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Bebe

Lágrimas de seda y el eco del vacío

La nieve caía con una parsimonia cruel sobre la ciudad, cubriendo los rascacielos de una pátina blanca que, a ojos de Sasuke, no era más que otra capa de falsedad. Habían pasado dos años desde que el nombre de Naruto Uzumaki dejó de figurar en los registros de la mansión Uchiha. Dos años en los que Sasuke había obtenido todo lo que su padre le exigió: un heredero varón que ya empezaba a caminar, una esposa impecable que manejaba las relaciones públicas con la precisión de un reloj suizo y una fortuna que se multiplicaba por segundos.

Sin embargo, esa noche, sentado en el reservado de un exclusivo club privado donde solo la élite de los herederos de Konoha tenía permitido el paso, Sasuke sentía que el aire estaba viciado. Sakura se había quedado en casa con el niño, y él solo buscaba un momento de silencio, lejos de las exigencias del apellido.

—¡Sasuke! Maldito bastardo, siempre tan serio —exclamó una voz arrastrada por el alcohol.

Suigetsu Hōzuki se desplomó en el sofá de cuero frente a él, tambaleándose con una copa de cristal en la mano. Tenía la corbata deshecha y la mirada vidriosa, señal inequívoca de que llevaba horas bebiendo.

—Vete a casa, Suigetsu. Estás haciendo el ridículo —respondió Sasuke, sin apartar la vista de su propio vaso de whisky.

—Oh, vamos, no seas así. Celebramos que la vida es una mierda, ¿no? —Suigetsu soltó una risita amarga y dio un trago largo—. Aunque no tan mierda como la del pequeño rubio. ¿Te acuerdas de él? Tu "ex" juguete.

Sasuke tensó la mandíbula. El nombre de Naruto era una herida que él mismo se encargaba de cauterizar cada mañana, pero que se negaba a cerrar del todo.

—No me interesa saber nada de la familia Uzumaki. Naruto tomó su camino, yo el mío.

—Su camino... sí, claro —Suigetsu se inclinó hacia adelante, bajando la voz en un intento confidencial que solo lograba que el olor a alcohol fuera más fuerte—. Estuve en la gala de la Arena la semana pasada. ¿Sabes quién estaba allí? El "esposo" de Naruto. Ese tipo, Gaara del Desierto, parece muy calmado, pero sus ojos... dan miedo, Sasuke.

—Gaara es un hombre de negocios respetable. Hicieron una buena alianza —dijo Sasuke con frialdad, aunque por dentro sintió un pinchazo de irritación.

—Respetable, sí... —Suigetsu soltó una carcajada seca que terminó en un hipo—. Estaba tan borracho como yo ahora, presumiendo entre los hombres de su círculo. Decía que Naruto era "difícil", que seguía comportándose como un niño asustado incluso después de la boda. ¿Y sabes qué hizo el muy animal?

Sasuke cerró los ojos, deseando que Suigetsu se callara, pero el peliblanco continuó, las palabras saliendo como veneno.

—Dijo que se cansó de esperar a que Naruto "madurara". Que como los Uzumaki lo habían vendido como un producto fértil y garantizado, él simplemente tomó lo que era suyo por contrato. Lo forzó, Sasuke. Una y otra vez. Dijo que Naruto lloraba como un crío, llamando a alguien que no estaba allí... y que así, a la fuerza, finalmente consiguieron el embarazo.

El mundo pareció detenerse para Sasuke. La imagen de Naruto, aquel chico que solía recibirlo con besos sonoros y pijamas de colores, siendo sometido por un hombre que solo lo veía como un recipiente, cruzó su mente como un relámpago. Visualizó los ojos azules de Naruto, ahora seguramente vacíos, empañados por el miedo que él mismo había ayudado a sembrar al abandonarlo.

—Naruto está embarazado ahora —continuó Suigetsu, ajeno al torbellino interno de su interlocutor—. Pero dicen que no sale de su habitación. Que no habla. Que ha vuelto a hablar como un niño pequeño, pero esta vez no es por ternura... es porque su mente se rompió. Está atrapado en ese cuerpo que tú y sus padres insistieron en "arreglar".

Sasuke apretó el vaso de whisky con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El silencio en el reservado se volvió ensordecedor. Por un segundo, la lógica y la frialdad que tanto lo caracterizaban flaquearon. Sintió un impulso violento de levantarse, de conducir hasta la Arena, de derribar las puertas de aquella mansión y sacar a Naruto de allí.

Pero entonces, el rostro de su padre, Fugaku, apareció en su memoria. El peso del apellido. El contrato. Sakura esperándolo en casa. Su propio hijo, que llevaba la sangre Uchiha.

Relajó la mano. Su rostro volvió a ser esa máscara de granito que nadie podía traspasar.

—Es una lástima —dijo Sasuke, su voz saliendo tan seca y carente de emoción que incluso Suigetsu se quedó callado por un momento—. Pero Naruto ya no es mi responsabilidad. Si su esposo decidió que esa era la forma de obtener resultados, es un asunto privado de su familia.

Suigetsu lo miró con una mezcla de horror y fascinación.

—Vaya... realmente eres un bloque de hielo, Sasuke. El chico te amaba. Literalmente se dejó destruir por ti.

—El amor es una variable irrelevante en nuestro mundo, Suigetsu. Deberías saberlo —sentenció Sasuke, poniéndose de pie—. Me retiro. Tengo una junta temprano y no pienso perder más tiempo escuchando chismes de pasillo sobre personas que ya no figuran en mi balance de activos.

Sasuke caminó hacia la salida del club con paso firme, ignorando la mirada de desprecio que Suigetsu le lanzó por la espalda. Salió a la calle y dejó que el aire gélido de la noche golpeara su rostro. Subió a su coche, encendió el motor y condujo hacia su perfecta y lujosa mansión.

Durante todo el trayecto, se repitió a sí mismo que no le importaba. Que Naruto era solo una nota al pie de página en su ascenso al poder. Que si Naruto estaba sufriendo, era el precio de su propia debilidad.

Al llegar a casa, la mansión estaba en penumbra. Subió las escaleras y entró en su habitación. Sakura dormía plácidamente, con la respiración rítmica de quien tiene la conciencia tranquila. Sasuke se desvistió y se acostó a su lado, mirando el techo en la oscuridad.

De repente, un recuerdo lo asaltó.

—¡Sasu-kun! ¡Mira, hice una flor para ti!

Podía oír la voz de Naruto, clara y vibrante, resonando en los rincones de su mente. Podía sentir el calor de aquel cuerpo que siempre buscaba refugio en el suyo, a pesar de que él solo le ofrecía espinas. Recordó la última vez que lo vio en la gala, aquel "príncipe de hielo" que Naruto pretendía ser, y cómo ahora, según Suigetsu, ese orgullo se había desmoronado bajo el abuso de un hombre que lo trataba como mercancía.

"Lo forzó", había dicho Suigetsu. "Llamaba a alguien que no estaba allí".

Sasuke cerró los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen de Naruto llorando en una cama extraña, llamándolo a él, al hombre que lo había desechado por ser "defectuoso".

—Es su vida —susurró Sasuke para el silencio de la habitación—. Él ya no es nada mío.

Se obligó a pensar en los informes de ventas del día siguiente. Se obligó a pensar en la educación que le daría a su hijo. Se obligó a ser el Sasuke Uchiha que el mundo esperaba: el hombre de hierro, el empresario multimillonario, el hombre que no sentía nada.

Pero esa noche, por primera vez en dos años, Sasuke no pudo conciliar el sueño. Porque en el fondo de su alma, en ese lugar oscuro que se negaba a reconocer, sabía que la sangre que manchaba la seda de la cama de Naruto en la Arena, también manchaba sus propias manos.

Él lo había roto primero. Los demás solo estaban recogiendo los pedazos para seguir aplastándolos.

Al amanecer, cuando el primer rayo de sol entró por la ventana, Sasuke se levantó, se puso su traje italiano de tres piezas y se miró al espejo. Su reflejo era impecable. No había rastro de duda.

—Buenos días, Sasuke —dijo Sakura, despertando con una sonrisa perfecta—. ¿Dormiste bien?

—Perfectamente —mintió él, ajustándose la corbata con una precisión letal—. Tenemos mucho trabajo hoy. No me esperes para cenar.

Salió de la habitación sin mirar atrás, dejando atrás el fantasma de un niño rubio que alguna vez creyó que el amor era suficiente para ablandar el corazón de un Uchiha. Sasuke caminó hacia su despacho, con el corazón tan frío como la nieve que seguía cayendo afuera, ignorando el hecho de que, aunque tuviera todo el oro del mundo, el silencio de su casa empezaba a sonar exactamente como un grito de auxilio que nunca se atrevería a responder.

Ignorar era fácil. Era lo que mejor sabía hacer. Y mientras el coche lo alejaba de su mansión, Sasuke cerró la puerta de su mente una vez más, dejando a Naruto Uzumaki encerrado en el sótano de sus recuerdos olvidados, donde las flores de papel se marchitaban bajo el peso de una realidad que no permitía finales felices.