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Anhelando el Infinito

El Azar del Destino y la Cronología del Deseo

Satoru Gojo se encontraba en una posición que ni siquiera los Seis Ojos habían previsto. La recepción benéfica, que había comenzado como una exhibición de poder estético por parte de Shoko, Utahime y Mei Mei, había degenerado en una negociación de alto nivel en un reservado privado del hotel. La música de cámara se filtraba débilmente a través de las paredes insonorizadas, pero el silencio dentro de la habitación era mucho más denso.

—Esto no puede continuar así —sentenció Mei Mei, cruzando sus largas piernas y dejando que la seda de su vestido negro se deslizara con un susurro—. La competencia desordenada solo genera ineficiencia y fricción innecesaria. En el mercado, cuando dos o más potencias desean un activo limitado, se establecen turnos o se llega a un acuerdo de exclusividad temporal.

—Odio admitirlo, pero tiene razón —dijo Shoko, apoyada contra el marco de la ventana con un cigarrillo apagado entre los dedos—. Satoru se está divirtiendo demasiado con este caos. Si queremos ver resultados reales, necesitamos estructura.

Utahime, cuyo rostro aún conservaba el rubor de la cercanía previa con Gojo, asintió con una determinación que rayaba en lo solemne.

—Propongo un tratado. Una semana para cada una. Sin interrupciones, sin sabotajes y, sobre todo, sin que las otras dos intervengan en los asuntos de la que tenga el turno.

Satoru, sentado en un sillón orejero como si fuera un rey en espera de su sentencia, soltó una carcajada que rompió la tensión.

—¿Una semana entera conmigo? Chicas, soy un hombre muy demandante. ¿Están seguras de que sus nervios —miró a Utahime—, sus carteras —miró a Mei Mei— o su paciencia —miró a Shoko— podrán soportarlo?

—No te sientas tan importante, Satoru —replicó Shoko con una sonrisa lánguida—. Es un experimento social. Nada más.

—Bien —dijo Mei Mei, sacando su teléfono para registrar el acuerdo—. Pero el orden debe ser justo. No permitiremos que el favoritismo nuble el juicio. Lo decidiremos de la manera más antigua y honesta conocida por la humanidad.

—¿Piedra, papel o tijera? —preguntó Gojo, incrédulo.

—Piedra, papel o tijera —confirmaron las tres al unísono.

El espectáculo que siguió fue algo que Satoru guardaría en su memoria como el evento más absurdo de la historia de la hechicería. Tres de las mujeres más poderosas e influyentes de Japón se prepararon como si fueran a realizar una expansión de dominio.

—¡Piedra, papel... tijera!

El primer choque dejó a Shoko fuera de combate con una "piedra" frente a los "papeles" de las otras dos. La doctora suspiró, encogiéndose de hombros con una resignación profesional.

—Parece que me toca el turno de cierre. Guarden lo que quede de él para mí.

El duelo final entre Utahime y Mei Mei fue intenso. Utahime, movida por una mezcla de indignación y deseo contenido, lanzó "tijeras" con una ferocidad inusitada. Mei Mei, confiando en su lógica, mantuvo el "papel".

—¡Gané! —exclamó Utahime, su voz cargada de un triunfo que no sentía desde que aprobó su examen de grado uno.

Mei Mei arqueó una ceja, guardando su teléfono con elegancia.

—Felicidades, Utahime. Tienes la primera semana. Espero que sepas capitalizar tu inversión inicial, porque yo iré tras de ti con una estrategia mucho más agresiva.

Satoru se levantó, ajustándose la chaqueta del traje. Su sonrisa era de pura anticipación.

—Así que... Utahime es la primera. ¿Qué tienes planeado para mí, mi querida e irritable miko? ¿Un retiro espiritual? ¿Clases de canto gregoriano?

Utahime se acercó a él, ignorando las miradas expectantes de Shoko y Mei Mei. Le tomó por la corbata y lo obligó a inclinarse hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.

—Prepárate, Satoru —susurró ella—. Porque mañana a las siete de la mañana, dejas de ser el "Hechicero más Fuerte" y pasas a ser mi responsabilidad. Y te aseguro que no vas a tener ni un segundo para aburrirte.

***

Lunes, 7:00 AM.

Satoru Gojo estaba acostumbrado a despertarse con el sonido de las alarmas de emergencia o el silencio absoluto de su habitación blindada. Lo que no esperaba era que Utahime Iori irrumpiera en su dormitorio de la escuela de Tokio con un silbato de entrenamiento y una lista plastificada.

—¡Arriba, Gojo! —gritó ella, haciendo sonar el silbato justo al lado de su oído—. Tenemos un itinerario que cumplir y no voy a permitir que te retrases ni un minuto.

Satoru se sentó en la cama, con el cabello blanco alborotado y una expresión de confusión que rara vez mostraba.

—¿Utahime? ¿Es esto parte de una fantasía de sargento de hierro? Porque si es así, te falta un poco más de convicción en el grito.

—Cállate y vístete —respondió ella, arrojándole una bolsa de ropa—. Hoy no hay uniformes negros. Vamos a Kioto. Y vamos a ir como personas normales.

El primer día fue una prueba de resistencia para Gojo. Utahime lo llevó a través de una serie de templos históricos, obligándolo a participar en ceremonias de purificación que Satoru normalmente evitaría con un chiste malo. Sin embargo, había algo diferente. Utahime no estaba gritando. Estaba compartiendo con él su mundo, la calma de los jardines zen y la profundidad de las tradiciones que ella tanto amaba.

—Mira eso, Satoru —dijo ella mientras caminaban por el camino de filósofo, rodeados de flores de cerezo que empezaban a caer—. El mundo no se detiene porque tú seas el más fuerte. La belleza está en lo que es efímero, no en lo que es infinito.

Gojo la miró de reojo. Utahime se veía radiante bajo la luz filtrada de los árboles. Por un momento, el peso de ser el pilar del mundo de la hechicería pareció desvanecerse.

—Es un concepto interesante —admitió él, quitándose las gafas para ver los colores reales—. Pero lo efímero suele ser frágil. Y yo no soy muy bueno manejando cosas frágiles.

—Por eso estoy aquí —respondió ella, tomando su mano con una naturalidad que lo dejó sin aliento—. Para enseñarte que no todo necesita ser protegido por una barrera.

El miércoles, la tensión cambió de forma. Utahime lo llevó a un pequeño restaurante de okonomiyaki que ella frecuentaba desde sus días de estudiante. El lugar estaba lleno de humo, risas y gente común que no sabía que el hombre sentado a su lado podía destruir una ciudad con un chasquido de dedos.

—¿Por qué me traes aquí? —preguntó Satoru, mientras intentaba usar la espátula con una torpeza impropia de alguien con sus reflejos.

—Porque aquí no eres Gojo-sama —dijo ella, sirviéndole un poco de cerveza—. Aquí eres solo un tipo alto con un apetito ridículo y un sentido del humor cuestionable. Aquí, puedo hablar contigo sin que el Consejo de Hechicería esté escuchando.

Satoru se relajó. La semana con Utahime estaba resultando ser una desintoxicación de su propia leyenda. Ella no lo desafiaba con poder, sino con normalidad. Y eso, para alguien que vivía en el ápice de la existencia, era la seducción más efectiva.

Sin embargo, el viernes por la noche, las cosas tomaron un giro más íntimo. Estaban en la terraza de una posada tradicional en las afueras de Kioto. El aire era fresco y el sonido de un arroyo cercano llenaba el silencio.

—Has estado muy callado hoy —comentó Utahime, sentada a su lado en el engawa, la plataforma de madera—. ¿Te he aburrido demasiado con mis templos y mi té?

—Al contrario —respondió Satoru, mirando hacia la luna—. Ha sido la semana más silenciosa de mi vida. Y me he dado cuenta de que el silencio no es tan malo cuando estás tú para llenarlo de vez en cuando con tus quejas.

Utahime soltó una risita y se apoyó en su hombro. Satoru no activó el Infinito. Permitió que el calor de su cuerpo se filtrara a través de su ropa.

—Satoru... —susurró ella—, sé que Mei Mei y Shoko tienen sus propias razones. Pero yo no te quiero por tu cuenta bancaria ni por tus recuerdos de la escuela secundaria. Te quiero porque eres el único idiota que me hace sentir que el mundo vale la pena, incluso cuando todo se está cayendo a pedazos.

Gojo giró la cabeza y la besó. Fue un beso lento, con sabor a sake y a esa sinceridad que solo Utahime podía ofrecer. En ese momento, Satoru pensó que la competencia podría terminar allí mismo.

Pero el domingo llegó demasiado rápido.

A las doce de la noche, mientras regresaban a Tokio en el Shinkansen, el teléfono de Satoru vibró. Era un mensaje de Mei Mei.

"Tu tiempo de paz ha terminado, Satoru. Espero que hayas descansado, porque mañana empezamos a trabajar de verdad. El coche te espera a las seis. No llegues tarde, el tiempo es dinero".

Utahime vio el mensaje y suspiró, recostando su cabeza en el asiento.

—Se acabó mi turno —dijo con un deje de tristeza.

—Fue una buena semana, Utahime —dijo Satoru, apretando su mano—. La mejor en mucho tiempo.

—No te acostumbres —advirtió ella, recuperando un poco de su tono estricto—. Mei Mei no será tan amable como yo. Y Shoko... bueno, Shoko te conoce mejor que nadie. Ten cuidado, Satoru. No dejes que te compren ni que te analicen demasiado.

***

Lunes, 6:00 AM.

Un Rolls-Royce negro esperaba en la puerta de la escuela. Mei Mei estaba dentro, vestida con un traje de negocios que costaba más que la mayoría de las misiones de grado uno.

—Satoru —dijo ella, extendiéndole una tablet—. Tenemos tres reuniones en el distrito financiero, una subasta de objetos malditos en Hong Kong y una cena con los inversores del clan Zenin. Tu valor de mercado ha subido después de tu "retiro" en Kioto. Es hora de capitalizar.

La semana con Mei Mei fue un torbellino de lujo, poder y adrenalina. Ella lo llevó a los círculos más exclusivos del mundo, mostrándole un lado de la existencia donde el poder de los Seis Ojos se traducía en influencia política y financiera.

—No entiendo por qué hacemos esto, Mei —dijo Satoru el miércoles, mientras volaban en un jet privado hacia Singapur—. Sabes que puedo conseguir lo que quiera con solo pedirlo.

—Ese es tu error, Satoru —respondió ella, bebiendo champán—. Tú pides cosas. Yo hago que las cosas te pertenezcan antes de que sepas que las quieres. El poder no es solo fuerza bruta; es control. Y yo quiero que veas lo que podemos controlar juntos.

Mei Mei era implacable. Lo provocaba con su inteligencia, con su capacidad para leer a las personas y con esa sensualidad calculadora que lo mantenía siempre en guardia. A diferencia de la paz de Utahime, Mei Mei era un desafío constante. Lo trataba como a un igual, como a un socio en una empresa de dominación mundial.

El viernes, después de cerrar un trato multimillonario que aseguraba fondos ilimitados para la escuela de Tokio, Mei Mei lo llevó a un ático con vistas a todo el skyline de Singapur.

—Has sido un socio excelente esta semana —dijo ella, acercándose a él y ajustándole la corbata con dedos lentos—. Me pregunto si estarías interesado en una sociedad más... permanente. Las ganancias serían incalculables.

—Mei, eres la única persona que puede hacer que una propuesta romántica suene como una fusión de empresas —rio Gojo, rodeando su cintura con los brazos.

—Porque el amor es el contrato más arriesgado de todos, Satoru —susurró ella, besándolo con una pasión que tenía el filo del diamante—. Y yo solo apuesto cuando sé que voy a ganar.

La semana de Mei Mei terminó con una transferencia masiva a la cuenta personal de Gojo y una sensación de que el mundo era su patio de recreo. Pero, de nuevo, el reloj no se detenía.

El domingo a medianoche, Shoko Ieiri envió un mensaje corto:

"Trae cerveza. El sótano está limpio".

***

La semana con Shoko fue el regreso a la realidad. No hubo templos, ni jets privados, ni cenas de gala. Hubo noches largas en la morgue, conversaciones sarcásticas sobre cadáveres y el olor constante a café y cigarrillos.

—Te ves agotado —dijo Shoko el martes, mientras Satoru la ayudaba a etiquetar muestras de tejido—. Utahime te dio demasiada paz y Mei Mei te dio demasiado trabajo. Estás descompensado.

—Tú siempre tienes el diagnóstico correcto, Shoko —respondió él, dejándose caer en una silla giratoria—. ¿Qué me recetas tú?

—Realidad —dijo ella, pasándole una lata de café frío—. Satoru, ellas están tratando de moldearte. Utahime quiere al hombre que podrías ser y Mei Mei quiere al hombre que representas. Pero yo soy la única que se queda con lo que realmente eres cuando las luces se apagan y los Seis Ojos se cansan de ver tanto.

Shoko no hizo nada especial. Simplemente estuvo allí. Vieron películas viejas en el televisor de la sala de descanso, recordaron a Geto sin la amargura de la traición y compartieron silencios que no necesitaban ser llenados.

—¿Te acuerdas de cuando pensábamos que seríamos jóvenes para siempre? —preguntó Satoru el jueves, mirando cómo Shoko suturaba una herida con una precisión casi inhumana.

—Éramos idiotas —respondió ella sin levantar la vista—. Pero éramos felices. Satoru, no dejes que esta competencia te haga olvidar que no eres un trofeo. Eres mi amigo. Y si decides elegir a alguna de ellas, o a mí, asegúrate de que sea porque puedes ser tú mismo.

El sábado por la noche, Shoko lo llevó a la azotea de la escuela. Hacía viento y las luces de Tokio brillaban a lo lejos.

—Mi semana se acaba —dijo ella, encendiendo un cigarrillo—. Ha sido bastante aburrida comparada con las otras, supongo.

—Ha sido la más necesaria —corrigió Satoru, acercándose a ella—. Shoko, siempre has sido la única que no me mira con asombro. Y eso es lo que más me asusta de ti. Que me conoces tanto que no puedo ocultarte nada.

Shoko lo miró, sus ojos castaños llenos de una sabiduría cansada pero profunda.

—No tienes que ocultarte, tonto.

Se besaron bajo el cielo estrellado, un beso que sabía a años de historia compartida y a una complicidad que no necesitaba palabras.

***

El lunes por la mañana, las tres mujeres se reunieron de nuevo en el bar de Shinjuku. Satoru estaba sentado en la cabecera, mirando a las tres con una expresión que mezclaba la diversión con una seriedad inusual.

—Bueno —comenzó Utahime, cruzándose de brazos—, las tres semanas han pasado. El experimento ha terminado.

—Y los resultados han sido... variados —añadió Mei Mei, observando a Satoru como si esperara un informe trimestral—. Ahora, Satoru, la pelota está en tu tejado. ¿Qué has decidido?

Shoko no dijo nada. Simplemente encendió un cigarrillo y esperó.

Satoru Gojo se quitó las gafas y las puso sobre la mesa. Miró a Utahime, luego a Mei Mei y finalmente a Shoko. Sus Seis Ojos captaron la tensión, la esperanza y la determinación en cada una de ellas.

—He decidido —dijo con una voz que resonó en el pequeño local— que las tres son terriblemente eficientes en lo que hacen. Utahime me recordó que hay un mundo fuera de la hechicería que vale la pena vivir. Mei Mei me recordó que el poder es una herramienta que puede cambiar el mundo. Y Shoko... Shoko me recordó quién soy yo.

—Eso no es una respuesta, Satoru —dijo Utahime con impaciencia.

—Lo es —replicó él, levantándose—. He decidido que no voy a elegir a una. Porque si elijo a una, pierdo lo que las otras dos me aportan. Y yo soy Satoru Gojo. Yo lo quiero todo.

Las tres mujeres se quedaron atónitas.

—¿Estás sugiriendo... un arreglo compartido? —preguntó Mei Mei, arqueando una ceja con una mezcla de indignación y curiosidad financiera—. Eso es logísticamente complejo.

—Pero no imposible —añadió Shoko con una risita—. Eres un ególatra, Satoru.

—Soy el más fuerte —respondió él con su sonrisa más brillante—. Y si ustedes tres pudieron ponerse de acuerdo para jugar a piedra, papel o tijera conmigo, estoy seguro de que pueden ponerse de acuerdo para manejarme. Después de todo, ninguna de ustedes quiere que la otra gane por completo, ¿verdad?

Utahime, Mei Mei y Shoko se miraron entre sí. La competencia no había terminado; simplemente había cambiado de formato. La guerra de asedio se había convertido en un gobierno de coalición.

—Esto va a ser un desastre —susurró Utahime, aunque no pudo evitar sonreír.

—Un desastre muy caro —añadió Mei Mei, empezando a calcular los horarios en su teléfono.

—Y yo voy a tener que curar los ataques de nervios de todos —concluyó Shoko, levantando su vaso—. Por el Infinito y la absoluta falta de sentido común de este hombre.

Satoru Gojo brindó con ellas, sabiendo que su vida acababa de volverse infinitamente más complicada y, por primera vez, infinitamente más interesante. El juego continuaba, y él estaba ansioso por ver quién hacía el siguiente movimiento.