón latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. La idea de tener un hijo con Tata, de ver a una versión pequeña de aquel chico de ojos angelicales corriendo por la casa, lo llenó de un terror y una alegría indescriptibles.
—Tata, escúchame —dijo Nanon, mirando fijamente a su novio—. Si salen dos rayitas, significa que hay alguien más aquí con nosotros. Aquí dentro —Nanon puso una mano sobre el vientre de Tata.
Tata bajó la mirada hacia su propio estómago y luego volvió a mirar a Nanon. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Alguien más? ¿Como un fantasma? ¡P'Nanon, te dije que esta casa estaba embrujada! ¡Por eso el elefante era rosa! —exclamó Tata, empezando a hiperventilar.
—¡No, no es un fantasma! —gritó Krist, dándose un golpe en la frente—. ¡Es un bebé, Tata! ¡Un bebé tuyo y de Nanon!
Tata se quedó mudo. Miró el palito de plástico, miró a Nanon y luego a sus amigos. La idea era tan grande, tan vasta, que su mente introvertida tardó varios segundos en procesarla.
—¿Un bebé? —susurró Tata—. ¿Como los que salen en los anuncios de pañales? ¿Uno pequeñito con manos de juguete?
—Exactamente —confirmó Mark—. Pero para estar seguros, tienes que entrar al baño y hacer lo que te dijimos.
Tata tomó la prueba con manos temblorosas, mirándola como si fuera un artefacto alienígena.
—¿Y si salen las dos rayitas... P'Nanon me seguirá queriendo? —preguntó Tata con una vulnerabilidad que rompió el corazón de todos los presentes—. ¿O me veré muy gordo y ya no querrá besarme?
Nanon lo envolvió en un abrazo protector, hundiendo el rostro en su cuello.
—Te querré más que a mi propia vida, Tata. Si hay un bebé, seremos la familia más feliz del mundo. Y si no lo hay, seguiremos siendo tú y yo contra todos. Pero por favor, entra y quítanos esta duda.
Tata asintió y entró al baño con paso vacilante. Krist, Mark y Nanon se quedaron en el salón, sumidos en un silencio tenso. Krist empezó a morderse las uñas, algo que no hacía desde su propio debut, y Mark caminaba en círculos alrededor de la mesa.
—Si es positivo, voy a ser el mejor tío del mundo —declaró Krist—. Le enseñaré a hacer bromas pesadas a los directores desde los tres años.
—Y yo le enseñaré a ser el más elegante de la empresa —añadió Mark—. Nada de ropa barata para el heredero de los Korapat.
—Cállense los dos —pidió Nanon, aunque tenía una sonrisa nerviosa en los labios—. Solo quiero que Tata esté bien. Está tan asustado...
Diez minutos después, la puerta del baño se abrió lentamente. Tata salió con el palito en la mano, caminando como si estuviera pisando cristales. Se acercó a Nanon y, sin decir una palabra, le entregó la prueba.
Nanon cerró los ojos un segundo antes de mirar. Cuando finalmente lo hizo, sintió que el mundo se detenía. Dos líneas rojas, claras y brillantes, destacaban en la pequeña ventana de plástico.
—¿Y bien? —preguntó Krist, asomándose por encima del hombro de Nanon—. ¡SANTO CIELO! ¡SON DOS! ¡SON DOS RAYAS!
—¡VOY A SER TÍO! —gritó Mark, saltando sobre el sofá y empezando a bailar—. ¡Nanon va a cambiar pañales! ¡Esto es lo mejor que le ha pasado a la GMMTV en décadas!
Tata miraba a todos con confusión, alternando su vista entre la alegría explosiva de sus amigos y el silencio sepulcral de Nanon.
—P'Nanon... ¿por qué no dices nada? —preguntó Tata, empezando a preocuparse—. ¿Son malas las rayitas? ¿Es por el elefante rosa?
Nanon levantó la vista y Tata vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas de felicidad. Nanon lo levantó en vilo, dándole vueltas en el aire mientras reía y lloraba al mismo tiempo.
—¡Es un bebé, Tata! ¡Vamos a tener un bebé! —exclamó Nanon, cubriendo su rostro de besos—. ¡No puedo creerlo! ¡Soy el hombre más afortunado del universo!
Tata finalmente sonrió, una sonrisa que iluminó toda la habitación. Se abrazó al cuello de Nanon, sintiéndose seguro y amado.
—Entonces... ¿el bebé también pensará que el elefante rosa es triste? —preguntó Tata con total seriedad.
Krist se echó a reír, abrazando a la pareja.
—Pequeño, el bebé podrá pensar lo que quiera, porque va a tener a los tíos más locos y al papá más rico y protector de Tailandia.
—Y al papá más bonito —añadió Nanon, acariciando la mejilla de Tata—. Gracias, mi ángel. Gracias por este regalo.
Esa tarde, la GMMTV no supo por qué Nanon Korapat llegó a los ensayos con una caja de donas para todo el personal y una sonrisa que no se le borraba ni con las críticas del director. Tampoco supieron por qué Krist y Mark pasaron la tarde mirando catálogos de cunas de lujo en sus teléfonos.
Pero en el ático de Nanon, la paz había vuelto. Tata estaba recostado en el sofá, comiendo helado de fresa con trozos de calamar seco —un nuevo antojo que Nanon corrió a buscar sin cuestionar—, mientras miraba de nuevo a Pocoyó.
—¿Sabes qué, P'? —dijo Tata, señalando la pantalla—. Ya no me da pena la elefanta.
—¿Ah, no? ¿Por qué, cariño? —preguntó Nanon, sentado a sus pies y acariciándole las piernas.
—Porque el rosa es un color bonito —decidió Tata con un bostezo—. Es el color de las mejillas de nuestro bebé cuando nazca.
Nanon sonrió, besando los pies de su novio. El millonario introvertido que antes solo creía en los contratos y la música, ahora entendía que la melodía más hermosa de su vida apenas estaba empezando a componerse, y que no importaba el color de los elefantes, siempre y cuando tuviera a su ángel —y a su pequeño querubín en camino— a su lado.
—Mañana iremos al médico —dijo Nanon—. Quiero escuchar su corazón.
—¿Crees que su corazón suene como tu guitarra, P'? —preguntó Tata, cerrando los ojos, vencido por el sueño.
—Estoy seguro de que sonará mucho mejor que cualquier cosa que yo haya escrito jamás —susurró Nanon, cubriéndolo con la manta.
Krist y Mark, que observaban desde la cocina mientras terminaban las hamburguesas, se miraron y brindaron con sus vasos de refresco.
—Quién lo diría —murmuró Krist—. El trío perfecto ahora va a tener un nuevo integrante.
—El cuarteto perfecto —corrigió Mark—. Y prepárate, Krist, porque si Tata lloró por un elefante rosa, no quiero imaginarme qué pasará cuando se entere de que los pingüinos no vuelan.
—Eso será un problema para el Nanon del futuro —rio Krist—. Por ahora, dejemos que disfruten de su milagro.
Y así, entre antojos extraños, miedos de primerizos y una felicidad que desbordaba las paredes, el amor que nació en un pasillo frío de una empresa se preparaba para su papel más importante: el de crear una vida. Nanon Korapat, el hombre que lo tenía todo, finalmente comprendió que su verdadera fortuna no estaba en el banco, sino en esa pequeña prueba de plástico con dos rayitas que ahora guardaba en su mesa de noche como el tesoro más grande del mundo.