Anhelando el Infinito
El Triángulo de las Bermudas Hechicero
El aire en la Escuela de Hechicería de Tokio se había vuelto denso, cargado de una energía que no era precisamente maldita, sino más bien... burocrática y hormonal. Los estudiantes de primer y segundo año se encontraban reunidos en las escaleras del patio principal, observando con una mezcla de fascinación y horror cómo su mentor, el hombre que supuestamente cargaba con el destino del mundo sobre sus hombros, descendía de un helicóptero privado con el logotipo de la corporación de Mei Mei, solo para ser interceptado inmediatamente por una furiosa Utahime Iori que sostenía un fajo de pergaminos de Kioto.
—¿Alguien puede explicarme por qué Gojo-sensei lleva un traje de tres piezas de seda italiana y, al mismo tiempo, tiene una marca de pintalabios en el cuello que Shoko-san no se ha molestado en ocultar? —preguntó Nobara Kugisaki, ajustándose las herramientas con un gesto de incredulidad.
—El flujo de su energía maldita está... disperso —comentó Megumi Fushiguro, frotándose las sienes con frustración—. Normalmente es como un océano infinito, pero ahora parece un festival de fuegos artificiales. Va y viene de Kioto tres veces al día, se desaparece en cenas de gala con Mei Mei y luego lo encuentras durmiendo en la morgue con Ieiri-san. Esto es un caos logístico.
—¡Yo creo que Gojo-sensei finalmente ha encontrado un pasatiempo más emocionante que los mochis! —exclamó Yuji Itadori con su habitual optimismo, aunque incluso él parecía confundido al ver a Satoru saludar con la mano mientras Mei Mei, desde la ventanilla del helicóptero, le lanzaba un beso cargado de intereses financieros.
Mientras tanto, en el centro del patio, el epicentro del conflicto estaba a punto de estallar. Satoru Gojo, luciendo unas gafas de sol que costaban más que la mayoría de las casas de la zona, sonreía con esa arrogancia radiante que lo caracterizaba.
—¡Utahime! —exclamó Satoru, extendiendo los brazos—. ¿Has venido desde Kioto solo para decirme que me extrañas? Sabes que mi agenda está un poco... saturada esta semana.
—¡No he venido para eso, idiota! —gritó Utahime, estampando los pergaminos contra el pecho de Gojo—. Estos son los registros de las barreras de Kioto que prometiste revisar hace tres días. Pero claro, estabas demasiado ocupado "analizando el mercado" con Mei Mei en Singapur, según las fotos que Shoko me envió para burlarse.
—El mercado es un lugar salvaje, Utahime —dijo una voz melódica y gélida a sus espaldas.
Mei Mei descendió del helicóptero con la elegancia de una pantera. Su trenza celeste caía perfectamente sobre su hombro y sostenía un abanico que movía con lentitud calculada.
—Satoru es un activo que requiere una gestión constante —continuó Mei Mei, colocándose al lado de Gojo y reclamando su espacio con una naturalidad aterradora—. Los registros de Kioto pueden esperar, pero una fluctuación en los bonos de energía maldita no. Además, Satoru prometió que hoy revisaríamos las propiedades de lujo en la costa.
—¡Él no va a revisar ninguna propiedad! —intervino Shoko Ieiri, saliendo de las sombras de los pasillos con su bata blanca y un café humeante en la mano—. Satoru tiene una cita conmigo en el laboratorio. Hay tres casos de mutación que solo sus Seis Ojos pueden descifrar. Y después, me debe la cena que canceló anoche porque se quedó dormido en el coche de alguien.
Satoru miró a las tres mujeres. La tensión era tan real que los estudiantes jurarían que el espacio-tiempo se estaba curvando, y no por su técnica de Infinito.
—Chicas, chicas —dijo Gojo, poniéndose las manos en los bolsillos y balanceándose sobre sus talones—. Hay suficiente Satoru para todas. Utahime, revisaré esos papeles mientras ceno con Shoko, y Mei, podemos discutir las inversiones por teléfono mientras vuelo de regreso a Kioto con Utahime. ¿Ven? Eficiencia pura.
—No —dijeron las tres al unísono.
—Esto se acabó, Satoru —sentenció Shoko, dando un paso adelante—. El "tratado de coalición" está fallando. Estás intentando complacernos a todas y lo único que logras es que la academia parezca una estación de tren. Los alumnos están confundidos, Ijichi está al borde de un colapso nervioso y yo estoy empezando a quedarme sin café.
—Shoko tiene razón por una vez —añadió Mei Mei, cerrando su abanico con un golpe seco—. La exclusividad tiene un valor, y la multipropiedad está devaluando tu tiempo. Necesitamos un nuevo sistema. Uno que no dependa de tu capacidad para teletransportarte de un compromiso a otro.
Utahime cruzó los brazos, mirando a Gojo con una mezcla de reproche y algo que se parecía mucho a la preocupación.
—No puedes seguir así, Satoru. Estás agotado, aunque intentes ocultarlo con esa sonrisa de modelo. Ayer te vi quedarte dormido de pie mientras esperabas el tren. Esto no es una competencia por ver quién te tiene más tiempo, es... es ridículo.
Satoru suspiró, dejando que su sonrisa se suavizara un poco. Se quitó las gafas, revelando esos ojos azules que parecían contener galaxias enteras, pero que en ese momento mostraban un cansancio humano muy real.
—Es que es difícil —confesó él, bajando la voz para que solo ellas pudieran oírlo—. Me gusta la paz de Utahime, me gusta la ambición de Mei y, por supuesto, no puedo vivir sin el cinismo de Shoko. Elegir una parte de mi vida sobre las otras se siente como si estuviera limitando mi propio Infinito.
—Nadie te pide que elijas una vida —dijo Shoko, acercándose y poniéndole una mano en el hombro—, pero tienes que aprender a estar presente. No puedes estar conmigo pensando en la reunión de Mei, o estar con Utahime deseando estar en mi morgue.
—Lo que Shoko intenta decir, con su habitual falta de tacto —intervino Mei Mei—, es que el valor de un momento reside en su atención total. Si vas a estar conmigo, quiero al hombre que puede comprar el mundo, no al que está revisando pergaminos de Kioto por debajo de la mesa.
Utahime asintió, suavizando su expresión.
—Y si vas a estar en Kioto, quiero al Satoru que puede apreciar el silencio, no al que está enviando mensajes de texto sobre la bolsa de valores.
Gojo miró a las tres mujeres. Eran tan diferentes y, sin embargo, todas habían logrado encontrar una grieta en su armadura de invencibilidad. Se dio cuenta de que su intento de "tenerlo todo al mismo tiempo" era solo otra forma de evitar la intimidad real, de mantener el Infinito incluso en sus relaciones personales.
—Está bien —cedió Satoru, levantando las manos en señal de rendición—. Tienen razón. He estado tratando esto como si fuera una misión de grado especial que se puede resolver con velocidad. Pero las relaciones no funcionan con la técnica de espacio-tiempo.
—Exacto —dijo Shoko—. Así que, a partir de ahora, nada de helicópteros en la academia a menos que sea una emergencia. Y nada de "visitas relámpago" de diez minutos entre misiones.
—Estableceremos un calendario de gestión de activos —propuso Mei Mei, ya tecleando en su teléfono—. Pero esta vez, con penalizaciones por incumplimiento. Si cancelas una cena, el interés sube, Satoru.
—Y nada de burlas durante las horas de trabajo en Kioto —añadió Utahime, aunque una pequeña sonrisa empezó a asomar en sus labios—. Si vas a estar allí, serás un profesor respetable. O al menos lo intentarás.
Satoru rio, una risa limpia y honesta que hizo que los estudiantes, a lo lejos, suspiraran de alivio.
—Me parece justo. Pero tengo una condición.
Las tres mujeres lo miraron con sospecha.
—¿Cuál? —preguntó Shoko.
—Que al menos una vez al mes, nos reunamos los cuatro —dijo Gojo, sus ojos brillando con una chispa de travesura—. En ese bar de Shinjuku. Sin agendas, sin inversiones y sin pergaminos. Solo nosotros. Porque, admitámoslo, ustedes tres juntas son mucho más aterradoras que cualquier maldición, y me gusta ver cómo se llevan cuando no están intentando dividirme en pedazos.
Las tres mujeres intercambiaron miradas. La idea de compartir el espacio de manera voluntaria era algo que ninguna había considerado seriamente hasta ese momento.
—Supongo que puedo tolerar la presencia de Utahime si hay buen vino de por medio —comentó Mei Mei, guardando su teléfono.
—Y yo puedo aguantar tus historias sobre dinero, Mei, siempre y cuando Shoko mantenga a Satoru bajo control —respondió Utahime.
Shoko simplemente terminó su café y tiró el vaso a una papelera cercana con una puntería perfecta.
—Yo solo quiero ver quién de las tres termina pagando la cuenta.
Satoru sonrió, sintiendo que la presión en el pecho se liberaba. El caos no iba a desaparecer por completo —después de todo, él seguía siendo Satoru Gojo y ellas seguían siendo tres de las mujeres más decididas del mundo—, pero al menos ahora el Infinito tenía un mapa de navegación.
—¡Bien! —exclamó Gojo, volviéndose hacia sus alumnos con su energía habitual—. ¡Itadori, Fushiguro, Kugisaki! ¡Dejen de espiar y vuelvan al entrenamiento! ¡Si no terminan para la tarde, los llevaré a todos a una clase especial de canto con Utahime-sensei!
—¡Oye! —protestó Utahime, pero ya era tarde; Satoru ya estaba corriendo hacia los chicos, esquivando un martillo que Nobara le lanzó por puro instinto.
Las tres mujeres se quedaron solas en el patio por un momento, observando al hombre que las volvía locas de tres maneras diferentes.
—Es un idiota —murmuró Shoko, encendiendo un cigarrillo.
—Un activo muy difícil de manejar —coincidió Mei Mei.
—Pero es nuestro idiota —concluyó Utahime, ajustándose la cinta del cabello.
La tarde en la academia continuó con el sonido de los golpes del entrenamiento y las risas de Gojo resonando por todo el campus. Los viajes constantes no se detuvieron, pero el ritmo cambió. Satoru seguía yendo y viniendo de Kioto, de las zonas exclusivas y de la morgue, pero ahora, cuando llegaba, se quitaba las gafas y se quedaba de verdad.
Porque el hombre que lo tenía todo había aprendido que el Infinito no servía de nada si no tenías a alguien con quien compartir el presente, un segundo a la vez. Y aunque el mercado fluctuara y las tradiciones de Kioto fueran estrictas, la paz que encontraba en esos momentos compartidos era algo que ninguna técnica maldita podría replicar jamás.
La guerra de asedio había terminado, dando paso a una tregua armada muy sofisticada, donde el premio no era la posesión del hombre más fuerte, sino el tiempo de calidad con el ser humano que vivía detrás de los Seis Ojos. Y para Satoru Gojo, eso era más que suficiente.