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Bendita sea esta Paladín Pervertida

Calor, Oscuridad y Dudas

***

Creía en la igualdad de género. De verdad que sí. Por eso no me temblaba el pulso al aplicarle un `Dropkick` a una diosa consentida o al usar `Steal` en una maga con complejo de superioridad. Creía en la estrategia, en la suerte —mucha, pero mucha suerte— y en que un buen par de bragas robadas podía cambiar el curso de una batalla. Había enfrentado a generales del Rey Demonio, a un destructor móvil y a la bancarrota. Pero nada, absolutamente nada en mi miserable segunda vida, me había preparado para esto.

Estaba acostado en una cama. Una cama absurdamente grande y cómoda, con sábanas que probablemente costaban más que mi equipo completo. Y a mi lado, a menos de un metro de distancia que se sentía como un milímetro, estaba Darkness.

Durmiendo.

O, al menos, fingiendo dormir. Igual que yo.

¿Cómo había llegado a esta situación que fusionaba el paraíso de un adolescente con el campo de minas de un tratado de paz? La respuesta, como siempre, tenía nombre y sombrero de bruja. Megumin.

Todo había comenzado unas horas antes. El día había sido bueno, extrañamente bueno. La dinámica de «papá y mamá» que Darkness y yo habíamos adoptado por accidente estaba funcionando. Las peleas entre Aqua y Megumin se habían reducido a meras escaramuzas verbales, sofocadas rápidamente por una mirada severa de Darkness o una amenaza cínica por mi parte. Había paz. Había orden. Había incluso dinero en el bolsillo.

Me había retirado a mi habitación sintiéndome extrañamente satisfecho, como un oficinista que ha cerrado un buen trato. Mi habitación no era lujosa, pero era mía. Mi santuario. El único lugar donde podía ser Kazuma Satō, el vago, y no Kazuma, el líder de un grupo de calamidades andantes. Me quité la capa, me dejé caer en la cama y cerré los ojos, saboreando el silencio.

Y entonces, el universo decidió recordarme en qué mundo vivía.

*¡BOOM!*

No fue una explosión a gran escala, como las que Megumin solía lanzar en los campos. Fue un sonido más contenido, más íntimo. Un *¡boom!* personal. Un *¡boom!* que hizo que la puerta de mi habitación saliera volando de sus bisagras y que una lluvia de yeso, astillas y hollín cayera sobre mí.

Me incorporé de golpe, tosiendo, con los oídos zumbando y el corazón martilleándome en el pecho. El aire olía a ozono y a ambición mágica mal calculada. En la pared opuesta a mi cama, donde antes había un simple muro de piedra, ahora había un cráter negro y humeante del tamaño de una cabeza de ogro.

Me quedé mirando el agujero durante cinco segundos, mi cerebro intentando procesar la violación de mi santuario. Luego, una furia fría y pura, más potente que cualquier hechizo, se apoderó de mí.

—¡MEGUMIN!

Mi grito resonó por toda la mansión, un aullido de pura intención asesina. Salí de la habitación como un toro de lidia, ignorando los trozos de pared que crujían bajo mis botas. La encontré en el pasillo, con su bastón en la mano y una expresión de concentración académica en el rostro, como si acabara de realizar un experimento científico fascinante. Aqua estaba a su lado, con los ojos brillantes de emoción y una botella de vino en la mano, como si estuviera viendo un espectáculo de fuegos artificiales.

—¡Ah, Kazuma! —dijo Megumin, como si me hubiera encontrado por casualidad mientras paseaba—. ¡El análisis preliminar es un éxito! He logrado contener la detonación en un radio muy específico. ¡La canalización del maná fue casi perfecta! Aunque la dispersión del material estructural fue un poco mayor de lo previsto…

—¡Has volado un agujero en mi pared! —grité, avanzando hacia ella con las manos convertidas en garras—. ¡En mi habitación! ¡En mi único puto lugar de paz en esta casa de locos!

—Era una prueba necesaria —se defendió, aunque retrocedió un paso—. ¡Para perfeccionar mi arte! ¡Imagina las aplicaciones tácticas de una explosión de precisión! ¡Podríamos destruir la hebilla del cinturón de un enemigo a cien metros!

—¡Voy a usar tus aplicaciones tácticas para estrangularte! —rugí, lanzándome hacia ella.

Aqua soltó un chillido de emoción y dio un trago de su botella.

—¡Pelea, pelea, pelea!

Estaba a punto de ponerle las manos encima. Iba a ignorar la igualdad de género, la amistad y cualquier atisbo de decencia humana. Iba a hacerle pagar por mi pared destruida. Pero justo cuando mis dedos estaban a punto de cerrarse sobre el cuello de su túnica, una figura se interpuso entre nosotros.

—Kazuma, detente.

Era Darkness. Había salido de su habitación, alertada por el estruendo y mis gritos. No llevaba su armadura, solo su ropa de diario, pero su presencia era tan sólida como una fortaleza. Colocó una mano en mi pecho, deteniendo mi avance sin esfuerzo. Su tacto era firme y tranquilizador.

—¡Apártate, Darkness! —gruñí, intentando rodearla—. ¡Esa maníaca ha destruido mi cuarto!

—Lo sé. Y está mal —dijo, su voz tranquila pero inquebrantable. Luego se giró ligeramente para mirar a Megumin por encima del hombro—. Megumin, te has pasado. Te disculparás con Kazuma y mañana ayudarás a pagar y supervisar la reparación.

Megumin hizo un puchero, pero ante la mirada de acero de Darkness, asintió a regañadientes.

—Lo siento, Kazuma… —masculló, sin mirarme a los ojos.

—¡No es suficiente! —protesté—. ¿Y dónde voy a dormir yo? ¿En el sofá, con esta borracha roncando a mi lado?

Aqua hipó, ofendida.

—¡Mis ronquidos son divinamente melodiosos!

Darkness se giró de nuevo hacia mí. Su expresión se suavizó, pasando de la de una general a la de… bueno, a la de una madre preocupada.

—No. Por supuesto que no. Eso no sería justo.

Hizo una pausa, como si considerara la solución más lógica y obvia del mundo.

—Puedes dormir en mi habitación. Es grande y la cama es más que suficiente para dos.

El mundo se detuvo.

Mi furia se evaporó, reemplazada por un cortocircuito cerebral. ¿Había oído bien? ¿Darkness? ¿Su habitación? ¿La misma cama? Miré a Aqua. Estaba boquiabierta, la botella de vino a medio camino de sus labios. Miré a Megumin. Sus ojos se abrieron como platos, una mezcla de culpa y una repentina y maliciosa curiosidad en su rostro.

—¿Q-qué? —tartamudeé, mi elocuencia asesina desaparecida.

—Es la única solución razonable —dijo Darkness, con una lógica impecable que desarmaba cualquier protesta—. Mi habitación es la más grande, y no voy a permitir que duermas en el suelo o en el sofá por algo que no ha sido culpa tuya. Está decidido.

Y sin darme tiempo a procesar, a protestar, a analizar las miles de formas en que aquello podía salir horriblemente mal, me tomó suavemente del brazo y comenzó a guiarme por el pasillo hacia su habitación, como si llevara a un niño perdido a casa.

—Vamos —dijo en voz baja—. Necesitas descansar. Ha sido un día largo.

Detrás de nosotros, oí el susurro agudo de Megumin a Aqua:

—¿Crees que… lo harán?

—¡Cien mil eris a que Kazuma no dura ni cinco minutos antes de hacer algo pervertido! —respondió Aqua, no tan bajo.

Un suspiro largo y cansado escapó de mis labios. Rendido. Completamente rendido. Accedí sin medir mis palabras, simplemente dejándome llevar.

Y así fue como terminé aquí.

***

La habitación de Darkness era el polo opuesto a la mía. Donde la mía era funcional y un poco caótica, la suya era espaciosa, ordenada y elegantemente amueblada. Una alfombra mullida cubría el suelo, los muebles eran de madera oscura y pulida, y a través de un gran ventanal se veía el jardín iluminado por la luna. Y en el centro, dominando el espacio, estaba la cama. Una cama tamaño Rey Demonio, con un dosel de tela pesada y un montón de almohadas.

Cuando entramos, ella soltó mi brazo y se movió por la habitación con una naturalidad que me puso de los nervios.

—Puedes dejar tus cosas ahí —dijo, señalando una silla vacía—. El baño está por esa puerta, si lo necesitas. Yo… voy a ponerme algo más cómodo para dormir.

Y desapareció en un vestidor contiguo.

Me quedé de pie en medio de la habitación, sintiéndome como un intruso. ¿Algo más cómodo? ¿Qué significaba eso? Mi mente, programada por años de ser un adolescente pervertido, se disparó en direcciones peligrosas. ¿Un camisón de seda? ¿Un pijama de encaje? ¿Nada en absoluto?

¡Cálmate, Kazuma! Me dije a mí mismo. ¡Es Darkness! Probablemente duerme con una armadura de cuero ligera o algo así, por si hay un ataque nocturno. Sí, eso tiene que ser.

Pero cuando salió del vestidor unos minutos después, todas mis teorías se hicieron añicos.

No llevaba una armadura de cuero. No llevaba un camisón de seda. Llevaba ropa interior. Un conjunto sencillo, de algodón blanco, pero que en su cuerpo era cualquier cosa menos sencillo. Un sujetador que hacía un trabajo heroico y unas bragas que se ajustaban perfectamente a sus caderas. Eso era todo.

Mi cerebro hizo el equivalente a una pantalla azul de la muerte.

¡Está en ropa interior! ¡La noble Lalatina Dustiness Ford está delante de mí en ropa interior! ¡Es una bendición de Aqua! ¡No, espera, Aqua es inútil! ¡Es una bendición de Eris! ¡Gracias, Eris-sama, aunque le robes el relleno a tu sujetador!

Pero entonces, el pánico se instaló.

¡Es una trampa! ¡Tiene que serlo! ¡Está haciendo esto para provocarme! ¡Quiere que diga algo lascivo! ¡Quiere que la mire fijamente para poder empezar a jadear sobre la humillación de ser observada!

Me obligué a apartar la mirada, clavando los ojos en un cuadro de un paisaje aburrido que colgaba en la pared.

—¿No… no tienes frío? —logré decir, mi voz sonando un par de octavas más alta de lo normal.

—No, estoy acostumbrada. Siempre duermo así —respondió ella, y su voz era completamente normal. No había rastro de excitación masoquista. Se acercó a la cama, apartó las sábanas de un lado y se sentó—. Es más cómodo. La armadura es muy restrictiva, así que por la noche me gusta… sentirme libre.

Se estaba comportando como si fuera la cosa más normal del mundo. Como si fuéramos un viejo matrimonio que llevaba años compartiendo cama. Y esa normalidad era lo que lo hacía tan increíblemente extraño y tenso.

—Ah. Claro. Libertad. Entiendo —dije, todavía mirando fijamente el cuadro. El puto cuadro parecía burlarse de mí.

Hubo un silencio. Podía sentir su mirada sobre mí.

—¿No vas a acostarte? —preguntó suavemente.

Tragué saliva. Tenía que hacerlo. No había otra opción. Lentamente, me quité las botas y la capa, dejándolas en un montón desordenado junto a la silla. Me quedé en mi camisa y pantalones. Dormir en ropa interior a su lado estaba fuera de toda discusión. Mi corazón amenazaba con salírseme del pecho.

Caminé hacia el otro lado de la cama, el más alejado de ella, y me metí bajo las sábanas. Eran suaves y olían a… a ella. Una mezcla de jabón floral y algo sutilmente metálico, probablemente de pulir su armadura. El olor era embriagador y me puso aún más nervioso.

Me acosté de espaldas, rígido como una tabla, con las manos cruzadas sobre el pecho como un cadáver en su ataúd. La cama era enorme. Podríamos haber puesto a un sapo gigante entre nosotros y todavía sobraría espacio. Pero la conciencia de su presencia, de su cuerpo apenas cubierto a mi lado, llenaba cada centímetro del colchón. Podía sentir el calor que emanaba de ella.

—Buenas noches, Kazuma —dijo ella, su voz un murmullo en la oscuridad. Oí cómo se acomodaba, dándome la espalda.

—Buenas noches —respondí, mi voz un graznido.

Y entonces, el silencio. Un silencio denso, cargado de todo lo que no se decía.

Cerré los ojos, pero el sueño era una quimera. Mi mente era un torbellino. La imagen de ella en ropa interior estaba grabada a fuego en mis párpados. Y con esa imagen, otra se superpuso, un recuerdo que había intentado enterrar bajo capas de sarcasmo y cinismo.

El recuerdo de esa otra noche, en su mansión, justo antes de que la rescatara de su matrimonio.

*El aire estaba cargado de desesperación. Ella estaba llorando, no por masoquismo, sino por una tristeza genuina y abrumadora. Me había confesado que, si se casaba con Alderp, su cuerpo le pertenecería a él, pero que quería que su primera vez fuera con alguien… con alguien que no la repugnara. Conmigo.*

*Y yo, el gran Kazuma Satō, el defensor de la igualdad de género y el oportunista profesional, había estado a punto de aceptar. La había empujado contra la pared, mi corazón latiendo con una mezcla de lujuria, pánico y una extraña y retorcida ternura. Su respiración era agitada, sus ojos estaban cerrados, su cuerpo temblaba bajo mis manos. Estábamos a un segundo de cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás.*

*«Si realmente quieres hacerlo… no me contendré», le había susurrado, y lo decía en serio. Por un instante, la lujuria lo había consumido todo.*

*Pero entonces la había mirado. Había visto la lágrima solitaria que se deslizaba por su mejilla, la vulnerabilidad en la curva de su cuello. Y algo en mí se había roto. No podía hacerlo. No así. No como un acto de desesperación por su parte y de oportunismo por la mía. Había algo en ella, algo en ese momento, que exigía más. Exigía… algo real.*

*Así que me aparté. Y en su lugar, le prometí que la sacaría de allí.*

Esa idea. La idea de lo que casi había sucedido. La idea que había estado rondando en el fondo de mi mente desde entonces, ahora regresaba con la fuerza de un huracán. La mujer que había estado dispuesta a entregárseme en un acto de desesperación estaba ahora acostada a mi lado, en la misma cama, casi desnuda.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

¿Era esto una prueba? ¿Una segunda oportunidad? ¿O simplemente una coincidencia cósmicamente cruel diseñada para torturarme?

Me giré lentamente, dándole la espalda también, creando una barrera de distancia física. Pero no sirvió de nada. Cada pequeño sonido, cada cambio en su respiración, cada leve movimiento de las sábanas, era amplificado mil veces en la oscuridad. ¿Estaba dormida de verdad? ¿O estaba tan despierta y nerviosa como yo?

Los minutos se arrastraban como horas. Intenté contar ovejas, pero las ovejas llevaban armadura de paladín y me miraban con desaprobación. Intenté pensar en planes para hacer dinero, pero mi mente solo calculaba la proximidad de su cuerpo al mío.

Esto era una tortura. Una tortura masoquista perfecta. Quizás, de alguna manera retorcida, ella estaba disfrutando de esto. De mi incomodidad, de mi tensión. Pero no, su respiración era demasiado regular, demasiado tranquila. Si estuviera disfrutándolo, estaría jadeando suavemente.

Estaba a punto de rendirme, de levantarme y decir que prefería dormir en el establo con los caballos, cuando su voz, suave y vacilante, rompió el silencio.

—Kazuma.

Me quedé helado.

—¿Estás despierto?

¿Qué se suponía que debía responder? ¿«No, estoy teniendo una pesadilla en la que comparto cama con una paladín masoquista semidesnuda y estoy a punto de sufrir un aneurisma»?

—Sí —respondí en voz baja.

Hubo una pausa. Luego, el sonido de la tela susurrando. Se estaba moviendo. Sentí el colchón hundirse ligeramente a mi espalda. Se había girado para mirarme. El pánico se apoderó de mí.

—Yo… lamento esto —dijo, su voz apenas un susurro—. No pensé… no medí lo incómoda que sería la situación. Solo quería ofrecer una solución rápida.

—Está bien —mentí—. La cama es grande.

—Sí, pero… aun así. Es extraño.

Tenía razón. Era más que extraño. Era íntimo de una manera que nuestras batallas y conversaciones nunca lo habían sido. Era una intimidad doméstica, silenciosa, que me aterrorizaba y me atraía a partes iguales.

—No te preocupes —dije, intentando sonar indiferente—. Sobreviviré. A menos que ronques como un grifo.

Oí una pequeña risa ahogada.

—No ronco.

—Eso es un alivio.

Otro silencio. Esta vez, más largo. Podía sentir su mirada en mi espalda. Era como un calor físico. ¿Qué estaba pensando ella? ¿Estaba recordando también aquella noche?

—Kazuma… —volvió a decir, y su tono era diferente. Más serio. Más vulnerable—. Sobre lo que pasó… en mi mansión. Antes de que me sacaras de allí.

Ahí estaba. La bomba nuclear. El tema que ambos habíamos evitado cuidadosamente. Mi cuerpo se tensó por completo.

—Nunca te di las gracias por… por detenerte —continuó en un susurro—. Estaba desesperada. Asustada. Y te puse en una posición horrible. Te pedí algo que no era justo. Y tú… tú me respetaste. Elegiste ayudarme de otra forma, de la forma correcta.

Lentamente, muy lentamente, me giré para encararla.

La habitación no estaba completamente a oscuras. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, bañando todo en una luz plateada y fantasmal. Podía ver su silueta, el contorno de su rostro, el brillo de sus ojos abiertos en la penumbra. Estaba apoyada sobre un codo, mirándome.

—No fue por respeto —dije, mi voz ronca. El cinismo era mi escudo, y me aferré a él—. Fue un cálculo. Sacarte de allí era más rentable a largo plazo que un polvo de una noche.

Ella sonrió, una sonrisa triste y sabia que no encajaba con su rostro.

—Sigues diciendo eso. Pero yo no te creo. Vi tus ojos esa noche, Kazuma. Vi la lucha en ellos. Y no era solo lujuria.

Se acercó un poco más. El espacio entre nosotros se redujo a nada. Podía oler el aroma de su piel, ver el detalle del encaje en el borde de su sujetador. Mi corazón era un tambor de guerra.

—La dinámica que tenemos ahora… —dijo, su voz casi inaudible—. La de la «familia». Me gusta. Siento que por fin he encontrado mi lugar. No solo como un escudo, sino como… como una parte del hogar. Y tú y yo… siendo los que lo mantienen unido. Se siente… correcto.

»No quiero arruinar eso. Y me preocupaba que esta situación… que dormir aquí… pudiera complicarlo todo. Que pudieras pensar que yo esperaba… algo.

La miré a los ojos. La sinceridad en ellos era abrumadora. No había trampa. No había masoquismo. Solo una honestidad cruda y aterradora. La misma honestidad que había mostrado en el baño.

La Darkness que tenía delante no era la paladín pervertida. Era la mujer que temía perder la frágil paz que habíamos construido. La mujer que valoraba nuestra extraña familia por encima de sus propios impulsos o de cualquier tensión romántica.

Y en ese momento, tuve que tomar una decisión.

Podía ser el Kazuma de siempre. Podía hacer una broma pervertida, intentar tocarla, aprovechar la situación. La parte más primaria de mi cerebro gritaba que lo hiciera. Era la oportunidad de oro.

O podía ser el Kazuma que ella creía que era. El Kazuma que la había respetado esa noche. El «papá» de este grupo de inadaptados. El que, a pesar de todo su cinismo, también valoraba esta nueva paz más que nada.

Extendí la mano.

Ella contuvo la respiración, sus ojos se abrieron de par en par.

No toqué su rostro, ni su hombro, ni ninguna parte de su piel expuesta.

Con un gesto deliberadamente torpe y paternal, le di una palmadita en la cabeza, alborotando su suave pelo rubio.

—Eres una idiota si crees que arriesgaría tener que volver a lidiar yo solo con las locuras de Aqua y Megumin por una estupidez —dije, mi voz intentando ser casual, pero temblando ligeramente—. Esta dinámica de «papá y mamá» es demasiado conveniente. La «mamá» se encarga de la disciplina y la «comida», y el «papá» puede vaguear en paz. Es el sistema perfecto.

Una expresión de sorpresa, seguida de alivio, y finalmente, una sonrisa radiante, se extendió por su rostro. Fue como ver salir el sol.

—Eres un idiota, Kazuma —susurró, pero lo dijo con una calidez que me llegó hasta los huesos.

—Lo sé —respondí, retirando la mano—. Ahora, si me disculpas, el «papá» necesita dormir. Mañana tengo que supervisar a una terrorista de pacotilla mientras repara un muro.

Me di la vuelta de nuevo, dándole la espalda. Pero esta vez, la rigidez había desaparecido de mi cuerpo. La tensión en el aire se había disipado, reemplazada por algo tranquilo y cálido.

—Buenas noches, Darkness —dije en la oscuridad.

—Buenas noches, Kazuma —respondió ella.

Después de eso, el sueño no tardó en llegar. Pero justo antes de caer en la inconsciencia, un último pensamiento cruzó mi mente.

Ser el «papá» de este manicomio era una cosa. Mantener el orden, amenazar, planificar… era un trabajo agotador, pero manejable. Pero compartir la cama con la «mamá»… eso era un nivel de domesticidad para el que no estaba preparado. Uno que desdibujaba la línea entre el rol que habíamos adoptado y la realidad del hombre y la mujer que éramos.

Había sobrevivido a la noche, sí. Había tomado la decisión correcta. Pero mientras me dormía, con el calor de su cuerpo a mi espalda, supe con una certeza aterradora que el agujero en la pared de mi habitación era el menor de mis problemas. El verdadero peligro estaba justo aquí, en esta cama. Un peligro silencioso, cálido y terriblemente tentador.