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Anhelando el Infinito

Sinfonía de Sábanas y el Trance del Infinito

El primer aniversario de la "Coalición del Infinito", como Satoru la llamaba en privado para irritar a Shoko, había llegado con una calma que nadie en el mundo de la hechicería habría creído posible un año atrás. La Escuela de Tokio se había transformado. Ya no era solo un bastión de guerra y exorcismos, sino un lugar donde, increíblemente, el amor parecía haber echado raíces. Satoru observaba desde el balcón de la oficina del director cómo Yuji y Nobara caminaban tomados de la mano hacia las máquinas expendedoras, mientras Maki y Yuta compartían un momento de silencio cómplice cerca del campo de entrenamiento.

—Mis alumnos me han superado —murmuró Satoru, ajustándose las vendas de los ojos con una sonrisa melancólica—. Ellos no perdieron el tiempo con "gestiones de activos" ni "protocolos de Kioto". A los tres meses ya estaban intercambiando promesas, y aquí estoy yo, el hombre más fuerte del mundo, todavía pidiendo permiso para una cena grupal.

Detrás de él, la puerta se abrió. No era una, sino las tres. Shoko, Utahime y Mei Mei entraron con una determinación que Satoru reconoció de inmediato: era la mirada de quien ha tomado una decisión ejecutiva que no admite réplicas.

—Satoru, siéntate —dijo Shoko, señalando la silla con un movimiento de cabeza mientras exhalaba el humo de su cigarrillo—. Tenemos que hablar de la eficiencia de esta relación.

—¿Otra auditoría, Mei? —preguntó Gojo, dejándose caer en el asiento—. Pensé que las inversiones iban de maravilla.

—Las financieras, sí —respondió Mei Mei, apoyándose en el escritorio con una elegancia depredadora—. Pero el retorno de inversión emocional está estancado. Hemos pasado un año construyendo una estructura perfecta de convivencia, pero hemos descuidado el núcleo del contrato. La pasión, Satoru, es un recurso que se agota si no se reinvierte con fuerza.

Utahime, que se mantenía a un lado con los brazos cruzados y un ligero rubor en las mejillas, asintió con firmeza.

—Los alumnos nos están dejando en evidencia —dijo la miko—. Nobara me preguntó el otro día si nosotros... bueno, si "hacíamos cosas de adultos" o si solo nos dedicábamos a organizar calendarios. Fue humillante.

Satoru soltó una carcajada, pero se detuvo al ver que ninguna de las tres se reía.

—Oh, hablas en serio —dijo él, bajando el tono—. ¿Qué proponen entonces? ¿Una cita cuádruple en un hotel temático? Porque eso suena a caos logístico.

—Nada de grupos —sentenció Shoko—. Hemos decidido que para avivar la llama, necesitas tiempo de calidad individual. Pero no una cena o un paseo por el templo. Una noche. Una noche completa, sin interrupciones, sin teléfonos y sin el Infinito activado entre tú y nosotras. Una noche de entrega total para cada una.

Satoru sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la energía maldita. La idea de enfrentarse a ellas de esa manera, una por una, era más intimidante que cualquier expansión de dominio de grado especial.

—¿Y quién va primero? —preguntó Gojo, con un brillo de anticipación en sus ojos azules.

Mei Mei sacó una moneda de oro de su bolsillo, pero Shoko la detuvo con la mano.

—No —dijo la doctora—. Lo decidiremos como siempre. Es la única forma en que Utahime no sentirá que la hemos estafado.

Satoru observó con fascinación cómo las tres mujeres se preparaban. El ambiente en la habitación se volvió pesado. Si un observador externo entrara en ese momento, pensaría que estaban a punto de decidir el destino del país.

—¡Piedra, papel... tijera!

El resultado fue instantáneo. Shoko mostró tijeras. Mei Mei mostró papel. Utahime... Utahime mostró una piedra que parecía cargada con toda su frustración acumulada de diez años.

—¡Gané! —gritó Utahime, saltando ligeramente—. ¡Esta noche es mía!

Mei Mei suspiró, guardando su moneda con un gesto de resignación profesional.

—Bien. El mercado favorece al que golpea primero. Mañana será mi turno, Satoru. Prepárate para una noche que no podrás costear ni con todo tu linaje.

—Y yo me quedo con el cierre —dijo Shoko, dándole una palmadita en el hombro a Gojo—. Te espero el miércoles en mi apartamento. Y más te vale que para entonces no estés demasiado agotado, porque no pienso tener piedad.

***

Esa noche, el ambiente en la habitación de Utahime en la residencia de profesores era radicalmente distinto a la rigidez habitual de la miko. Había velas aromáticas, un incienso suave que olía a maderas antiguas y una botella de sake de la mejor calidad de Kioto.

Satoru entró con una inusual timidez. Se había quitado las vendas y vestía un yukata sencillo. Al ver a Utahime, se quedó sin palabras. Ella llevaba un kimono de seda ligera, casi traslúcida, con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros como una cascada de obsidiana.

—Satoru —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Cierra la puerta.

Él obedeció en silencio. Se acercó a ella y, por primera vez en mucho tiempo, desactivó voluntariamente el Infinito antes de que ella lo tocara. Cuando Utahime puso sus manos sobre su pecho, sintió el calor directo de su piel, el latido acelerado de su corazón y la suavidad de sus dedos.

—Siempre estás tan lejos —murmuró Utahime, levantando la vista para encontrarse con sus ojos azules—. Incluso cuando estás a mi lado, siento que hay una capa de nada entre nosotros. Esta noche no quiero al hechicero. Quiero al hombre que siempre me hace enojar porque es el único que me hace sentir viva.

—Utahime... —Satoru la rodeó con sus brazos, hundiéndose en el aroma de su cuello—. No hay barreras. Te lo prometo.

El encuentro fue una danza de redención. Utahime, que siempre había sido la más reservada, se entregó con una pasión contenida que estalló al contacto con Satoru. Fue una noche de besos que sabían a años de discusiones no resueltas y de caricias que exploraban cada cicatriz y cada centímetro de piel con una devoción religiosa. Satoru descubrió que la rigidez de Utahime no era falta de deseo, sino un dique que, una vez roto, inundaba todo con una ternura abrumadora. En la oscuridad de la habitación, el hombre más fuerte del mundo se sintió vulnerable, sostenido por los brazos de la mujer que mejor conocía sus defectos.

***

El martes por la noche, el escenario cambió al ático de lujo de Mei Mei en el distrito de Roppongi. Todo allí gritaba opulencia: sábanas de seda negra de mil hilos, champán helado y una vista de Tokio que parecía un tablero de joyas a sus pies.

Mei Mei esperaba a Satoru vistiendo nada más que una bata de seda negra abierta, mostrando una confianza que habría intimidado a cualquiera que no fuera Gojo.

—Puntual, Satoru. Eso aumenta tu valor —dijo ella, indicándole que se acercara con un gesto de su copa.

—Me dijeron que esta noche el contrato no tenía cláusulas de rescisión —bromeó Gojo, aunque sus ojos recorrían la figura de la mujer con una intensidad depredadora.

—Esta noche soy yo quien hace la inversión —susurró Mei Mei, rodeando el cuello de Satoru con sus brazos y atrayéndolo hacia la cama—. Y espero un rendimiento excepcional.

Si con Utahime había sido una ceremonia de conexión, con Mei Mei fue una guerra de poder. Ella no pedía, ella tomaba. Fue una noche de desafíos sensoriales, de juegos de control donde Satoru se vio obligado a competir por el dominio en un terreno donde la energía maldita no servía de nada. Mei Mei era experta en encontrar los puntos débiles de su resistencia, usando su cuerpo y su voz para llevarlo al borde de un colapso que no era destructivo, sino eufórico. Fue una noche de sudor, de risas roncas y de una entrega que, bajo la capa de materialismo de Mei Mei, revelaba una necesidad feroz de ser poseída por alguien que no le tuviera miedo a su ambición.

***

Finalmente, llegó el miércoles. El apartamento de Shoko era pequeño, desordenado y olía a una mezcla de antiséptico y el perfume que ella siempre usaba. No había velas ni champán caro. Solo Shoko, sentada en su cama con una camiseta vieja y el cabello recogido en un moño desprolijo.

—Llegas tarde, idiota —dijo ella, dándole una calada a su cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero.

—Tuve un par de días... intensos —respondió Satoru, sentándose a su lado. Se veía cansado, pero sus ojos brillaban con una paz nueva.

Shoko lo miró fijamente, analizando sus ojeras y la relajación de sus hombros.

—Utahime te dio el alma y Mei Mei te dio el cuerpo —diagnosticó la doctora con su habitual tono clínico—. Supongo que a mí me toca recordarte que eres humano.

Se acercó a él y lo empujó suavemente hacia las almohadas. Shoko no buscaba acrobacias ni misticismo. Su forma de amar era directa, cruda y profundamente íntima. Fue una noche de susurros al oído, de manos que conocían perfectamente la anatomía del otro tras años de amistad y de una calma que solo se encuentra con alguien que te ha visto en tus peores momentos.

—No tienes que ser perfecto aquí, Satoru —le dijo Shoko, mientras sus cuerpos se entrelazaban bajo las sábanas de algodón—. No tienes que impresionar a nadie. Solo quédate conmigo.

Con Shoko, Satoru no sintió la necesidad de demostrar su fuerza. Fue un encuentro de sombras y verdades, donde el sexo fue el lenguaje de dos personas que habían sobrevivido a la tragedia y que encontraban en el otro el único refugio real contra la soledad del poder. Shoko lo reclamó con una intensidad silenciosa, marcando su territorio no con dinero ni con tradición, sino con la sangre y la historia que compartían.

***

El jueves por la mañana, Satoru Gojo caminaba por los pasillos de la escuela con un paso que parecía flotar incluso más de lo habitual. Se encontró con sus alumnos en el campo de entrenamiento.

—¡Buenos días, chicos! —exclamó Satoru, levantando la mano—. ¡Hoy el entrenamiento será ligero porque me siento de un humor excelente!

Nobara miró a Yuji y luego a Megumi.

—¿Es mi imaginación, o Gojo-sensei parece... más joven? —susurró Nobara.

—No lo sé, pero tiene una sonrisa que me da un poco de miedo —respondió Yuji, rascándose la cabeza—. Parece que ha ganado la lotería.

En ese momento, las tres mujeres aparecieron caminando juntas por el patio. Iban conversando en voz baja, con una complicidad renovada que ya no tenía rastro de competencia hostil. Al ver a Satoru, las tres se detuvieron.

Utahime le dedicó una sonrisa dulce y serena. Mei Mei le guiñó un ojo con una malicia cargada de promesas futuras. Shoko simplemente asintió, con esa mirada de "yo sé lo que hay debajo de esa venda" que siempre desarmaba a Gojo.

Satoru se detuvo frente a ellas, ignorando las miradas curiosas de los alumnos y del director Yaga, que observaba desde una ventana.

—¿Y bien? —preguntó Gojo, bajando la voz—. ¿Cómo va el índice de satisfacción de la coalición?

—El mercado ha cerrado al alza, Satoru —dijo Mei Mei, ajustándose el guante—. Las acciones han subido considerablemente.

—El protocolo ha sido cumplido con honores —añadió Utahime, aunque sus mejillas se tiñeron de rosa—. Pero no te acostumbres a tener tanta libertad.

Shoko se acercó y le dio un golpecito en el pecho, justo donde su corazón latía con fuerza.

—El paciente está estable —concluyó la doctora—. Pero sugiero una terapia de mantenimiento regular. No queremos que la llama se apague de nuevo por falta de atención médica.

Satoru rio, sintiéndose el hombre más afortunado de todas las eras. Había aprendido que el Infinito no era solo una técnica de defensa, sino una capacidad de amar que podía expandirse para albergar la devoción de Utahime, la ambición de Mei Mei y la lealtad de Shoko.

—¿Piedra, papel o tijera para ver quién decide dónde cenamos hoy? —propuso Satoru con entusiasmo.

Las tres mujeres se miraron y, por primera vez, no necesitaron jugar.

—Hoy pagas tú, Satoru —dijeron las tres al unísono.

Gojo suspiró, sacando su cartera con una sonrisa de oreja a oreja. El poliamor en el mundo de la hechicería era caro, agotador y logísticamente una pesadilla, pero mientras caminaba hacia la salida de la escuela flanqueado por las tres mujeres que habían logrado conquistar al invencible, supo que no cambiaría ni un segundo de ese caos por toda la paz del mundo.

Porque al final, el Infinito solo tenía sentido cuando tenías a alguien —o a tres alguiens— que te obligaran a bajar a la tierra para recordar lo que significaba estar realmente vivo. Y Satoru Gojo, por fin, lo recordaba perfectamente.