Anhelando el Infinito
El Hexágono de las Sombras: Entre el Deber, el Deseo y los Herederos del Infinito
Satoru Gojo nunca había sido un hombre discreto, pero lo que estaba ocurriendo en la Escuela de Hechicería de Tokio en las últimas semanas había trascendido la categoría de "excentricidad" para entrar de lleno en el terreno del fenómeno meteorológico perturbador. La atmósfera en el campus era tan densa que los alumnos de segundo año, liderados por un Panda inusualmente silencioso, habían empezado a hacer apuestas sobre cuánto tiempo tardaría el edificio principal en colapsar bajo el peso de la tensión acumulada.
El director Masamichi Yaga caminaba por los pasillos con el ceño tan fruncido que sus gafas de sol parecían a punto de romperse. Se detuvo frente a la oficina de Satoru, pero antes de entrar, escuchó una risa melódica que definitivamente no pertenecía a su subordinado más problemático. Al abrir la puerta, se encontró con una escena que desafiaba su comprensión de la jerarquía académica: Mei Mei estaba sentada en el escritorio de Gojo revisando informes financieros, Utahime Iori anotaba correcciones en los planes de estudio de Kioto en una esquina, y Shoko Ieiri dormitaba en el sofá con una bata blanca que no era la suya. Satoru, por su parte, flotaba a unos centímetros del suelo, comiendo dulces de una caja de edición limitada.
—Satoru —tronó Yaga, haciendo que incluso los muñecos de peluche en los estantes vibraran—. Explícame inmediatamente qué es este... este harén administrativo que has montado en mi escuela. Si estás usando tu posición para coaccionar a estas mujeres, te juro que ni el Infinito te salvará de mi Puño de Hierro.
Satoru aterrizó con la elegancia de un gato y se bajó las gafas, revelando una mirada de fingida inocencia.
—¡Director! Qué poca fe me tiene —dijo Gojo, llevándose una mano al pecho—. Yo no estoy coaccionando a nadie. De hecho, si alguien está siendo "usado" aquí, soy yo. Pregúnteles a ellas. Soy una víctima de la eficiencia femenina.
Utahime levantó la vista de sus papeles, con una vena pulsando peligrosamente en su frente.
—No sea ridículo, director Yaga —dijo la miko, tratando de mantener la compostura—. Simplemente hemos decidido que, dado que Satoru es incapaz de gestionar su propia existencia sin causar un desastre internacional, nosotras nos encargaremos de supervisar sus horarios. Es una medida de seguridad nacional.
—Una medida muy lucrativa, debo añadir —intervino Mei Mei sin apartar la vista de su tableta—. El tiempo de Satoru es el activo más valioso de Japón. Dejar que lo desperdicie durmiendo o molestando a los alumnos es una negligencia financiera que no puedo permitir.
Yaga miró a Shoko, esperando una voz de razón, pero la doctora solo abrió un ojo y soltó un bostezo cansado.
—Déjalo, Masamichi —murmuró Shoko—. Es más fácil así. Si intentamos separarlas, probablemente quemen la escuela. Además, Satoru está trabajando el doble desde que tiene tres sombras vigilándolo. Es un ganar-ganar.
El director salió de la habitación masajeándose las sienes. En el pasillo se encontró con Kento Nanami, quien observaba la escena con su habitual expresión de "odio mi trabajo y la vida en general".
—Nanami —dijo Yaga—, dime que tú entiendes qué está pasando aquí.
—No lo entiendo, director, y me niego activamente a intentarlo —respondió Nanami, ajustándose la corbata con un gesto mecánico—. Mientras Gojo no interfiera con mis horas de salida y no me obligue a participar en sus... dinámicas grupales, por mí puede casarse con las tres o mudarse a una cueva. Mi salud mental depende de mi indiferencia.
Sin embargo, no todos compartían el estoicismo de Nanami. En la sala de profesores, el ambiente era muy diferente. Un grupo de hechiceros de grado uno y dos observaba con envidia mal disimulada cómo Gojo era escoltado al comedor por Mei Mei y Utahime, mientras Shoko le guardaba el sitio.
—Es indignante —murmuró uno de los instructores menores, apretando su bandeja de comida—. Gojo ya lo tiene todo: es el más fuerte, es guapo, tiene dinero... ¿Y ahora también tiene a las tres mujeres más impresionantes de la hechicería peleándose por ver quién le organiza la agenda? Dios da pan al que no tiene dientes.
—No es solo eso —añadió otro, con un tono de voz cargado de celos—. ¿Han visto cómo lo mira Utahime-san? Ella solía odiarlo. Y Mei Mei... esa mujer no le dedica una sonrisa a nadie si no hay millones de yenes de por medio. Gojo debe estar usando alguna técnica de manipulación cerebral de los Seis Ojos. No hay otra explicación.
—Pues yo envidio a las chicas —susurró una hechicera de grado dos desde la mesa de al lado—. Satoru Gojo es un espécimen perfecto. Imagina tener acceso exclusivo a ese nivel de energía... y de belleza. Es una injusticia distributiva.
Mientras los celos y la confusión hervían en los niveles inferiores de la academia, en las altas esferas del poder, la situación se analizaba con una frialdad mucho más peligrosa. En una sala oscura, iluminada solo por velas y protegida por pantallas de papel, los ancianos de los Altos Mandos se reunían en una sesión de emergencia.
—El equilibrio de poder está mutando —dijo una voz rasposa desde detrás de una de las pantallas—. Satoru Gojo siempre ha sido un elemento incontrolable, pero su reciente... asociación cercana con Ieiri, Iori y Mei Mei presenta una variable que no habíamos previsto.
—Es una consolidación de activos —añadió otro anciano—. Shoko Ieiri controla la medicina y la técnica inversa. Utahime Iori es el puente con Kioto y las tradiciones conservadoras. Mei Mei controla el flujo de información y el capital. Si Gojo las tiene a su lado, su influencia es absoluta. Ya no es solo un arma; es un sistema político completo.
—Pero hay una oportunidad en este caos —intervino una tercera voz, más aguda y calculadora—. Satoru Gojo es el último de su estirpe con los Seis Ojos. Si estas relaciones llegaran a... fructificar, estaríamos hablando del nacimiento de una nueva generación.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. La idea de un ejército de niños con el cabello blanco y la técnica del Infinito corriendo por la academia era, al mismo tiempo, el sueño más húmedo y la pesadilla más aterradora de los conservadores.
—Un heredero de Gojo y una usuaria de técnica inversa como Ieiri —especuló el primer anciano—. O la potencia de rango de Iori combinada con el Infinito. Por no hablar de la astucia de Mei Mei heredada por un portador de los Seis Ojos. Sería el fin de nuestra autoridad. O el comienzo de una era de dominación total para el mundo de la hechicería.
—Debemos observar de cerca —sentenció el líder de la reunión—. Si Gojo decide asentar cabeza con alguna de ellas, o con las tres, debemos asegurarnos de que esos linajes estén bajo nuestro control. No podemos permitir que el Infinito se multiplique sin supervisión.
Ajeno a las conspiraciones de los ancianos y a los celos de sus colegas, Satoru Gojo se encontraba en ese momento en el bar de Shinjuku, disfrutando de lo que las tres mujeres habían denominado "La Cumbre del Infinito".
—Saben que los ancianos están teniendo micro-infartos cada vez que nos ven juntos, ¿verdad? —preguntó Satoru, jugando con un cubito de hielo en su vaso de whisky—. Creen que estamos planeando un golpe de estado genético.
—Que piensen lo que quieran —dijo Mei Mei, probando un vino caro que ella misma había traído al local—. El miedo mantiene el mercado estable. Además, la idea de un pequeño Satoru con mi sentido de los negocios es algo que me hace sonreír por las noches. Imagina las comisiones.
—¡Mei Mei! —exclamó Utahime, poniéndose roja como un tomate—. No digas esas cosas tan a la ligera. Estamos hablando de... de... —Se tapó la cara con las manos, incapaz de pronunciar la palabra "bebés".
Shoko soltó una carcajada seca y encendió un cigarrillo, ignorando el cartel de no fumar que el dueño del bar nunca se atrevía a señalarle.
—Sería un desastre médico —comentó la doctora—. Un niño con los Seis Ojos y la energía de Satoru necesitaría una guardería blindada y un presupuesto de dulces mayor que el PIB de un país pequeño. Pero, admitámoslo, sería divertido ver a Yaga tratando de disciplinar a un mini-Gojo.
Satoru se recostó en su asiento, mirando a las tres mujeres con una ternura que rara vez mostraba fuera de ese círculo íntimo. Sabía que el mundo exterior estaba perdiendo la cabeza. Sabía que los maestros estaban celosos, que Nanami estaba al borde de la renuncia y que los ancianos estaban trazando árboles genealógicos en sus sótanos oscuros.
Pero allí, en la penumbra del bar, nada de eso importaba.
—¿Saben qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Gojo, bajando el tono de voz—. Que por primera vez, no soy "el más fuerte" para ustedes. Soy solo Satoru. El idiota que llega tarde, el que no sabe llenar un formulario y el que necesita que lo saquen de la morgue cuando se queda dormido.
—No te pongas sentimental, Satoru —dijo Shoko, aunque le dio una palmadita en la mano—. Sigues siendo un idiota. Solo que ahora eres un idiota con un equipo de gestión de crisis a tiempo completo.
—Un equipo muy caro —recordó Mei Mei, levantando su copa—. Por la próxima auditoría.
—Y por que no rompas nada en Kioto mañana —añadió Utahime, recuperando su tono estricto pero dejando que sus ojos brillaran con afecto.
Satoru brindó con ellas. Sabía que el Hexágono de las Sombras —como él mismo había bautizado a su nueva estructura de vida— era una anomalía que el mundo de la hechicería tardaría años en digerir. Pero mientras tuviera a la ciencia, la tradición y el dinero de su lado, el Infinito se sentía, por primera vez, como un lugar donde realmente podía echar raíces.
Fuera, en la noche de Tokio, los rumores seguían corriendo. Se decía que Gojo había sido hechizado, que las tres mujeres habían hecho un pacto de sangre, que el fin del mundo tal como lo conocían estaba cerca. Y en cierto modo, tenían razón. El viejo mundo de la hechicería, basado en la soledad del más fuerte, estaba muriendo. En su lugar, estaba naciendo algo nuevo, algo caótico, algo vibrante.
Algo que ni siquiera los Seis Ojos podían predecir del todo, pero que Satoru Gojo estaba dispuesto a proteger con cada gota de su energía maldita. Porque al final del día, ser el más fuerte no servía de nada si no tenías a nadie lo suficientemente valiente como para decirte, a la cara, que eras un completo imbécil y luego invitarte a la siguiente ronda.
—Mañana va a ser un día largo —suspiró Satoru, levantándose mientras las tres mujeres lo seguían—. Yaga me va a dar otro discurso sobre la responsabilidad, los ancianos van a enviar espías y probablemente Nanami me ignore durante doce horas seguidas.
—No te preocupes, Satoru —dijo Shoko, caminando a su lado—. Nosotras nos encargamos de Yaga.
—Yo me encargo de los espías —añadió Mei Mei con una sonrisa depredadora—. Siempre es bueno tener nuevos clientes para mis servicios de "discreción".
—Y yo... yo me encargaré de que no te olvides de desayunar —concluyó Utahime, ajustándose el abrigo.
Gojo sonrió, caminando hacia la salida del bar. El mundo podía estar en su contra, los celos podían arder en la academia y los ancianos podían temblar en sus sombras. Pero mientras caminaba flanqueado por la medicina, la tradición y el capital, Satoru Gojo se sentía, por primera vez, verdaderamente invencible. No por su técnica, sino por el caos compartido que ahora llamaba hogar.