Bebe
El perfume de la sospecha y el frío de la almohada
El invierno se había instalado en Tokio con una ferocidad inusitada, pero dentro de la mansión Uchiha, el frío no provenía del viento que aullaba tras los ventanales reforzados, sino del silencio que se extendía entre sus paredes de mármol. Naruto estaba sentado en la alfombra de la sala, rodeado de catálogos de ropa para bebés y libros de decoración infantil. Sus dedos trazaban el dibujo de una cuna de madera clara, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, específicamente en la oficina de la planta alta donde Sasuke se encerraba cada noche.
Hacía semanas que el aroma a vainilla y canela que Naruto solía desprender había sido reemplazado por el olor metálico de las vitaminas y el rancio sabor de la tristeza contenida. Había empezado a notar cosas. Pequeños detalles que, para cualquiera, serían alarmas ensordecedoras, pero que para Naruto eran espinas que decidía enterrar profundamente en su carne para no tener que gritar.
Una mancha de labial rosado en el cuello de una camisa blanca que Sasuke dejó en el cesto de la ropa sucia. Un mensaje que iluminó la pantalla del teléfono de su esposo a las dos de la mañana con el nombre de "Sakura" y un emoji de corazón. El hecho de que Sasuke llegara cada vez más tarde, con el cabello ligeramente revuelto y esa mirada de satisfacción distante que nunca, jamás, le dedicaba a él.
—Naru tiene que ser fuerte —susurró el rubio para sí mismo, abrazando sus rodillas contra el pecho—. Sasu solo está confundido. Sasu necesita tiempo. Si Naru se porta bien, él se quedará aquí.
La puerta principal se abrió con un chasquido seco. Naruto saltó de inmediato, forzando una sonrisa que le tensó los músculos de la cara. Corrió hacia el recibidor, sus calcetines de zorritos deslizándose por el suelo pulido.
—¡Sasu-kun! ¡Bienvenido a casita! —exclamó, lanzándose a los brazos del pelinegro.
Sasuke, como de costumbre, se quedó rígido. No lo apartó con la rudeza de otras veces, pero su cuerpo era una barrera infranqueable. Naruto hundió el rostro en el pecho de su esposo, inhalando profundamente. Allí estaba. No era el olor a tabaco y oficina. Era un aroma floral, dulce y persistente. El olor de Sakura.
—Hueles a flores, Sasu —dijo Naruto con voz pequeñita, levantando la vista con sus ojos azules empañados por una capa de agua que se negaba a dejar caer—. ¿Fuiste a ver el jardín de la empresa?
Sasuke lo miró desde arriba, sus ojos negros vacíos de cualquier emoción. Se soltó del agarre de Naruto y dejó su maletín sobre la mesa de la entrada.
—Hubo una cena en un jardín botánico con los inversionistas. No preguntes tonterías, Naruto. Estoy cansado.
—¡Oh! ¡Naru entiende! —Naruto dio un par de palmaditas con sus manos, tratando de disipar la tensión—. Naru te hizo una sopa muy rica para que se te quite el cansancio. ¿Quieres cenar con tu esposo bonito?
—Ya he cenado —respondió Sasuke, caminando hacia las escaleras sin detenerse—. Tengo que revisar unos documentos antes de dormir. No me interrumpas.
Naruto se quedó solo en el pasillo, con las manos entrelazadas tras la espalda. El dolor en su pecho era una presión constante, un nudo que se apretaba cada vez que Sasuke le mentía a la cara. Sabía que no había habido ninguna cena en un jardín botánico; había visto en las redes sociales que Sakura Haruno había publicado una foto de dos copas de vino frente a una cristalera llena de flores esa misma noche.
Subió las escaleras arrastrando los pies. Entró en la habitación matrimonial, que se sentía más como un museo que como un hogar. Se cambió de ropa en silencio, poniéndose su pijama más suave, aquel que Sasuke alguna vez dijo que era "menos ruidoso". Se sentó en el borde de la inmensa cama, esperando.
Pasó una hora. Luego dos. Cuando Sasuke finalmente entró en la habitación, las luces estaban apagadas, a excepción de una pequeña lámpara de noche. El pelinegro se desvistió mecánicamente y se metió en la cama, dándole la espalda a Naruto de inmediato.
—Sasu... —susurró Naruto en la oscuridad.
—Duérmete, Naruto.
—Naru tiene frío... ¿Puedo abrazarte solo un poquito? Prometo no moverme mucho.
Sasuke soltó un suspiro de fastidio, pero no dijo que no. Naruto lo tomó como una invitación. Se acercó lentamente, sintiendo el calor que emanaba el cuerpo de su esposo, y rodeó la cintura de Sasuke con sus brazos. Pegó su mejilla a la espalda firme del pelinegro y cerró los ojos.
En ese momento, Naruto se permitió imaginar que todo era real. Que el hombre que sostenía era suyo y de nadie más. Ignoró el hecho de que Sasuke no le devolvía el contacto, ignoró que su piel aún olía a otra mujer. Solo se concentró en el latido rítmico del corazón de Sasuke contra su propio pecho.
—Te amo, Sasu —murmuró Naruto, tan bajo que apenas fue un aliento—. Naru te ama por los dos.
Sasuke no respondió, pero su respiración se volvió más profunda. Naruto se quedó así, aferrado a él como si fuera un náufrago agarrado a un trozo de madera en medio de una tormenta. Era su única forma de sentirse amado, aunque supiera que era una mentira que él mismo se contaba.
A la mañana siguiente, el ritual se repitió. Sasuke se fue temprano, dejando a Naruto con un beso frío en la frente y una lista de recordatorios sobre sus vitaminas. El rubio pasó el día entre náuseas y mareos provocados por el tratamiento de fertilidad, pero no se quejó. Cada vez que sentía ganas de llorar, miraba el anillo de bodas en su dedo y recordaba el día en que se casaron. Sasuke no había sonreído en las fotos, pero Naruto sí, con una alegría que parecía capaz de iluminar todo Tokio.
Por la tarde, Naruto decidió salir. Necesitaba aire, o quizás, en el fondo de su corazón masoquista, necesitaba confirmar lo que ya sabía. Fue al centro comercial, a una zona de cafeterías exclusivas donde sabía que la élite solía reunirse.
Y allí los vio.
Sasuke estaba sentado en una mesa apartada, rodeada de plantas tropicales. Frente a él, Sakura reía, tocándole el brazo con una familiaridad que Naruto nunca se había atrevido a usar en público. Sasuke no la apartaba. Al contrario, la miraba con una atención que Naruto habría dado su vida por recibir. Vio cómo Sasuke tomaba un mechón de cabello rosado de la mujer y lo colocaba tras su oreja con una delicadeza que le rompió el alma a Naruto en mil pedazos de cristal.
Naruto se escondió tras una columna, sintiendo que sus piernas flaqueaban. Sus manos se cerraron sobre su vientre.
—No llores, Naru. Los niños buenos no lloran en público —se reprendió a sí mismo, aunque las lágrimas ya estaban trazando surcos calientes por sus mejillas—. Sasu solo está... siendo amable. Ella es su amiga. Las amigas se tocan así, ¿verdad?
Regresó a casa en un estado de trance. No preparó la cena. No decoró la mesa. Se limitó a sentarse en la oscuridad de la cocina, mirando el reloj. Cuando Sasuke llegó, lo encontró allí, una figura pequeña y encorvada bajo la luz tenue de la campana extractora.
—¿Qué haces a oscuras? —preguntó Sasuke, encendiendo la luz general. El resplandor hizo que Naruto parpadeara, deslumbrado.
—Naru estaba pensando —dijo el rubio, su voz sonando más madura, más vacía—. Sasu, ¿tú crees que Naru es bonito?
Sasuke lo miró con extrañeza. Dejó sus llaves sobre la encimera y se acercó un par de pasos, frunciendo el ceño al notar los ojos hinchados de su esposo.
—Ya te he dicho que dejes de hacer preguntas absurdas. Eres mi esposo, Naruto. Eso debería ser suficiente para ti.
—Pero... ¿soy más bonito que las flores? ¿Más bonito que el cabello rosa?
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Sasuke entrecerró los ojos, una chispa de irritación cruzando sus facciones.
—¿Has estado siguiéndome?
—Naru solo quería un helado —mintió Naruto, bajando la cabeza para que sus flequillos ocultaran su rostro—. Y vi a Sasu con una señora de pelo rosa. Parecían muy felices. Naru se puso feliz por Sasu, pero también un poquito triste porque Sasu nunca le toca el pelo a Naru así.
Sasuke soltó un gruñido molesto y se dio la vuelta.
—No tengo tiempo para tus celos infantiles, Naruto. Sakura es una socia estratégica y una vieja amiga. Si vas a empezar con escenas cada vez que me veas con alguien, este matrimonio va a ser más insoportable de lo que ya es.
—¡No! ¡Naru no quiere ser insoportable! —exclamó el rubio, levantándose rápidamente y abrazando a Sasuke por la espalda—. ¡Perdón, Sasu! Naru es un tonto, un tonto muy grande. No volveré a decir nada, lo prometo. Por favor, no te enojes con Naru.
Sasuke sintió los dedos de Naruto temblar contra su camisa costosa. Por un breve segundo, sintió un pinchazo de remordimiento al recordar la calidez del toque de Sakura comparado con la desesperación fría de su esposo. Pero su orgullo y su incapacidad para procesar las emociones lo hicieron endurecerse de nuevo.
—Suéltame. Voy a ducharme.
Naruto lo soltó de inmediato, retrocediendo como si se hubiera quemado.
—Sí, Sasu. Naru te esperará en la camita.
Esa noche, Naruto no esperó a que Sasuke se durmiera. En cuanto el pelinegro se acostó, Naruto se pegó a él con una urgencia casi dolorosa. Se aferró a su brazo, entrelazando sus dedos con los de Sasuke, aunque estos permanecieron laxos e indiferentes.
—Sasu... —susurró Naruto contra su hombro—. ¿Verdad que no me vas a dejar? Aunque no sea tan listo como ella, o tan seria... Naru puede aprender. Naru puede dejar de hablar así si a Sasu le molesta.
Sasuke cerró los ojos, sintiendo el peso de la culpa como una losa de cemento.
—Solo duérmete, Naruto. No voy a dejarte. Hay un contrato de por medio.
"Un contrato", pensó Naruto, cerrando los ojos con fuerza. "Solo soy un papel para él".
Pero aun así, se apretó más contra el cuerpo de su esposo. Si el contrato era lo único que lo mantenía a su lado, entonces Naruto amaría ese contrato con cada fibra de su ser. Se hundió en el aroma de Sasuke, tratando de ignorar el rastro de Sakura que aún persistía en la almohada.
Los días pasaron y la situación no mejoró. Naruto empezó a encontrar regalos en la casa que no eran para él: joyas finas que desaparecían al día siguiente, pañuelos de seda que Sasuke guardaba en su maletín. Naruto lo veía todo, lo sabía todo, pero su respuesta siempre era la misma: una sonrisa más amplia, un abrazo más largo, un "te amo" más desesperado.
Una tarde, mientras Naruto limpiaba el despacho de Sasuke —algo que solo hacía cuando su esposo no estaba—, encontró una pequeña caja de terciopelo rojo escondida en el fondo de un cajón cerrado con llave. Con manos temblorosas, la abrió. Dentro había un anillo de diamantes y rubíes, mucho más ostentoso y hermoso que su propia alianza de boda.
—Es para ella —susurró Naruto, dejando caer una lágrima sobre el terciopelo—. Es el regalo de despedida para Naru... o el de bienvenida para ella.
Escuchó el coche de Sasuke llegar y, con una rapidez nacida del pánico, guardó la caja y cerró el cajón. Salió del despacho justo cuando Sasuke subía las escaleras.
—¡Sasu! —gritó Naruto, lanzándose a su cuello con una energía que ocultaba su corazón destrozado—. ¡Naru te extrañó muchísimo hoy! ¡Hice galletas de chocolate!
Sasuke lo apartó con más brusquedad de la habitual. Se veía tenso, con la mandíbula apretada.
—Naruto, ahora no. Tengo que hacer una llamada importante. Ve abajo.
—Pero Sasu... Naru se siente un poquito solito...
—¡He dicho que abajo! —gritó Sasuke, su voz resonando en el pasillo.
Naruto se encogió, sus ojos azules llenándose de terror infantil. Nunca, en todo el año que llevaban casados, Sasuke le había gritado de esa forma. El silencio que siguió fue ensordecedor. Sasuke pareció darse cuenta de su error, pero no pidió disculpas. Entró en el despacho y cerró la puerta con un golpe seco.
Naruto se quedó de pie en el pasillo, temblando. Caminó lentamente hacia su habitación y se acostó en la cama, cubriéndose con las mantas hasta la cabeza. No lloró. Ya no le quedaban lágrimas. Solo sentía un vacío inmenso, como si su interior hubiera sido vaciado con una cuchara.
Horas más tarde, Sasuke entró en la habitación. Se veía agotado. Se desvistió en silencio y se metió en la cama. Esperó el habitual asalto de abrazos y mimos de Naruto, pero este no llegó. Naruto estaba hecho un ovillo en su lado de la cama, dándole la espalda.
—¿Naruto? —llamó Sasuke en voz baja.
El rubio no respondió. Sasuke suspiró, sintiéndose extrañamente inquieto por el silencio de su esposo. Se giró para dormir, pero después de unos minutos, sintió un movimiento. Naruto se estaba acercando.
Lentamente, el rubio se pegó a la espalda de Sasuke. No hubo palabras dulces, no hubo risitas. Solo el contacto silencioso de su cuerpo contra el del pelinegro. Naruto rodeó la cintura de Sasuke y apretó su rostro contra las escápulas de su esposo, respirando hondo.
—Naru está aquí, Sasu —susurró finalmente, su voz sonando rota y cansada—. Naru siempre va a estar aquí, aunque tú no quieras. No importa si tienes a otras personas... Naru te va a querer por todos ellos.
Sasuke sintió un nudo en la garganta que no supo explicar. Quiso darse la vuelta y decirle algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su frialdad habitual. En lugar de eso, permitió que Naruto lo abrazara.
—Solo duerme, Naruto —dijo Sasuke, su voz un poco menos dura que de costumbre.
—Sí, Sasu... Naru dormirá abrazado a ti. Así puedo soñar que me quieres un poquito. Solo un poquito.
Naruto cerró los ojos, aferrándose al hombre que lo estaba destruyendo lentamente. En su mente, seguía siendo el niño que creía en los finales felices, pero en su corazón, sabía que estaba abrazando a un fantasma. A un hombre que estaba físicamente allí, pero cuyo corazón pertenecía a una mujer de cabello rosado y risa ligera.
Y así, en medio del lujo y la traición, Naruto se durmió, encontrando su único consuelo en el calor de un esposo que le pertenecía por contrato, pero que le era ajeno en el alma. Abrazado a la frialdad de Sasuke, Naruto se sentía amado de la única forma que conocía: a través del dolor y la esperanza inquebrantable de un niño que se negaba a despertar de su propia pesadilla.