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Bebe

Ecos de una promesa rota y el murmullo de la traición

La opulencia del salón de eventos del Hotel Intercontinental de Konoha era casi ofensiva. Arañas de cristal que costaban más que una casa promedio colgaban del techo, bañando a la élite empresarial con una luz dorada y artificial. Sasuke Uchiha se ajustó los gemelos de plata, manteniendo su expresión habitual de aburrimiento soberano. A su lado, Sakura lucía un vestido verde esmeralda que resaltaba su elegancia, saludando con gracia a los accionistas.

—Sasuke, recuerda que esta noche es vital para la expansión en el sector de la Arena —susurró Sakura, manteniendo la sonrisa profesional mientras aceptaba una copa de champán—. Gaara del Desierto ha traído a su... consorte. Debemos ser diplomáticos.

—Sé perfectamente lo que tengo que hacer, Sakura —respondió Sasuke con voz monótona.

Sus ojos recorrieron el salón por inercia, hasta que se detuvieron en la entrada principal. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe.

Naruto Uzumaki entró del brazo de Gaara. Pero no era el Naruto que Sasuke recordaba, ni siquiera el hombre frío de la gala anterior. Vestía un traje azul pálido, casi blanco, que lo hacía ver etéreo y frágil. Tenía el cabello más largo, cayendo suavemente sobre sus ojos, y su piel estaba tan pálida que parecía traslúcida. Pero lo que más impactó a Sasuke fue su postura: caminaba con la cabeza ligeramente gacha, con una mano entrelazada con fuerza en el brazo de Gaara, como si tuviera miedo de perderse.

—Mira eso —murmuró Sakura con un deje de desprecio—. Parece que los rumores eran ciertos. Se ha vuelto completamente dependiente.

Sasuke no respondió. Observó cómo Gaara se detenía a saludar a un grupo de inversionistas. Naruto se quedó a su lado, inmóvil. En un momento dado, el rubio intentó estirarse para alcanzar un bocadillo de una bandeja cercana, pero Gaara, sin dejar de hablar con su interlocutor, le puso una mano firme en el hombro y ejerció una presión sutil pero clara.

Naruto se encogió de inmediato, bajando la mano y pegándose más al costado de su esposo.

—Sí, Gaara-kun... perdón —se oyó un susurro tenue, una voz que conservaba ese tono infantil y sumiso que Sasuke una vez despreció, pero que ahora sonaba cargado de una tristeza infinita.

—Quédate quieto, Naruto. No nos avergüences —dijo Gaara con una voz suave, casi cariñosa, pero que escondía una amenaza latente.

Sasuke sintió una oleada de calor subirle por el cuello. Ver a Naruto obedecer de esa manera, como un niño castigado, le revolvió el estómago. Se alejó de Sakura con una excusa vaga y caminó hacia la barra, necesitando algo más fuerte que el agua mineral que estaba bebiendo.

—Vaya, vaya. El rey del hielo parece que tiene una grieta en su corona.

Suigetsu apareció de la nada, como siempre, luciendo un traje que le quedaba ligeramente grande y una sonrisa maliciosa.

—¿Vienes a molestar de nuevo, Suigetsu? —espetó Sasuke sin mirarlo.

—Vengo a darte contexto, porque sé que te estás muriendo por dentro al verlo así —Suigetsu se apoyó en la barra y pidió un vodka doble—. ¿Viste cómo se encogió cuando Gaara lo tocó? No es solo obediencia, Sasuke. Es condicionamiento.

—No sé de qué estás hablando.

—Oh, claro que lo sabes. Mis fuentes en el servicio de la mansión del Desierto dicen que Naruto no tiene permitido comer sin permiso. No tiene permitido hablar si no se le pregunta. Gaara dice que es por su "bienestar mental", que como es tan infantil, necesita una guía estricta —Suigetsu soltó una risita amarga—. Lo tiene viviendo en una guardería dorada, Sasuke. Juguetes, peluches, pero puertas cerradas con llave. Dicen que si Naruto intenta actuar como un adulto o llevarle la contraria, Gaara le quita sus "premios".

—Cállate —siseó Sasuke, apretando el vaso de cristal—. No me interesan tus chismes de cocina.

—¿No? Pues este te va a encantar —Suigetsu se inclinó más, su voz volviéndose un susurro gélido—. Dicen que Naruto intentó escapar hace tres meses. Llegó hasta la estación de tren antes de que los hombres de Gaara lo atraparan. ¿Sabes qué le hizo su querido esposo para que no volviera a intentarlo? Le dijo que, si se iba, le quitarían al bebé apenas naciera y que nunca volvería a verlo. Desde ese día, Naruto no ha vuelto a levantar la mirada. Es un niño roto que solo vive para proteger lo que tiene en el vientre.

Sasuke sintió un vacío negro abrirse en su pecho. El Naruto que él conoció, el que gritaba y peleaba y nunca se rendía, había sido aniquilado sistemáticamente. Primero por él mismo, al rechazarlo, y luego por Gaara, al usar su necesidad de amor y su instinto maternal como una cadena.

En ese momento, Gaara y Naruto se acercaron a la barra. Sasuke no pudo evitarlo; sus ojos se clavaron en los de Naruto. Por un breve segundo, el azul se encontró con el negro. Hubo un destello, una chispa de reconocimiento, un grito silencioso de auxilio que atravesó la distancia. Los labios de Naruto temblaron, como si quisiera decir su nombre.

—¿Naru quiere algo de beber? —preguntó Gaara, interrumpiendo el contacto visual con una sonrisa gélida.

Naruto bajó la vista de inmediato, sus dedos jugueteando con la tela de su traje.

—Agüita... Naru quiere agüita, por favor, Gaara-kun —dijo con esa voz pequeña, casi de preescolar, que hacía que a Sasuke le sangraran los oídos.

—Buen chico —dijo Gaara, acariciándole el cabello con una posesividad que hizo que a Sasuke se le crisparan los puños—. Saluda al señor Uchiha, Naruto. Sé educado.

Naruto hizo una pequeña reverencia, sin mirar a Sasuke a la cara.

—Hola, señor Uchiha... —murmuró.

—Naruto —dijo Sasuke, su voz saliendo más suave de lo que pretendía—. ¿Cómo estás?

Naruto dudó, sus ojos viajaron rápidamente hacia Gaara, buscando aprobación. El pelirrojo asintió levemente.

—Naru está... Naru está bien. Gaara-kun cuida mucho a Naru. Me da vitaminas y me deja dormir mucho —respondió, repitiendo las palabras como una lección aprendida de memoria.

—Me alegra oírlo —mintió Sasuke, sintiendo que la bilis le subía por la garganta.

—Debemos retirarnos —intervino Gaara, tomando a Naruto por la cintura de forma protectora—. Naruto se cansa rápido en su estado. Ha sido un placer, Uchiha. Espero que tu heredero crezca con la misma... disciplina que el mío.

Sasuke los vio alejarse. Vio cómo Gaara guiaba a Naruto con una mano firme en la base de su cuello, como quien guía a un animal domesticado.

—¿Lo ves ahora? —preguntó Suigetsu, apareciendo de nuevo tras su hombro—. Tú le quitaste el corazón, Sasuke. Pero Gaara le quitó el alma.

Sasuke no respondió. Dejó su copa intacta sobre la barra y caminó hacia la salida opuesta. Necesitaba aire, necesitaba escapar del peso de su propia culpa. Al salir a la terraza, el frío de la noche lo recibió, pero no fue suficiente para apagar el incendio de rabia y arrepentimiento que sentía.

—Se lo merece —se dijo a sí mismo, mirando las luces de la ciudad—. Él aceptó ese matrimonio. Él eligió ese camino.

Pero mientras lo decía, recordaba la mirada de Naruto en el consultorio hacía años. Recordaba la flor de papel mojada por la lluvia. Recordaba cómo Naruto lo amaba con una pureza que él, en su arrogancia, llamó debilidad.

—Sasuke, ¿qué haces aquí solo? —Sakura apareció en la terraza, envolviéndose en su chal—. La cena está por comenzar. Los Uzumaki ya se han ido, parece que Naruto se sintió indispuesto. Pobre chico, siempre ha sido tan inestable.

Sasuke la miró. Sakura era perfecta. Era lógica. Era lo que él quería. Entonces, ¿por qué sentía que su vida era un desierto de mármol?

—No tengo hambre, Sakura. Vuelve adentro. Tengo que hacer una llamada.

—No tardes. Tu padre espera que hablemos con los Hyuga sobre el nuevo contrato.

Cuando Sakura se fue, Sasuke sacó su teléfono. Sus dedos buscaron un número que no había marcado en años. El número personal de Minato Uzumaki.

—¿Diga? —la voz de Minato sonó distante y ocupada.

—Es Sasuke Uchiha.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Sasuke. No esperaba tu llamada. Si es por los negocios de la Arena, debes hablar con Gaara...

—¿Cómo pudieron hacérselo? —interrumpió Sasuke, su voz temblando de una furia contenida—. ¿Cómo pudieron venderlo a ese psicópata? Está roto, Minato. Ni siquiera puede hablar como un adulto.

Minato soltó un suspiro cansado, un sonido que denotaba una mezcla de culpa y resignación.

—Hicimos lo necesario para salvar el apellido, Sasuke. Igual que tú cuando lo echaste. Naruto está a salvo, tiene un esposo que lo provee y pronto tendrá un hijo. Es más de lo que tú le ofreciste. No tienes derecho a juzgarnos cuando tú fuiste quien abrió la herida.

Minato colgó.

Sasuke guardó el teléfono, sintiendo el peso muerto de la realidad sobre sus hombros. Tenía razón. Él no tenía derecho. Él había sido el arquitecto de esa tragedia. Él había exigido un hombre de negocios y la vida le había devuelto un espejo de su propia frialdad, reflejada en el sufrimiento de la única persona que lo había amado de verdad.

Esa noche, Sasuke regresó a su mansión, pero no fue a la habitación principal. Se encerró en su despacho, el mismo donde una vez le gritó a Naruto que madurara. Abrió el cajón inferior de su escritorio, un compartimento secreto que nadie conocía.

Allí, guardada en una pequeña caja de terciopelo, estaba la flor de papel arrugada que Naruto le había dado aquella última noche de lluvia. Estaba seca, descolorida y frágil, pero era lo único real que Sasuke poseía.

—Perdóname, dobe —susurró, acariciando el papel con la yema del dedo—. Perdóname por no saber que mi mundo era más brillante cuando tú estabas en él, aunque fuera con tus tonterías de niño.

Afuera, la nieve seguía cayendo, borrando los caminos, igual que el tiempo estaba borrando al Naruto que alguna vez fue sol. Sasuke cerró los ojos y, por primera vez en su vida, deseó poder volver atrás, a la mansión que olía a sándalo y a una soledad que Naruto, con sus risas y sus pijamas naranjas, intentaba desesperadamente llenar.

Pero el tiempo no perdona a los soberbios, y Sasuke Uchiha comprendió que su castigo no era la soledad, sino tenerlo todo y darse cuenta de que, sin el amor de aquel "niño inútil", todo lo que tenía no era más que ceniza y oro.

Mientras tanto, en un avión privado rumbo a la Arena, Naruto dormía con la cabeza apoyada en el hombro de Gaara. En sueños, sus labios se movían sin sonido, formando una palabra que ya no tenía permiso de pronunciar en voz alta.

—Sasu... ke...

Gaara le acomodó la manta, su mirada fija en el vientre del rubio.

—Duerme, Naruto —susurró el pelirrojo—. Mañana despertaremos en casa. Y allí, nadie podrá recordarte quién solías ser. Solo serás mío.

El avión se perdió entre las nubes, dejando atrás una ciudad llena de luces y un hombre de pelo azabache que, por fin, empezaba a sentir el frío que él mismo había sembrado en el corazón de su único amor.