Aprendamos a amar
Fuego cruzado y cortinas de humo
El despacho de la Agencia de Protección de los Derechos Educativos olía a una mezcla familiar de café cargado, papel viejo y el rastro persistente del tabaco de Na Hwa-jin. Era tarde, lo suficientemente tarde como para que las luces de la ciudad de Seúl comenzaran a parpadear como diamantes sobre un terciopelo oscuro, y lo suficientemente tarde como para que el silencio en el edificio fuera casi absoluto, roto solo por el murmullo de los servidores.
Hwa-jin estaba sentado en su escritorio, con las piernas cruzadas y apoyadas sobre la superficie de madera, ignorando olímpicamente la montaña de expedientes que requerían su firma. Tenía el cabello negro suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros, y jugaba con un encendedor, haciéndolo chascar rítmicamente. Su mirada, sin embargo, no estaba en la llama, sino en la mujer que revisaba unos documentos al otro lado de la sala.
—Sabes, Han-rin —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz ronca y melódica que solía usar cuando quería ser particularmente irritante—, ese ceño fruncido te va a dejar una marca permanente. Y sería una verdadera tragedia nacional que una cara tan... impactante se arrugara antes de tiempo.
Im Han-rin no levantó la vista. Sus ojos rojos escanearon la siguiente página del informe con una disciplina militar envidiable, aunque la comisura de su boca se tensó apenas un milímetro.
—Si estás tan aburrido como para analizar mi anatomía, Hwa-jin, podrías empezar por redactar el informe de daños del gimnasio de la semana pasada —respondió ella, su tono seco como el desierto—. El director está pidiendo explicaciones sobre por qué tres pilares de carga terminaron con grietas estructurales.
Hwa-jin soltó una risita suave y se bajó de la mesa con una gracia felina. Caminó hacia ella, arrastrando los pies con esa indolencia calculada que siempre lograba ponerla de los nervios. Se detuvo justo detrás de su silla, inclinándose lo suficiente como para que ella pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Los pilares se interpusieron en el camino de la justicia —murmuró él, acercando su rostro a la oreja de ella—. Además, deberías estar agradecida. Mi "falta de control", como tú la llamas, te ahorró tener que usar tus manos. No querría que te rompieras una uña... o algo más precioso.
Han-rin dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco y giró la silla para enfrentarlo. Sus ojos rojos chispearon con una mezcla de advertencia y algo que se parecía peligrosamente a la anticipación.
—Mis manos están perfectamente entrenadas para manejar mucho más de lo que tú crees, inspector Na. Y te aseguro que una uña rota es lo último que me preocupa cuando tengo que limpiar tus desastres.
Hwa-jin no retrocedió. Al contrario, apoyó las manos en los reposabrazos de la silla de ella, atrapándola en su espacio personal. Una sonrisa ladeada, cargada de ese carisma peligroso que usaba para desarmar a sus oponentes, se dibujó en su rostro.
—Oh, lo sé —dijo él, bajando la voz a un susurro—. He visto lo que esas manos pueden hacer. Cómo se cierran alrededor de un arma... o cómo se tensan cuando te pones nerviosa porque estoy demasiado cerca.
—No estoy nerviosa —replicó ella, aunque su respiración se había vuelto un poco más profunda.
—¿No? —Hwa-jin alargó una mano y, con una lentitud tortuosa, apartó un mechón de cabello negro que caía sobre el rostro de ella—. Entonces, ¿por qué tu pulso está latiendo en tu cuello como si acabaras de correr diez kilómetros bajo el sol?
Han-rin le agarró la muñeca antes de que pudiera tocar su piel. Su agarre era firme, el de una sargento que no aceptaba insubordinaciones, pero la piel de Hwa-jin quemaba bajo sus dedos.
—Es irritación, Hwa-jin —dijo ella, tratando de mantener su máscara de hierro—. Una reacción alérgica a tu exceso de confianza.
—Es una reacción, desde luego —rio él, dejando que su muñeca permaneciera atrapada, disfrutando del contacto—. Pero ambos sabemos que no es alergia. Es el mismo fuego que nos hace tan buenos en lo que hacemos. Solo que tú intentas sofocarlo con reglamentos y yo... bueno, yo prefiero dejar que arda.
Hwa-jin se inclinó un poco más, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se rozaron. Podía oler el aroma cítrico de ella, mezclado con el olor metálico de la oficina. Era una combinación embriagadora.
—¿Qué pasaría, sargento Im —susurró él—, si por una noche dejaras de ser la inspectora perfecta y te permitieras ser simplemente... tú? Sin informes, sin delincuentes escolares, sin Geun-dae interrumpiendo con sus bollos.
Han-rin soltó su muñeca, pero no para alejarse, sino para agarrar la corbata de él y tirar con fuerza, obligándolo a bajar la cabeza.
—Pasaría que probablemente te arrepentirías de haber provocado a alguien que sabe exactamente dónde están todos tus puntos débiles, Na Hwa-jin.
—Adelante —desafió él, con los ojos brillando de deleite—. Golpéame donde más me duela. Te prometo que no me quejaré.
La tensión en la habitación cambió. Ya no era solo el juego del gato y el ratón al que jugaban a diario; era algo más denso, más hambriento. Han-rin soltó la corbata, pero solo para deslizar sus manos por el pecho de él, sintiendo la firmeza de los músculos bajo el traje negro.
—Eres un hombre muy molesto —dijo ella, su voz perdiendo parte de su rigidez militar.
—Y tú eres una mujer demasiado disciplinada —respondió él, rodeando su cintura con un brazo y levantándola de la silla con una facilidad que la dejó momentáneamente sin aliento.
La sentó sobre el escritorio, apartando los informes con un movimiento descuidado de su mano libre. Los papeles cayeron al suelo como hojas muertas, pero ninguno de los dos les prestó atención. Hwa-jin se situó entre sus piernas, sus manos descansando en los muslos de ella, sintiendo la suavidad de la tela de su uniforme y la fuerza de los músculos debajo.
—¿Es esto parte de tu "táctica poco convencional", inspector? —preguntó Han-rin, arqueando una ceja, aunque sus manos ya se habían enredado en el cabello largo de él.
—Es una lección personalizada —murmuró Hwa-jin, su rostro a milímetros del de ella—. Lección número uno: a veces, el orden tiene que ser destruido para crear algo mejor.
Él la besó entonces, un beso que no tuvo nada de tentativo. Fue una colisión de deseo reprimido, de semanas de miradas robadas y palabras con doble sentido. Han-rin respondió con una ferocidad que igualaba la de él, sus manos tirando de su cabello, obligándolo a profundizar el contacto. No era el beso de dos desconocidos; era el encuentro de dos guerreros que finalmente habían encontrado un oponente digno.
Hwa-jin soltó un gruñido bajo en su garganta, sus manos subiendo por la espalda de ella, recorriendo la línea de su columna con una urgencia que amenazaba con quemarlos a ambos. Ella era puro fuego y acero, una combinación que lo volvía loco desde el primer día que la vio defenderse en aquel callejón años atrás.
—Hwa-jin... —jadeó ella cuando él bajó sus besos hacia su cuello, encontrando ese punto sensible que la hacía estremecerse.
—Dime que me detenga, Han-rin —murmuró él contra su piel, su voz vibrando en el pecho de ella—. Dime que esto es una falta al protocolo y me detendré ahora mismo.
Han-rin apretó las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más hacia ella, rompiendo cualquier rastro de duda.
—Al diablo con el protocolo —respondió ella, buscando sus labios de nuevo.
En la penumbra de la oficina, rodeados de las sombras de su deber, se permitieron ser vulnerables. Hwa-jin, el hombre que siempre tenía una respuesta cínica y una sonrisa de suficiencia, la tocaba con una reverencia que rozaba lo sagrado. Han-rin, la mujer de hierro que no se doblegaba ante nadie, se abría ante él como una flor nocturna, permitiendo que sus dedos exploraran cada cicatriz y cada rincón de su ser.
—Eres increíble —susurró él, separándose apenas para mirarla a los ojos. Sus ojos rojos estaban nublados por la pasión, pero conservaban esa chispa de inteligencia que tanto admiraba—. A veces olvido que debajo de toda esa disciplina hay alguien tan... real.
—Y tú —dijo ella, acariciando su barba incipiente—, eres mucho más que un tipo con un palo de madera y un traje caro. Aunque sigues siendo un imbécil arrogante.
Hwa-jin soltó una carcajada genuina, una que no usaba para intimidar a nadie.
—Supongo que tendré que vivir con eso.
El tiempo pareció dilatarse. El encuentro fue una mezcla de fuerza y ternura, de movimientos expertos y descubrimientos torpes. No había jerarquías allí, ni inspectores, ni agentes especiales. Eran simplemente dos personas que habían pasado demasiado tiempo en la oscuridad y que habían encontrado, en el otro, una luz que no quemaba, sino que reconfortaba.
Cuando finalmente el silencio regresó a la habitación, ambos estaban exhaustos, apoyados el uno contra el otro mientras sus respiraciones se sincronizaban lentamente. Hwa-jin tenía la cabeza apoyada en el hombro de ella, y Han-rin acariciaba su cabello con una suavidad que habría sorprendido a cualquiera en la Agencia.
—Esto va a complicar las cosas mañana —dijo ella, aunque no había arrepentimiento en su voz.
—Mañana —respondió Hwa-jin, cerrando los ojos—, seré el primer inspector en llegar y te pediré el informe de los pilares de carga con mi cara más seria. Y tú me mirarás como si quisieras asesinarme frente a Geun-dae.
Han-rin sonrió, una sonrisa pequeña y privada que solo él podía ver.
—Eso no será difícil de fingir. Realmente quiero asesinarte la mayor parte del tiempo.
—Lo sé. Es parte de tu encanto.
Hwa-jin se separó un poco y la ayudó a bajarse del escritorio. Con una delicadeza inusual, comenzó a recoger los papeles del suelo, organizándolos de nuevo sobre la mesa. Han-rin se ajustó el uniforme, recuperando su postura de sargento, aunque sus labios estaban un poco más rojos de lo normal y su mirada tenía una profundidad nueva.
—Hwa-jin —dijo ella cuando él terminó de recoger el último expediente.
Él se giró, con su chaqueta del traje colgada del hombro.
—¿Sí?
—Si vuelves a llamarme "cariño" delante de los sospechosos, te daré una lección que no olvidarás.
Hwa-jin se acercó a ella una última vez, depositando un beso fugaz y tierno en su frente.
—No prometo nada, Han-rin. A veces, las lecciones más divertidas son las que se aprenden en público.
Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que una chispa de afecto brillara en su mirada.
—Vete de aquí antes de que cambie de opinión y te use de saco de boxeo.
Hwa-jin caminó hacia la puerta, deteniéndose justo antes de salir. Se giró y le guiñó un ojo, recuperando ese carisma descarado que era su marca registrada.
—Buenas noches, sargento. Intenta no soñar demasiado conmigo.
—Buenas noches, inspector. Intenta no llegar tarde mañana.
Cuando la puerta se cerró, Han-rin se quedó sola en la oficina. Miró el escritorio, ahora ordenado, y luego la ventana. El mundo exterior seguía siendo un lugar corrupto y violento, lleno de abusadores que necesitaban ser castigados y víctimas que necesitaban ser protegidas. Pero por primera vez en mucho tiempo, el peso de su placa no se sentía tan pesado.
Sabía que Hwa-jin era un caos andante, un hombre que prefería el humo a la claridad y la provocación a la paz. Pero también sabía que, detrás de todas sus tácticas poco convencionales y su coqueteo incesante, había un hombre que la veía de verdad. Y en un mundo donde todos esperaban que ella fuera perfecta, ser vista por Na Hwa-jin era la lección más valiosa que había aprendido jamás.
Al día siguiente, cuando Geun-dae entró en la oficina con su habitual energía y una bolsa de bollos calientes, encontró a los dos inspectores principales enzarzados en una discusión sobre un caso menor.
—¡Pero superior Na! —exclamaba Geun-dae, dejando la comida sobre la mesa—. ¡La inspectora Im tiene razón! El protocolo dice que debemos notificar primero a la dirección del centro.
Hwa-jin, que estaba apoyado contra la pared con una sonrisa cínica, miró a Han-rin.
—El protocolo es para personas que no tienen imaginación, Geun-dae. ¿No es así, sargento?
Han-rin ni siquiera levantó la vista de su tableta, pero hubo un ligero brillo en sus ojos rojos que solo Hwa-jin captó.
—El protocolo está ahí para evitar que personas como tú terminen en la cárcel, Hwa-jin. Ahora, cállate y firma estos documentos.
Geun-dae suspiró, acostumbrado a los constantes roces entre sus superiores.
—Vaya, ustedes dos nunca cambian. Parece que anoche no descansaron nada.
Hwa-jin soltó una risita y se acercó a la mesa para coger un bollo.
—Oh, créeme, Geun-dae —dijo, lanzando una mirada rápida a Han-rin—, anoche aprendimos algunas lecciones muy importantes sobre el trabajo en equipo.
Han-rin apretó el bolígrafo con fuerza, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios. El juego continuaba, la guerra contra la injusticia seguía en pie, pero ahora tenían un secreto compartido, un refugio entre el humo y las cenizas de su deber. Y mientras Na Hwa-jin siguiera siendo el coqueto carismático y ella la sargento implacable, el equilibrio de su pequeño y caótico mundo estaría a salvo.