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Anhelando el Infinito

Tácticas de Campo y el Arte de la Guerra de Alcoba

El cielo sobre Sendai estaba cubierto por un manto de nubes grises que amenazaban con una lluvia fina, pero el ambiente entre los alumnos de primer año de la Escuela de Hechicería de Tokio era, por el contrario, inusualmente eléctrico. Satoru Gojo observaba la escena desde una distancia prudencial, apoyado contra una barandilla metálica con su habitual aire de despreocupación. Sus Seis Ojos captaban cada fluctuación de energía maldita en el edificio abandonado frente a ellos, pero su atención estaba centrada en algo mucho más mundano y, a la vez, fascinante.

—¡Itadori! ¡Te dije que cubrieras el flanco izquierdo, pedazo de alcornoque! —gritó Nobara Kugisaki, aunque su tono carecía de la agresividad real que solía mostrar.

—¡Lo estoy haciendo, Nobara! Pero esta maldición se mueve más rápido de lo que parece —respondió Yuji, lanzando un puñetazo cargado de energía que hizo temblar los cimientos de una columna.

—Menos quejas y más coordinación —replicó ella, acercándose a él tanto que sus hombros se rozaron durante un breve segundo mientras ella clavaba un clavo cargado de energía en el suelo—. Si no nos sincronizamos, terminaremos cenando polvo en lugar de ese sushi que prometió Gojo-sensei.

Satoru, bajo sus vendas, arqueó una ceja. Había algo en la forma en que Nobara buscaba constantemente la proximidad física con Yuji, bajo el pretexto de la "eficiencia táctica", que le resultaba peligrosamente familiar. No era solo trabajo en equipo; era una coreografía de contacto físico justificado, miradas de reojo y una competitividad que ocultaba algo más profundo.

"Vaya, vaya", pensó Gojo, esbozando una sonrisa divertida. "Parece que el virus de la complicación sentimental es contagioso. Primero Shoko, Utahime y Mei... y ahora mis pequeños alumnos están recreando su propia versión del caos".

La imagen de las tres mujeres en el bar de Shinjuku volvió a su mente. Recordó la tensión eléctrica, el desafío en los ojos de Mei Mei, la determinación de Utahime y la calma posesiva de Shoko. De repente, su "descanso" en esta misión de entrenamiento no se sentía tanto como un respiro, sino como un recordatorio de que el mundo entero parecía estar conspirando para recordarle que era un hombre, y no solo un concepto de poder absoluto.

—¿En qué piensa, Gojo-sensei? —preguntó Megumi Fushiguro, apareciendo a su lado con su habitual expresión de estoicismo—. Tiene esa sonrisa que suele significar que alguien va a terminar con dolor de cabeza. O que está planeando algo estúpido.

—¡Qué poca fe tienes en tu querido profesor, Megumi! —exclamó Satoru, dándole una palmada en la espalda que casi lo hace tambalear—. Solo estaba admirando la... excelente coordinación de tus compañeros. Nobara parece muy decidida a no dejar que Yuji se aleje más de un metro de ella. ¿No te parece una estrategia fascinante?

Megumi miró hacia donde Nobara estaba, literalmente, agarrando a Yuji por la parte trasera de su sudadera para "posicionarlo mejor".

—Es molesto —sentenció Megumi—. Hacen demasiado ruido. Pero sí, Kugisaki ha estado actuando de forma extraña últimamente. Dice que es para mejorar el rendimiento del equipo, pero ayer lo obligó a acompañarla de compras durante cuatro horas solo para "fortalecer el vínculo de confianza".

Gojo soltó una carcajada sonora.

—Ah, la vieja técnica del "vínculo de confianza". Clásico. Definitivamente, las mujeres son las que realmente dominan las técnicas de barrera, Megumi. Crean muros tan sutiles que ni siquiera te das cuenta de que estás encerrado hasta que ya es tarde.

Mientras Satoru disfrutaba del espectáculo de sus alumnos, ajeno a que él mismo era el epicentro de un terremoto similar, en una suite privada de un hotel de lujo en el centro de Tokio, la verdadera "gestión de crisis" estaba teniendo lugar.

El ambiente en la habitación de Mei Mei era radicalmente distinto al del bar de Shinjuku. Aquí no había humo de cigarrillo ni vasos de cerveza baratos. Había seda, luz tenue y el aroma de un vino que costaba más que la renta mensual de la mayoría de los hechiceros.

Utahime Iori estaba sentada en un sofá de terciopelo, sosteniendo una copa de cristal con una rigidez que delataba sus nervios. Shoko Ieiri, por su parte, se había despojado de su bata y vestía un camisón de seda bajo una bata de casa, luciendo más relajada que en años. Mei Mei presidía la reunión desde un sillón que parecía un trono, con una de sus trenzas celestes descansando sobre su hombro.

—Seamos honestas —comenzó Mei Mei, rompiendo el silencio con su voz aterciopelada—, las tácticas de aproximación directa no están dando los resultados esperados. Satoru es demasiado denso para captar las sutilezas y demasiado arrogante para creer que alguien puede tener poder sobre él.

—Es un idiota —murmuró Utahime, bebiendo un sorbo de vino—. Le traje los mejores dulces de Kioto y pensó que era una técnica de soborno de los altos mandos. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que quería... bueno, pasar tiempo con él.

—El problema —intervino Shoko, mirando el líquido rojo en su copa— es que lo estamos tratando como a un colega o como a un objetivo. Y Satoru, aunque no lo admita, está acostumbrado a que todos le tengan miedo o lo idolatren. Lo que necesitamos es cambiar la frecuencia.

Mei Mei sonrió, una expresión que en el campo de batalla solía preceder a una ejecución.

—Exacto, Shoko. Hemos estado jugando en su terreno: el de la hechicería y la camaradería. Pero hay un terreno donde Satoru Gojo es, sorprendentemente, un principiante. El terreno de la provocación sensorial.

Utahime se puso roja al instante, casi atragantándose con el vino.

—¿Estás sugiriendo... seducción? —preguntó con voz temblorosa—. ¡Somos hechiceras profesionales! ¡Yo soy una profesora! No puedo simplemente...

—Oh, por favor, Utahime —la cortó Mei Mei con un gesto elegante de la mano—. No estamos hablando de nada vulgar. Estamos hablando de estrategia. Satoru posee los Seis Ojos; percibe cada átomo, cada cambio en la temperatura, cada pulsación. ¿Te imaginas lo que le haría a su cerebro si le damos algo que sus ojos no puedan analizar con lógica?

Shoko arqueó una ceja, interesada.

—Sobrecarga sensorial —murmuró la doctora—. Si atacamos sus sentidos de una manera que no sea hostil, su Infinito no sabrá cómo reaccionar. No es una amenaza física, por lo que su técnica automática no la bloqueará.

—Exacto —continuó Mei Mei—. No se trata de lo que digamos, sino de lo que proyectemos. El perfume adecuado, el roce "accidental" en el momento preciso, una mirada que dure dos segundos más de lo necesario. Satoru está tan acostumbrado a ser intocable que el contacto real lo desarmará por completo.

Utahime dejó la copa sobre la mesa, sus manos temblando ligeramente.

—Eso es... jugar sucio.

—Eso es maximizar los activos, querida —replicó Mei Mei—. Si queremos ganar esta competencia, tenemos que ser implacables. Shoko ya tiene la ventaja de la historia compartida. Tú tienes la ventaja de esa tensión irritante que él encuentra tan divertida. Y yo tengo la ventaja de saber exactamente qué es lo que un hombre como él desea cuando cree que lo tiene todo.

Shoko se inclinó hacia adelante, sus ojos castaños brillando con una chispa de malicia que rara vez mostraba.

—Entonces, ¿cuál es el plan? Porque Satoru vuelve de Sendai mañana. Y dudo que venga cansado.

—Mañana por la noche hay una recepción benéfica organizada por el clan Gojo —dijo Mei Mei, sacando tres invitaciones doradas de un sobre—. Él tiene que asistir por obligación. Nosotras asistiremos por elección. No habrá uniformes de miko, ni batas de laboratorio, ni trajes de oficina.

Utahime miró la invitación como si fuera un sello maldito.

—¿Qué se supone que debemos hacer?

—Vamos a recordarle que, aunque sea el más fuerte del mundo, sigue siendo un hombre —sentenció Mei Mei—. Y que el Infinito es una barrera muy delgada cuando se enfrenta a la voluntad de tres mujeres que saben exactamente lo que quieren.

Mientras tanto, en Sendai, la misión había terminado. Yuji y Nobara caminaban uno al lado del otro, discutiendo acaloradamente sobre dónde ir a comer.

—¡Te digo que el lugar de ramen de la esquina es el mejor, Itadori! ¡Tienen gyoza gratis si pides el combo especial! —exclamaba Nobara, dándole un empujón juguetón en el hombro.

—¡Pero yo quería probar el sushi local, Kugisaki! —se quejaba Yuji, riendo y devolviéndole el empujón, aunque con mucho más cuidado.

Satoru los seguía, observando cómo Nobara aprovechaba cualquier oportunidad para enganchar su brazo con el de Yuji bajo la excusa de "no perderse entre la multitud".

"Seducción táctica", pensó Gojo, frotándose la barbilla. "Nobara está usando una versión rudimentaria de lo que esas tres están planeando, estoy seguro. Qué curioso... el mundo de la hechicería es un lugar de guerra constante, pero las batallas más difíciles no se libran con energía maldita".

Se detuvo un momento, mirando hacia el cielo nocturno. Por un breve instante, sintió un escalofrío recorrer su columna. Sus Seis Ojos no detectaban ninguna amenaza inmediata, ningún rastro de Sukuna ni de ninguna maldición de grado especial. Sin embargo, la sensación de peligro era real. Un tipo de peligro que no podía ser repelido por el Vacío Púrpura ni por el Vacío Infinito.

—Mañana será un día interesante —murmuró Satoru para sí mismo, ajustándose las vendas sobre los ojos.

...

Al día siguiente, la Escuela de Hechicería de Tokio estaba sumida en una calma engañosa. Satoru había pasado la mañana evitando a Ijichi y bromeando con Panda, tratando de ignorar la creciente sensación de que estaba caminando directamente hacia una trampa.

Cuando llegó la noche, Gojo se vistió con su traje formal negro. Odiaba estas reuniones de clanes, llenas de ancianos estirados y política aburrida, pero como cabeza del clan Gojo, su presencia era un mal necesario. Se miró al espejo, colocándose sus gafas de sol oscuras en lugar de las vendas, y sonrió a su reflejo.

—Bueno, Satoru, hora de ser el centro de atención —dijo con suficiencia—. Como siempre.

Sin embargo, cuando entró en el gran salón del hotel de lujo donde se celebraba la recepción, el aire se le escapó de los pulmones.

Sus Seis Ojos, que normalmente le proporcionaban una visión clara y analítica de todo su entorno, sufrieron un colapso momentáneo. No era una técnica maldita. Era algo mucho más potente.

En el centro del salón, formando un triángulo de poder absoluto, estaban ellas.

Utahime Iori vestía un kimono de seda azul profundo, tan oscuro que parecía medianoche, con detalles en plata que resaltaban la cicatriz de su rostro, dándole un aire de belleza guerrera y antigua que Satoru nunca había visto. No había rastro de la miko estricta; había una mujer que irradiaba una elegancia serena y desafiante.

A unos metros, Mei Mei lucía un vestido de noche negro con un escote vertiginoso y una abertura en la pierna que dejaba poco a la imaginación. Su cabello celeste estaba recogido en un peinado complejo que dejaba al descubierto su cuello, adornado con diamantes que palidecían ante el brillo de sus ojos grises. Ella no estaba allí para asistir a una fiesta; estaba allí para comprar el lugar y a todos los que estaban dentro.

Y luego estaba Shoko.

Shoko Ieiri, la mujer que siempre parecía estar a un paso del colapso por cansancio, vestía un vestido de seda color borgoña que se ajustaba a sus curvas con una naturalidad asombrosa. Llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas castañas sobre sus hombros, y sus labios estaban pintados de un rojo tan intenso que parecía sangre. Sostenía una copa de champán con una mano y, al ver entrar a Satoru, le dedicó una sonrisa lenta y cargada de una confianza que lo dejó clavado en el sitio.

Gojo sintió que su técnica de Infinito vibraba. Las tres mujeres comenzaron a caminar hacia él desde diferentes ángulos, sincronizadas como si hubieran ensayado el movimiento mil veces.

—Llegas tarde, Satoru —dijo Utahime, deteniéndose a su derecha. El aroma a sándalo y jazmín de su perfume golpeó los sentidos de Gojo como un mazo—. Pensé que el hombre más fuerte también era el más puntual.

—El tiempo es relativo cuando se tiene tanto poder, ¿verdad, querido? —añadió Mei Mei, posicionándose a su izquierda, dejando que su mano rozara "accidentalmente" el brazo de Satoru. El contacto envió una descarga eléctrica a través de su sistema que lo hizo parpadear.

Shoko se detuvo justo frente a él, obligándolo a mirarla directamente. Se acercó tanto que Gojo pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Te ves tenso, Satoru —susurró ella, su voz baja y ronca—. ¿Es que el Infinito no puede protegerte de una fiesta de gala?

Gojo, por primera vez en su vida adulta, no supo qué decir. Sus Seis Ojos estaban procesando la textura de la seda, el ritmo acelerado de los corazones de las tres mujeres, la dilatación de sus pupilas y el sutil cambio en la composición química del aire debido a sus perfumes. Era una sobrecarga sensorial absoluta.

—Chicas... —logró decir Satoru, tratando de recuperar su tono bromista, aunque su voz sonó un poco más profunda de lo normal—. Esto parece una emboscada de grado especial. ¿He hecho algo para merecer este despliegue de... recursos?

—Solo estamos siguiendo tu ejemplo, Satoru —dijo Mei Mei, entrelazando su brazo con el de él—. Siempre dices que hay que dar el máximo en cada misión.

—Y esta es una misión muy importante —añadió Utahime, tomando el otro brazo de Gojo con una firmeza que no admitía discusión.

Shoko simplemente se quedó frente a él, manteniendo el contacto visual, una sonrisa de suficiencia bailando en sus labios.

—Vamos, Satoru. La noche acaba de empezar —dijo la doctora, dándose la vuelta para guiarlos hacia el centro de la pista de baile—. Y tenemos muchas cosas que discutir. Sin informes, sin maldiciones y, definitivamente, sin espacio personal.

Satoru Gojo, el hombre inalcanzable, el hechicero que vivía en el espacio entre los momentos, se dejó llevar. Mientras caminaba flanqueado por Utahime y Mei Mei, con Shoko abriendo el camino, se dio cuenta de que su "descanso" en Sendai había sido el ojo del huracán.

Ahora, estaba en el centro de la tormenta. Y por primera vez, no quería usar su técnica para escapar.

"Nobara tenía razón", pensó con una mezcla de pavor y entusiasmo mientras sentía la presión de los brazos de las dos mujeres contra los suyos y la mirada ardiente de Shoko sobre él. "La coordinación es la clave. Y estas tres están perfectamente sincronizadas para destruirme".

La competencia había dejado de ser una charla de bar. Se había convertido en una guerra de asedio, y Satoru Gojo acababa de darse cuenta de que sus murallas eran mucho más frágiles de lo que jamás había imaginado. La seducción, la táctica más antigua del mundo, había logrado lo que ninguna maldición pudo: atrapar al Infinito en una red de seda y deseo.