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Ángel en mis ojos

El eco de un corazón que late por tres

La GMMTV se había acostumbrado a muchas cosas a lo largo de los años: escándalos de alfombra roja, fans acampando en la entrada y rodajes interminables. Sin embargo, nada los había preparado para el "Efecto Tata". Con cinco meses de embarazo, el joven actor de ojos angelicales se había convertido en el centro de gravedad de la empresa. No solo porque su vientre ya empezaba a curvarse de forma adorable bajo sus sudaderas holgadas, sino porque sus hormonas habían decidido que la lógica era algo opcional.

Ese lunes, el set de la nueva serie donde Tata participaba —un drama ligero que Nanon supervisaba casi cada hora— estaba en máxima alerta. Nanon caminaba de un lado a otro con un termo de agua tibia y una bolsa de caramelos de jengibre, seguido de cerca por Krist y Mark, quienes se habían autoproclamado "guardaespaldas del heredero".

—Nanon, relájate —le susurró Mark, dándole un palmadita en el hombro—. Estás más tenso que una cuerda de violín. Tata está bien, solo está repasando sus líneas con Paul.

—No es eso, Mark —respondió Nanon, sin quitarle la vista de encima a su novio—. Hace diez minutos estaba riendo porque un pájaro se posó en la ventana, y hace cinco casi muerde a un iluminador porque el foco "le recordaba a un limón amargo". No sé en qué estado de ánimo está ahora mismo.

Como si lo hubiera invocado, Tata se levantó de su silla de lona y caminó hacia ellos. Su rostro, que solía ser la viva imagen de la paz, estaba contraído en una mueca de tragedia griega.

—P'Nanon... —dijo Tata, y su voz tembló de una manera que hizo que el corazón de Nanon diera un vuelco.

—¿Qué pasa, ángel? ¿Te duele algo? ¿Quieres sentarte? —Nanon ya estaba rodeando su cintura con un brazo, analizando cada centímetro de su expresión.

—P'Krist me lo acaba de decir... —sollozó Tata, y de repente las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas como cascadas—. ¡Me dijo la verdad! ¡¿Cómo pudiste ocultármelo tanto tiempo?!

Nanon fulminó a Krist con la mirada. Krist, por su parte, retrocedió un paso, levantando las manos en señal de inocencia, aunque tenía una sonrisa nerviosa.

—¡Yo no hice nada! —exclamó Krist—. Solo estábamos hablando de las vacaciones de Navidad y de qué le pediríamos a Santa Claus para el bebé, y entonces... bueno, salió el tema.

—¡Santa Claus no existe! —gritó Tata, y el set entero se quedó en silencio—. ¡Es un invento! ¡Es un señor disfrazado! ¡Toda mi vida le escribí cartas a un desconocido que no era mágico! ¡¿Qué clase de mundo le vamos a dar a nuestro hijo, Nanon?! ¡Un mundo lleno de mentiras y hombres con barbas falsas!

Tata se hundió en el pecho de Nanon, llorando con un desconsuelo tal que parecía que acababa de perder un premio internacional. Nanon suspiró, acariciando el cabello de su novio mientras lanzaba una mirada de "te voy a matar" a su mejor amigo.

—Cariño, Santa es... es un espíritu —intentó explicar Nanon, aunque sabía que era inútil—. Es la magia de dar...

—¡No quiero espíritus! ¡Quería renos voladores! —replicó Tata, apartándose bruscamente—. ¡Y ahora tengo hambre! Quiero piña con chile, pero que el chile sea verde, no rojo. Si es rojo, me voy a poner a llorar otra vez porque el rojo es el color de la mentira de Santa.

—Voy por la piña —dijo Mark rápidamente, escapando del set antes de que la tormenta empeorara.

Pasaron las semanas y la tensión en la empresa solo aumentó a medida que el vientre de Tata crecía. Nanon se había vuelto un experto en descifrar los antojos más bizarros y en consolar crisis existenciales sobre por qué las nubes no eran de algodón de azúcar. Pero, a pesar del caos hormonal, había una ternura infinita en la forma en que Nanon cuidaba de él. El millonario frío e introvertido había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre que le hablaba al vientre de su pareja cada noche, prometiéndole al bebé que tendría la mejor colección de guitarras del mundo.

El día del parto llegó de la manera más inesperada. Tata estaba en el set, insistiendo en que quería terminar de grabar una escena corta. Se sentía bien, o al menos eso decía, mientras caminaba por el pasillo principal de la GMMTV saludando a todos con su habitual amabilidad.

—Hola, P'Aof. Hola, P'Godji —decía Tata, sonriendo a pesar de que caminaba un poco más lento de lo normal—. Sí, ya casi estamos listos. El bebé está muy tranquilo hoy.

Nanon caminaba a su lado, como siempre, cargando un bolso con todo lo necesario "por si acaso". Estaba saludando a un grupo de nuevos actores, manteniendo esa naturaleza amable que lo caracterizaba, cuando de repente sintió que Tata se detenía en seco.

—P'Nanon... —susurró Tata.

—¿Sí, ángel? ¿Otra vez quieres helado de carbón activado? —bromeó Nanon, girándose hacia él.

Pero la expresión de Tata no era de antojo. Estaba pálido y miraba hacia abajo, a sus pies. Nanon siguió su mirada y sintió que el mundo se desvanecía. Un líquido claro empapaba los pantalones de Tata y se extendía por el suelo brillante del pasillo.

—¡Tata! —gritó Nanon, entrando en pánico instantáneo—. ¡Te hiciste pipí! ¡No pasa nada, cariño! ¡Es el peso del bebé! ¡No te avergüences, yo te limpio! ¡Traigan una toalla!

Tata miró a Nanon con una mezcla de confusión y dolor, mientras una contracción fuerte le recorría el cuerpo, obligándolo a doblarse un poco.

—P'Nanon... —jadeó Tata, apretando la mano de su novio con una fuerza que casi le rompe los huesos—. No es pipí... ¡Es el bebé! ¡Se rompió la fuente!

Nanon se quedó congelado por tres segundos exactos. El actor que podía memorizar guiones de cien páginas en una noche no podía procesar tres palabras.

—¿El bebé? Pero... ¡pero faltan dos semanas! —exclamó Nanon, empezando a hiperventilar—. ¡No estamos listos! ¡No he terminado de pintar la cuna! ¡Mark no ha traído el asiento para el coche!

—¡Nanon, reacciona! —gritó Krist, que venía corriendo desde la cafetería al escuchar el alboroto—. ¡Llévatelo al hospital ahora mismo! ¡Yo conduzco!

El caos se apoderó de la GMMTV. Actores, directores y guardias de seguridad se apartaron mientras Nanon, finalmente recuperando el instinto, cargaba a Tata en brazos como si no pesara nada. Corrieron hacia el estacionamiento, con Tata soltando pequeños quejidos y Nanon murmurando palabras de aliento que ni él mismo entendía.

—Todo va a estar bien, ángel. Respira. Recuerda lo que dijimos en las clases: inhalar, exhalar... ¡Krist, arranca este maldito coche o te juro que te despido de mi vida! —gritaba Nanon mientras se acomodaba en el asiento trasero con la cabeza de Tata en su regazo.

—¡Voy, voy! ¡Sujétense! —Krist salió del estacionamiento quemando llanta, mientras Mark llamaba al hospital por teléfono.

El trayecto fue una mezcla de gritos, respiraciones agitadas y Tata pidiendo, en medio de una contracción, que por favor no olvidaran su peluche de elefante rosa porque el bebé necesitaba verlo al nacer.

—¡Traeremos diez elefantes rosas, Tata! ¡Solo respira! —suplicaba Nanon, secándole el sudor de la frente.

Al llegar al hospital, todo fue un borrón de luces blancas y enfermeras corriendo. Nanon se negó a soltar la mano de Tata, incluso cuando lo llevaban hacia la sala de partos. Estaba asustado, aterrorizado como nunca lo había estado en un escenario, pero sabía que tenía que ser el ancla de su ángel.

Horas después, el silencio de la sala de espera fue roto por un llanto agudo, fuerte y lleno de vida. Krist y Mark, que estaban sentados en el suelo agotados, se levantaron de un salto. Paul, que había llegado poco después, empezó a llorar de alegría.

Dentro de la habitación, Nanon estaba sentado al borde de la cama, mirando con adoración absoluta el pequeño bulto envuelto en una manta azul que Tata sostenía contra su pecho. El bebé tenía la nariz de Nanon, pero los ojos... esos ojos eran, sin duda, los de un ángel.

—Es hermoso, P'Nanon —susurró Tata, con la voz débil pero llena de una paz infinita—. Mira sus manos... son tan pequeñitas.

Nanon no podía hablar. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin control. Se inclinó y besó la frente de Tata, y luego la cabecita del recién nacido.

—Gracias, Tata —logró decir finalmente—. Gracias por hacerme el hombre más rico del mundo, de la única manera que importa.

—¿P'Nanon? —preguntó Tata, mirando al bebé con una sonrisa traviesa.

—¿Qué pasa, cariño?

—¿Crees que cuando crezca le podamos decir que Santa Claus sí existe? —preguntó Tata—. No quiero que se ponga triste como yo.

Nanon soltó una carcajada suave, envolviendo a ambos en un abrazo.

—Le diremos lo que tú quieras, ángel. Pero sobre todo, le diremos que nació en un lugar donde todos lo amaban antes de conocerlo.

En ese momento, la puerta se abrió un poco y las cabezas de Krist y Mark asomaron con cautela.

—¿Podemos pasar? —preguntó Krist en un susurro—. Traemos un elefante rosa gigante. Mark casi se pelea con una señora en la tienda para conseguirlo.

—Pasen, tíos locos —dijo Nanon, sonriendo—. Vengan a conocer al nuevo dueño de la GMMTV.

Los amigos se acercaron, rodeando la cama en un silencio respetuoso que duró apenas unos segundos antes de que Krist empezara a hacerle muecas al bebé y Mark sacara su teléfono para documentar el momento histórico.

Tata miró a su alrededor: a su mejor amigo Paul sonriendo desde la puerta, a los traviesos Krist y Mark, y finalmente a Nanon, el hombre que una vez pensó que el amor era una pérdida de tiempo y que ahora lo miraba como si fuera su único universo.

—Te amo, P'Nanon —dijo Tata, cerrando los ojos mientras el cansancio empezaba a vencerlo.

—Y yo a ti, mi vida. A los dos —respondió Nanon, acomodando la manta del bebé—. Bienvenido a casa, pequeño Korapat.

El millonario introvertido finalmente había encontrado la melodía perfecta, una que no necesitaba instrumentos ni grandes producciones, solo el sonido de una respiración pausada y el calor de una familia que comenzó con un encuentro inesperado en un pasillo y se convirtió en la historia más real que jamás se contaría en los estudios de la GMMTV.